Capítulo 23 — Camille Roux #3
Delacroix se quedó inmóvil.
—Explíquese.
Camille cerró los ojos un instante.
—El anillo grande estaba torcido sobre el cojín. Me pareció que podía caerse. Lo empujé un poco con el borde de la nota. Solo eso.
—¿Con la nota falsa?
Ella asintió.
—Sí.
Delacroix extendió la mano.
—Démela otra vez.
Camille se la entregó.
Delacroix examinó el borde del papel bajo la luz de la vela. En una esquina, casi invisible, había una mancha oscura.
Pequeñísima.
Élise palideció.
—No.
Lucien susurró:
—Dios mío.
Adrien, desde la puerta, no dijo nada.
Delacroix miró a Camille.
La joven comprendió al mismo tiempo que todos.
—Yo no lo puse ahí.
—No he dicho eso.
—Yo no sabía…
—No he dicho eso tampoco.
Camille respiró con dificultad.
—Solo lo empujé. El anillo. Estaba mal colocado. Pensé que si se caía sabrían que alguien había entrado.
Delacroix sostuvo la nota entre los dedos.
El borde manchado.
El mensaje falso.
Camille en la sacristía antes de la ceremonia.
El anillo ya preparado o preparado después.
No.
Ahí estaba la pregunta.
Si la espina ya estaba en el anillo cuando Camille lo empujó con la nota, la mancha del papel podía ser residuo de la sustancia.
Si no estaba, la nota no significaba nada.
Pero si la nota había sido enviada para llevar a Camille hasta el anillo, quizá alguien quería que tocara —o casi tocara— el arma.
Otra mano convertida en sombra.
Como Claire.
Como Lucie.
Como Mathilde.
El asesino no solo mataba.
Distribuía contacto.
—¿Qué hizo después de salir? —preguntó Delacroix.
Camille se había puesto muy pálida.
—Volví aquí. No entré en la capilla. Oí las campanas. Luego la gente empezó a correr. Alguien dijo que Henri había caído. No fui. No pude.
—¿Quién la vio volver?
—Borel, creo. Una criada. No lo sé.
Delacroix miró a Lucien.
—Usted no mencionó a Vallon.
—No.
—No mencionó venir a la posada.
—No.
—No mencionó que Vallon podía conectar a Camille, Adrien, Renoux y los pagos de Henri.
—No.
—Eso lo coloca en una posición muy desagradable.
Lucien levantó la vista.
—Lo sé.
—¿Mató a Henri?
—No.
—¿Envió la nota falsa?
—No.
—¿Pagó al muchacho?
—No.
—¿Pidió a Vallon que alejara a Renoux?
—No.
Las respuestas fueron firmes.
Demasiado firmes quizá.
O quizá ya no le quedaban mentiras pequeñas y solo podía defender las grandes.
Delacroix guardó la nota en su cartera.
—Volveremos a la abadía.
Camille dio un paso atrás.
—No.
—Sí.
Élise se interpuso.
—No la llevarán allí.
—Madame Moreau, ya está allí. Desde antes de llegar.
Camille miró hacia la ventana.
La plaza, la niebla, el taller de Renoux cerrado, la posada llena de voces.
—No quiero ese apellido —dijo.
La frase no parecía dirigida a nadie en particular.
Tal vez a Henri.
Tal vez a la casa.
Tal vez a sí misma.
Delacroix la miró con una dureza medida.
—Esta noche, mademoiselle, el apellido la quiere a usted. Y tiene muy malas costumbres.
Adrien habló desde la puerta, más bajo de lo habitual:
—Camille.
Ella lo miró con frialdad.
Él no sonrió.
—La caja. En la posada. Si la viste… Si viste a Vallon…
—Vi tu descuido —dijo ella.
Adrien bajó la cabeza.
—Sí.
—Y vi a un hombre recoger lo que tú no supiste cuidar.
Delacroix se volvió hacia ella.
—¿Qué?
Camille parpadeó.
—No lo dije porque pensé que era Vallon.
—¿Quién recogió qué?
—La caja. O algo de la mesa. Después de que Adrien saliera.
—¿Vallon?
—Eso creí. Pero ahora no estoy segura.
—Descríbalo.
Camille frunció el ceño, obligándose a recordar.
—Abrigo oscuro. Sombrero bajo. Mano izquierda…
—¿Dos dedos rígidos?
—No. Eso es lo extraño. La mano estaba vendada.
Lucien cerró los ojos.
Adrien murmuró:
—Vallon no llevaba venda.
—No ayer —dijo Camille—. Por eso pensé que quizá era otro hombre.
Delacroix sintió que la noche volvía a moverse.
Un hombre que parecía Vallon.
O alguien intentando parecerlo lo suficiente.
—¿Rostro? —preguntó.
—No lo vi.
—Altura.
—Media. Quizá un poco más bajo que Adrien.
—¿Perfume? ¿Olor?
Camille pareció sorprendida por la pregunta.
—Tabaco. Y violetas.
El silencio fue inmediato.
Élise abrió la boca, pero no habló.
Lucien levantó la cabeza.
Adrien miró a Delacroix.
Violetas.
Otra vez.
Madame Lenoir.
O alguien usando su perfume.
O alguien que había pasado cerca de ella.
