Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 27 — Lo que queda de los vivos #2
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Capítulo 27 — Lo que queda de los vivos #2

Baptiste abrió la puerta.

—Monsieur Delacroix.

Todos se volvieron.

—Han encontrado a Vallon.

Lucien se puso de pie de inmediato.

—¿Dónde?

—En el molino viejo, al otro lado del arroyo. Intentaba esperar a que bajara la niebla. Llevaba dinero, una pequeña pistola y una carta sin firmar.

—¿Vivo? —preguntó Delacroix.

—Sí, monsieur. Muy disgustado.

—Eso mejora la noche.

Adrien se levantó.

—Vallon disgustado es casi un triunfo nacional.

—¿Lo traen aquí?

—Sí, monsieur.

Delacroix asintió.

—Que no entre por el vestíbulo principal. Ya hemos ensuciado bastante las flores. Llévenlo a la sala de cuentas. Dos hombres con él. Y que nadie lo golpee antes de que hable.

Baptiste inclinó la cabeza.

—Haré lo posible, monsieur.

—No. Haga más que eso. Lo posible en esta casa ha demostrado ser una medida pobre.

El mayordomo se retiró.

Madame Lenoir se abanicó con una mano.

—¿También tendremos que ver al prestamista?

—Solo si insiste en hacer turismo moral por el crimen, madame.

—Yo no he insistido en nada.

—Admiro su capacidad para creérselo.

La mujer resopló.

Delacroix salió hacia la sala de cuentas acompañado por Mathilde, Lucien y Adrien. Claire quedó vigilada arriba. Camille permaneció con Élise y el padre Laurent en la biblioteca. Antes de cruzar la puerta, la joven miró a Delacroix.

—Quiero oír lo que diga Vallon.

—Después.

—Siempre después.

La frase recordó demasiado a Henri.

Delacroix se detuvo.

—Tiene razón.

Camille sostuvo su mirada.

—Entonces voy.

Mathilde pareció a punto de protestar.

No lo hizo.

Élise sí.

—Camille, no.

—Sí.

—Ese hombre…

—Ese hombre llevó dinero con mi vergüenza dentro. Quiero verle la cara.

Delacroix asintió.

—Vendrá. Pero no hablará.

Camille alzó la barbilla.

—No soy una niña.

—Lo sé. Por eso no discutiré más.

La sala de cuentas fue preparada con dos lámparas, una silla en el centro y suficiente espacio alrededor para que un hombre nervioso entendiera que no tenía salidas elegantes.

Vallon llegó escoltado por dos criados robustos y un jardinero que parecía algo decepcionado de no haber podido usar la escopeta.

Era exactamente como lo habían descrito: mediana edad, bigote fino, abrigo marrón manchado de barro, ojos pequeños y rápidos, mano izquierda con dos dedos rígidos.

Tenía el rostro de los hombres que han dedicado demasiado tiempo a cobrar lo que otros deben y han terminado convencidos de que eso les concede alguna superioridad moral.

Al ver a Lucien, sonrió.

—Monsieur Dargent.

Lucien no respondió.

Vallon vio a Adrien y su sonrisa se ensanchó.

—Monsieur Beaumont. No esperaba una reunión tan distinguida.

—Yo tampoco esperaba volver a verlo vivo —dijo Adrien—. La noche nos está decepcionando a todos.

Luego Vallon vio a Camille.

La sonrisa se apagó un instante.

No mucho.

Pero lo suficiente.

—Mademoiselle.

Camille no contestó.

Delacroix indicó la silla.

—Siéntese.

—Preferiría saber de qué se me acusa.

—Su preferencia queda anotada en el aire.

Vallon se sentó.

No porque quisiera.

Porque los dos criados le hicieron comprender que la alternativa sería menos cómoda.

—¿Dónde está la carta? —preguntó Delacroix.

Vallon miró a Baptiste.

—¿Qué carta?

Baptiste dejó sobre la mesa un sobre arrugado, hallado entre las ropas de Vallon.

