Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 24 — La letra de Henri #2
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Capítulo 24 — La letra de Henri #2

—No escribí esa nota.

Camille lo miró.

—Pero vio a Vallon ayer.

—Sí.

—Y mintió.

—Sí.

—Y Vallon sabía dónde estaba yo.

Lucien abrió la boca.

No respondió.

—¿Se lo dijo usted? —preguntó Delacroix.

—No.

—Entonces ¿cómo supo Vallon que Camille Roux era Camille?

Lucien tragó saliva.

—Vallon llevaba años haciendo pagos.

—A través de usted.

—Sí.

—¿Conocía su aspecto?

—Quizá.

—¿Quizá?

—Cuando era niña, no. Después… tal vez. No sé cuánto sabía.

Camille sonrió sin alegría.

—Los hombres que llevaban dinero siempre sabían suficiente para humillar sin preguntar demasiado.

Lucien bajó la mirada.

Delacroix tomó la nota con pinzas y la alzó contra la lámpara.

No buscaba la letra.

Buscaba el papel.

Ya en la posada le había parecido demasiado bueno para una nota improvisada. No era papel barato. Tampoco lujoso. Papel de despacho. Suave, recortado con cuidado, sin membrete visible. Pero al mirarlo contra la luz apareció una marca de agua muy tenue.

D & F.

Dargent et Fils.

La habitación cambió antes de que él dijera nada.

Porque Lucien también la vio.

Y dejó de respirar.

—Qué incómodo —dijo Delacroix.

Adrien se levantó.

—¿Qué?

Delacroix mantuvo el papel contra la luz.

—El papel pertenece al despacho de monsieur Dargent.

El silencio fue seco.

Sin murmullo.

Sin aire.

Lucien se puso en pie.

—Eso no prueba nada.

—No. Pero empieza a cansarse de no hacerlo.

—Henri tenía papeles míos. Muchos. Yo le preparaba borradores, copias, documentos…

—Cierto.

—Cualquiera pudo tomar una hoja.

—Cierto.

—Entonces…

—Entonces todavía no se siente. Su defensa necesita piernas.

Mathilde miraba a Lucien con una expresión nueva. No acusadora del todo. Más bien ofendida por haber descubierto que alguien de confianza podía haber tenido una vida útil sin consultarla.

—¿Cuándo entregaste ese papel a Henri? —preguntó.

—No lo sé.

—Lucien.

—No lo sé. Uso ese papel para documentos privados. Henri tenía varias carpetas.

Claire se había quedado inmóvil.

—La nota que me colocó a mí junto al anillo venía de su papel —dijo Camille.

Lucien negó con la cabeza.

—No fui yo.

—Pero alguien con acceso a sus papeles.

—Sí.

Delacroix bajó la nota y la guardó de nuevo.

—Eso nos da una línea.

—Una línea muy cómoda contra mí —dijo Lucien.

—No se queje. Hasta ahora la comodidad estaba bastante repartida.

Élise se acercó a la mesa.

—Vallon trabajaba para usted.

—Trabajaba para Henri, a través de mí.

—Una diferencia muy legal.

—Y real.

—¿Dónde está Vallon?

—No lo sé.

—¿Dónde está Renoux?

—Tampoco.

—Qué curioso. Los hombres conectados con usted tienen una tendencia admirable a desaparecer.

Lucien se volvió hacia Delacroix.

—Esto es absurdo. Si yo hubiera querido matar a Henri, no habría usado mi propio papel.

—A menos que supiera que podía justificarlo.

—¿Y por qué dejar que Camille conservara la nota?

—Quizá no esperaba que la conservara. O quizá sí. Quizá necesitaba que la nota probara que ella fue a la sacristía.

Camille se puso de pie.

—Yo no maté a Henri.

—Lo sé —dijo Claire.

Todos miraron a Claire.

La frase había salido sin cálculo.

Camille también la miró.

—No lo sabe.

—No —admitió Claire—. Pero sé lo que se siente cuando alguien pone tus manos cerca de una muerte para que todos las miren.

Camille no respondió.

Algo entre ellas cambió apenas.

No confianza.

Algo más pequeño.

Reconocimiento.

Delacroix dejó que ocurriera.

Luego habló:

—El asesino ha repartido contacto: Camille con la nota, Claire con el guante, Mathilde con las llaves, Adrien con la caja, Lucie con la habitación, madame Lenoir con el perfume, Vallon con la posada, Renoux con el anillo.

Adrien soltó un silbido bajo.

—Dicho así, hasta parece una obra colectiva.

—No. Parece una mente única utilizando debilidades ajenas.

—Eso nos deja peor.

—Sí.

Roussel intervino:

—He comparado de forma preliminar los restos del guante, el borde de la nota y la caja original. No puedo asegurar composición, pero tienen apariencia similar. Oscura, algo resinosa. Muy poca cantidad.

—¿Veneno? —preguntó Mathilde.

—Podría contenerlo. O haber estado en contacto con él.

—¿Y la caja falsa? —preguntó Delacroix.

—Casi limpia.

—Casi.

—Había polvo de pulido, pero no la misma sustancia.

