Capítulo 22 — La ventana abierta
La caja original no parecía culpable.
Ese era el primer problema.
Reposaba sobre el colchón estrecho de Lucie con una modestia casi ofensiva, junto al pequeño aro de llaves del ala este y una manta mal doblada.
Era de terciopelo oscuro, gastado en los bordes, con el cierre algo vencido y una hebra roja desprendida en una esquina, tal como había recordado Margot Vasseur.
Un objeto viejo.
Un objeto pequeño.
Un objeto que había llegado allí demasiado tarde para ser inocente y demasiado pronto para parecer descuidado.
Delacroix no la tocó.
Nadie más respiró con libertad.
Lucie lloraba de pie junto a Jeanne, que la sujetaba por los hombros con firmeza de mujer acostumbrada a impedir que las desgracias se caigan al suelo. La muchacha repetía que no sabía nada, pero lo hacía ya sin fuerza, como si incluso su inocencia empezara a cansarse de explicarse.
—Yo no la puse ahí, monsieur. Se lo juro. Yo no…
—Lo sé —dijo Delacroix.
Lucie levantó la cabeza.
La frase la sorprendió tanto que dejó de llorar durante un segundo.
Mathilde Beaumont, en cambio, no pareció tan dispuesta a aceptar esa absolución.
—No puede saberlo.
—No con certeza. Pero con bastante decencia.
—La caja está en su habitación.
—Y las llaves también. Demasiadas pruebas para una criada que ha pasado el día temblando hasta para sostener una taza.
Adrien, apoyado junto a la puerta, murmuró:
—Por una vez, el exceso de culpabilidad parece poco elegante.
—Exactamente —dijo Delacroix.
Adrien parpadeó, quizá sorprendido de que su frase hubiera servido para algo.
La habitación de Lucie era pequeña, limpia y pobre.
Una cama, una silla, un baúl, una jarra de agua, un espejo diminuto y una repisa con dos objetos personales: una estampa religiosa y una cinta azul cuidadosamente doblada.
No había lugar para esconder grandes secretos. Eso no impedía esconder uno pequeño.
La ventana entornada dejaba entrar aire frío del patio interior. La cortina se movía apenas, con un temblor nervioso que imitaba demasiado bien a Lucie.
Delacroix se acercó al alféizar.
La mancha de barro estaba fresca. No era grande.
Apenas una rozadura en la piedra, acompañada por dos partículas de tierra húmeda sobre el suelo interior.
Al otro lado, el patio se hundía en la niebla.
La habitación no estaba en planta baja, sino en un entresuelo bajo, comunicado con una cornisa estrecha y una escalera de servicio exterior que descendía hacia el ala de cocinas.
—¿Esta ventana suele estar abierta? —preguntó.
Lucie negó con fuerza.
—No, monsieur. Entra frío.
—¿La cerró usted?
—Sí. Esta mañana. Siempre la cierro.
—¿Con pestillo?
—Sí.
Delacroix examinó el cierre.
No estaba roto.
Tampoco forzado.
—Alguien la abrió desde dentro —dijo.
Mathilde se acercó.
—O Lucie la abrió.
—Entonces habría sido una criminal muy considerada: abriría la ventana, pondría barro en el alféizar y dejaría una caja incriminatoria sobre su propia cama para que nadie se tomara el trabajo de buscar demasiado.
—La estupidez existe.
—Sí. Pero suele tener peor composición escénica.
Claire permanecía en el umbral, pálida, con la mirada fija en la caja.
Élise estaba a su lado. Desde el hall de servicio llegaban susurros de criados y pasos contenidos.
La noticia del hallazgo ya empezaba a recorrer la abadía, aunque nadie supiera aún qué significaba.
Eso jamás había impedido que una noticia viajara.
Lucien Dargent entró detrás del padre Laurent, jadeando apenas por la prisa.
—¿Es la caja? —preguntó.
—La original, según parece —dijo Delacroix.
Lucien miró a Lucie.
—Dios mío.
—Hoy Él está recibiendo más informes que el juez —murmuró Adrien.
Mathilde se volvió hacia él.
—Calla.
—Por una vez, sin protestar.
Delacroix sacó un pañuelo y levantó la caja con sumo cuidado. El cierre produjo un sonido débil, menos limpio que el de la caja encontrada en la sacristía.
Un pequeño chasquido torpe.
Margot tenía razón.
No era el mismo sonido.
La abrió.
Dentro no había anillo, naturalmente.
Había una hendidura en el terciopelo interior, adaptada a la alianza antigua, y una pequeña marca oscura en uno de los laterales. Delacroix acercó la caja a la lámpara.
—Doctor Roussel —llamó.
El médico, que había llegado al oír el grito, se abrió paso hasta la puerta.
—¿Qué ocurre ahora?
—Otra reliquia que desea ser examinada.
Roussel se acercó, miró la caja y suspiró con auténtica tristeza profesional.
—Empiezo a preferir las enfermedades.
—Son menos imaginativas.
El médico observó el interior sin tocarlo.
—Hay restos oscuros.
—¿Como en el anillo?
—No puedo saberlo a simple vista.
—Naturalmente.
—Pero podrían ser polvo de metal. O residuo de pulido.
—O la sustancia usada en la espina.
Roussel no respondió.
No hacía falta.
Delacroix giró la caja para observar los bordes. En la parte inferior, una fibra blanca se había enganchado al terciopelo gastado.
