Capítulo 23 — Camille Roux #2
Élise recibió el golpe en silencio.
—No soy una Beaumont.
—No. Pero llevas veinte años intentando que yo sobreviva a ellos. Algo se pega.
Delacroix inclinó apenas la cabeza.
—Mademoiselle Roux.
Ella lo miró.
—Delacroix.
—Veo que me esperaba.
—Henri escribió que vendría un hombre con cara de haber desconfiado de la felicidad antes de conocerla.
Adrien murmuró:
—Eso sí suena a mi tío.
—Henri tenía talento para las descripciones crueles cuando no hablaba de sí mismo —dijo Camille.
Su voz era firme, pero había algo debajo. No dolor visible. Algo más peligroso: dolor que había aprendido a no pedir sitio.
—Necesitamos hablar —dijo Delacroix.
—Ya hablan todos de mí sin necesidad.
—Eso rara vez produce buenos resultados.
Camille se apartó y dejó entrar solo a Élise y a Delacroix.
Adrien intentó avanzar, pero la joven lo detuvo con una mirada.
—Usted no.
Adrien alzó las manos.
—Perfecto. Empiezo a apreciar a esta parte de la familia.
—No soy su familia.
La frase fue seca.
Adrien bajó la vista.
—No. Supongo que no.
Lucien se quedó también en el pasillo, pero Delacroix lo señaló.
—Monsieur Dargent entra.
Camille no protestó.
Eso interesó aún más a Delacroix.
La habitación era sencilla: una cama, una mesa, una palangana, una silla, una maleta cerrada y un abrigo oscuro colgado junto a la ventana. Sobre la mesa había varios papeles, una vela, un libro de cubiertas gastadas y una taza de café frío.
Camille cerró la puerta.
Élise se acercó a ella.
—¿Estás bien?
—No.
La respuesta fue tan honesta que Élise se detuvo.
Camille miró a Delacroix.
—Henri ha muerto.
—Sí.
—En el altar.
—Sí.
—Antes de firmar lo mío.
—Sí.
La joven asintió despacio.
No lloró.
Delacroix empezó a comprender que en aquella historia las mujeres habían decidido reservar las lágrimas para habitaciones sin testigos o para nunca.
—¿Lo lamenta? —preguntó.
Élise se volvió hacia él con indignación.
Camille no.
Camille sonrió apenas.
—No lo sé.
La respuesta fue brutal.
Y, por eso, útil.
—Ayer lo habría lamentado de una manera —continuó—. Esta mañana, de otra. Ahora no sé si lamento que haya muerto o que haya muerto antes de demostrar que esta vez no mentía.
—Creía que mentiría.
—Creía que tendría intención de no hacerlo. En Henri Beaumont eso ya era casi una virtud.
Lucien bajó la mirada.
—Usted lo conocía poco —dijo.
Camille lo miró.
—Y usted demasiado. No sé qué es peor.
El abogado no respondió.
Delacroix caminó hasta la mesa. No tocó los papeles.
—Recibió una nota esta mañana.
Camille miró a Élise.
—¿También eso?
—Borel lo dijo —respondió Delacroix—. No culpe a madame Moreau por la indiscreción de los posaderos.
Camille abrió un pequeño cajón de la mesa y sacó un papel doblado.
—Me la trajo un muchacho.
—¿Lo conocía?
—No.
—¿Qué decía?
Ella se lo entregó.
Delacroix lo abrió.
La letra imitaba la de Henri.
No era mala imitación. Pero precisamente por eso fallaba en lugares pequeños. Los trazos demasiado medidos, la inclinación forzada, la elegancia aprendida como quien copia el modo de caminar de otro y olvida respirar igual.
Camille:
Si quieres saber si esta vez hablo en serio, ven antes de la ceremonia a la puerta pequeña de la sacristía. No entres por la capilla. Habrá un objeto que te pertenece más que a mí.
H.
Delacroix leyó la nota dos veces.
Luego se la pasó a Lucien.
El abogado la miró y palideció.
—No es de Henri.
