Capítulo 26 — La novia #3
—La escribió deprisa mientras nosotros estábamos en el camino norte, buscando a Renoux. La plantó en la habitación de monsieur Dargent y se aseguró de que Lucie la encontrara. Pero la prisa le hizo repetir su propia frase: «una vida menos frágil». Eso me trajo de vuelta a usted.
Claire respiró hondo.
—Una frase.
—No. Una frase, una deuda, un guante, unas llaves, un perfume robado, una caja cambiada, un papel de Lucien, una nota a Camille, una florista empujada, un joyero desaparecido y una boda demasiado perfecta.
—¿Perfecta?
—Para un crimen, sí. Para un matrimonio, algo incómoda.
La habitación permaneció en silencio.
Luego Mathilde habló.
—Henri te amaba.
Claire se volvió hacia ella.
—Henri amaba la posibilidad de ser mejor conmigo.
—Eso también es amor.
—No cuando una es la herramienta.
Mathilde no pudo responder de inmediato.
La frase se parecía demasiado a varias verdades de la casa.
Camille miró a Claire.
—Él iba a reconocerme.
—Tal vez.
—No diga tal vez.
Esta vez la voz de Camille no se quebró. Se volvió más firme.
—No vuelva a quitarme eso también.
Claire la miró.
Por un momento pareció que iba a defenderse, a decir que Henri habría vuelto a aplazar, que nadie sabía, que Camille no entendía. Pero la mirada de la joven, clara y fija, le cerró el camino.
—Sí —dijo Claire al fin—. Iba a hacerlo.
Camille tragó saliva.
La afirmación llegó demasiado tarde, como casi todo en aquella casa, pero llegó.
Élise cerró los ojos.
Mathilde apartó la mirada.
Adrien se sentó de nuevo, muy despacio.
Delacroix tomó la carta auténtica de Henri a Mathilde y la dejó sobre la mesa, frente a la hermana.
—Henri dejó esto para usted.
Mathilde no la tomó.
Miró el papel como se mira algo que puede herir más que una acusación.
—¿Ahora?
—Ahora. Antes de que otros decidan por usted qué significaba.
Mathilde la abrió.
Leyó en silencio.
Delacroix no observó su rostro por cortesía, aunque la cortesía fuera un recurso cada vez más escaso en esa habitación. Vio, de todos modos, cómo su mano se cerraba sobre el borde del papel al llegar a una frase concreta.
No quiero quitarte Saint-Aubin.
Quiero impedir que Saint-Aubin termine de quitarte a ti.
Mathilde cerró los ojos.
No lloró.
Pero por primera vez desde que Henri cayó ante el altar, pareció no saber qué hacer con sus manos.
Claire la miró.
—Él siempre encontraba una frase hermosa.
—Sí —dijo Mathilde, sin levantar la vista—. Y esta vez quizá llegó a una verdadera.
La respuesta sorprendió a Claire.
Quizá por eso no contestó.
Delacroix se volvió hacia Baptiste.
—Mande a dos hombres al pueblo. Busquen a Vallon. Vivo, si es posible. Prudente, si el universo tiene sentido del humor.
—Sí, monsieur.
—Y avise al juez en cuanto el camino lo permita.
Baptiste salió.
Roussel se acercó a Claire, casi por instinto, como si un médico debiera vigilar también a los culpables cuando se quedan demasiado quietos.
—¿Qué veneno usó? —preguntó.
Claire lo miró.
—No sé el nombre exacto.
—Pero sabía lo que hacía.
—Sabía que entraría por la herida.
—Pudo matarse usted también.
—Llevaba guantes.
—Los guantes no son una muralla.
—Nada lo era hoy.
Roussel la miró con repugnancia contenida.
Delacroix no.
La repugnancia era fácil y poco útil. Prefería comprender, porque comprender resultaba más incómodo y dejaba menos lugar para sentirse moralmente superior.
—Hay una última cosa —dijo.
Claire levantó la mirada.
—¿Más?
—Sí. Siempre hay más cuando alguien decide matar durante una boda. ¿Por qué antes del beso?
La pregunta cayó con una intimidad inesperada.
Claire tardó en responder.
—Porque después habría sido demasiado tarde.
—Legalmente, quizá no.
—No hablaba de la ley.
Delacroix esperó.
Claire miró hacia la ventana. La niebla cubría el cristal. Más allá no se veía nada.
—Quería que Henri muriera después de elegirme y antes de tocarme como esposa. Quería quedarme con su nombre sin su cuerpo. Con su protección sin su arrepentimiento. Con su promesa sin sus fantasmas.
Nadie habló.
La frase era demasiado terrible para ser interrumpida.
—Y quería —añadió ella, más bajo— que por una vez en su vida no tuviera tiempo de llegar tarde.
Camille bajó la mirada.
Élise se llevó una mano al pecho.
Lucien parecía haber envejecido diez años.
Mathilde dobló la carta de Henri con una delicadeza nueva.
Adrien, que rara vez sabía callarse, calló.
Delacroix miró a Claire.
—Entonces lo consiguió.
Ella asintió.
—Sí.
—Y aun así todos llegaron.
Claire cerró los ojos.
Ese fue el primer gesto de derrota verdadera.
No al ser acusada.
No al confesar.
Al comprender que Henri, muerto, había terminado reuniendo a todos los que ella quiso mantener separados: la novia, la hija, la amante, la hermana, el amigo, el abogado enamorado, el sobrino inútil, el sacerdote silencioso, la casa entera.
Henri había llegado tarde.
