Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 25 — El hombre del cobertizo
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Capítulo 25 — El hombre del cobertizo

El camino norte de Saint-Aubin no merecía llamarse camino.

Era una herida de barro abierta entre árboles, muros bajos y hierbas empapadas. De día tal vez servía para carros de servicio, jardineros y hombres acostumbrados a no quejarse de los tobillos. De noche, bajo la niebla, parecía una ruta construida para que las personas prudentes no la tomaran jamás.

Naturalmente, Delacroix avanzó por allí.

Baptiste caminaba delante con un farol. El doctor Roussel iba detrás, maletín en mano, resoplando cada pocos pasos con la indignación física de quien prefería suelos secos y pacientes acostados en camas.

Lucien Dargent avanzaba en silencio, demasiado consciente de cada ruido.

Adrien Beaumont cerraba el grupo, con el abrigo mal abrochado y el rostro más serio de lo habitual.

La niebla convertía el haz del farol en una mancha amarilla suspendida en el aire. Las ramas húmedas rozaban los hombros. A lo lejos, la abadía apenas se distinguía, una masa oscura con ojos de luz.

—¿A cuánto está ese cobertizo? —preguntó Roussel.

—Unos minutos más —respondió Baptiste.

—Los criados siempre dicen eso cuando quieren evitar un motín.

—No es lejos, doctor.

—Eso también lo dicen.

Adrien miró a Delacroix.

—Si el asesino quería un sitio discreto, debo reconocerle buen gusto. Este camino tiene todo el encanto de una confesión enterrada.

—No abuse de la poesía, monsieur Beaumont. En su boca todavía parece defensa propia.

Adrien bajó la vista al barro.

—Hoy casi todo lo que digo lo parece.

Lucien no habló.

Eso lo hacía más ruidoso.

Delacroix lo observó de reojo. El abogado caminaba con la rigidez de quien piensa demasiado en la dirección de sus propios pasos.

Desde que Baptiste anunció que Gaspard Renoux estaba vivo, Lucien había perdido la palidez dispersa de las horas anteriores y había adquirido otra más concentrada.

No era exactamente miedo. O no solo miedo.

Era expectativa.

El cobertizo apareció al final de una curva, junto a un muro bajo de piedra cubierto de musgo. Era una construcción sencilla, de madera oscura, con techo vencido y una puerta medio abierta. Del interior salía una luz temblorosa.

Un jardinero esperaba fuera, empapado y nervioso, con una escopeta vieja en la mano.

—Monsieur Baptiste.

—¿Sigue vivo? —preguntó Delacroix.

El hombre asintió.

—Sí, monsieur. Pero habla poco. Está mal.

Roussel se adelantó.

—Déjenme pasar.

Entraron.

El cobertizo olía a humedad, heno viejo, aceite de herramientas y sangre.

Gaspard Renoux estaba tendido sobre una manta, junto a un montón de sacos.

Tenía el rostro gris, el cabello pegado a la frente por el sudor y una venda improvisada alrededor del hombro izquierdo.

Había sangre seca en la camisa y una herida en la sien.

No parecía un hombre que hubiera huido. Parecía un hombre al que habían arrojado fuera de su propia vida y que, por pura mala educación de la muerte, aún no había terminado de caer.

Roussel se arrodilló junto a él.

—Luz.

Baptiste acercó el farol.

Renoux abrió los ojos a medias.

No enfocó de inmediato.

Luego vio a Delacroix.

O tal vez solo vio una silueta que no pertenecía a sus agresores.

—El anillo… —susurró.

Delacroix se acercó.

—Monsieur Renoux.

El joyero intentó mover la cabeza. Roussel lo sujetó.

—No hable todavía.

—Sí hablará —dijo Delacroix.

El médico lo miró con furia.

—Si habla demasiado, puede desmayarse.

—Si no habla ahora, quizá alguien se encargue de que no vuelva a hacerlo.

Roussel apretó los dientes, pero no discutió.

