Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 28 — Después del beso
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Capítulo 28 — Después del beso

El juez llegó a Saint-Aubin a media mañana.

No llegó con solemnidad.

Llegó con barro hasta los tobillos, mal humor en la cara y un escribiente joven que parecía haber descubierto durante el trayecto que la justicia, vista de cerca, tenía mucho de humedad, frío y caballos poco cooperativos.

La niebla había empezado a levantarse, pero no lo bastante para devolverle al mundo sus bordes.

El camino seguía pesado, el cielo seguía bajo y las flores de la boda, ya marchitas, colgaban del arco de entrada con una obstinación casi indecente.

Delacroix lo recibió en el vestíbulo.

—Monsieur le juge.

—Monsieur Delacroix —respondió el juez, quitándose los guantes con evidente irritación—. Cada vez que su nombre aparece en un informe, alguien ha muerto de una manera desagradablemente imaginativa.

—Le aseguro que no lo hago por vanidad.

—Eso espero. La vanidad ya tiene suficientes representantes en las familias antiguas.

Delacroix miró hacia la escalera.

—Saint-Aubin apreciará su comentario cuando deje de fingir que no es verdad.

El juez Dubois era un hombre ancho, de barba corta, mirada cansada y una inteligencia sin adornos.

No tenía la elegancia de Delacroix ni la pretendía.

Era de esos hombres que entraban en una casa noble con barro en las botas y la conciencia limpia, dos cosas que solían incomodar mucho a los propietarios.

Mathilde Beaumont bajó la escalera para recibirlo.

No vestía de luto completo todavía. Eso habría parecido demasiado rápido incluso para ella. Llevaba un vestido oscuro, austero, sin joyas salvo un broche antiguo en el cuello. La carta de Henri no estaba a la vista, pero Delacroix tuvo la impresión de que seguía sobre ella de algún modo.

—Monsieur le juge —dijo.

—Mademoiselle Beaumont. Lamento las circunstancias.

—Todos las lamentamos.

Dubois la miró un segundo de más.

—Eso suele decirse antes de saber cuánto.

Mathilde no se ofendió.

O tuvo la inteligencia de no mostrarlo.

—Monsieur Delacroix le pondrá al tanto.

—Lo hará usted también. Y todos los demás. Las casas donde muere un hombre delante del altar acostumbran a tener muchas versiones de sí mismas.

Adrien Beaumont, que estaba junto a una columna con aspecto de haber dormido poco y bebido nada, murmuró:

—Al fin alguien entiende nuestra arquitectura.

Mathilde giró apenas la cabeza.

Adrien levantó las manos.

—Último comentario de la mañana. Probablemente.

—Sería un milagro —dijo Delacroix.

—No abusemos del vocabulario religioso. Esta casa ya lo ha maltratado bastante.

El juez miró a Adrien con una mezcla de fastidio y curiosidad.

—¿Y usted es?

—Adrien Beaumont. Sobrino del difunto, ladrón ocasional de anillos no letales y decepción hereditaria de presencia bastante constante.

Dubois parpadeó.

—Será una declaración interesante.

—Lo temo.

La llegada del juez trajo a la abadía una clase de movimiento distinto.

No el pánico elegante de la tarde anterior, ni el murmullo morboso de los invitados, ni la autoridad doméstica de Mathilde.

Era un movimiento administrativo, seco, inevitable.

Papeles, firmas, testimonios, sellos, órdenes.

La muerte dejaba de ser una escena y empezaba a convertirse en expediente.

A Delacroix siempre le había parecido una transformación deprimente y necesaria.

Claire Duvall fue conducida al despacho pequeño junto a la biblioteca.

No llevaba ya alianza.

La había entregado la noche anterior al doctor Roussel, no como prueba, sino como objeto que no quería conservar en la mano.

La alianza nueva, pequeña y clara, descansaba ahora sellada junto al anillo familiar, la caja original y la caja falsa.

Tres objetos de boda custodiados como armas o como testigos, que en Saint-Aubin venía a ser casi lo mismo.

Claire caminó entre Baptiste y un agente local enviado por el juez.

Iba erguida.

No serena.

Erguida.

La diferencia era importante.

Al pasar por el vestíbulo, vio a Camille Roux junto a la puerta de la biblioteca. Las dos mujeres se miraron unos segundos. No hubo perdón. No hubo odio abierto. Solo el reconocimiento de una herida que no podía cerrarse porque todavía estaba aprendiendo su forma.

—Camille —dijo Claire.

La joven no respondió de inmediato.

Luego dijo:

—Mademoiselle Duvall.

El apellido cayó como una puerta cerrada.

Claire aceptó el golpe con una inclinación mínima de la cabeza.

Siguió caminando.

Lucien Dargent apareció al fondo del corredor. Había hablado con Claire durante cinco minutos la noche anterior, tal como Delacroix había permitido, y había salido de la habitación con el rostro de un hombre que había recibido la respuesta exacta que pidió y la había encontrado insoportable.

No se acercó a ella.

Claire tampoco lo llamó.

Eso fue, quizá, lo más piadoso que ocurrió entre ambos.

El juez interrogó primero a Delacroix.

No porque el detective fuera sospechoso, aunque Dubois tenía el buen gusto profesional de sospechar de cualquiera que hubiera entendido demasiado antes que la autoridad, sino porque necesitaba ordenar el caso sin ahogarse en flores, parentescos y susceptibilidades.

