Capítulo 26 — La novia #2
—Vallon ya conocía a Camille por los pagos. Conocía a Adrien por las deudas. Conocía a monsieur Dargent por los encargos de Henri. Y conocía al taller de Renoux porque los pueblos pequeños tienen esa crueldad: todos los caminos discretos pasan por las mismas manos sucias.
Claire miró por fin a Delacroix.
—¿Y yo cómo iba a conocer a Vallon?
Delacroix esperó.
Fue un silencio breve.
Suficiente.
—Su padre murió hace años —dijo—. Usted lo mencionó con una naturalidad muy sobria.
La familia Duvall, nos dijeron, era discreta.
Demasiado discreta. Lucien revisó esta tarde los papeles de Henri y encontró algo que no había considerado importante porque pertenecía al pasado de su familia, no al de Henri.
Lucien pareció comprender entonces.
Abrió la carpeta con manos torpes y sacó una hoja.
—Las deudas Duvall —susurró.
Claire cerró los ojos.
No por sorpresa.
Por cansancio.
Delacroix tomó la hoja.
—Vallon compró una parte de esas deudas.
No eran enormes para un Beaumont. Sí para usted.
Henri, al casarse, le ofrecía seguridad.
Pero Henri vivo también le ofrecía incertidumbre: Camille, Mathilde, ventas de tierras, escándalos, herencias discutidas, una casa que podía devorarla a usted igual que devoró a otras.
Henri muerto después del consentimiento y después de la firma que la protegía era otra cosa.
Un marido breve. Una renta. Una viudez triste. Una imagen perfecta.
—Eso es monstruoso —dijo Élise.
Claire la miró.
—Sí.
La palabra no fue una confesión.
Pero se pareció demasiado a una aceptación.
Camille dio un paso.
—Él iba a reconocerme.
—Quizá —dijo Claire.
La respuesta encendió algo en la joven.
—No diga quizá.
Claire la miró con una dureza que hasta entonces había mantenido escondida.
—Henri había pasado veinte años siendo un hombre que quizá hacía cosas. Quizá reparaba. Quizá firmaba. Quizá se atrevía. Quizá decía la verdad. Usted necesitaba creer que esta vez sería distinto. Yo también.
—Entonces lo mató porque no confiaba en él.
—Lo maté —dijo Claire— porque confié demasiado tarde en lo que sí sabía de él.
La confesión no produjo gritos.
Quizá porque todos la habían sentido llegar antes de oírla.
Mathilde se apoyó en el respaldo de una silla.
Adrien bajó la cabeza.
Lucien se quedó inmóvil, con una expresión rota que no sabía si pertenecía al amor, a la vergüenza o a la estupidez de haber sido usado en ambas.
El padre Laurent hizo la señal de la cruz.
Madame Lenoir, por primera vez, no dijo nada.
Delacroix no permitió que el silencio se volviera melodrama.
—Explíquelo todo.
Claire lo miró.
—¿Para qué?
—Para que nadie más tenga que cargar con una parte de su crimen.
Ella sonrió apenas.
Fue una sonrisa mínima, sin alegría.
—Qué considerado.
—No por usted.
Eso borró la sonrisa.
Claire caminó hasta la mesa y tocó con la mirada la carta falsa, la nota de Camille, los documentos de Henri.
No tocó nada con las manos.
Había aprendido demasiado tarde la importancia de las superficies.
—Vallon conocía las deudas de mi padre —dijo—. Lo vi una vez en Tours, hace años. Luego supe que también llevaba dinero para Camille. Henri nunca sabía lo cerca que estaban sus vergüenzas unas de otras. Era casi cómico, si uno no tenía que vivir dentro.
Camille apretó los puños.
Claire siguió:
—Cuando Henri me habló de Camille, entendí que mi matrimonio no iba a ser un comienzo.
Iba a ser otra sala de espera para las culpas de Henri.
Me prometió seguridad, pero cada promesa venía con una deuda moral pegada.
Camille. Élise. Marianne. Mathilde. Adrien.
Saint-Aubin. Todos tenían una reclamación anterior a mí.
—Y por eso decidió matarlo —dijo Mathilde.
Claire se volvió hacia ella.
—Usted decidió que mi mano empujaría el anillo. Yo solo entendí antes que usted lo útil que podía ser su tradición.
La frase golpeó a Mathilde de una forma visible.
Delacroix intervino:
—Usted sabía que Mathilde insistiría en el anillo familiar. Sabía que Henri cedería. Sabía que le quedaba justo. Y sabía que, si el anillo no entraba, todos esperarían que la novia empujara.
Claire asintió.
—Henri me pidió perdón por lo de Camille. Por lo de Élise. Por cosas que ni siquiera había terminado de contarme. Me dijo que después de la ceremonia hablaría con todos. Después. Siempre después.
—Y usted necesitaba antes —dijo Delacroix.
—Necesitaba un final.
Adrien levantó la vista.
—¿Y el anillo nuevo? ¿También contaba con que yo lo robase?
Claire lo miró.
—No. Eso fue un regalo de su carácter.
Adrien soltó el aire, como si la frase lo hubiera golpeado con más justicia de la que podía soportar.
—Gracias.
—No hice nada para que lo tomara. Solo sabía que usted necesitaba dinero y que el anillo nuevo estaba donde podía verlo. Si no lo robaba, habría encontrado otra forma. Pero lo hizo. Eso me ayudó.