Renoux respiraba con dificultad. Tenía los labios secos y una mano cerrada sobre el borde de la manta. La derecha. La izquierda estaba caída junto al cuerpo, manchada de barro.

—¿Quién le hizo esto? —preguntó Delacroix.

Renoux cerró los ojos.

—No vi…

—¿Hombre? ¿Mujer?

—No vi.

—¿Vallon?

El joyero abrió los ojos con un sobresalto pequeño.

Eso bastó.

—¿Vallon estuvo con usted?

Renoux tragó saliva.

—Mensaje… falso.

—Lo sacaron del pueblo con un mensaje falso.

—Sí.

Lucien dio un paso mínimo.

Delacroix no lo miró.

—¿Quién se lo entregó?

—Un muchacho.

—¿De parte de quién?

Renoux movió los labios.

—Dargent…

Lucien exhaló, como si la palabra lo golpeara físicamente.

—No.

Delacroix levantó una mano sin volverse.

Renoux respiró con más dificultad.

—Decía… de parte de Dargent.

—¿El mensaje estaba firmado?

—No. El muchacho dijo… urgente. Montreuil. Buen pago.

Lucien habló con voz ronca:

—Yo no envié ningún mensaje.

—Todavía no le he pedido que se defienda —dijo Delacroix.

Adrien murmuró:

—La noche acaba de ponerse peor.

—Procure no sorprenderse. Tiene vocación.

Delacroix volvió a inclinarse hacia Renoux.

—¿Fue a Montreuil?

—No llegué.

—¿Lo atacaron en el camino?

Renoux asintió apenas.

—Viejo camino. Dos hombres.

—¿Los vio?

—Uno… Vallon.

Adrien dio un paso.

—¿Está seguro?

Renoux cerró los ojos.

—La mano… dos dedos…

—¿Y el otro?

—No sé.

—¿Hombre? ¿Mujer?

Renoux respiró con dolor.

—Hombre… quizá.

Delacroix aguardó.

El joyero pareció hundirse un instante.

Roussel intervino.

—Basta. Necesita agua y reposo.

Renoux abrió los ojos de golpe.

—Caja.

Delacroix se quedó inmóvil.

—¿Qué caja?

—La caja… Beaumont.

—La original.

—La cambiaron.

Lucien cerró los ojos.

Adrien bajó la cabeza.

—¿Quién? —preguntó Delacroix.

Renoux tragó saliva.

—No… no en mi taller.

—¿En la posada?

El joyero asintió.

—Vallon.

—¿Usted lo sabe o lo supone?

—Me lo dijo.

Delacroix sintió que la niebla, incluso fuera del cobertizo, parecía acercarse a escuchar.

—¿Cuándo?

—Antes… antes de golpearme.

Roussel sujetó mejor la venda.

—Está perdiendo sangre.

—Entonces no malgastemos la suya ni sus palabras —dijo Delacroix—. Monsieur Renoux, ¿qué le dijo Vallon?

El joyero abrió los ojos. Miró a Lucien.

No con acusación directa.

Con miedo.

—Dijo que… que el abogado pagaría.

Lucien se adelantó.

—Eso es mentira.

Renoux se estremeció ante su voz.

Delacroix se volvió hacia Lucien.

—Atrás.

—No fui yo.

—Atrás.

El abogado retrocedió un paso.

El joyero siguió respirando con dificultad.

—Vallon dijo… que ya no hacía falta que yo… que yo volviera. Que si hablaba… todos pensarían que fui yo.

—¿Quién le pidió manipular el anillo?

Renoux negó con fuerza.

El gesto le provocó dolor.

—No lo hice.

—La espina está ahí.

—No la puse.

—¿Quién pudo hacerlo?

—No sé.

—El anillo salió de su taller.

—Limpio.

—¿Seguro?

Renoux abrió los ojos con una especie de desesperación ofendida.

—Lo juro.

—Los juramentos tienen poco valor en casas con capilla privada.

—Lo juro —repitió el joyero—. Limpié el anillo. Ajusté la caja. Nada más. Nada más.

Delacroix sostuvo su mirada.