Delacroix lo abrió.

No era de Claire. No directamente. Era una nota breve, sin firma, con instrucciones prácticas: salir por el camino norte, esperar al mensajero, no regresar al pueblo hasta recibir el pago final. La letra estaba alterada, torpe, no la de Henri. Al final había una frase subrayada:

Si Renoux habla, todos hablarán de usted.

Vallon intentó encogerse de hombros.

—No sé quién escribió eso.

—Pero la obedeció.

—Uno obedece a quien paga.

—Admirable lema para una tumba barata.

Vallon miró a Adrien.

—Podría aplicarse a más de uno.

Adrien no respondió.

Por una vez, eligió bien.

Delacroix colocó sobre la mesa la nota de Camille, la carta falsa de Lucien y el fragmento de papel hallado en la mano de Renoux.

Vallon miró los objetos con una atención demasiado rápida.

Los reconoció.

—Hablemos de cajas —dijo Delacroix.

—No vendo cajas.

—No. Las cambia.

Vallon sonrió.

—Eso tendrá que probarlo.

—Renoux vive.

La sonrisa perdió un poco de salud.

—Renoux estaba vivo cuando lo dejé.

—Qué defensa tan generosa.

—No lo maté.

—No por falta de beneficio.

Vallon se inclinó hacia atrás.

—No tengo nada que decir.

Delacroix tomó el sobre sin firma.

—Claire Duvall confesó.

Vallon parpadeó.

Ahí estaba.

El verdadero golpe.

No la captura.

No Renoux vivo.

Claire hablando.

—No sé de qué me habla.

—Sabe exactamente. El problema es que ella habló antes que usted vendiera su silencio por segunda vez.

Vallon apretó los labios.

—Esa mujer no tiene dinero.

—Iba a tenerlo.

—Todos iban a tener algo después de la boda. Era una boda muy prometedora.

Adrien levantó la vista.

—Cuidado, Vallon.

—¿Me amenaza quien me debe dinero?

—No. Le informo de que mi paciencia está descubriendo músculos nuevos.

Delacroix alzó una mano.

—No lo ayude, monsieur Beaumont. Vallon ya está haciendo bastante daño solo.

El prestamista lo miró con desprecio.

—No soy asesino.

—No. Es usted una herramienta.

Eso le molestó más que la palabra asesino.

—Nadie me usa.

—Madame Duvall lo hizo.

—Mademoiselle Duvall.

—Viuda de cinco segundos, si prefiere exactitud.

Vallon no respondió.

Delacroix continuó:

—Usted conocía a Camille por los pagos de Henri. Conocía a monsieur Dargent por esos mismos pagos. Conocía a Adrien por sus deudas. Conocía el taller de Renoux. Y sabía que una joya familiar pasaría por sus manos si alguien hacía que Adrien se creyera más listo de lo que es.

Adrien murmuró:

—No protestaré, porque hoy sería ridículo.

—Claire le dio instrucciones. Robó perfume de madame Lenoir o se lo facilitó a usted. Consiguió papel de monsieur Dargent. Escribió o le hizo enviar la nota a Camille. Lo contrató para cambiar la caja en la posada y conseguir del taller de Renoux la sustancia necesaria.

—No toqué veneno.

—No he dicho que lo tocara con gusto.

—No lo toqué.

—Renoux dijo que faltaba un frasco.

—Renoux estaba delirando.

—Renoux reconoció su mano.

Vallon escondió la izquierda por instinto.

Demasiado tarde.

Delacroix señaló el gesto.

—Gracias.

El prestamista se quedó quieto.

Mathilde, junto a la pared, observaba la escena con una expresión de asco contenido. No era el asco de quien mira a un criminal. Era el de quien ve la clase de hombre que su casa, su apellido y sus silencios habían utilizado durante años sin querer reconocerlo.

Camille habló, pese a la orden.

—Usted llevó dinero a mi nombre.