—Encantado de haber sido útil en un asesinato familiar —murmuró Adrien.
Su voz estaba rota.
Claire no respondió.
Delacroix retomó:
—Vallon organizó el cambio de la caja en la posada. Adrien mostró la caja para impresionar a su acreedor. Vallon la dejó el tiempo justo. Sustituyó la caja original por otra y le devolvió el anillo en una caja falsa.
—El anillo todavía no estaba preparado —dijo Claire.
La confesión tenía ya una claridad extraña. Como si, una vez abierta, necesitara completarse con exactitud.
Delacroix asintió.
—No. La caja original sirvió para otra cosa.
Vallon le entregó a usted lo necesario: una pequeña espina de acero, una sustancia tomada del taller de Renoux y la caja original como envoltorio discreto.
Por eso había residuo en la caja original.
Por eso Renoux no mentía cuando decía que no modificó el anillo en su taller.
Roussel murmuró:
—Una espina fijada con pasta resinosa. No soldada.
—Exacto —dijo Delacroix—. No requería gran arte. Solo pulso, veneno y la certeza de que el anillo sería forzado sobre la piel.
Claire cerró los ojos.
—Fue más difícil de lo que pensé.
Lucien parecía a punto de enfermar.
—Claire.
Ella no lo miró.
—No diga mi nombre como si todavía pudiera salvar algo.
Delacroix continuó:
—Usted robó perfume de madame Lenoir para que cualquier presencia sospechosa se recordara por olor.
Tomó papel de monsieur Dargent en el despacho de Henri.
Imitó la letra de Henri porque tenía cartas suficientes para practicar.
Escribió a Camille y la llevó a la sacristía para que también hubiera una huella suya cerca del anillo.
Necesitaba que, si alguien investigaba más allá de usted, encontrara a la hija no reconocida.
Camille habló con voz baja:
—Me usó.
Claire la miró.
—Sí.
La honestidad fue más cruel que cualquier excusa.
Élise dio un paso hacia Camille, pero la joven no quiso ser tocada.
—También robó las llaves de Mathilde —dijo Delacroix—. No en el despacho. En su habitación. Cuando ella fue a ajustar el velo. Usted sabía que las llevaba en el cinturón. Una cinta, una tela, un instante de cercanía. Suficiente.
Mathilde cerró una mano sobre el respaldo de la silla.
—Yo estaba delante de ti.
—Sí —dijo Claire—. Eso fue lo más sencillo.
Delacroix siguió:
—Entró en la sacristía por la puerta secundaria, sin guantes, usando las llaves de Mathilde.
Lucie oyó las llaves y pensó en Mathilde.
Margot Vasseur olió violetas y vio una figura sin guantes.
Madame Lenoir vio a Camille antes o después, y esa confusión terminó de servirle.
Usted colocó la espina en el anillo, devolvió las llaves donde pudiera incriminar a Lucie y dejó que la ceremonia hiciera el resto.
Claire miró sus manos.
—Me puse los guantes después.
—Y dejó que el guante derecho conservara la marca. Una marca que la convertía en instrumento, no en autora.
—No pensé que fuera tan visible.
—No. Pensó que sería visible lo justo.
Ella no respondió.
—Cuando Margot notó la caja distinta —continuó Delacroix—, empezó el verdadero peligro. No porque pudiera nombrarla a usted, sino porque podía demostrar que la custodia del anillo había sido una farsa. La siguió al invernadero.
—No quise matarla.
Roussel soltó un sonido de indignación.
Claire lo ignoró.
—La empujé. Cayó mal.
—Eso suele ocurrir cuando uno empuja gente en invernaderos —dijo Delacroix.
Claire bajó la mirada.
—Lo sé.
—Después plantó la caja original en la habitación de Lucie y las llaves bajo su colchón. Demasiado. Ahí empezó a equivocarse.
—No tenía tiempo.
—La prisa es una forma vulgar de sinceridad.
Adrien se levantó, incapaz ya de permanecer sentado.
—¿Y Renoux?
Claire miró hacia la puerta.
—Vallon debía sacarlo del pueblo. Nada más.
—Lo golpearon casi hasta matarlo.
—Eso fue Vallon.
—Vallon trabajaba para usted —dijo Camille.
—Vallon trabajaba para el dinero.
—Entonces usted le pagó.
Claire no respondió.
No hacía falta.
Lucien habló con voz apagada:
—¿Y la carta en mi habitación?
Claire cerró los ojos.
Ahí, por fin, algo pareció dolerle.
No Henri.
No Camille.
No Mathilde.
Lucien.
—No quería llegar a eso.
El abogado soltó una risa breve, casi sin sonido.
—Qué privilegio.
Claire se volvió hacia él.
—Usted empezó a quedar demasiado cerca de todo. Vallon. Los papeles. La nota. Camille. Delacroix no iba a detenerse. Necesitaba una explicación que cerrara el caso antes de que llegara a mí.
—Y eligió mi amor por usted.
Claire no contestó.
Lucien asintió despacio, como si esa ausencia de respuesta fuera la última bofetada necesaria.
—Qué uso tan elegante de una estupidez.
—No era estupidez —dijo ella.
—Sí lo era.
Esta vez, la voz de Lucien no tembló.
—Amarla fue una estupidez. Pero no una que mereciera servir para matar a Henri.
Claire cerró los ojos.
Por primera vez, pareció joven.
No inocente.
Joven.
Y eso fue peor.
Delacroix tomó la carta falsa.