Había miedo. Había dolor. Había una indignación casi artesanal, la de un hombre acusado no solo de crimen, sino de haber usado mal su oficio.

Eso pesaba.

—¿Mathilde Beaumont volvió a su taller? —preguntó.

—Sí.

—¿Estuvo sola con el anillo?

Renoux dudó.

—Un momento. Pero no lo tocó.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque… porque lo tenía yo.

—Madame Renoux dijo que usted salió a buscar una lente.

—Sí. Pero el anillo no estaba en la mesa. Lo guardé.

Delacroix archivó la corrección.

—¿Adrien Beaumont abrió la caja?

Renoux hizo un gesto apenas visible.

—Sí. Como un niño.

Adrien bajó la mirada.

—Justo.

—¿Vallon vio la caja en la posada?

—Sí.

—¿Y la cambió?

Renoux cerró los ojos.

—Dijo que sí.

—¿Por otra preparada?

—Sí.

—¿Con el anillo manipulado dentro?

—No sé.

—¿Tenía Vallon habilidad para poner una espina en el anillo?

Renoux negó.

—No.

—¿Quién sí?

El joyero respiró.

—Un relojero. Un orfebre. Alguien… alguien con manos finas.

Delacroix miró a Lucien.

No porque lo acusara.

Porque quería que sintiera el peso de no ser descartado.

—¿Vallon dijo quién le entregó la caja falsa? —preguntó.

Renoux abrió los ojos.

—Una mujer.

Baptiste hizo la señal de la cruz sin darse cuenta.

Adrien soltó el aire.

Lucien se quedó inmóvil.

—¿Nombre? —preguntó Delacroix.

—No.

—¿Descripción?

—Vallon dijo… que olía a violetas.

La frase cayó sobre el cobertizo con una claridad helada.

Violetas.

Otra vez.

Roussel, que no conocía toda la cadena, miró a Delacroix.

—¿Violetas?

—Un perfume muy laborioso, doctor.

Renoux cerró los dedos de la mano derecha.

—Yo no quería… no quería problemas.

—Los problemas rara vez consultan preferencias.

—Me mandaron llamar. Fui. Me golpearon. Vallon dijo que… que el anillo ya había hecho su trabajo. Que yo debía desaparecer hasta que todos me culparan.

—¿Por qué no lo mató?

Renoux tragó saliva.

—No sé.

Delacroix sí tenía una posibilidad: porque Vallon era un intermediario, no un asesino profesional. O porque el otro lo impidió. O porque matar a Renoux habría sido demasiado grave y herirlo bastaba para retirarlo del tablero.

—¿Qué ocurrió con su bolsa de herramientas? —preguntó.

—La tiraron. Querían… querían que pareciera huida.

—La encontramos.

Renoux cerró los ojos.

—Mi mujer…

—Está viva. Asustada y ofendida con el mundo, pero viva.

El joyero pareció tranquilizarse apenas.

Roussel aprovechó para limpiarle la herida de la sien.

—Necesito llevarlo a la abadía —dijo.

Renoux abrió los ojos con pánico.

—No.

—Sí —respondió Delacroix.

—No a Saint-Aubin.

—Allí hay luz, médico y paredes que, aunque poco recomendables moralmente, protegen mejor que este cobertizo.

—Ella está allí.

Delacroix se inclinó.

—¿Quién?

Renoux respiró con dificultad.

—No sé.

—Monsieur Renoux.

—No vi su cara.

—Pero teme que esté allí.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque Vallon dijo… dijo que la casa estaba llena de mujeres que habían aprendido a abrir puertas de hombres.

Adrien frunció el ceño.

—Qué frase tan desagradable.

—Y bastante trabajada para Vallon —dijo Delacroix.

Lucien habló de pronto, con voz baja.

—Vallon no hablaba así.

Delacroix lo miró.

—Explíquese.

—Vallon era vulgar. Directo. Decía «pagar», «deber», «si no, ya veremos». No hacía frases sobre casas y puertas.

—Entonces quizá repetía palabras de otra persona.