Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 23 — Camille Roux
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Capítulo 23 — Camille Roux

El camino hacia el pueblo parecía más largo de noche.

La niebla había descendido sobre Saint-Aubin con una paciencia casi deliberada, borrando los bordes del mundo.

Los árboles se inclinaban sobre el carruaje como testigos encapuchados.

La grava húmeda crujía bajo las ruedas, y la abadía, al quedar atrás, no desaparecía del todo.

Permanecía en lo alto de la colina, con algunas ventanas encendidas y la capilla oscura a un lado, como si aún vigilara la ceremonia que había fracasado dentro de ella.

Delacroix iba sentado frente a Élise Moreau y Adrien Beaumont. Lucien Dargent ocupaba el asiento lateral, junto a la portezuela, con la carpeta sobre las rodillas y el rostro pálido a medias por la mala luz y a medias por sus propias ideas.

Nadie habló durante los primeros minutos.

Eso, en aquel grupo, ya era casi una forma de violencia.

Adrien fue el primero en rendirse.

—Debo admitir —dijo— que no era así como imaginaba terminar la boda de mi tío.

Élise lo miró.

—¿La imaginaba terminando con usted sobrio?

—Tampoco exageremos.

Delacroix volvió la vista hacia la ventanilla.

—Si han terminado de intercambiar afectos familiares, quizá podamos dedicar el trayecto a no empeorar la situación.

—Me temo que ya vamos tarde —dijo Adrien.

—Ir tarde es una tradición Beaumont, según he comprobado.

Lucien no sonrió.

Élise tampoco.

La mención del apellido había caído entre ellos con un peso nuevo. Beaumont ya no era solo una familia, ni una casa, ni un anillo antiguo. Era una herencia que parecía haber encontrado varias maneras de herir a quien se acercara demasiado.

—Camille no mató a Henri —dijo Élise.

No lo dijo como argumento.

Lo dijo como advertencia.

Delacroix la miró.

—Todavía no he acusado a nadie en voz alta.

—Pero piensa hacerlo.

—Pienso muchas cosas que la cortesía me impide pronunciar. Agradezca mis escasos modales restantes.

Élise apretó el bolso sobre su regazo.

—Camille vino al pueblo para ver la abadía. Nada más.

—La gente rara vez viaja solo para mirar una casa que ha arruinado su vida.

—No sea cruel.

—Estoy siendo preciso.

—Es una joven.

—Eso tampoco absuelve.

Adrien se inclinó un poco hacia ella.

—¿Qué edad tiene?

Élise tardó en responder.

—Veintidós.

Adrien bajó la mirada.

La cifra parecía haberle llegado de una forma inesperada. Quizá porque veintidós años era una edad suficiente para tener rostro, voz, memoria. No una idea. No «el asunto de Marianne». No «la hija sin apellido». Una persona.

—Henri tenía una hija de veintidós años —murmuró.

—Sí —dijo Élise—. Y consiguió enterarse de ello usted antes que ella de tener un padre.

Adrien recibió el golpe sin réplica.

Eso lo mejoró ligeramente.

Lucien habló por primera vez:

—¿Camille sabía que Henri iba a reconocerla mañana?

—Hoy —corrigió Élise.

La palabra fue breve.

Cruel.

Porque el hoy ya no existía.

—Sabía que pensaba hacerlo después de la ceremonia —continuó ella—. No sabía si creerlo.

—Una prudencia hereditaria —dijo Delacroix.

Élise lo miró con dureza.

—Camille no heredó nada de los Beaumont.

—Eso espera usted.

El carruaje entró en el pueblo.

Saint-Aubin estaba más despierto que antes. La muerte ya había llegado a las calles. Se notaba en las ventanas iluminadas, en las sombras detenidas bajo los aleros, en las conversaciones que se cortaban al paso del coche con el escudo familiar.

