Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 1 — La carta de Londres
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Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14)

Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14)

Por Dorian Leblanc

© inepub.com

Capítulo 1 — La carta de Londres

La carta llegó un martes por la mañana, que a Delacroix siempre le había parecido un día bastante adecuado para recibir malas noticias.

El lunes tiene demasiada mala fama y el miércoles cierta vulgaridad de trámite.

El martes, en cambio, posee una discreción casi británica: puede arruinarle a uno la semana sin necesidad de levantar la voz.

Armand Delacroix la encontró sobre la bandeja de plata del vestíbulo, apoyada contra una invitación a una cena benéfica y una circular de una sociedad literaria que llevaba años intentando convencerlo de que pronunciara una conferencia sobre el crimen como forma de arte.

Delacroix había rechazado tres veces aquella conferencia.

No porque le faltaran opiniones sobre el crimen, sino porque sospechaba que quienes asistían a ese tipo de actos preferían escuchar algo elegante antes que algo verdadero.

Y la verdad, cuando se la mira demasiado de cerca, rara vez combina con las copas de champán.

La carta venía de Londres.

El sobre era grueso, de papel bueno, con una dirección escrita a mano en una caligrafía firme y ligeramente inclinada.

Había hombres que escribían como si pidieran permiso.

Otros, como si dictaran sentencia. Malcolm Reed escribía como quien estaba acostumbrado a que lo obedecieran, pero empezaba a sospechar que aquella vez nadie iba a hacerlo.

Delacroix reconoció la letra antes de romper el lacre.

—Malcolm Reed —murmuró.

No sonó sorprendido. Delacroix rara vez concedía a la sorpresa el placer de manifestarse en voz alta.

Llevaba casi cinco años sin ver al inspector Reed.

Habían coincidido en un asunto menor en Marsella, aunque la palabra menor siempre dependía del lado de la pistola en el que se encontrara uno.

Reed había llegado entonces como enlace de Scotland Yard, persiguiendo a un falsificador de pasaportes que terminó muerto en una habitación de hotel con demasiadas ventanas abiertas y ninguna salida lógica.

Delacroix lo recordaba como un hombre correcto, de bigote bien recortado, espalda rígida y esa melancolía particular de los policías honestos: la de quienes descubren demasiado pronto que la ley no siempre tiene suficiente personal para perseguir a la verdad.

Abrió el sobre con un abrecartas de marfil.

Dentro había tres hojas.

Delacroix leyó la primera línea de pie. Luego se quitó los guantes, dejó el bastón junto al paragüero y pasó al salón con la carta en la mano.

La chimenea estaba apagada, pero aún quedaba en la estancia un olor leve a madera fría.

La mañana era gris, de esas que parecían no haber empezado del todo.

En la calle, los coches pasaban con un rumor húmedo y distante.

Una señora discutía con un cochero al otro lado de la avenida.

Un perro ladraba con la perseverancia de quien ha descubierto una injusticia personal en el universo.

Delacroix se sentó junto a la ventana y volvió al principio.

«Mi querido Delacroix:

Lamento escribirle después de tanto tiempo movido por una necesidad y no por la cortesía. Los años, al parecer, no han mejorado mis modales, aunque sí han perfeccionado mi capacidad para meterme en situaciones desagradables.

Necesito su ayuda.

Esta madrugada ha muerto un hombre bajo custodia policial en Blackwell Yard, una dependencia antigua de Londres cuya reputación, hasta hace unas horas, solo era mala en los términos ordinarios en que puede serlo una comisaría: café miserable, paredes húmedas y hombres seguros de estar haciendo lo correcto incluso cuando no hacen nada.

El muerto se llamaba Victor Harrow.

No era un preso condenado. Había sido detenido la noche anterior y debía ser interrogado de nuevo esta mañana. Estaba solo en una celda. La puerta permaneció cerrada. El guardia afirma que nadie entró ni salió. La llave estuvo en su poder durante toda la noche.

Y, sin embargo, Harrow apareció muerto al amanecer.

No le ocultaré lo evidente: todo señala al guardia de turno.

Se llama Thomas Bell. Es un hombre simple, quizá demasiado simple para defenderse de una acusación bien construida.

El superintendente Ashford desea cerrar el asunto con rapidez.

La prensa empieza a olfatear sangre. Y en esta ciudad, como usted sabe, la prensa tiene un talento singular para convertir un charco en un océano siempre que pueda vender ejemplares con ello.

Le escribo porque hay algo en este caso que no encaja. No sé qué es. Me avergüenza admitirlo. Pero sé que no encaja.

Si Bell mató a Harrow, eligió el método más absurdo posible. Si no lo mató, alguien ha logrado cometer un crimen dentro de una comisaría, bajo vigilancia, usando la propia autoridad como cortina.

No necesito un milagro, Delacroix. Necesito una mirada que no pertenezca a este edificio.

Venga cuanto antes.

Malcolm Reed.»

Delacroix dejó la carta sobre la mesa.

Durante unos segundos no hizo nada. Observó cómo la luz gris de la mañana se extendía sobre el papel, volviendo más pálida la tinta. Después tomó la segunda hoja.

