Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 27 — Lo que queda de los vivos
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Capítulo 27 — Lo que queda de los vivos

A Claire Duvall la encerraron en la habitación azul.

No fue una elección poética.

En Saint-Aubin casi nada lo era, aunque la casa se empeñara en parecer escrita por alguien con una sensibilidad excesiva para la desgracia.

La habitación azul estaba cerca de la escalera principal, tenía una sola puerta, ventanas altas que daban al jardín interior y un cerrojo que funcionaba.

Aquello, después de un día de puertas abiertas, llaves robadas y sacristías transitadas por medio mundo, parecía un lujo técnico.

Baptiste quedó de guardia en el pasillo.

No parecía cómodo.

Delacroix pensó que eso hablaba bien de él. Un mayordomo que se sentía cómodo vigilando a una novia homicida la noche de su boda quizá merecía otro oficio.

El doctor Roussel había revisado las manos de Claire antes de encerrarla.

No encontró heridas abiertas. Solo una ligera irritación en la yema del pulgar derecho, probablemente protegida por el guante en el momento del contacto.

Claire había aceptado el examen con una docilidad extraña, casi educada, como si de pronto hubiera regresado a la etiqueta después de haberla usado para matar.

—No intentará huir —dijo Roussel cuando salieron.

—Eso espero —respondió Delacroix.

—¿No está seguro?

—Doctor, hoy una mujer ha asesinado a su marido con un anillo, ha incriminado a media casa, ha empujado a una florista en un invernadero y ha escrito cartas falsas mientras todos corríamos detrás de sombras. La seguridad me parecería una insolencia.

Roussel no encontró respuesta.

Quizá porque no la había.

Abajo, la biblioteca seguía ocupada por los vivos. Esa era la parte más difícil de cualquier crimen: el muerto dejaba de moverse, pero los demás continuaban haciéndolo con una torpeza que a menudo parecía ofensiva.

Mathilde Beaumont estaba junto a la chimenea, con la carta de Henri doblada entre las manos.

No la había vuelto a leer. Tampoco la había guardado. La sostenía como si el papel pesara demasiado para el bolsillo y demasiado poco para justificar el temblor que no quería mostrar.

Camille Roux se encontraba junto a Élise Moreau. La muchacha no lloraba. Miraba la mesa donde estaban los documentos de Henri, como si intentara decidir si esos papeles hablaban de ella o de una desconocida que llevaba su nombre.

Adrien estaba sentado cerca de la ventana, con una copa de agua intacta delante.

Eso, en él, equivalía a un voto religioso.

Lucien Dargent permanecía al otro lado de la mesa, separado de todos no por distancia, sino por vergüenza. Había dejado de defenderse. Esa era una de las pocas mejoras que una persona podía experimentar tras haber sido casi destruida por una acusación falsa.

Madame Lenoir, por supuesto, seguía allí.

—Supongo —dijo al ver entrar a Delacroix— que ahora que la asesina ha confesado, podremos descansar.

—Madame, si el descanso dependiera de las confesiones, la humanidad dormiría mucho mejor.

—Yo necesito mi habitación.

—Y su perfume, imagino.

La mujer se irguió.

—Mi perfume fue víctima de este asunto.

—Lo sé. Pocas fragancias han servido tanto a la justicia sin tener intención.

Adrien bajó la mirada.

Quizá para no reír.

Quizá para no llorar.

En aquella casa empezaba a ser difícil distinguir ambas posibilidades.

Delacroix se acercó a la mesa.

—Han enviado hombres al pueblo.

Mathilde levantó la vista.

—¿Por Vallon?

—Sí. También por el muchacho del mensaje. Si alguno conserva la imprudencia de estar cerca, lo encontrarán.

Lucien habló con voz baja.

—Vallon no se dejará atrapar fácilmente.

—Los hombres que viven de huir suelen sobrevalorar su talento cuando alguien empieza a buscar de verdad.

—Conoce caminos.

—La niebla también. Ya veremos cuál de los dos es más fiel.

Mathilde dejó la carta sobre la mesa.

—¿Claire habló de él?

—Lo suficiente.

—¿Le pagó?

—Le prometió pagarle. Con dinero que esperaba controlar tras la muerte de Henri y con la cancelación de una deuda antigua de los Duvall que Vallon había comprado por menos de lo que valía.

También le entregó una joya menor como adelanto.

Nada de gran valor para Saint-Aubin. Suficiente para un hombre que vive de pequeñas suciedades.

Adrien soltó aire por la nariz.

—Qué ofensa. Hasta para contratar criminales esta familia recurre a acreedores conocidos.

Mathilde lo miró.

—No es momento.

—Tía, hemos superado hace horas el territorio donde esa frase conserva algún sentido.

Delacroix no intervino.

Adrien tenía razón, aunque expresarla fuera una de sus formas más constantes de equivocarse.

Camille miró a Lucien.

—Vallon llevaba mi dinero.

Lucien sostuvo la mirada de la joven con evidente esfuerzo.

—Sí.

—Durante años.

—No siempre él. A veces otros intermediarios.

—Pero usted lo sabía.

—Sí.

—Y aun así lo dejó cerca de Henri. De la boda. De mí.

Lucien bajó la vista.

—Pensé que podía controlarlo.

Camille sonrió apenas.

No fue una sonrisa agradable.

—Qué Beaumont suena eso.

Lucien aceptó el golpe.

Mathilde también, aunque no iba dirigido a ella.