La niebla del caso, lejos de despejarse, empezaba a mostrar que varias sombras habían compartido el mismo disfraz.
Delacroix tomó su bastón.
—Ahora sí volvemos.
Camille no protestó.
Solo preguntó:
—¿A la abadía?
—Sí.
—¿Por qué?
Delacroix abrió la puerta.
En el pasillo, la luz de la posada temblaba sobre las paredes, y abajo empezaban otra vez los murmullos. El pueblo olía a humo, sopa y noticia fresca.
—Porque alguien ha usado a demasiadas personas como manos ajenas —dijo—. Y cuando un asesino reparte tantas manos, suele ser porque las suyas están demasiado cerca de todos.
Camille tomó su abrigo.
Élise se acercó a ella, pero no la tocó.
Adrien bajó la mirada.
Lucien parecía un hombre que acababa de descubrir que una mentira omitida podía parecerse mucho a un crimen.
Salieron de la habitación.
Abajo, Borel fingía limpiar el mostrador. Varios parroquianos fingían no escuchar. La Liebre Blanca entera fingía ser una posada y no una extensión de Saint-Aubin con mesas de madera.
Al cruzar la sala común, Camille se detuvo.
Miró la mesa junto a la ventana.
—Fue ahí —dijo.
Adrien no necesitó preguntar qué.
La caja.
El descuido.
El primer intercambio.
Delacroix se acercó a la mesa. Había marcas de vasos, arañazos viejos y una mancha de cera. Nada más. La madera, como tantas cosas en aquella historia, había sido limpiada demasiado tarde para ser útil y demasiado pronto para ser inocente.
Camille señaló una silla.
—Yo estaba allí.
Luego señaló el corredor del patio.
—Y él salió por allí.
—¿El hombre de la mano vendada?
—Sí.
Delacroix miró hacia el corredor.
Oscuro.
Estrecho.
Suficientemente discreto.
—Borel —llamó.
El posadero se acercó.
—Monsieur.
—¿Vallon tenía la mano vendada ayer?
—No.
—¿Quién sí?
Borel dudó.
Demasiado.
—Borel.
—No quiero problemas.
Adrien soltó una risa corta.
—Entonces eligió una posada muy mal situada.
El posadero tragó saliva.
—Había una mujer aquí ayer por la tarde. No se quedó mucho. Preguntó por una habitación, pero no la tomó.
—¿Mujer? —preguntó Delacroix.
—Sí.
—Camille vio un hombre.
—Yo vi una mujer.
—Descríbala.
Borel miró hacia la puerta, como si la noche pudiera estar escuchando.
—Vestida de oscuro. Sombrero bajo. Voz ronca. Al principio pensé que era un hombre. Después no.
Élise se tensó.
—¿Joven?
—No lo sé. Se cubría mucho.
—¿Perfume? —preguntó Delacroix.
Borel cerró los ojos un instante.
—Violetas.
Otra vez.
Delacroix se quedó inmóvil.
La figura de la posada ya no era Vallon.
Ni necesariamente un hombre.
Una mujer vestida como hombre, con perfume de violetas, mano vendada o disimulada, cerca de la caja.
La misma sombra que madame Lenoir había visto como mujer joven.
La misma sombra que Lucie había confundido con llaves de Mathilde.
La misma sombra que Margot había temido mencionar.
No era una persona improvisando.
Era alguien atravesando la historia con disfraces pequeños: olor, llaves, vendaje, sombrero, caja, nota.
—¿La reconoció? —preguntó Delacroix.
Borel negó.
—No.
—¿Hacia dónde fue?
—Al camino del norte. No al de la abadía. O eso pareció.
—¿Pagó algo?
—Un vaso de licor que no bebió.
—¿Con qué mano?
Borel pensó.
—La derecha.
—¿La izquierda vendada?
—Sí.
Delacroix miró a Adrien.
—Vallon tiene lesionada la izquierda.
Adrien asintió.
—Dos dedos rígidos. No vendados.
—Alguien quiso parecerse a él para quien mirara poco.
Camille habló desde detrás:
—Y oler a otra persona para quien recordara demasiado.
Delacroix la miró.
La joven sostuvo su mirada.
No era una frase de inocente decorativa. Era una observación buena.
Demasiado buena.
—Exactamente —dijo.
Salieron a la plaza.
El carruaje esperaba bajo la niebla.
Antes de subir, Delacroix miró hacia el taller de Renoux. Cerrado. Oscuro. Silencioso.
El restaurador seguía ausente.
Vallon seguía ausente.
La mujer de violetas seguía sin rostro.
Y Camille Roux, la hija sin apellido, subía ahora al coche que la llevaría por primera vez a la casa que había decidido su vida antes de que ella aprendiera a escribir su nombre.
Adrien le ofreció la mano para ayudarla.
Camille la miró.
No la aceptó.
Subió sola.
Adrien bajó la mano con una dignidad bastante pobre.
Delacroix subió el último.
El coche arrancó hacia Saint-Aubin.
En el interior, nadie habló.
La niebla cerró el pueblo detrás de ellos.
Y Delacroix, con la nota falsa guardada en la chaqueta y el olor imaginario de violetas clavado en la memoria, comprendió que el asesino había cometido un error esencial.
Había intentado parecer demasiadas personas.
Y, al hacerlo, empezaba a parecerse por fin a sí mismo.