Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 22 — La ventana abierta #2
77%

Capítulo 22 — La ventana abierta #2

—En esta casa, hasta las invitadas con reuma podrían guardar pasados oscuros. Qué estimulante para la vejez.

Delacroix guardó la caja original en una bolsa de tela limpia, sin cerrarla del todo.

—La llevaremos junto al anillo y la caja falsa. Doctor, necesitaré comparar los residuos.

—Lo haré.

—Y también el barro.

Roussel suspiró.

—Soy médico, no jardinero.

—Hoy todos ampliamos nuestras competencias.

Mathilde dio instrucciones para que Lucie quedara en una habitación diferente, acompañada por Jeanne, lejos de su cama y de la ventana. Delacroix aprobó la decisión. Si el asesino había elegido su cuarto para plantar pruebas, la muchacha no debía volver a quedarse allí sola.

Salieron al corredor.

La abadía parecía más estrecha cada vez.

Delacroix tuvo la sensación de que las paredes, con todos sus retratos, puertas secundarias y pasillos de servicio, no ocultaban el crimen por casualidad. Lo protegían por hábito.

Mientras bajaban hacia la planta principal, Claire se acercó a él.

—¿Cree que Camille está aquí?

—Creo que alguien desea que esa posibilidad respire cerca de nosotros.

—Eso no responde.

—Es la mejor respuesta que tengo por ahora.

Claire apretó la barandilla.

—Si Camille estaba en la sacristía, pudo ver el anillo.

—Sí.

—Pudo tocarlo.

—Sí.

—Pudo querer que Henri sufriera.

—También.

Claire se detuvo en el rellano.

Abajo, el vestíbulo estaba iluminado por lámparas. Las flores del arco principal se habían vencido un poco más y el aire olía menos a boda que a casa cerrada.

—Yo quise odiarla cuando supe que existía —dijo Claire.

Delacroix no respondió.

—Solo un segundo. Tal vez menos. No porque fuera culpable de nada. Porque convertía a Henri en alguien más desconocido para mí. Porque aparecía justo en el borde de mi vida, como si me dijera que yo iba a casarme con un hombre incompleto.

—Todos se casan con personas incompletas.

—Sí. Pero algunas partes faltantes sangran.

Delacroix la miró.

Claire no parecía esperar consuelo.

Eso era lo que la volvía soportable.

—Si Camille está aquí —dijo ella—, quiero verla.

—No es prudente.

—Nada de esta boda lo fue.

—Eso no convierte la imprudencia en método.

Claire soltó una risa breve, rota.

—Habla usted como si aún pudiéramos escoger métodos.

—Siempre se puede. Lo que no siempre se puede escoger es el precio.

Élise, que bajaba unos escalones detrás, los oyó.

—Camille no está aquí.

Delacroix se volvió.

—Insiste mucho.

—Porque es verdad.

—Las verdades no necesitan escolta tan numerosa.

Élise bajó un escalón más.

—Si estuviera aquí, yo lo sabría.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿No habría venido sin decírselo?

Élise apretó los labios.

—Camille es orgullosa. No imprudente.

—Una combinación que no excluye el viaje.

—No vino.

—Entonces alguien desea parecerse a ella.

Élise palideció.

No mucho.

Pero Delacroix lo vio.

—¿Qué quiere decir?

—Una mujer joven, sin guantes, junto a la sacristía. Una posible caja bajo el chal. La aparición de pruebas en habitaciones de servicio. El nombre de Camille rodeando los móviles. Si Camille no está aquí, alguien está dibujando su silueta.

—¿Para culparla?

—O para asustar a quienes la protegen.

Élise bajó la mirada.

—No puede tocarla esta casa otra vez.

Claire la miró.

—Entonces ayúdenos a impedirlo.

Élise no respondió.

Pero algo en ella cedió apenas.

—Camille no está en Tours —dijo al fin.

Delacroix se quedó inmóvil.

Claire también.

—¿Dónde está? —preguntó él.

Élise cerró los ojos.

—En el pueblo.

—Madame Moreau.

—Llegó ayer por la tarde. Quería ver la abadía. Ver el lugar donde nació. Yo le dije que no viniera. Me desobedeció.

—¿Está en la posada?

Élise dudó.

—Sí.

—¿Con qué nombre?

—Camille Roux.

Delacroix soltó aire lentamente.

—Roux.

—El apellido de la familia que la crió los primeros años.

—¿Alguien más lo sabe?

—No.

—¿Henri?

—No. Iba a decírselo después de la ceremonia si todo salía…

No terminó.

No hacía falta.

Claire miró hacia el vestíbulo.

—Entonces Camille pudo estar en la posada cuando Adrien dejó la caja.

Élise negó con fuerza.

—No.

—Pudo estar —dijo Delacroix.

—No la conoce.

—Precisamente por eso no la absuelvo.

Élise se acercó a él.

—Camille estaba enfadada, sí. Herida. Orgullosa. Pero no haría algo así.

