Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 24 — La letra de Henri
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Capítulo 24 — La letra de Henri

Camille Roux entró en Saint-Aubin sin mirar la fachada.

Eso fue lo primero que Delacroix notó.

El coche se detuvo frente a los escalones principales, bajo una niebla tan espesa que la abadía parecía menos un edificio que una aparición malintencionada.

Las lámparas del vestíbulo brillaban detrás de los cristales.

Las flores del arco exterior, vencidas por la humedad, colgaban como restos de una fiesta a la que nadie quería admitir haber asistido.

Adrien bajó primero.

No ofreció la mano esta vez.

Había aprendido deprisa, o al menos lo bastante para no repetir humillaciones con testigos.

Lucien Dargent descendió después, con la carpeta contra el pecho y el rostro más pálido que cuando habían salido. Élise Moreau bajó junto a Camille, pero no la tocó. Parecía temer que cualquier gesto de protección hiciera a la muchacha más frágil delante de la casa.

Camille se quedó unos segundos frente a la entrada.

No levantó la vista hacia las ventanas.

No buscó la capilla.

No preguntó nada.

Solo respiró hondo, como quien se prepara para entrar en una habitación donde hace años que lo esperan y nadie ha tenido la cortesía de decirle si para abrazarlo o para acusarlo.

—¿Está preparada? —preguntó Delacroix.

Camille lo miró.

—No.

—Excelente. La gente preparada suele mentirse mejor.

La joven casi sonrió.

Casi.

—Entremos entonces.

Baptiste abrió la puerta antes de que llamaran. No se sorprendió al ver a Camille, pero su rostro sufrió un pequeño ajuste, una discreta recomposición de mayordomo obligado a reconocer que la realidad había invitado a alguien sin consultar el protocolo.

—Monsieur Delacroix.

—Baptiste. Que nadie salga del vestíbulo hasta nueva orden.

—Sí, monsieur.

—Y mande traer a mademoiselle Beaumont, mademoiselle Duvall, el padre Laurent, madame Lenoir y el doctor Roussel.

El mayordomo vaciló.

—¿Madame Lenoir también?

—Sobre todo madame Lenoir. Su perfume ha demostrado tener más vida social que algunos parientes.

Baptiste inclinó la cabeza y desapareció.

Camille entró.

El vestíbulo de Saint-Aubin recibió a la hija sin apellido con toda su crueldad involuntaria: los retratos, la piedra, las flores, la escalera noble, los candelabros, el eco de pasos antiguos.

Todo aquello le pertenecía un poco por sangre y nada por derecho.

Esa clase de contradicción podía destruir a una persona si la obligaban a vivir demasiado tiempo dentro.

Élise la observaba con preocupación.

Adrien, con incomodidad.

Lucien, con algo que parecía miedo.

Delacroix lo vio.

No lo anotó.

Las mejores notas se toman a veces sin mover la mano.

Claire Duvall apareció en lo alto de la escalera.

Se había cambiado otra vez. Ya no llevaba el gris de antes, sino un vestido oscuro, sencillo, sin joyas.

La alianza fina seguía en su dedo. Al ver a Camille, no bajó de inmediato.

Se quedó quieta, una mano sobre la barandilla, como si de pronto entendiera que aquella joven no era una idea legal, ni una herida de Henri, ni un obstáculo en su matrimonio interrumpido.

Era alguien.

Camille también la miró.

La novia y la hija.

La mujer elegida tarde por Henri y la hija reconocida demasiado tarde por Henri.

Durante unos segundos no hubo palabras. La casa entera pareció contener la respiración para no arruinar un silencio que, por una vez, decía más que sus habitantes.

Claire bajó los escalones.

—Camille.

La joven levantó un poco la barbilla.

—Mademoiselle Duvall.

—Claire, si quieres.

—No sé si quiero.

—Es justo.

La respuesta sorprendió a Camille. También a Élise.

Claire se detuvo a dos pasos de ella.

—Siento que hayas tenido que venir así.

Camille la miró con una dureza defensiva.

—Yo vine antes de que él muriera.

—Lo sé.

—No vine por usted.

—También lo sé.

—No quería verlo casarse.

Claire tardó un instante en responder.

—Yo sí.

La frase fue simple.

No hirió porque quisiera.

Hirió porque no podía evitarlo.

Camille bajó la mirada.

—Entonces supongo que las dos perdimos algo distinto.

—Sí.

Delacroix observó aquel intercambio con atención. No era reconciliación. Tampoco hostilidad plena. Era una de esas conversaciones en las que dos personas descubren que el dolor ajeno no cancela el propio, pero sí lo vuelve menos cómodo para odiar.

Mathilde Beaumont apareció desde el corredor del ala oeste.

Al ver a Camille, se detuvo.

No hubo sorpresa.

Eso interesó a Delacroix.

No hubo ternura tampoco.

Eso interesó menos, porque era previsible.

Mathilde miró a la joven como se mira una verdad que uno sabía que existía, pero esperaba no tener que recibir en el vestíbulo.

—Camille —dijo.

No «mademoiselle Roux».

No «mademoiselle Moreau».

Camille.

La joven se volvió hacia ella.

—Mademoiselle Beaumont.

El apellido fue un muro.

Mathilde lo aceptó.

—No debiste venir sola.

Élise soltó una risa breve y amarga.

—Qué curiosa manera de empezar.

Mathilde no la miró.

—No lo digo como reproche.

—Todo lo que dice esta casa acaba sonando así —respondió Camille.

Adrien murmuró:

—No puedo discutirlo.

Mathilde le lanzó una mirada, pero no gastó más energía en él.

