Capítulo 27 — Lo que queda de los vivos #3
Cuando volvieron a la biblioteca, Claire no estaba allí, por supuesto, pero su ausencia pesaba casi tanto como antes su vestido blanco.
El crimen había sido explicado. No resuelto en el sentido en que las personas heridas desean que algo se resuelva.
Explicado. Había una diferencia enorme y bastante desagradable.
Camille se sentó junto al fuego.
Mathilde permaneció de pie frente a ella.
Durante un rato nadie habló.
Luego Mathilde dijo:
—Mañana, cuando llegue el juez, diré lo que Henri pretendía hacer.
Camille levantó la vista.
—No por mí.
—No solo por ti.
—¿Por él?
Mathilde miró hacia la puerta, como si al otro lado estuviera Henri, retrasado otra vez.
—Por todos los que dejamos que una casa decidiera demasiado.
Élise habló con suavidad:
—Eso no arregla a Marianne.
—No.
—Ni a Camille.
—No.
—Ni a Henri.
Mathilde cerró los ojos.
—No.
La repetición fue más honesta que cualquier promesa.
Camille miró el fuego.
—No sé si puedo perdonarlo.
—No tiene obligación —dijo Delacroix.
La joven giró hacia él.
—¿A Henri?
—A ninguno.
Mathilde aceptó la frase sin defenderse.
Eso quizá fue lo más cercano al comienzo de una reparación.
Adrien se acercó a la mesa donde aún estaban algunos documentos.
—¿Y yo?
Mathilde lo miró.
—Tú devolverás lo que has robado, declararás lo que sabes, pagarás lo que puedas y, por una vez, dejarás de comportarte como si ser un desastre fuera una personalidad.
Adrien la observó.
Luego asintió despacio.
—Es una lista extensa.
—Empieza por no bromear.
—Eso reduce bastante mis recursos.
—Lo sé.
Por primera vez, Mathilde casi sonrió.
No llegó a hacerlo.
Pero estuvo cerca.
Delacroix salió un momento al vestíbulo.
Necesitaba aire. O algo parecido. En Saint-Aubin, incluso el aire parecía haber firmado acuerdos antiguos con la humedad.
Las flores blancas seguían cayendo del arco. Algunas habían terminado en el suelo de piedra, pisadas por criados, invitados y asesinos. Delacroix recogió una sin saber por qué. Estaba blanda, vencida, sin perfume.
La dejó sobre una mesa.
Al fondo, la capilla permanecía cerrada.
Dentro, el altar esperaba vacío.
Henri ya no estaba allí. Su cuerpo descansaba en una sala fría, sin anillo y sin promesas por delante.
Claire estaba encerrada arriba. Vallon, abajo.
Renoux luchaba por vivir. Camille decidía si quería un apellido.
Mathilde empezaba a sospechar que sostener una casa podía no justificar haber aplastado media vida bajo sus cimientos.
Los casos, pensó Delacroix, nunca terminaban cuando se encontraba al culpable.
Terminaban mucho después, cuando los vivos dejaban de usar al muerto para no mirarse.
Y eso podía tardar años.
Lucien apareció en el vestíbulo.
—Monsieur Delacroix.
—Monsieur Dargent.
El abogado parecía exhausto.
—Claire preguntó por mí.
Delacroix lo miró.
—¿Quiere verla?
Lucien tardó.
—Sí.
—Mala idea.
—Lo sé.
—Eso rara vez impide a la gente cometerlas.
—No quiero salvarla. Ya no.
—Eso dice ahora.
Lucien bajó la vista.
—Quiero preguntarle si alguna vez fui algo más que una herramienta.
Delacroix miró hacia la escalera.
—¿Y si la respuesta es no?
—Entonces al menos será una respuesta honesta.
—Sobrevalora usted la utilidad de la honestidad tardía. Es una enfermedad común entre los cercanos a Henri.
Lucien aceptó el golpe.
—Aun así.
Delacroix respiró hondo.
—Cinco minutos. Con Baptiste en la puerta. Y si ella intenta convertir su culpa en ternura, salga antes de recordar que la ternura también puede ser un arma.
