Capítulo 28 — Después del beso #2
Al mediodía, Claire fue interrogada formalmente.
Delacroix no entró al principio.
No por delicadeza. Había gastado la mayor parte de sus delicadezas antes del desayuno.
Esperó en el corredor, junto a una ventana abierta hacia el claustro, escuchando solo el murmullo de voces y el rasgueo de la pluma del escribiente.
La confesión de Claire no fue larga. Tampoco fue teatral.
Confirmó lo necesario, corrigió algunos detalles, intentó reducir la responsabilidad de Vallon en una parte y aumentarla en otra, como si todavía buscara ordenar el relato de una manera que le permitiera conservar algo de sí misma.
Delacroix entró solo al final.
Claire estaba sentada frente al juez, con las manos sobre el regazo.
Parecía cansada de un modo que no inspiraba compasión, pero sí cierta comprensión amarga.
La gente culpable también se cansa. A veces, de hecho, se cansa más que la inocente, porque ha tenido que sostener más versiones de sí misma.
—Monsieur Delacroix —dijo ella.
—Mademoiselle Duvall.
—No ha venido a despedirse.
—No me han educado para tantas cortesías en un solo funeral.
Claire miró hacia la ventana.
—Henri habría dicho algo mejor.
—Henri decía muchas cosas mejor de lo que las hacía.
Ella cerró los ojos.
—Sí.
El juez Dubois se levantó para hablar con el escribiente en la puerta. No salió del todo. Era una cortesía vigilada. Claire lo entendió.
—No esperaba que Mathilde defendiera a Camille —dijo.
—Nadie en esta casa esperaba demasiado bien.
—¿Cree que lo hará?
—Sí.
—¿Por culpa?
—Probablemente.
Claire sonrió apenas.
—La culpa mueve más cosas que el amor.
—A menudo. Pero deja peores habitaciones.
Ella bajó la vista hacia sus manos.
—Pensé que, cuando Henri muriera, todo se quedaría quieto. Sus dudas, sus deudas, sus mujeres, sus reparaciones. Pensé que la muerte sería un cierre.
—Un error frecuente entre asesinos y dramaturgos.
—Y no lo fue.
—No.
Claire respiró hondo.
—Murió antes del beso.
—Sí.
—A veces pienso que esa fue la única parte piadosa.
Delacroix la miró.
—No confunda precisión con piedad. Es un vicio peligroso.
Ella aceptó la frase.
No pidió perdón.
No otra vez.
Quizá había comprendido que el perdón, en aquella casa, ya estaba demasiado endeudado.
—¿Sabe qué fue lo peor? —preguntó.
—Sospecho que me lo dirá aunque responda que no.
Una sombra de sonrisa le cruzó el rostro.
—Lo peor fue que, cuando cayó, quise levantarlo.
Delacroix no respondió.
—Durante un segundo —continuó Claire—, lo quise vivo. No por la renta, ni por el nombre, ni por el plan. Por él. Porque era Henri. Porque me miró como si no entendiera. Porque pensé que tal vez sí iba a llegar esta vez.
El silencio fue breve.
—Todos quisieron eso de Henri en algún momento —dijo Delacroix—. Que llegara.
Claire abrió los ojos.
—¿Y usted?
Delacroix miró hacia el escritorio, hacia los papeles del juez, hacia la tinta fresca sobre la confesión.
—Yo hace muchos años que espero poco de los hombres encantadores. Me ahorra decepciones y me empobrece las fiestas.
Claire bajó la cabeza.
—Gracias por no mentirme.
—No era por usted.
—Lo sé.
El juez volvió a la mesa.
La conversación terminó.
A primera hora de la tarde, el cuerpo de Henri fue preparado para su traslado.
No hubo ceremonia todavía. No convenía. El juez no había terminado con la casa, y la casa no había terminado con su vergüenza. Pero el padre Laurent pidió rezar una oración breve en la capilla. Mathilde aceptó. Delacroix también asistió, aunque nadie se lo pidió.
La capilla había sido limpiada de algunas pruebas, no de la memoria.
El altar seguía allí. Los bancos seguían allí.
Las flores blancas habían sido retiradas casi todas, pero algunas hojas perdidas permanecían bajo los asientos.
El cojín de los anillos ya no estaba. La piedra donde Henri cayó había sido lavada, lo que a Delacroix le pareció una de esas acciones inútiles que los vivos necesitan ejecutar para no volverse locos.
Claire no estuvo presente.
Vallon tampoco.