—No ha tardado mucho.
Lucien levantó la vista.
—Conozco su letra.
—También quien la imitó.
Lucien no respondió.
Camille cruzó los brazos.
—Yo también supe que no era exactamente suya.
—Pero fue.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque soy humana, monsieur Delacroix. Una cosa incómoda cuando una quiere parecer razonable.
La respuesta mereció una inclinación mínima de cabeza.
—¿Llegó a la abadía?
Élise dio un paso.
—Camille.
—Sí —dijo la joven.
Élise cerró los ojos.
Delacroix esperó.
—Fui por el camino lateral. Conocía la entrada de servicio por las historias de Élise. No entré en la capilla. No quería que nadie me viera.
—Pero alguien la vio.
—Una señora mayor que olía como un cajón de violetas.
—Madame Lenoir.
—No sé su nombre. Me miró como si yo fuera una mancha en una servilleta.
—Un talento suyo.
—Me escondí cerca de la puerta pequeña de la sacristía. Estaba abierta.
Delacroix no se movió.
—¿Entró?
Camille sostuvo su mirada.
—Sí.
Élise se llevó una mano a la boca.
—Camille.
—Entré un momento. No había nadie.
—¿Y el niño?
—Todavía no estaba.
—¿Qué vio?
—La sacristía. Armarios. Una mesa. Un cojín blanco con los anillos.
—¿Los tocó?
Camille no respondió enseguida.
La habitación se tensó.
—Toqué el cojín —dijo al fin.
—¿Los anillos?
—No.
—Mademoiselle Roux.
—No toqué los anillos.
Delacroix sostuvo su mirada.
No pudo determinar si mentía.
Eso lo irritó.
—¿Qué buscaba?
Camille señaló la nota.
—«Un objeto que te pertenece más que a mí.» Pensé que quizá era una carta. Un documento. Algo sobre mi madre. Algo que demostrara que Henri no estaba usando otra frase bonita para llegar tarde.
—¿Encontró algo?
—No.
—¿Cuánto tiempo estuvo dentro?
—Muy poco. Oí pasos. Salí por la puerta pequeña.
—¿Sin guantes?
—Sí.
—¿Con llaves?
Camille frunció el ceño.
—No.
—Lucie oyó llaves.
—No eran mías.
—¿Vio a alguien al salir?
—No. Solo a la señora de violetas más lejos y al niño después, con una criada.
—¿Llevaba algo bajo el chal?
—La nota.
—¿Una caja?
—No.
Delacroix guardó silencio.
Camille se acercó a la ventana.
Desde allí se veía la plaza del pueblo y, más allá, la fachada cerrada del taller de Renoux. La joven miró hacia allí como si también ese lugar tuviera una parte de su historia.
—Ayer vi a Adrien Beaumont con la caja —dijo.
—Eso me han dicho.
—La abrió para enseñársela a un hombre.
—Vallon.
—No sé su nombre.
—¿Lo había visto antes?
Camille tardó demasiado.
—Sí.
Élise la miró.
—¿Dónde?
—En Tours.
Lucien levantó la cabeza.
Delacroix observó al abogado.
Camille continuó:
—Era uno de los hombres que llevaba dinero. A veces. No siempre. Cuando yo era niña, no lo sabía. Después lo entendí.
—¿Dinero de Henri?
—Dinero sin nombre. Que es peor.
Lucien estaba muy quieto.
—¿Está segura de que era Vallon? —preguntó Delacroix.
—Sí. Tenía dos dedos rígidos en la mano izquierda.
Adrien se puso rígido al otro lado de la puerta, donde seguramente escuchaba más de lo conveniente.
—¿Habló con él? —preguntó Delacroix.
—No. Él no me vio. O fingió no verme. Estaba con Adrien. Después habló con otro hombre.
—¿Quién?
Camille giró.
Miró a Lucien.
El abogado pareció perder toda la sangre del rostro.
—Con él —dijo ella.
El silencio fue perfecto.
Lucien tardó un segundo en reaccionar.
—Eso es falso.
—Lo vi.
