Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 25 — El hombre del cobertizo #2
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Capítulo 25 — El hombre del cobertizo #2

Lucien asintió, muy pálido.

—Sí.

Delacroix volvió hacia Renoux.

—¿Reconoció la voz del otro?

—No.

—¿Habló?

—Poco.

—¿Cómo?

—Bajo. Como si…

Renoux intentó recordar.

Delacroix esperó.

—Como si le costara fingir.

La frase fue extraña.

—¿Fingir qué?

—No sé.

Roussel maldijo en voz baja.

—Se nos va.

Renoux estaba perdiendo fuerza. Los ojos se le cerraban. Delacroix sabía que no debía empujar mucho más, pero también sabía que quizá no habría otra ocasión.

—Monsieur Renoux. La espina del anillo. ¿Puede haber sido hecha con una pieza de reloj?

El joyero asintió apenas.

—Sí.

—¿De su taller?

—Sí… cualquiera…

—¿Faltan piezas?

—No sé.

—¿Vendió alambre de acero o agujas a alguien?

—No.

—¿Alguien pudo robarlas?

Renoux abrió los ojos.

—El frasco.

—¿Qué frasco?

—No estaba.

—¿Qué frasco?

—El negro. Limpieza… no. No limpieza.

Roussel se inclinó.

—¿Veneno?

Renoux intentó negar, pero apenas pudo.

—Para dorado viejo… arsénico… poco… peligroso.

Roussel levantó la cabeza.

—Arsénico.

—¿Tenía arsénico en el taller? —preguntó Delacroix.

Renoux asintió.

—Compuestos… para trabajo antiguo. Muy poco.

—¿Faltaba el frasco?

—Sí.

—¿Cuándo lo notó?

—Ayer. Después de Adrien. Después de Vallon. No supe… pensé que lo había guardado mal.

Adrien se quedó blanco.

—Yo no lo toqué.

—No le he preguntado —dijo Delacroix.

—Pero lo iba a hacer.

—Probablemente.

Renoux volvió a hundirse.

Roussel se levantó.

—Ahora basta. Si quiere que viva, necesita calor y cama.

Delacroix asintió.

—Baptiste, camilla.

El mayordomo salió de inmediato con el jardinero.

Lucien permanecía junto a la pared, rígido como un acusado que no sabe aún de qué delito defenderse primero.

Delacroix se acercó a él.

—Vallon dijo su nombre.

—Vallon mintió.

—O alguien usó el suyo.

—Eso es lo que intento decir.

—No. Está intentando parecer sorprendido por una posibilidad que ya conocía.

Lucien lo miró con desesperación.

—No sabía que Renoux estaba vivo.

—No he dicho que lo supiera.

—No envié ningún mensaje.

—Entonces alguien usó su nombre igual que usó las llaves de Mathilde, el perfume de madame Lenoir, la figura de Camille y la torpeza de Adrien.

Adrien alzó la vista.

—Gracias por resumirme como torpeza.

—No quería dejarlo fuera.

El doctor empezó a preparar a Renoux para el traslado. El joyero gemía con cada movimiento, pero seguía consciente a ratos. Delacroix observó su mano izquierda, sucia de barro, y la derecha cerrada aún sobre la manta.

—Espere —dijo.

Roussel suspiró.

—¿Ahora qué?

Delacroix se inclinó hacia la mano derecha de Renoux.

—Abra la mano, monsieur.

El joyero no parecía entender.

Delacroix le separó los dedos con cuidado.

Dentro había algo pequeño, aplastado por el sudor y la presión.

Un fragmento de papel.

No más grande que una uña.

Delacroix lo tomó con pinzas.

Lo acercó al farol.

Se veían apenas dos letras.

…re

Y un trazo curvo.

No era suficiente.

O sí.

El papel olía levemente a violetas.

Delacroix lo guardó.

—¿Esto quién se lo dio? —preguntó.

Renoux apenas abrió los ojos.

—Ella.

—¿Quién?

—La mujer… antes…

—¿Antes de qué?

—Antes de Vallon…

—¿En el taller?

Renoux movió los labios.

No salió sonido.

Roussel lo apartó con firmeza.

—Basta.

Esta vez Delacroix no insistió.

Baptiste regresó con dos criados y una camilla. Colocaron a Renoux con cuidado. El joyero se desmayó al levantarse, pero siguió respirando.

Salieron del cobertizo.

La noche pareció más fría.

