Capítulo 26 — La novia
La biblioteca de Saint-Aubin recibió a todos como si hubiera estado esperando esa escena desde antes de la boda.
No era cierto, desde luego. Las habitaciones no esperan. Los retratos no juzgan. Las casas antiguas no respiran.
Pero Delacroix, que desconfiaba de casi todas las formas de imaginación sentimental, habría admitido que aquella noche la abadía parecía empeñada en discutirle sus principios.
Cada lámpara arrojaba una luz demasiado amarilla sobre los rostros.
Cada sombra ocupaba un rincón con excesiva intención.
Cada puerta cerrada parecía guardar el eco de otra puerta mal cerrada.
Mathilde Beaumont entró primero, con la autoridad más cansada que al principio del día. Ya no parecía gobernar Saint-Aubin. Parecía sostenerlo sobre los hombros para que no se desplomara antes de escuchar la última vergüenza.
Adrien llegó detrás, sobrio por agotamiento, con el cuello del abrigo aún húmedo por la niebla.
Lucien Dargent se sentó sin esperar indicación, como si las piernas hubieran decidido por él.
Tenía el rostro hundido y la mirada fija en la mesa donde Delacroix había colocado el sobre hallado en su habitación.
Claire Duvall entró despacio.
No hizo ningún gesto teatral. No miró primero la carta. Miró a Delacroix. Después a Lucien. Después, solo un instante, a Camille.
Camille Roux permaneció junto a Élise Moreau. La joven había aceptado entrar en la abadía, pero no parecía haber aceptado pertenecer a la escena. Estaba allí como se está en una casa ajena que, sin embargo, ha tenido la indecencia de decidir una parte de nuestra vida.
Madame Lenoir fue instalada en una silla con brazos, por exigencia propia y por resignación general. El doctor Roussel llegó con las manos aún manchadas de desinfectante y el gesto sombrío. El padre Laurent se quedó cerca de la puerta. Baptiste cerró.
La biblioteca quedó en silencio.
Delacroix no se sentó.
Apoyó el bastón contra la mesa y dejó tres objetos delante de todos: la nota falsa que había llevado a Camille a la sacristía, la carta falsa encontrada en la habitación de Lucien y el pequeño fragmento de papel que Gaspard Renoux había apretado en su mano.
Ninguno parecía gran cosa.
Tres pedazos de papel.
En Saint-Aubin, ya era suficiente para arruinar una vida.
—Monsieur Renoux sigue vivo —dijo Delacroix—. El doctor considera que, con reposo y vigilancia, quizá conserve esa costumbre.
Roussel frunció el ceño.
—No he dicho exactamente eso.
—Lo sé. Lo he mejorado para hacerlo soportable.
—No lo mejore demasiado.
—Descuide. La esperanza es una vulgaridad que administro con prudencia.
Madame Lenoir suspiró.
—¿De verdad es necesario hablar así en un momento como este?
—Madame, en un momento como este casi nada es necesario y todo resulta revelador. Incluido su fastidio.
La mujer se reacomodó en la silla.
Adrien bajó la vista para ocultar algo que no llegó a ser una sonrisa.
Delacroix tomó la nota de Camille.
—Esta nota llevó a mademoiselle Roux a la sacristía antes de la ceremonia.
Estaba escrita imitando la letra de Henri Beaumont.
El papel pertenece al despacho de monsieur Dargent.
El borde tiene restos de la misma sustancia oscura que hallamos en el guante de mademoiselle Duvall y en la caja original del anillo.
Claire no se movió.
Lucien cerró los ojos.
Camille miraba la nota como si quisiera odiarla, pero todavía no supiera si tenía derecho a odiar más al papel o a la esperanza que la obligó a obedecerlo.
—La segunda carta —continuó Delacroix— fue hallada en la habitación de monsieur Dargent, demasiado bien escondida para que se perdiera y demasiado mal escondida para que no la encontraran.
Lucien levantó la cabeza.
—Yo no la puse allí.
—No.
La respuesta fue tan rápida que todos miraron a Delacroix.
Lucien también.
—Usted no la puso allí —repitió Delacroix—. Ni la escribió.
El abogado pareció más desorientado por la absolución que por las acusaciones anteriores.
—Entonces…
—Entonces alguien decidió que ya habíamos tardado bastante en sospechar de usted.
Mathilde miró la carta.
—¿Por qué?
—Porque monsieur Dargent era una sospecha excelente.
Tenía acceso a los papeles. Conocía la letra de Henri.
Usaba a Vallon como intermediario. Sabía de Camille.
Sabía de las disposiciones firmadas y de las no firmadas.
Y, además, sentía por mademoiselle Duvall una devoción lo bastante visible para todos menos para él.
Lucien se puso de pie.
—No hace falta…
—Sí hace falta —dijo Claire.
La voz de Claire fue baja.
Lucien se quedó inmóvil.
Ella lo miró sin dureza.
—No por mí. Por Henri.
El abogado bajó la cabeza.
—Henri lo sabía —dijo Delacroix—. No todo, quizá. Pero lo suficiente. Y eso hizo que usted resultara perfecto para el papel de asesino enamorado. Tan perfecto que alguien cometió un error.
Adrien se inclinó hacia delante.
—¿Cuál?
Delacroix tomó la carta encontrada en la habitación de Lucien.