Delacroix asintió.

La caja original había estado con el anillo manipulado. La falsa había sido usada para custodiar una apariencia limpia después. O al revés. Pero los residuos en la original confirmaban que no era una simple reliquia extraviada.

—¿Y el barro? —preguntó.

Roussel resopló.

—Sigo siendo médico.

—Hoy se lo he recordado con frecuencia.

—El barro de la caja original no parece igual al del alféizar de Lucie. El de la caja es más seco, con pequeñas partículas de grava clara. El del alféizar es más oscuro, de patio interior.

—Posada y abadía —dijo Adrien.

—Tal vez.

Delacroix miró a Lucien.

—La caja original pudo pasar por la posada. Luego volvió a la abadía. Después apareció en la habitación de Lucie.

Lucien sostuvo su mirada.

—No por mí.

—Usted habla mucho de lo que no hizo. Empecemos por lo que sí hizo.

Vio a Vallon ayer, en la posada. Le pagó.

No lo dijo. Tenía papeles con los que se escribió la nota.

Sabía de Camille. Sabía de los documentos.

Sabía que Henri no había firmado aún lo esencial.

Sabía que Claire quedaría protegida si el matrimonio se completaba, pero desprotegida moralmente si parecía culpable.

Y conocía la letra de Henri mejor que nadie en esta habitación.

El abogado estaba blanco.

—También quería que firmara antes.

—Eso dice.

—Es verdad.

—Las verdades parciales se portan muy mal en las investigaciones.

Lucien miró a Claire.

Demasiado rápido.

Delacroix lo vio.

Claire también.

—Lucien —dijo ella.

El abogado apartó la vista.

—No.

—¿Qué?

—No me mire así.

Claire se quedó muy quieta.

—¿Cómo?

Lucien cerró los ojos.

—Como si fuera capaz de hacerlo.

La frase no lo ayudó.

Delacroix decidió no empujar aún.

Empujar demasiado pronto una pieza puede esconder el mecanismo. Y en aquel caso los mecanismos eran importantes.

Madame Lenoir habló desde su silla, con una mezcla de inquietud y orgullo herido.

—Perdón, pero si el perfume de violetas no era mío, me gustaría que constara.

Adrien la miró.

—Madame, su perfume sí era suyo. El problema es que quizá también fue de alguien más.

—Imposible. Lo guardo en mi habitación.

Delacroix se volvió hacia ella.

—¿Lo tiene allí ahora?

—Por supuesto.

—¿Está segura?

Madame Lenoir abrió la boca.

La cerró.

—No he revisado mi tocador desde… desde todo esto.

—Baptiste.

El mayordomo apareció casi al instante, como si llevara todo el capítulo moral de la casa esperando tras la puerta.

—Monsieur.

—Vaya a la habitación de madame Lenoir con Jeanne. Traigan su frasco de perfume de violetas. No lo toquen más de lo necesario.

Madame Lenoir se llevó una mano al pecho.

—Esto ya es una invasión.

—Sí, madame. El asesinato tiene esa pésima costumbre de no respetar tocadores.

Baptiste salió.

El silencio posterior fue distinto.

Más tenso.

Más próximo.

La nota en papel de Lucien había movido el centro de gravedad, pero el perfume seguía flotando sobre todos como una pista demasiado olorosa para ser casual.

Mathilde se acercó a la chimenea.

—Si alguien tomó mis llaves, los papeles de Lucien, el perfume de madame Lenoir y usó a Vallon, tuvo que moverse por media casa y medio pueblo.

—Sí —dijo Delacroix.

—Eso requiere acceso.

—Y conocimiento.

—Y tiempo.

—Y una razón para construir sospechas en varias direcciones.

—¿Por qué tantas? —preguntó Claire.

Delacroix miró la nota, la carta de Henri, los documentos, el lugar vacío donde debería estar la tranquilidad de una boda.

—Porque una sola sospecha se investiga. Varias se pelean.

Camille bajó la mirada.

—Nos querían peleando.

—No solo peleando —dijo Delacroix—. Querían que cada uno dijera una verdad contra otro.

Adrien, la caja. Mathilde, las llaves. Lucien, los documentos.

Élise, Camille. Claire, el anillo. Madame Lenoir, la mujer joven.

Margot, la caja distinta. Todas verdades pequeñas.

Todas útiles para impedir que viéramos la verdad grande.

Lucien habló con voz seca:

—¿Y cuál es?

Delacroix lo miró.

—Todavía no la diré.

—Porque no la sabe.

—Porque quiero ver quién se impacienta.

Lucien no respondió.

Baptiste regresó con Jeanne.

Sobre una pequeña bandeja, envuelto en un paño, traía un frasco de cristal con tapón plateado.

Madame Lenoir se inclinó.

—Ese es.

Delacroix no lo tocó.

—¿Falta cantidad?

La mujer miró desde su silla.

—No puedo saberlo desde aquí.

—Acérquese.

Madame Lenoir se levantó con un esfuerzo digno de novela rusa y cruzó la habitación. Tomó el frasco con cuidado, lo observó, giró el cristal contra la luz.