Vallon la miró.

—Llevé dinero. El nombre importaba poco.

—Eso lo resume todo.

—Yo no decidí que la escondieran, mademoiselle.

—Pero cobró por el escondite.

Vallon sonrió apenas.

—Todos cobramos de alguna manera.

La frase fue vulgar.

Y cierta.

Camille no respondió.

Delacroix se acercó un paso.

—¿Quién le entregó la espina?

Vallon guardó silencio.

—¿Claire?

Silencio.

—¿La hizo usted?

—No.

—Eso sí lo creo.

Vallon lo miró con odio.

Delacroix continuó:

—Fue una pieza sencilla, adaptada de una aguja de reloj.

Claire no necesitaba soldadura. Necesitaba una punta, una pasta fijadora, veneno y el anillo justo.

Usted consiguió las piezas en el taller de Renoux.

Tal vez robadas. Tal vez compradas con otro pretexto.

Luego le entregó todo en la caja original.

—Ella sabía dónde ponerla.

—Sí.

—Entonces no me mire como si yo hubiera inventado su crimen.

—No lo inventó. Lo alquiló.

Vallon se removió en la silla.

—No sabía que iba a matar al novio delante de todos.

Adrien soltó una risa amarga.

—Ah, qué tranquilidad. Solo colaboró con un crimen de finalidad decorativa desconocida.

—Me dijo que era para asustarlo.

Delacroix lo miró.

—Eso es mentira.

—No.

—Sí. Vallon, usted ha visto suficientes cobardías humanas para reconocer una intención de muerte cuando le piden veneno, una espina y un anillo estrecho.

Vallon apartó la mirada.

La confesión no siempre es una frase.

A veces es la rendición de los ojos.

—¿Por qué golpeó a Renoux? —preguntó Lucien.

Vallon lo miró con desprecio.

—Porque su joyero empezó a hacer preguntas.

—No es mi joyero.

—Todo en esa maldita casa es de alguien hasta que conviene que no lo sea.

Lucien no respondió.

—Renoux notó que faltaba el frasco —dijo Delacroix—. Y cuando supo que Henri había muerto por el anillo, entendió demasiado.

Vallon apretó la mandíbula.

—Yo no quería matarlo.

—Eso empieza a ser el estribillo de la noche.

—No lo maté.

—Casi.

—Casi no es muerte.

—Para Renoux, esperemos que no.

Delacroix tomó la nota sin firma.

—¿Quién escribió esto?

—Ella.

—Claire.

Vallon asintió.

La palabra no salió.

Pero el gesto bastó.

—¿Y la carta contra Lucien?

—No sé.

—Miente.

—No la vi.

—Miente mal.

Vallon suspiró, por fin cansado.

—La escribió ella en la abadía. Me dijo que, si algo salía mal, monsieur Dargent debía parecer el centro. Que todos sabían que él quería a la novia. Que un hombre así podía hacer locuras.

Lucien cerró los ojos.

—Dios.

Delacroix casi le dijo que dejara descansar a Dios.

No lo hizo.

—¿Claire pensaba huir? —preguntó.

—No. Pensaba quedarse.

La respuesta fue inmediata.

Y terrible.

—¿Quedarse? —preguntó Mathilde.

Vallon sonrió sin alegría.

—Como viuda. Como víctima. Como mujer a la que todos habían visto matar sin querer. Pensaba que eso la hacía intocable.

Camille bajó la mirada.

Adrien murmuró:

—Henri eligió muy mal a su última esperanza.

Mathilde no dijo nada.

A veces las frases más crueles no necesitan reproche porque ya se castigan solas.

Delacroix terminó el interrogatorio cuando ya tenía lo necesario. Vallon fue llevado a una habitación cerrada y vigilada, lejos de Renoux y todavía más lejos de Claire. Esta vez, nadie tuvo que recordar a los criados que vigilaran las puertas.

La casa había aprendido.

Tarde.

Pero había aprendido.