Mientras los criados avanzaban hacia la abadía con el herido, Delacroix se quedó unos segundos fuera, mirando el barro alrededor del cobertizo.

Había huellas confusas, pisadas de criados, del jardinero, del doctor, de todos ellos.

Pero junto al muro bajo, donde la tierra estaba más protegida de la lluvia, vio algo que todavía conservaba forma.

Una huella estrecha.

Tacón de mujer.

No muy profundo.

Junto a ella, una marca más larga, como si alguien hubiera apoyado la punta de un bastón o un paraguas.

Delacroix miró hacia Adrien.

—¿Madame Lenoir usa bastón?

—No. Se apoya en cualquiera que tenga cerca y luego se queja de la calidad del servicio.

—¿Mathilde?

—No.

—¿Élise?

—Tampoco.

—¿Claire?

—No.

Lucien habló:

—Camille no llevaba bastón.

—No.

Delacroix se agachó.

En el barro, cerca de la huella, había una marca de arrastre muy leve. Como si el extremo de un vestido hubiera tocado la tierra.

Una mujer había estado allí.

O alguien con zapatos de mujer.

O alguien que quería que se pensara eso.

—Qué amable de nuestra sombra —murmuró.

Adrien se acercó.

—¿Qué ve?

—Una persona empeñada en multiplicarse.

Lucien miró hacia la abadía.

—Tenemos que encontrar a Vallon.

—Sí.

—Él puede decir quién le pagó.

—Si sigue vivo.

Adrien soltó una maldición.

—¿También cree que…?

—Creo que los intermediarios tienen una esperanza de vida muy discreta en este caso.

El viento movió la niebla entre los árboles.

Desde allí, la abadía parecía más cerca de lo que estaba. Como si los hubiera observado durante todo el trayecto.

Delacroix empezó a caminar detrás de la camilla.

Mientras avanzaban, abrió mentalmente la lista.

Una mujer con perfume de violetas.

Acceso a papeles de Lucien.

Acceso a llaves de Mathilde.

Conocimiento de Camille.

Conocimiento de la costumbre del anillo.

Capacidad de moverse por la casa sin parecer extraña.

Capacidad de imitar letra, voces, gestos.

Conocimiento de Vallon y los pagos.

Habilidad suficiente para manipular o encargar la manipulación.

O inteligencia suficiente para hacer que otros tocaran cada pieza.

Demasiados requisitos para un invitado casual.

Demasiado riesgo para un criado.

Demasiada construcción para Adrien.

Demasiada teatralidad para Mathilde, que habría preferido una muerte limpia si alguna vez se decidía por una.

Demasiado cruel con Claire para alguien que la amara de verdad.

Delacroix se detuvo un instante.

Demasiado cruel con Claire para alguien que la amara de verdad.

No necesariamente.

A veces los amores torcidos no querían proteger de la culpa.

Querían convertirse en el único refugio posible después de ella.

Miró a Lucien.

El abogado caminaba unos pasos delante, junto a la camilla, con la mirada fija en Renoux.

Pero Delacroix no miró solo a Lucien.

Miró el papel que llevaba en el bolsillo.

El fragmento encontrado en la mano de Renoux.

…re

No decía Claire.

Podía.

No debía apresurarse.

La verdad no necesitaba correr.

La culpa, sí.

Cuando llegaron a la abadía, la puerta principal estaba abierta. Mathilde esperaba en el vestíbulo junto a Claire, Élise, Camille y el padre Laurent. Madame Lenoir estaba sentada en una silla, como si la hubieran colocado allí para ahorrar tiempo a su indignación.

Al ver la camilla, todos se adelantaron.

—¿Vive? —preguntó Mathilde.

—Por ahora —dijo Roussel.

—Llévenlo a la sala del claustro —ordenó Delacroix—. No junto al cuerpo de Henri. Otra habitación.

Baptiste obedeció.

Camille miró al joyero al pasar. Renoux no la vio.

Élise, en cambio, miró a Lucien.

Delacroix lo notó.

Claire también.

La red empezaba a tensarse.

—¿Qué dijo? —preguntó Mathilde.

Delacroix se quitó los guantes despacio.

—Varias cosas.

—¿Nombró a alguien?

Lucien se quedó inmóvil.

Delacroix no lo miró.

—Sí.

El vestíbulo entero pareció inclinarse hacia él.

—¿A quién? —preguntó Claire.

Delacroix dejó los guantes sobre una mesa.

—A monsieur Dargent.