Pero la verdad, con la descortesía habitual de las cosas inevitables, había llegado detrás.
El padre Laurent se acercó a Claire.
—Hija…
Ella abrió los ojos.
—No me llame así.
El sacerdote se detuvo.
—No iba a absolverla.
—Lo sé.
—Solo iba a decir que todavía puede arrepentirse.
Claire lo miró con una tristeza sin lágrimas.
—Padre, si el arrepentimiento sirviera para resucitar a los muertos, Henri habría sido inmortal.
El sacerdote bajó la cabeza.
Delacroix tomó su bastón.
—Mademoiselle Duvall, permanecerá vigilada hasta que llegue el juez. Doctor, revise sus manos. No por compasión. Por veneno. Mathilde, nadie sale de Saint-Aubin esta noche, salvo los hombres que buscan a Vallon.
Mathilde asintió.
Esta vez obedeció sin convertirlo en una cuestión de mando.
Claire extendió las manos hacia Roussel.
Desnudas.
Elegantes.
Las mismas manos que todos habían visto empujar un anillo.
Las mismas que habían sido utilizadas, no por otra persona, sino por la parte de ella que había decidido que la seguridad valía más que la verdad, que la viudez podía ser una forma de libertad y que una ceremonia era solo un mecanismo si una sabía dónde colocar la muerte.
Lucien se apartó de la mesa.
No podía mirarla.
Camille sí.
La joven sostuvo la mirada de Claire durante varios segundos.
—No tendrá su apellido —dijo Claire.
Camille respiró hondo.
—No —respondió—. Pero ahora tampoco lo necesito de usted.
Claire pareció querer decir algo.
No lo hizo.
Mathilde habló entonces, con voz baja, casi rota:
—Lo tendrá.
Todos la miraron.
Camille también.
Mathilde seguía sosteniendo la carta de Henri.
—No porque Henri muriera por ello. No porque Claire intentara impedirlo. No porque la casa lo merezca. Lo tendrá porque debió tenerlo desde el principio. Y si quiere rechazarlo, lo rechazará con derecho.
Camille no respondió.
Élise se quedó inmóvil.
En aquella frase, Mathilde Beaumont acababa de perder una guerra que llevaba veinte años ganando.
O quizá acababa de dejar de pelearla.
Adrien se frotó el rostro.
—Henri habría hecho un comentario insoportablemente hermoso sobre esto.
—Sí —dijo Delacroix—. Por suerte para todos, ya no puede.
La frase produjo algo extraño.
No risa.
No exactamente.
Un pequeño alivio miserable.
La clase de alivio que aparece cuando una habitación ha contenido demasiada muerte y necesita recordar, aunque sea de forma indecorosa, que los vivos aún respiran.
Claire fue conducida a una habitación vigilada, con Roussel a un lado y Baptiste al otro. No se resistió. Al pasar junto a Delacroix, se detuvo.
—Usted lo supo cuando leyó la carta.
—Lo sospeché.
—¿Y antes?
Delacroix miró hacia la mesa, hacia los papeles, hacia la alianza de Claire.
—Antes pensé que alguien la había usado.
—¿Y después?
—Después comprendí que esa era la frase exacta que usted necesitaba que pensáramos.
Claire asintió.
—Henri dijo que usted era peligroso.
—Henri confundía a menudo peligro con lucidez.
—No. Esta vez acertó.
Delacroix no respondió.
Claire siguió hacia la puerta.
Antes de salir, miró una vez más a Camille.
—Lo siento —dijo.
La joven no aceptó la disculpa.
Tampoco la rechazó.
A veces las palabras llegan tan tarde que ya no encuentran dónde sentarse.
La puerta se cerró detrás de Claire.
La biblioteca quedó sin novia.
Curioso, pensó Delacroix.
Todo el día había girado alrededor de una novia, y solo al final la ausencia de ella permitió que la habitación respirara.
Afuera, la niebla seguía cubriendo los jardines de Saint-Aubin.
La capilla esperaba oscura. El altar conservaba el lugar exacto donde Henri había caído.
El anillo familiar estaba sellado en una caja.
El anillo nuevo, también. La caja original, manchada de barro y residuo, ya no pertenecía a ninguna tradición.
Mathilde dobló la carta de su hermano y la guardó contra el pecho.
Élise se acercó a Camille, pero no la tocó hasta que la joven, por primera vez, apoyó apenas la frente en su hombro.
Adrien miró hacia la puerta por donde Claire se había marchado.
—Hasta que la muerte los separe —murmuró.
Delacroix tomó su bastón.
—Una frase imprudente. Como casi todas las que prometen entender el futuro.
Nadie respondió.
La noche no había terminado.
Faltaba Vallon. Faltaba el juez. Faltaban declaraciones, firmas, escándalos, titulares, entierros, silencios y la lenta humillación de seguir vivos después de haber dicho demasiada verdad.
Pero el centro del crimen, al menos, había dejado de esconderse.
No estaba en la copa.
Ni en la sacristía.
Ni en la caja.
Ni siquiera en el anillo.
Estaba en el gesto.
En la mano de una novia empujando una tradición hasta convertirla en herida.
Delacroix salió de la biblioteca y cruzó el vestíbulo.
Al pasar bajo las flores vencidas, pensó que las bodas tenían fama injusta de celebrar comienzos. A menudo eran, en realidad, funerales cuidadosamente aplazados.
Henri Beaumont lo había aprendido antes del beso.
Y Saint-Aubin, por fin, empezaba a aprenderlo después.