—Todos están muy seguros de las personas que aman hasta que una prueba les pide menos ternura.

Élise recibió la frase como una bofetada.

—La protegeré.

—Eso ya lo ha hecho. Y quizá por eso seguimos a oscuras.

Claire intervino con voz baja:

—Élise, si Camille estuvo en el pueblo, alguien pudo verla. Usarla. Seguirla. Hacerse pasar por ella. Dejar rastros que la señalen.

Élise miró a Claire.

Otra vez, la frase de la novia alcanzó donde Delacroix solo podía empujar.

—No quería que se convirtiera en sospechosa —dijo Élise.

—Ya lo es —respondió Claire—. Solo que ahora no puede defenderse porque usted la escondió.

Élise cerró los ojos.

Durante un instante pareció odiar a Claire.

Luego pareció comprender que no podía permitírselo.

—Está bien —dijo—. Pero no la traerán aquí como un animal.

—No —dijo Delacroix—. Iremos nosotros al pueblo.

Mathilde, que había escuchado los últimos intercambios desde el pie de la escalera, habló:

—¿Camille estuvo en el pueblo y no lo dijo?

Élise bajó el último escalón.

—No tenía por qué decírselo a usted.

—Si estuvo cerca de la caja y del anillo, sí.

—Usted no tiene derecho a hablarle de derechos.

Mathilde se acercó.

—Esa joven podría estar en peligro.

Élise soltó una risa amarga.

—Ahora es «esa joven». Qué avance. Durante veinte años fue «ese asunto».

Mathilde recibió el golpe sin apartarse.

—Durante veinte años, nadie quiso pagar el precio completo de pronunciar su nombre. Yo incluida. Hoy no tenemos ese lujo.

La sinceridad inesperada hizo callar incluso a Élise.

Delacroix miró a Mathilde.

No era absolución.

Pero era interesante.

—Prepararemos un coche —dijo él.

Lucien apareció desde el corredor con la caja original ya entregada al doctor y varios papeles bajo el brazo.

—¿Al pueblo otra vez?

—Sí.

—¿Por Renoux?

—Por Camille.

Lucien palideció.

—¿Camille está en el pueblo?

Élise lo miró con dureza.

—Con discreción, al parecer insuficiente.

Adrien, que había bajado detrás de todos, murmuró:

—Cada vez que alguien dice discreción en esta familia, aparece una catástrofe con sombrero.

Delacroix se volvió hacia él.

—Usted vendrá.

Adrien abrió los ojos.

—¿Yo? ¿No estaba condenado a la inmovilidad?

—Su relación con la posada ha recuperado interés.

—Qué alegría. Mi caída social al fin resulta útil.

—No abuse. Todavía puede empeorar.

Mathilde también dio un paso.

—Yo voy.

—No.

—Camille tiene derecho a saber que…

—Camille tiene derecho a no recibir a todos los fantasmas Beaumont al mismo tiempo.

Mathilde se quedó quieta.

La frase la detuvo mejor que una orden.

Élise habló:

—Voy yo.

—Sí —dijo Delacroix—. Usted, Adrien y yo. Lucien también.

—¿Por qué Lucien? —preguntó Élise.

—Porque todos los caminos de este caso pasan por papeles, deudas o promesas firmadas. Y porque los abogados se ponen nerviosos de manera muy informativa.

Lucien no protestó.

Claire miró a Delacroix.

—Yo también.

—No.

—Camille quizá quiera verme.

—O quizá quiera odiarla antes de entenderla.

—Tiene derecho.

—Sí. Pero no ahora.

Claire sostuvo su mirada.

Delacroix añadió, más bajo:

—Además, alguien sigue moviéndose dentro de la abadía. Necesito a alguien aquí que mire sin obedecer a Mathilde y sin romperse.

Claire comprendió.

No le gustó.

Pero comprendió.

—De acuerdo.

Mathilde la miró con sorpresa.

Claire no le devolvió la mirada.

—Vayan —dijo—. Y tráiganla viva.

Élise cerró los dedos sobre el bolso.

La frase había sido simple.

Y terrible.

Delacroix tomó su sombrero y el bastón.

Antes de salir, miró una vez más hacia el corredor de servicio, la escalera, las puertas, la habitación de Lucie y la ventana abierta que daba al patio interior.

El asesino había dejado llaves, caja, barro y miedo.

Demasiados elementos.

Eso ya no era solo una incriminación.

Era una carrera.

Alguien estaba empujando la investigación hacia Camille.

Quizá porque Camille era culpable.

Quizá porque Camille había visto algo.

O quizá porque, como Claire en el altar, la hija sin apellido estaba siendo colocada en el punto exacto donde otra mano quería que todos mirasen.

Delacroix salió al exterior.

La niebla había cubierto el camino a la abadía.

En algún lugar del pueblo, una joven que llevaba veintidós años esperando un nombre estaba a punto de descubrir que los apellidos también podían matar.