Su indignación desapareció.

—Falta.

—¿Cuánto?

—Bastante. Yo no uso tanto. Es caro.

Adrien murmuró:

—La economía como testigo. Maravilloso.

Delacroix miró a Jeanne.

—¿Encontró algo más?

La criada dudó.

—Había una mancha en el mantelito del tocador. Como si hubieran apoyado el frasco con prisa.

—¿La habitación estaba cerrada?

Madame Lenoir se tensó.

—No siempre. No esperaba que alguien robara perfume en una boda.

—La ingenuidad tiene formas muy refinadas.

Mathilde habló:

—Cualquiera pudo entrar.

—Sí.

Delacroix miró a Lucien.

—Incluso alguien que quisiera oler a madame Lenoir en la posada, en la sacristía y quizá en el invernadero.

Lucien se puso de pie.

—Basta.

La palabra resonó en la biblioteca.

Por primera vez, el abogado no parecía asustado.

Parecía ofendido de verdad.

—Llevo horas permitiendo que insinúe, que rodee, que use cada silencio mío como cuerda. No maté a Henri. No escribí esa nota. No robé ese perfume. No toqué el anillo.

Delacroix lo miró sin moverse.

—¿Y Vallon?

Lucien abrió la boca.

—¿Tocó Vallon el anillo?

—No lo sé.

—¿Tocó la caja?

—No lo sé.

—¿Pudo recibir instrucciones suyas?

—No.

—¿Pudo actuar por cuenta propia?

—Sí.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—¿Dónde está Renoux?

—No lo sé.

—¿Por qué Renoux desapareció el mismo día en que el anillo mató a Henri?

—No lo sé.

—¿Por qué la nota a Camille está en su papel?

—No lo sé.

—¿Por qué usted fue el primero en llevarnos hacia la copa?

Lucien se detuvo.

La pregunta era distinta.

Más pequeña.

Más precisa.

—Porque era lógico.

—No. Era cómodo.

—No hay diferencia cuando un hombre cae muerto.

—Sí la hay. La lógica sigue el hecho. La comodidad lo reemplaza.

Claire miró a Lucien.

—Tú querías que miráramos la copa.

—No.

—Sí. Lo dijiste antes de que nadie pudiera pensar.

Lucien negó con la cabeza.

—Claire…

—No digas mi nombre así.

La frase fue baja.

Pero lo cortó mejor que un grito.

Delacroix observó al abogado.

El amor, si aquello era amor, no siempre era un móvil. A veces era un error. Una manera de mirar en el instante equivocado. Una debilidad que el crimen usaba aunque no lo hubiera provocado.

Lucien se sentó.

Parecía derrotado, pero Delacroix no estaba convencido de que lo estuviera por la razón adecuada.

La puerta se abrió de golpe.

Baptiste apareció otra vez, esta vez sin toda su compostura.

—Monsieur Delacroix.

—¿Sí?

—Han encontrado a Gaspard Renoux.

La biblioteca entera se volvió hacia él.

—¿Vivo? —preguntó Delacroix.

Baptiste tragó saliva.

—Sí. Apenas.

Élise se llevó una mano a la boca.

Mathilde dio un paso.

—¿Dónde?

—En el viejo cobertizo del camino norte. Lo halló uno de los jardineros al buscar faroles. Está herido, pero consciente a ratos.

Delacroix tomó el bastón.

—Doctor.

Roussel ya estaba recogiendo su maletín.

—Voy.

—No —dijo Delacroix—. Vamos todos los necesarios. Doctor, Baptiste, Lucien, Adrien y yo.

Lucien levantó la cabeza.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Por qué?

Delacroix sostuvo su mirada.

—Porque si Renoux pronuncia un nombre, quiero ver su rostro en el mismo segundo.

Lucien no respondió.

Camille se puso de pie.

—Yo también.

—No.

—Sí.

—Mademoiselle Roux, este no es un paseo familiar.

—Nada en mi vida lo ha sido.

La frase habría merecido respuesta en otro momento.

Delacroix la miró.

—Se quedará aquí con Claire, Élise y Mathilde.

—No confío en ellas.

—Excelente. Entonces mirará bien.

Camille no pareció satisfecha.

Pero no insistió.

Delacroix salió de la biblioteca.

Mientras cruzaba el vestíbulo hacia la noche, sintió que la abadía volvía a moverse detrás de él. No como una casa. Como un animal herido al que por fin le habían tocado el nervio.

Renoux estaba vivo.

El hombre que había tenido el anillo bajo las herramientas.

El hombre que podía decir si añadió la espina, si alguien se lo pidió, si alguien lo obligó, si alguien más usó su taller.

Delacroix bajó los escalones.

La niebla cubría el camino norte.

A su lado, Lucien caminaba demasiado rígido.

Adrien, demasiado callado.

El doctor, demasiado deprisa.

Y Delacroix, por primera vez en horas, tuvo la certeza de que el asesino también debía de haber oído la noticia.

La diferencia era sencilla.

Ellos iban hacia Renoux para escucharlo.

El asesino, si aún podía, quizá iba hacia él para impedir que terminara la frase.