Lucien cerró los ojos.

Mathilde se volvió hacia él.

Adrien murmuró:

—Oh, Lucien.

Élise apretó el bolso.

Camille no se movió.

Claire palideció.

Pero Delacroix continuó antes de que el silencio se convirtiera en sentencia.

—O, mejor dicho, dijo que el mensaje que lo sacó del pueblo venía supuestamente de monsieur Dargent.

Dijo también que Vallon estaba implicado.

Que una mujer con perfume de violetas entregó o preparó parte del cambio de la caja.

Y que en su taller faltaba un compuesto peligroso, probablemente usado para envenenar la espina.

Madame Lenoir se irguió en la silla.

—¡Otra vez mi perfume!

—Empiezo a pensar que su perfume ha tenido una jornada más intensa que usted, madame.

—Esto es intolerable.

—Sí. Y repetitivo.

Lucien dio un paso hacia Delacroix.

—No fui yo.

—Eso ha dicho.

—Renoux no me vio.

—También es cierto.

—Usaron mi nombre.

—Sí.

—Mi papel.

—Sí.

—Mis intermediarios.

—Sí.

—¿Y aun así me mira como culpable?

Delacroix sostuvo su mirada.

—Lo miro como a un hombre alrededor del cual alguien ha colocado demasiadas piezas con una precisión casi íntima.

Lucien respiró hondo.

—Entonces alguien quiere destruirme.

—O alguien sabe que usted puede ser destruido con facilidad.

Claire habló:

—Lucien.

Él se volvió hacia ella.

—No.

La palabra le salió como una súplica.

—No me mires así otra vez.

Claire no se movió.

—¿Qué me has ocultado?

Lucien cerró la boca.

Demasiado tarde.

Delacroix avanzó un paso.

—Eso, monsieur Dargent, es precisamente lo que vamos a averiguar ahora.

En ese momento, desde la escalera superior llegó un ruido.

No un grito.

No un golpe grande.

Algo más pequeño.

Un objeto cayendo.

Todos levantaron la vista.

En el rellano, Lucie apareció pálida como una vela.

—Monsieur Delacroix…

Sostenía un sobre en la mano.

—Lo encontré en la habitación del señor Dargent. Estaba debajo de la alfombra. No quería tocarlo, pero… pero vi el nombre.

Lucien se volvió hacia ella.

—¿Qué?

Delacroix subió dos escalones y tomó el sobre con cuidado.

En el frente, escrito con la letra de Henri, o una excelente imitación, había una sola palabra:

Claire.

Claire cerró los ojos.

Lucien dio un paso atrás.

—No.

Delacroix miró el sobre.

Luego a Lucien.

Luego a Claire.

El asesino había vuelto a empujar una pieza.

Demasiado.

Demasiadas piezas contra Lucien.

Demasiada insistencia.

Delacroix casi sonrió.

No por alegría.

Por reconocimiento.

—Qué torpeza —murmuró.

Mathilde frunció el ceño.

—¿Torpeza?

—Sí.

Sostuvo el sobre entre los dedos.

—Por fin.

Lucien lo miró, desconcertado.

—¿Por fin qué?

Delacroix no respondió.

Abrió el sobre.

Dentro había una carta.

No de Henri.

La letra intentaba ser la de Henri.

Otra vez.

Pero ahora el error era mayor.

Como si quien la hubiera escrito hubiese tenido prisa.

O miedo.

Delacroix leyó en silencio.

Luego levantó la vista.

—Reúnan a todos en la biblioteca —dijo.

Mathilde dio un paso.

—¿Qué dice?

Delacroix dobló la carta.

—Dice exactamente lo que alguien necesitaba que dijera.

—¿Y eso es?

Delacroix miró a Claire.

Después a Lucien.

Después al resto.

—Que monsieur Dargent mató a Henri por amor a Claire.

El vestíbulo se heló.

Lucien quedó inmóvil.

Claire no se movió.

Adrien abrió la boca, pero no encontró nada lo bastante ingenioso para esconder el espanto.

Delacroix guardó la carta.

—Y por eso —añadió— estoy casi seguro de que monsieur Dargent no la escribió.

Lucien lo miró como si no hubiera entendido.

Mathilde sí.

Su rostro cambió.

—Entonces sabe quién lo hizo.

Delacroix miró hacia la biblioteca.

—Todavía no.

Hizo una pausa.

—Pero ya sé quién quiso que todos dejáramos de mirar antes de llegar a ella.