—Es demasiado explícita. Dice exactamente lo que un culpable con un mínimo de inteligencia no habría dejado escrito. Que monsieur Dargent mató a Henri porque no soportaba que Claire se casara. Que quería librarla de una vida falsa. Que deseaba darle, y cito, «una vida menos frágil».
Claire parpadeó.
Solo eso.
Un parpadeo.
Delacroix la miró.
—Esa frase no pertenece a Henri. Tampoco a monsieur Dargent.
Nadie habló.
—La pronunció usted, mademoiselle Duvall, en esta biblioteca, cuando hablamos de lo que Henri le ofrecía. Seguridad. Nombre. Una casa. Una vida menos frágil que la que tenía.
Lucien giró lentamente hacia Claire.
Camille también.
Élise apretó el bolso contra el cuerpo.
Mathilde permaneció inmóvil, pero algo en su rostro cambió: no sorpresa, sino reconocimiento tardío. Como si una puerta que llevaba horas mirando se hubiera abierto, por fin, hacia el lado equivocado.
Claire sostuvo la mirada de Delacroix.
No se defendió.
Todavía no.
—Pude decir una frase que otro oyó —dijo al fin.
—Desde luego.
—Pudo repetirla Lucien.
—Pudo. Pero no lo hizo.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque la carta falsa no habla como un hombre que ama a Claire. Habla como alguien que sabe cómo querría Claire ser vista por un hombre que la ama.
El silencio se hizo más fino.
Adrien dejó de moverse.
Delacroix continuó:
—Monsieur Dargent habría escrito una carta torpe, sentimental y probablemente desesperada. Esta carta es calculada. Quiere que pensemos en él, pero sin tocarla a usted. La convierte en motivo, nunca en sospechosa. En mujer deseada, nunca en mujer que desea. Ese fue el error.
Claire bajó la vista hacia sus manos.
Desnudas.
Sin guantes.
Con la alianza fina todavía en el dedo.
—No maté a Henri —dijo.
La frase fue tranquila.
Demasiado tranquila para una negación pronunciada en esa sala.
—No con esa mano en el sentido vulgar —respondió Delacroix—. Esa fue precisamente la belleza del plan.
—Belleza —murmuró Camille.
—Sí —dijo él—. La palabra es horrible, pero exacta.
Era un crimen construido para parecer una ceremonia.
Una esposa colocando una alianza. Un hombre que acababa de decir «sí, acepto».
Una muerte antes del beso. Todos mirando el mismo gesto.
Todos recordando lo mismo. Todos incapaces de olvidar que Claire Duvall empujó el anillo.
Claire levantó la mirada.
—Entonces soy culpable porque todos me vieron.
—No. Es culpable porque usted necesitaba que todos la vieran.
Lucien dio un paso hacia ella.
—Claire.
Ella no lo miró.
—No —dijo Delacroix—. Déjela.
Lucien se detuvo.
El detective tomó el fragmento de papel encontrado en la mano de Renoux.
—Monsieur Renoux apretaba esto cuando lo encontramos. Al principio parecía inútil. Dos letras. Un trazo curvo. Apenas nada. Olía a violetas. Pensé que podía pertenecer a la palabra «Claire», y me pareció una idea demasiado conveniente. Como casi todo esta noche.
Madame Lenoir se removió en su silla.
—Vuelven las violetas.
—Sí, madame. Su perfume ha recorrido la investigación con una energía que ojalá hubieran compartido algunas memorias.
—Mi perfume fue robado.
—Exactamente. Y eso también fue parte del plan.
Se robó lo bastante para que una presencia pudiera recordarse por olor, no por rostro.
En la posada, en la sacristía, cerca del invernadero.
Violeta para madame Lenoir. Llaves para Mathilde.
Papel para Lucien. Caja para Adrien. Nombre para Camille.
Guante para Claire. Cada sospechoso recibió un objeto. Cada objeto, una historia.
Claire permaneció quieta.
—Eso no prueba que lo hiciera yo.
—No. Por eso seguí mirando.
Delacroix colocó el fragmento junto a la carta falsa.
—El fragmento encaja con el borde inferior de esta carta.
No con la nota de Camille. Con esta. La carta que apareció en la habitación de monsieur Dargent.
Fue escrita deprisa y luego rasgada para ajustar el doblez.
Una esquina quedó suelta. Esa esquina viajó antes hasta Renoux, probablemente adherida a la caja o al pequeño envoltorio que alguien usó para entregar la espina y la sustancia.
Renoux, antes de desmayarse, la arrancó de la mano de quien fue a verlo o de lo que le obligaron a llevar.
No pudo decir el nombre. Pero guardó un pedazo de la prisa del asesino.
Roussel se inclinó hacia los papeles.
—¿Está seguro de que encaja?
—Lo bastante para incomodar a una mentira.
Mathilde miró a Claire.
—¿Fuiste tú al taller?
—No.
—No —dijo Delacroix—. Al taller, no. Eso habría sido demasiado arriesgado. Para eso estaba Vallon.
Lucien se tensó.
Delacroix lo miró.
—Vallon no era de usted, monsieur Dargent. No del todo. Los hombres como Vallon pertenecen a quien les paga en cada momento y a quien puede prometer pagar mejor en el siguiente.
Adrien soltó una risa seca.
—Eso suena bastante a él.