Renoux seguía inconsciente.
Asistieron Mathilde, Adrien, Lucien, Élise, Camille, el padre Laurent, Delacroix y algunos criados. Madame Lenoir intentó asistir, pero el juez la retuvo para completar una firma y ella lo consideró una afrenta casi tan grave como el crimen. Nadie se apresuró a liberarla.
El padre Laurent rezó con voz baja.
No habló de justicia divina. Fue inteligente o estuvo cansado. Habló de los hombres que llegan tarde, de las culpas que no se reparan con una intención y del descanso que tal vez merecen incluso quienes no supieron darlo.
Camille escuchó sin arrodillarse.
Mathilde tampoco se arrodilló al principio.
Luego, cuando el sacerdote terminó, caminó hasta el altar y se inclinó. No mucho. No con espectáculo. Solo lo suficiente para que la casa, si de verdad miraba, entendiera que algo había cedido en ella.
Adrien se acercó a Delacroix.
—Mi tía arrodillándose. Henri habría pedido vino para celebrarlo.
—Henri habría pedido vino para casi cualquier cosa.
—Cierto.
Adrien guardó silencio.
Luego añadió:
—¿Cree que somos una familia terrible?
Delacroix lo miró.
—No más que la mayoría. Solo tienen mejores paredes y peores anillos.
Adrien soltó una risa breve.
Esta vez no dolió tanto.
—Me lo tomaré como un halago.
—Eso confirmaría parte del diagnóstico.
Camille se acercó al altar después de Mathilde.
Se quedó frente a la piedra, mirando el lugar exacto donde Henri había caído. Élise dio un paso hacia ella, pero se detuvo. Dejó que la joven estuviera sola con un padre al que nunca había tenido y que ahora no podía defenderse de nada, ni siquiera de la compasión tardía.
Camille no rezó.
Tampoco lloró.
Solo dijo, muy bajo:
—Llegaste tarde.
Nadie respondió.
Era una frase para un muerto.
Y quizá para todos.
Cuando salieron de la capilla, el sol había conseguido abrir una franja débil entre las nubes. La abadía seguía húmeda, gris y cansada, pero ya no parecía completamente encerrada dentro de la noche anterior.
Delacroix fue a buscar su abrigo.
No pensaba quedarse al entierro. No porque no le importara Henri. Tal vez porque sí le importaba en la medida exacta que prefería no exhibir. Había hecho su trabajo. Había sido testigo. Había dado a Henri, tarde también, la utilidad de su presencia.
En el vestíbulo, Mathilde lo esperaba.
—Se marcha.
—Es una de mis virtudes más constantes.
—El juez aún puede necesitarlo.
—El juez me detendrá si lo considera necesario. Tiene suficiente barro en las botas para atreverse a casi todo.
Mathilde casi sonrió.
—Camille se quedará hasta mañana.
—Bien.
—No en la casa principal. En la hospedería antigua. Ella lo pidió.
—Sensato.
—Élise se quedará con ella.
—Más sensato.
—He ordenado preparar los documentos de Henri. Lucien ayudará, aunque no sé si Camille querrá aceptarlo.
—Lucien necesita hacer algo que no implique amar de forma inútil. Le vendrá bien.
Mathilde miró hacia la biblioteca.
—Adrien devolverá el anillo nuevo.
—No dudo que lo hará con gran dramatismo.
—También venderá su caballo.
—Eso ya suena a penitencia real.
—Y buscará un trabajo.
Delacroix la miró.
—No exagere. Las transformaciones bruscas pueden matar a un Beaumont.
Mathilde sonrió.
Esta vez sí.
Breve.
Seca.
Casi familiar con el humor de Henri, pero sin su necesidad de agradar.
—Gracias —dijo.
—Ya discutimos esa mala costumbre.
—No por resolver la muerte de Henri.
—Menos mal.
—Por no permitir que su muerte se quedara en lo fácil.
Delacroix tomó sus guantes.
—Mademoiselle Beaumont, lo fácil en esta casa llevaba demasiadas llaves. Alguien tenía que desconfiar.
Mathilde bajó la mirada hacia su cinturón, donde el aro de llaves volvía a colgar, incompleto todavía.
—Mandaré cambiar las cerraduras.
—Excelente. Aunque sospecho que algunas puertas necesitan algo más que cerrajería.
Ella asintió.
—Lo sé.
Delacroix se volvió hacia la salida.
En el umbral estaba Camille.
Sola.
—Monsieur Delacroix.