Era más breve. Peor.

«Hay otro detalle.

Harrow pidió hablar conmigo antes de que terminara la noche. No acudí. Creí que era otro intento de chantaje.

Empiezo a temer que esa decisión haya sido el único gesto verdaderamente imperdonable de mi carrera.»

Delacroix exhaló despacio.

Aquello ya era más interesante.

No porque un policía sintiera culpa. La culpa, en los funcionarios, podía ser una emoción sincera o una forma lenta de burocracia. Lo interesante era que Reed, hombre orgulloso hasta el punto de parecer a veces tallado en madera de despacho, hubiera decidido confesarla por carta.

Un hombre podía pedir ayuda por miedo. También por amistad. Pero solo confesaba una vergüenza cuando empezaba a temer que la vergüenza fuese una pista.

Delacroix tomó la tercera hoja.

«Una última cosa, y perdone el dramatismo. Sé cuánto lo irrita.

El hombre murió encerrado, Armand.

Y empiezo a sospechar que la llave no es la respuesta, sino la coartada.»

Delacroix permaneció inmóvil.

Luego sonrió apenas.

No era una sonrisa alegre. Era más bien el gesto de un cirujano al que le anuncian que el paciente, contra toda lógica, ha decidido ocultar el órgano enfermo en otra parte del cuerpo.

—Bien —dijo—. Londres.

Se levantó y tiró suavemente del cordón de la campanilla.

Apareció Baptiste, su criado, con la expresión neutra de quien había aprendido hacía años que en aquella casa las mañanas podían empezar con un asesinato aunque aún no se hubiese servido el desayuno.

—¿Monsieur?

—Prepare el equipaje. Viajamos a Londres.

Baptiste no preguntó por qué. Tenía esa forma refinada de inteligencia que consiste en no pedir explicaciones cuando las maletas ya han empezado a responder.

—¿Muchos días, monsieur?

—Los suficientes para irritar a la policía inglesa.

—Entonces, ¿un baúl grande?

—No exagere. Con una maleta bastará. La vanidad policial suele desmoronarse antes que la ropa limpia.

Baptiste inclinó levemente la cabeza y desapareció.

Delacroix volvió a tomar la carta.

Victor Harrow.

El nombre no le decía nada, y eso era casi una cortesía.

Había nombres que llegaban cargados de reputación, como cadáveres que hubieran empezado a oler antes de morir.

Harrow, por ahora, era apenas una sombra encerrada en una celda.

Un hombre muerto en el único lugar donde, al menos en teoría, nadie debía poder matarlo.

Una comisaría.

Delacroix siempre había pensado que las comisarías tenían algo de teatro barato.

En ellas todo el mundo fingía representar un papel muy claro: el culpable, el inocente, el agente, el superior, el testigo, el ciudadano respetable que casualmente había sido encontrado junto a un cadáver con las manos sucias.

Pero bastaba observar un poco para descubrir que casi nadie estaba en el papel adecuado.

La diferencia con el teatro, desde luego, era que en la comisaría los malos actores podían arruinar vidas reales.

Se acercó a la ventana. La mañana seguía suspendida en una luz sin entusiasmo.

París parecía envuelto en una calma elegante y ligeramente hipócrita.

Delacroix pensó en Londres, en su niebla espesa, en sus fachadas oscuras, en sus clubes donde los hombres hablaban de honor como si fuera una propiedad inmobiliaria y en sus comisarías antiguas, llenas de pasillos, cerraduras y silencios.

Un hombre muerto en un calabozo.

Una puerta cerrada.

Un guardia con una llave.

La tentación habitual habría sido mirar la cerradura. Delacroix desconfiaba de las cerraduras. No porque no fueran útiles, sino porque producían un efecto lamentable en la inteligencia humana: hacían creer que una puerta era siempre el centro del misterio.

Y los misterios, como las personas, rara vez tenían la cortesía de situarse en el centro.

Volvió al escritorio y escribió dos telegramas. Uno para confirmar su llegada a Reed. Otro para rechazar la cena benéfica del jueves.

Dudó un instante sobre la sociedad literaria. Luego tomó una tarjeta y escribió:

«Lamento no poder pronunciar la conferencia sobre el crimen como forma de arte. Me reclaman en Londres por un ejemplo práctico.»

La dejó aparte.

Baptiste regresó poco después.

—El tren sale esta tarde, monsieur. Si desea llegar mañana por la mañana, convendría no entretenerse demasiado.

—Baptiste, en mi experiencia, quien no se entretiene demasiado acaba llegando antes a lugares donde nadie lo quiere.

—¿Y eso es malo?

—No necesariamente. A veces es la única manera de llegar a tiempo.

El criado miró la carta sobre la mesa.

—¿Un asunto serio?

Delacroix dobló las hojas con cuidado y las guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.

—Un hombre ha muerto en una celda vigilada por la policía.

Baptiste arqueó apenas una ceja.

—Parece un lugar poco práctico para cometer un crimen.

—Al contrario. Es un lugar magnífico.

—¿Magnífico?