La posada estaba junto a la plaza, frente a la fuente y a pocos pasos del taller cerrado de Renoux. Sobre la puerta colgaba un letrero de madera con una liebre pintada de forma poco convincente.

La Liebre Blanca.

—Qué nombre tan adecuado —murmuró Adrien—. Solo falta que alguien llegue tarde con un reloj.

—Hoy preferiría que nadie trajera más relojes ni conejos —respondió Delacroix.

Bajaron.

La sala común de la posada olía a leña, cerveza, sopa y ropa húmeda.

Varias cabezas se volvieron al ver entrar al grupo.

Un silencio de pueblo cayó sobre las mesas, no absoluto, pero sí obediente.

Allí ya sabían que Henri Beaumont había muerto.

Y al ver a Delacroix acompañado por Élise, Adrien y Lucien, comprendieron que la muerte no había terminado de elegir compañía.

El posadero, un hombre grande, de barba rojiza y manos limpias de tanto secarlas en el delantal, se acercó con expresión cautelosa.

—Monsieur Dargent.

—Borel —dijo Lucien.

Delacroix observó ese saludo.

Se conocían lo suficiente para no presentarse.

—Necesitamos hablar con una huésped —dijo Delacroix—. Camille Roux.

El posadero cambió de color.

No mucho.

Lo justo.

—No sé si…

—Sí sabe.

Adrien dejó el sombrero sobre una mesa.

—Borel, por una vez en su vida, haga algo antes de calcular si la familia se ofenderá.

El posadero lo miró con resentimiento.

—La señorita está arriba.

Élise dio un paso hacia la escalera.

Delacroix la detuvo con el bastón, sin tocarla.

—Primero, usted.

Miró al posadero.

Borel tragó saliva.

—¿Yo?

—Sí. ¿Cuándo llegó Camille Roux?

—Ayer por la tarde.

—¿Sola?

—Sí.

—¿De dónde dijo venir?

—De Tours.

—¿Con qué motivo?

—No me lo dijo.

—Los huéspedes misteriosos alegran mucho las posadas, imagino.

—Pagó por adelantado.

—Eso suele mejorar la discreción.

Borel no respondió.

Delacroix se acercó al mostrador.

—¿Estaba aquí cuando monsieur Beaumont recogió una caja con el anillo familiar?

Adrien resopló por lo bajo.

—La frase suena peor cada vez que alguien la dice.

—Sí —dijo Delacroix—. Procure recordarlo como penitencia.

Borel miró a Adrien.

—Monsieur Adrien estuvo aquí, sí.

—¿Con quién habló?

—Con Vallon.

—¿Prestamista?

—Entre otras cosas.

—Qué oficios tan modestos tienen los hombres desagradables.

Adrien metió las manos en los bolsillos.

—No hace falta que todos disfrutemos de mi humillación.

—No se atribuya exclusividad —dijo Delacroix—. Hoy hay humillación suficiente para repartir.

Borel siguió:

—Monsieur Adrien dejó una caja sobre la mesa. La abrió un momento. Vallon la vio. Otros también, quizá.

—¿Camille Roux?

El posadero dudó.

Élise se tensó.

—Borel —dijo Delacroix—, si miente mal, me obliga a perder tiempo. Si miente bien, me obliga a respetarlo menos.

—La señorita estaba sentada junto a la ventana.

Élise cerró los ojos.

—¿Vio la caja? —preguntó Delacroix.

—No lo sé.

—Eso significa sí, pero no quiere responsabilizarse de sus ojos.

—Pudo verla.

—¿Se acercó?

—No.

—¿Habló con Vallon?

—No mientras yo miraba.

—¿Con Adrien?

—No.

Adrien frunció el ceño.

—¿Camille estaba allí cuando yo hablé con Vallon?

—Sí, monsieur.

Adrien miró hacia la escalera.

Por primera vez pareció comprender que la muchacha había entrado en su vida antes de tener nombre. La había tenido a unos metros mientras él abría la caja del anillo familiar para impresionar a un prestamista.