Lucien asintió.
—Gracias.
—No me las dé. Hoy he concedido demasiados errores ajenos.
El abogado subió.
Delacroix lo vio desaparecer por la escalera.
No era compasión lo que sentía. O no solo. Era cansancio ante la persistencia humana en acercarse a aquello que la ha herido, como si una última mirada pudiera ordenar el daño.
A veces lo hacía.
La mayoría de las veces solo lo decoraba.
Mathilde apareció en el umbral de la biblioteca.
—Delacroix.
—Mademoiselle Beaumont.
—Mañana habrá escándalo.
—Sí.
—Periódicos.
—Probablemente.
—Familia.
—Por desgracia.
—Jueces, abogados, parientes reclamando saber lo que nunca quisieron mirar.
—Una procesión bastante nutrida.
Mathilde se acercó a él.
—¿Henri le pidió que fuera testigo?
Delacroix la miró.
No había mencionado esa lista.
—Sí.
—Lo imaginé. Siempre necesitaba a alguien mirando para sentirse más valiente.
—Esta vez quizá eligió bien.
Mathilde sostuvo su mirada.
—¿Usted cree?
—Creo que eligió tarde. Lo cual no lo diferencia mucho del resto de su vida.
Ella asintió despacio.
—No era tan bueno como quería parecer.
—No.
—Pero tampoco era tan débil como yo decidí creer.
Delacroix no respondió.
Mathilde miró hacia la capilla cerrada.
—Lo odié muchas veces.
—Eso ya lo dijo.
—Y ahora descubro que no me alcanza.
—El odio rara vez alcanza. Por eso se vuelve tan insistente.
Mathilde bajó la mirada hacia la carta que seguía llevando en la mano.
—Quería liberarme.
—Eso escribió.
—Qué arrogante.
—Sí.
—Qué hermoso.
—También.
Ella dobló la carta con cuidado.
—Lo habría matado por esa frase si Claire no se hubiera adelantado.
Delacroix la miró.
Mathilde sostuvo su mirada.
Por primera vez en toda la jornada, había una sombra de humor en sus ojos.
Seco.
Oscuro.
Familia Beaumont, al fin y al cabo.
—Es una broma, monsieur Delacroix.
—En esta casa, mademoiselle, las bromas deberían registrarse ante notario.
Mathilde casi sonrió.
Esta vez un poco más.
Luego volvió a ponerse seria.
—Gracias.
—No me agradezca.
—No por resolverlo. Por no aceptar la respuesta más fácil cuando me señalaba a mí.
—La respuesta más fácil suele ser una trampa. Y usted, por desgracia, era demasiado evidente.
—Qué consuelo tan exquisito.
—Hago lo que puedo.
Mathilde regresó a la biblioteca.
Delacroix quedó solo en el vestíbulo.
Arriba, Lucien hablaría con Claire. Abajo, Vallon quizá intentaría negociar otra vez. En alguna habitación, Renoux respiraba con dificultad. En la biblioteca, Camille escucharía por primera vez cómo una Beaumont pronunciaba su nombre sin esconderlo detrás de una cuenta pendiente.
La boda había terminado.
La muerte también, al menos por esa noche.
Lo que quedaba era mucho más incómodo.
Los vivos.
Delacroix tomó su bastón y caminó hacia la capilla.
No entró.
Solo se detuvo ante la puerta cerrada.
—No eras tan bueno —murmuró otra vez, pensando en Henri.
Luego, tras un silencio, añadió:
—Pero quizá esta vez intentaste llegar.
La puerta no respondió.
Los muertos, cuando uno les concede una frase justa, tienen la decencia de no discutirla.
Delacroix apagó una de las lámparas del vestíbulo y dejó que la niebla siguiera pegada a los cristales.
A la mañana siguiente llegarían el juez, el escándalo y las firmas.
Esa noche, por primera vez desde el «sí, acepto», Saint-Aubin pareció quedarse sin teatro.
Solo quedó una casa vieja, llena de personas que habían sobrevivido a una verdad.
Y eso, pensó Delacroix mientras se alejaba de la capilla, casi nunca era una forma limpia de seguir viviendo.