Élise apoyó una mano en el respaldo de la silla de Camille, sin llegar a tocarla. La joven no se apartó. Tampoco se acercó. A veces la herida permitía una tregua de unos centímetros y eso ya era mucho.

—Vallon no habría actuado sin saber que podía cobrar —dijo Delacroix—. Claire le dio una promesa. Él añadió oportunismo. El resto fue su especialidad: mover cosas pequeñas, entregar mensajes, cambiar cajas, llevar personas a lugares donde no debían estar.

—¿Y Renoux? —preguntó Mathilde.

—Sobrevivirá si el doctor no se ofende demasiado con su paciente.

Vallon quiso sacarlo del pueblo para que pareciera culpable o ausente por miedo.

Cuando Renoux empezó a sospechar, lo golpearon.

No con la limpieza de un asesino profesional.

Con la vulgaridad de un hombre acostumbrado a cobrar deudas.

Adrien miró hacia la ventana.

—Vallon siempre tuvo mal gusto para las salidas.

—Esperemos que también para los escondites.

Hubo un silencio.

La casa, detrás de las paredes, seguía viva. Criados que caminaban. Puertas que se abrían con cautela. Invitados que preguntaban en voz baja si ya podían marcharse, como si abandonar Saint-Aubin fuese a devolverles la mañana.

Nadie podía marcharse todavía.

La muerte no había terminado su protocolo.

Delacroix tomó la carta auténtica de Henri a Mathilde y la dejó a un lado. Luego colocó junto a ella la carta dirigida a Camille, la nota de la lista de nombres y los documentos incompletos.

—Queda algo por resolver.

Mathilde lo miró.

—La justicia se encargará de Claire.

—No hablaba de Claire.

Camille levantó la vista.

Delacroix señaló los documentos.

—Henri murió antes de firmar el reconocimiento.

El rostro de Camille se cerró.

—Lo sé.

—Legalmente, eso complica las cosas.

—No hace falta que me lo explique como si fuera una niña. He vivido veintidós años bajo una complicación legal.

La respuesta fue buena.

Dura.

Merecida.

Delacroix inclinó apenas la cabeza.

—Entonces lo diré de otro modo. Henri dejó cartas, borradores, pagos, instrucciones y testigos. No basta por sí solo para una verdad sencilla, pero basta para iniciar una verdad difícil.

Camille miró a Mathilde.

—¿Una verdad difícil significa que volverán a decidir por mí?

Mathilde no respondió de inmediato.

Se acercó a la mesa y tomó la carta de Henri. La abrió una vez más. Leyó una línea, quizá la misma que la había quebrado por dentro sin permitirle romperse por fuera.

Luego la dobló.

—No —dijo.

La palabra fue baja.

Pero en Mathilde las palabras bajas solían tener más fuerza que los gritos ajenos.

Camille no se movió.

—No decidiré por ti —continuó Mathilde—. Ya se hizo bastante daño con esa costumbre.

Élise la miró con desconfianza inmediata.

—Qué oportuno descubrirlo ahora.

Mathilde aceptó la frase sin defenderse.

—Sí.

La simple aceptación fue tan inesperada que Élise calló.

Mathilde dejó la carta en la mesa.

—Henri quería reconocerte. Debió hacerlo antes. Yo debí impedir que no lo hiciera. O al menos debí dejar de ayudar a que el silencio pareciera una solución. No lo hice. No voy a fingir bondad ahora. No me queda tan bien como a Henri.

Adrien murmuró:

—A nadie le quedaba tan bien como a Henri. Ese era parte del problema.

Mathilde lo miró un instante.

No con enfado.

Con cansancio.

Luego volvió a Camille.

—Si quieres el apellido, lo tendrás. Si quieres rechazarlo, también. Si quieres dinero, tendrás lo que Henri dispuso y lo que yo pueda sostener legalmente sin convertirlo en otra guerra. Si no quieres nada, también tendrás derecho a decirlo sin que nadie llame orgullo a tu dolor.

Camille permaneció inmóvil.

A veces, cuando alguien ha pasado la vida esperando que una puerta se abra, el ruido de la cerradura puede asustar más que el encierro.

—¿Por qué? —preguntó la joven.

Mathilde tardó.

—Porque mi hermano murió antes de hacerlo.

—Eso no es suficiente.

—No.

—Entonces ¿por qué?

Mathilde miró alrededor.

Los retratos. Las paredes. Los libros. La chimenea. La casa entera, invisible y presente.

—Porque no quiero que Saint-Aubin gane otra vez.

La frase dejó un silencio distinto.

No legal.

No familiar.

Humano.

Élise bajó la vista.

Adrien se llevó una mano a la boca.

Lucien cerró los ojos.

Camille miró a Mathilde durante varios segundos.

—No sé si quiero ser Beaumont.

—Nadie sensato lo querría de inmediato —dijo Adrien.

Mathilde no lo reprendió.

Camille lo miró.

Por primera vez, algo parecido a una sonrisa rozó su rostro.

—Eso es lo más amable que me ha dicho alguien de esta familia.

—No se acostumbre —respondió Adrien—. La amabilidad me sienta peor que el negro.

Delacroix permitió que aquella mínima grieta respirase.

No era reconciliación.

Ni reparación.

Ni justicia completa.

La justicia completa era una fantasía popular entre personas que no habían mirado de cerca los daños antiguos. Pero a veces, después de mucho silencio, una frase honesta podía ser la primera piedra de algo menos indecente.