La tragedia, pensó Delacroix, tenía un gusto excelente para las simetrías desagradables.

—¿Qué ocurrió después? —preguntó.

Borel se frotó las manos.

—Monsieur Adrien se marchó. Vallon también, un rato después. La señorita subió a su habitación. Nada más.

—La caja permaneció sobre la mesa algún momento.

—Sí.

—¿Alguien la tocó?

—No lo vi.

—¿La perdió usted de vista?

—Había gente. Servía mesas.

—Entonces sí.

Borel bajó la mirada.

—Sí.

Lucien habló:

—¿Vallon ha vuelto hoy?

—No.

—¿Y Renoux?

Borel miró hacia la puerta cerrada del taller, visible desde la ventana.

—Gaspard pasó por aquí muy temprano. Antes de marcharse.

—¿Solo?

—Con un muchacho que traía un mensaje, creo.

Delacroix se inclinó ligeramente.

—¿Qué muchacho?

—No lo conozco. De esos que hacen recados por monedas. Flaco, gorra grande, chaqueta marrón.

—¿El mismo muchacho habló con Camille Roux?

Borel se quedó inmóvil.

Élise se volvió hacia él.

—¿Qué?

El posadero maldijo por lo bajo.

—Le dejó una nota.

—¿A Camille? —preguntó Delacroix.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Esta mañana. Poco después de que Gaspard se marchara.

Élise empujó el bastón de Delacroix y subió dos escalones.

—Camille.

—Madame Moreau —dijo Delacroix.

Ella se detuvo.

No por obediencia.

Por miedo a empeorar lo que protegía.

Delacroix miró a Borel.

—¿Quién pagó al muchacho?

—No lo sé.

—Borel.

—No lo sé. Pero lo vi hablar antes con Vallon. Ayer por la noche.

Adrien se volvió.

—¿Vallon?

—Sí, monsieur.

—¿Y a mí no me lo dijiste?

Borel lo miró con una honestidad bastante práctica.

—Usted no me lo preguntó, y cuando me pregunta cosas suele ser para no pagar otras.

Adrien aceptó el golpe con una inclinación de cabeza.

—Justo.

Delacroix tomó nota mental.

Vallon.

El mensajero.

Renoux fuera del pueblo.

Camille convocada.

La caja vista en la posada.

Demasiadas líneas cruzándose en una sala común con olor a cerveza.

—Ahora sí —dijo—. Camille Roux.

Borel los condujo al piso superior.

El pasillo era estrecho, con tablas que crujían y paredes encaladas. Había cuatro habitaciones. Borel se detuvo ante la tercera y llamó.

—Mademoiselle Roux.

No hubo respuesta.

Élise avanzó.

—Camille, soy yo.

Silencio.

Luego una voz joven, desde dentro:

—¿Vienes sola?

Élise cerró los ojos.

—No.

Un ruido al otro lado.

Una silla movida.

Pasos.

La puerta se abrió.

Camille Roux no se parecía a una sombra.

Eso fue lo primero que Delacroix pensó.

No era una muchacha temblorosa ni una aparición trágica.

Era una joven de veintidós años, delgada, de cabello oscuro recogido con descuido y ojos claros que miraban con una mezcla de orgullo y fatiga.

Vestía un traje sencillo, de viaje, sin adornos.

No llevaba guantes. Sus manos estaban desnudas, pálidas, con los dedos manchados de tinta en la yema del índice derecho.

No era hermosa de un modo evidente.

Era intensa.

Y eso, en una casa como Saint-Aubin, bastaba para convertirse en amenaza.

Al ver a Adrien, su rostro cambió.

Al ver a Lucien, cambió otra vez.

Delacroix no se perdió ninguna de las dos cosas.

—Camille —dijo Élise.

—Te dije que no los trajeras.

—No tenía elección.

La joven soltó una risa breve.

—Qué frase tan Beaumont.