—Mademoiselle Roux.
—Todavía me llama así.
—Es el nombre que usa.
—Por ahora.
—Entonces es el correcto por ahora.
La joven pareció agradecer que no hubiera en la frase ni presión ni ceremonia.
—Mathilde dice que puedo elegir.
—Mathilde empieza a decir algunas cosas útiles. No abusemos, pero celebremos la tendencia.
Camille miró hacia el exterior.
—No sé qué elegir.
—Entonces no elija todavía.
—Todos esperan que quiera algo.
—La gente espera muchas cosas. Es una forma elegante de no pensar en lo que debe ofrecer.
Camille bajó la vista.
—Henri escribió que quería darme el apellido para que pudiera rechazarlo con justicia.
—Sí.
—Eso suena hermoso.
—Henri tenía ese defecto.
—¿Y si no quiero rechazarlo? ¿Y si una parte de mí lo quiere? Aunque lo odie. Aunque me dé vergüenza. Aunque parezca que acepto algo de ellos.
Delacroix la miró con más suavidad de la que habría admitido bajo interrogatorio.
—Entonces querrá algo suyo, no algo de ellos. La diferencia existe, aunque las familias hagan mucho ruido para ocultarla.
Camille respiró hondo.
—¿Usted lo quería? A Henri.
Delacroix se tomó un instante.
No por dudar.
Por no responder con una frase demasiado fácil.
—Conocí a un hombre que pudo haber sido mejor y tardó demasiado en intentarlo. A veces eso se parece al cariño. O al fastidio. En los viejos amigos, la diferencia se vuelve poco práctica.
Camille asintió.
—Me habría gustado conocerlo antes.
—A él también.
—¿Eso lo sabe?
—No. Pero me permito una mentira piadosa. Hoy ya hemos tenido demasiadas de las otras.
Camille casi sonrió.
Le tendió la mano.
Delacroix la aceptó.
La mano de la joven era fría, firme, sin guantes.
—Gracias —dijo.
—Por favor, no convierta esto en costumbre. Esta mañana están todos muy agradecidos y empieza a parecerme una emboscada.
Camille soltó una risa breve.
Pequeña.
Real.
Luego se apartó.
Delacroix bajó los escalones exteriores.
El coche lo esperaba al pie de la entrada. El cochero ya tenía las riendas en la mano. La grava seguía húmeda, pero el aire estaba más claro. Desde allí, la capilla privada de Saint-Aubin se veía a un lado de la abadía, discreta y oscura, como si nada hubiese ocurrido dentro.
Delacroix se detuvo antes de subir.
Miró las flores marchitas del arco, el camino, las ventanas, el lomo de piedra de la casa.
Recordó a Henri joven, riéndose con un anillo atascado en el dedo.
Recordó a Henri muerto, sin anillo, con la mano desnuda.
Recordó el beso que no llegó.
—Hasta que la muerte los separe —murmuró el cochero, sin mala intención, quizá repitiendo lo que ya decía el pueblo.
Delacroix lo miró.
—No se fíe de esa frase.
El cochero parpadeó.
—¿Monsieur?
Delacroix subió al coche.
—La muerte rara vez separa a la gente. Casi siempre la deja atada a lo que no se dijo.
El cochero no respondió.
Era, probablemente, la reacción más sensata.
El coche arrancó.
Saint-Aubin empezó a quedar atrás, primero como una casa, luego como una silueta, después como una mancha de piedra entre árboles y niebla. Delacroix no miró hasta que desapareció del todo.
En algún lugar detrás de él, una mujer sería juzgada por haber convertido una boda en crimen.
Un prestamista intentaría vender su cobardía al mejor postor.
Un joyero despertaría con miedo y con vida.
Una hermana aprendería a soltar llaves. Un sobrino descubriría, quizá, que la ruina no era una personalidad.
Un abogado tendría que sobrevivir a la vergüenza de haber amado sin ver.
Y una hija decidiría si quería tomar un apellido que le pertenecía, aunque llegara tarde, manchado y lleno de muertos.
Henri Beaumont no vería nada de eso.
Era una pena.
Y, en cierto modo, una justicia.
Delacroix apoyó el bastón entre las rodillas y cerró los ojos.
Detestaba las bodas.
Las había detestado antes de Saint-Aubin y las detestaría después, con argumentos renovados y bastante mejores.
Pero debía reconocer una cosa.
Pocas ceremonias explicaban tan bien a los vivos como aquellas que no llegaban al beso.