Delacroix explicó la muerte en la capilla, la espina en el anillo, el guante de Claire, la caja cambiada, la intervención de Vallon, la desaparición y hallazgo de Renoux, la nota falsa enviada a Camille, el uso del perfume de violetas, las llaves de Mathilde, el papel de Lucien y la carta plantada en su habitación.

Lo hizo sin embellecer demasiado. Las verdades complicadas, cuando se decoran, empiezan a parecer mentiras con buenos ingresos.

Dubois escuchó con el ceño fruncido.

El escribiente tomó notas y se quedó sin tinta dos veces.

—Una novia mata al novio con su propio anillo —dijo el juez al final.

—Con el de su familia —corrigió Delacroix.

—Eso mejora el simbolismo y empeora la humanidad.

—Suele ocurrir.

Dubois se frotó la barba.

—¿Y confesó?

—Sí.

—¿Por completo?

—Lo bastante para la justicia. No lo bastante para la literatura, si me permite la desgracia.

—No se la permito.

—Mejor.

Dubois miró los objetos sellados.

—¿Y Vallon?

—Confesó su participación después de descubrir que su silencio ya no valía lo que esperaba.

—Una conversión frecuente.

—La única religión de algunos hombres es el precio.

—¿Renoux?

—Vivo. Herido. Inocente del diseño, culpable solo de trabajar para gente con demasiados secretos.

—Eso no figura como delito.

—Una lástima. Vaciaría media nobleza.

Dubois lo miró.

—No escriba eso en el informe.

—Jamás confiaría al papel algo tan evidente.

Después declararon los demás.

Mathilde habló con precisión. Admitió la presión ejercida para usar el anillo familiar.

Admitió la discusión con Henri. Admitió la segunda visita al joyero.

Admitió haber cerrado la sacristía sin verificar las cajas.

No se adornó. No se excusó. Tampoco se ofreció como mártir.

Eso la hizo más creíble que cualquier escena de dolor.

Adrien declaró su robo del anillo nuevo con una mezcla de vergüenza y sarcasmo cada vez más débil. El juez lo miró largo rato antes de decir:

—Monsieur Beaumont, si la estupidez fuera punible con cárcel, necesitaríamos construirle un anexo.

—Lo he pensado muchas veces —respondió Adrien—. Aunque esperaba que el diseño fuera menos húmedo.

—No bromee.

—Lo intento, monsieur le juge. Es más difícil de lo que parece y menos difícil de lo que merezco.

Dubois anotó algo.

—Eso tampoco lo favorece.

—Ya casi nada lo hace.

Lucien Dargent declaró sobre los documentos, los pagos, Vallon, los papeles de su despacho y su relación con Claire. No intentó esconder lo que ya estaba a la vista. Cuando el juez le preguntó si estaba enamorado de ella, Lucien guardó silencio unos segundos.

—Sí —dijo al fin.

El escribiente levantó la pluma.

—¿Y eso influyó en sus acciones? —preguntó Dubois.

—En mis silencios.

—Eso no es una respuesta menor.

—No pretendía que lo fuera.

Delacroix, desde la ventana, no dijo nada.

Los hombres que aprenden una verdad sobre sí mismos durante un interrogatorio rara vez necesitan que se les humille más.

Madame Lenoir declaró durante cuarenta y siete minutos, de los cuales quizá seis resultaron útiles.

Confirmó haber visto a Camille cerca de la sacristía, haber olido su propio perfume en lugares que no recordaba haber visitado y haber tropezado con la mesa de las copas.

También explicó con detalle el estado de sus caderas, la falta de consideración de la familia Faverol y la decadencia general de las bodas modernas.

El juez Dubois soportó aquello con una paciencia que Delacroix consideró casi heroica.

—Madame —dijo al final—, ¿tocó usted algún anillo?

—¡Jamás!

—¿Alguna caja?

—No.

—¿Alguna copa?

—Solo la mía, y ni siquiera estaba buena.

—Gracias. Puede retirarse.

—¿Eso constará en acta?

—¿El vino?

—Mi inocencia.

—Con menos entusiasmo del que usted desearía, pero sí.

Camille declaró después.

Lo hizo de pie.

El juez le ofreció una silla. Ella la rechazó con una cortesía seca que a Delacroix le recordó, muy a su pesar, a varios Beaumont mejores y peores.

Contó la nota recibida, su entrada en la sacristía, el haber movido el anillo con el borde del papel, la presencia de Vallon en la posada, el hombre o mujer disfrazado, el olor a violetas, la mano vendada, la conversación vista entre Vallon y Lucien.

Cuando terminó, Dubois la miró por encima de sus notas.

—Mademoiselle Roux.

Ella no lo corrigió.

—¿Desea añadir algo?

Camille miró hacia la ventana.

Fuera, la niebla empezaba a desgarrarse sobre el jardín. Por primera vez desde la muerte de Henri, el sol insinuaba una intención modesta de aparecer.

—Sí —dijo.

Mathilde, que estaba en un rincón, levantó la cabeza.

Élise también.

—Mi nombre —continuó Camille— no explica este crimen. Lo explica lo que hicieron con él.

El juez tardó un instante en asentir.

—Constará.

Camille se sentó entonces.

No por debilidad.

Porque había terminado.