—Yo no estuve aquí ayer por la tarde.
—Sí estuvo.
—Llegué a la abadía antes de la cena.
—Y antes pasó por la posada.
Lucien apretó la carpeta contra el cuerpo.
—Se equivoca.
—No —dijo Camille—. Tenía el mismo abrigo, aunque sin la carpeta. Vallon le entregó algo. Un sobre pequeño. Usted le dio dinero.
Élise miró a Lucien.
—¿Es verdad?
—No.
Delacroix se acercó a Camille.
—¿Qué hora era?
—Después de que Adrien dejara la caja sobre la mesa. No sé cuánto después. Yo subí a mi cuarto. Bajé para pedir agua. Los vi en el corredor del patio, no en la sala común.
—¿Vallon llevaba la caja?
—No.
—¿Lucien la llevaba?
—No lo vi.
—¿Qué hizo después Vallon?
—Se marchó por la puerta trasera.
—¿Y monsieur Dargent?
—Se quedó unos minutos. Luego salió hacia la abadía.
Lucien dio un paso atrás.
—No puede probarlo.
Delacroix lo miró.
—Una frase muy distinta a «no es verdad».
Lucien abrió la boca.
No dijo nada.
Camille lo miró con una frialdad demasiado adulta para su edad.
—Henri confiaba en usted.
Lucien cerró los ojos.
—No entiende nada.
—Entonces explique.
El abogado miró a Delacroix.
Luego a Élise.
Luego hacia la puerta, donde Adrien ya no fingía no escuchar.
—Vallon trabajaba para mí —dijo al fin.
Élise dio un paso atrás.
—¿Qué?
—No como empleado fijo. Era intermediario. A veces llevaba pagos. Mensajes. Cosas que Henri no quería que pasaran directamente por la abadía.
—Los pagos a Camille —dijo Delacroix.
—Sí.
Camille bajó la vista.
—Dinero sin nombre —repitió.
Lucien tragó saliva.
—Henri me pidió discreción.
—Henri abusó de esa palabra —dijo Delacroix—. ¿Por qué se reunió con Vallon ayer?
Lucien dudó.
—Para pedirle que no se acercara a la boda.
—¿Por qué iba a acercarse?
—Porque sabía cosas. Porque Adrien le debía dinero. Porque Vallon era la clase de hombre que cree que las bodas son oportunidades.
Adrien abrió la puerta.
—Eso es cierto.
Delacroix ni siquiera lo miró.
—Le pedí que se marchara —continuó Lucien—. Le pagué.
—¿Con dinero de Henri?
—No.
—¿Suyo?
—Sí.
—¿Y no lo mencionó porque…?
—Porque no quería admitir que llevaba años usando a un prestamista para entregar dinero a una hija no reconocida. Porque no quería que Camille se enterara así. Porque no quería que Mathilde descubriera otra forma de llamarme cómplice de Henri.
Camille lo miró con desprecio.
—Lo era.
Lucien aceptó el golpe.
—Sí.
Delacroix tomó la nota falsa y la dobló.
—¿Vallon pudo haber enviado esto?
—Sí —dijo Lucien.
—¿Por encargo de quién?
—No lo sé.
—Los intermediarios suelen tener clientes.
—Vallon tenía muchos.
—Pero ayer habló con Adrien, con usted, quizá con Renoux, quizá con el muchacho que llevó los mensajes. Hoy Renoux desaparece y Camille es convocada a la sacristía. Eso parece mucho trabajo para un prestamista aburrido.
Lucien se apoyó en la pared.
—Vallon no habría matado a Henri por iniciativa propia.
—No. Pero podría haber vendido un servicio.
Élise miró a Camille.
—¿Tocaste el anillo?
La pregunta salió de ella, no de Delacroix.
Eso la volvió más dolorosa.
Camille sostuvo la mirada de la mujer que la había criado, protegido y ocultado.
—No.
—Camille.
—No.
—Dime la verdad.
La joven apretó la mandíbula.
—Lo miré.
—¿Lo tocaste?
—No con la mano.