El padre Laurent llegó entonces, seguido por el doctor Roussel y por madame Lenoir, que avanzaba con la dignidad lesionada de quien ha sido obligada a desplazarse en una tragedia ajena sin consideración por sus articulaciones.

Al ver a Camille, madame Lenoir se detuvo.

—Es ella —dijo.

La frase no fue un grito.

Fue peor.

Fue reconocimiento satisfecho.

Camille giró hacia ella.

—La señora de violetas.

Madame Lenoir se llevó una mano al pecho.

—No sé qué clase de educación permite llamar así a una dama.

—La misma que permite mirar a una desconocida como si ensuciara el pasillo.

—Yo no…

Delacroix levantó el bastón.

—Madame Lenoir, le aseguro que su indignación conserva una salud admirable, pero hoy intentaremos no alimentarla en exceso.

Ella cerró la boca.

Con esfuerzo.

Delacroix indicó la biblioteca.

—Todos dentro.

—¿Todos? —preguntó Adrien.

—Hoy sí. Empieza a ser peligroso dejar gente fuera de las escenas.

Entraron en la biblioteca.

La habitación había sido usada tantas veces en las últimas horas que comenzaba a perder su apariencia de refugio y a adquirir la de una sala de disección moral.

Sobre la mesa seguían los papeles de Henri, las copias de Lucien, los horarios anotados por Delacroix y una bandeja con agua que nadie había bebido.

Delacroix colocó la nota falsa de Camille en el centro de la mesa.

No dijo nada al principio.

Dejó que todos la mirasen.

El papel era pequeño, doblado dos veces, con la letra imitada de Henri. A simple vista, podía engañar a alguien que deseara ser engañado. Y Camille, como había reconocido sin adornos, era humana.

—Esta nota llevó a Camille hasta la sacristía antes de la ceremonia —dijo Delacroix.

Mathilde se volvió hacia la joven.

—¿Entraste en la sacristía?

—Sí.

El padre Laurent cerró los ojos.

—Dios mío.

—Padre —dijo Adrien—, con todo respeto, a estas alturas quizá convendría abreviar.

El sacerdote no respondió.

Mathilde siguió mirando a Camille.

—¿Tocaste el anillo?

—No con la mano.

—Eso no es una respuesta tranquilizadora.

—No vine a tranquilizarla.

Delacroix intervino antes de que el intercambio se volviera demasiado útil para todos los equivocados.

—Camille movió el anillo con el borde de la nota.

Claire se puso rígida.

Élise bajó la cabeza.

Mathilde miró el papel.

—Entonces la nota tiene restos.

—Sí.

El doctor Roussel se acercó, interesado a su pesar.

—¿Puedo verla?

—Desde ahí.

Roussel se inclinó sin tocarla.

—Hay una mancha en la esquina.

—La compararemos con el anillo, la caja original y el guante de Claire.

Camille cerró los ojos al oír el nombre de Claire junto al suyo.

Dos mujeres convertidas en contacto.

Dos manos alrededor de una muerte que alguien había preparado.

—La nota es falsa —dijo Lucien.

Delacroix se volvió hacia él.

—Lo dijo usted muy deprisa en la posada.

El abogado sostuvo su mirada.

—Conozco la letra de Henri.

—Eso nadie lo duda.

—Entonces…

—Lo que me interesa es la rapidez.

Lucien se quedó quieto.

—¿Qué insinúa?

—Aún no insinúo. Observo. Una falsificación mala se reconoce enseguida. Una buena exige comparación. Esta es lo bastante buena para llamar a Camille a la abadía y lo bastante mala para que usted la rechace casi antes de respirar.

—He leído cientos de cartas de Henri.

—Y quizá alguna vez las corrigió.

Lucien palideció.

—Yo no escribí esa nota.

—No le he preguntado eso.

Adrien dejó escapar un suspiro bajo.

—Esa frase empieza a tener fama propia.

Delacroix tomó una de las cartas auténticas de Henri y la colocó junto a la nota falsa.

—Miren la inclinación. La presión. La manera de unir la hache con la vocal siguiente. La nota imita los gestos grandes. Falla en los pequeños.

Madame Lenoir se inclinó demasiado sobre la mesa.

—Yo no veo nada.

—No se preocupe, madame. La caligrafía no ha venido a agravar sus caderas.

—Monsieur Delacroix.

—Perdón. Continúo.

Se volvió hacia Lucien.

—Un falsificador torpe habría copiado letras. Este copió hábitos. Eso exige haber visto a Henri escribir muchas veces.

—Media casa ha recibido cartas de Henri —dijo Mathilde.

—Sí. Pero no media casa sabe qué frase usar para atraer a Camille.

Élise habló:

—«Un objeto que te pertenece más que a mí.»

La repitió como si le doliera.

Camille miraba el papel.

—Yo pensé en mi madre —dijo—. Pensé que quizá era algo suyo.

—Eso era lo esperado —dijo Delacroix.

—¿Por quién?

—Por alguien que conocía lo bastante su historia para saber qué tipo de anzuelo no rechazaría.

Élise levantó la vista hacia Lucien.

—Vallon.

Lucien no respondió.

—Vallon sabía de los pagos —continuó ella—. Sabía de Camille. Sabía de Henri. Pudo enviar la nota.

—Pudo —dijo Delacroix—. Pero Vallon no imitaba la letra de Henri.

Adrien se movió en su silla.

—Podría haber conseguido una carta.

—Sí. Con ayuda.

Lucien golpeó la mesa con la palma.

No fuerte.

Pero suficiente para sorprender a todos.