La retiró con las pinzas del médico.
No era del vestido de Claire.
No parecía del uniforme de Lucie.
Era más gruesa. Como hilo de paño, quizá de un chal.
Élise lo vio.
—¿Qué es?
—Todavía no tiene nombre.
—Las cosas sin nombre son las que más preocupan aquí —dijo Adrien.
Delacroix guardó la fibra en un papel.
Luego examinó el reverso de la caja.
Había una mancha muy leve, casi circular, de barro seco. No reciente como la del alféizar. Viejo. O al menos anterior.
—Esta caja estuvo fuera —dijo.
Lucien se acercó.
—¿En la posada?
—Quizá. O en el jardín. O en el camino. El barro es un testigo humilde pero viajado.
Mathilde miró la caja como si hubiera dejado de pertenecer a la familia y se hubiera convertido en una criatura indecorosa.
—¿Quién pudo traerla aquí?
—Alguien con acceso al ala de servicio, conocimiento de la habitación de Lucie y necesidad de que todos miráramos hacia abajo.
—¿Hacia abajo?
—Hacia una criada. Hacia una habitación pequeña. Hacia el tipo de culpable que las familias importantes aceptan con facilidad porque no les devuelve el reflejo.
Lucie se llevó las manos a la boca y volvió a llorar.
Jeanne, que seguía sujetándola, miró a Delacroix con gratitud contenida.
Mathilde no respondió.
Pero la frase la había tocado.
—No habría permitido que culparan a Lucie sin pruebas —dijo.
—Eso me tranquiliza casi tanto como una puerta entornada.
Claire avanzó un paso.
—¿Y si no querían culparla? ¿Y si solo querían que encontráramos la caja?
Delacroix la miró.
—Siga.
Claire tragó saliva.
—La caja desaparecida demostraba que hubo sustitución. Sin ella, todo dependía de lo que Margot dijo antes de desmayarse. Pero ahora aparece. Tal vez no para culpar a Lucie, sino para que creamos que alguien intenta culpar a Lucie.
Adrien se enderezó.
—Eso es diabólico.
—No —dijo Delacroix—. Eso es razonable. Lo diabólico suele ser más simple de lo que la gente cree.
Mathilde miró a Claire con una mezcla extraña de fastidio y respeto.
—Entonces la caja podría ser otra puesta en escena.
—Todo en esta casa empieza a parecerlo —dijo Claire.
Élise habló desde la puerta:
—O la persona que la dejó aquí no tuvo elección. Necesitaba quitársela de encima después de que Margot despertara.
Delacroix asintió.
—También.
Lucien se frotó las sienes.
—Entonces no sabemos si la caja incrimina a Lucie, la absuelve, confirma la sustitución o intenta engañarnos sobre ella.
—Bienvenido al método deductivo cuando la realidad decide ser maleducada —dijo Delacroix.
El abogado no pareció consolarse.
Delacroix se volvió hacia Lucie.
—Necesito que me diga quién conoce su habitación.
—Los criados, monsieur. Mademoiselle Beaumont. Baptiste. Jeanne. Las doncellas.
—¿Invitados?
—No deberían subir aquí.
Adrien alzó una mano.
—Antes de que alguien use mi biografía como argumento, yo no conocía esta habitación.
—No se impaciente. Sus errores tienen turno propio.
—Me aferro a ese consuelo.
Delacroix miró a Lucie.
—¿Alguien ha venido a verla hoy?
—Jeanne. Baptiste. El padre Laurent vino a decirme que rezara. Y… y mademoiselle Claire.
Claire asintió.
—Fui un momento después de hablar con ella.
—¿Alguien más?
Lucie dudó.
—Madame Lenoir se perdió en el corredor.
Todos se volvieron hacia ella.
—¿Cuándo? —preguntó Delacroix.
—Antes. Después de que nos movieran del refectorio. Dijo que buscaba el salón pequeño.
Adrien dejó escapar una risa incrédula.
—Madame Lenoir se pierde con una precisión admirable.
—¿Entró en su habitación? —preguntó Delacroix.
—No. Solo se asomó al pasillo. Se quejaba de las escaleras. Jeanne la acompañó abajo.
—¿Jeanne? —preguntó Mathilde.
La criada levantó la cabeza.
—Sí, mademoiselle. La señora estaba cerca de las habitaciones de servicio. Dijo que nadie había tenido la decencia de indicarle el camino.
—¿Y usted la acompañó?
—Sí.
—¿La dejó sola en algún momento?
Jeanne dudó.
—Un momento. Tuve que ayudar a Baptiste con una puerta atascada del pasillo. Pero madame Lenoir no podía subir ni bajar deprisa, con sus caderas.
Delacroix casi sonrió.
Las caderas de madame Lenoir estaban empezando a convertirse en una coartada demasiado repetida para ser ignorada.
—¿Dónde estaba durante ese momento? —preguntó.
—En el rellano de servicio.
—¿Cerca de esta habitación?
—No demasiado. Pero el corredor comunica con la escalera exterior.
La ventana.
El barro.
La caja.
Delacroix miró hacia el patio.
—¿Madame Lenoir pudo llegar hasta aquí sin ser vista?
Jeanne abrió los ojos.
—Con dificultad.
—La dificultad no equivale a imposibilidad. Esa distinción ha matado a gente más sana.
Lucien se acercó a la ventana.
—Pero ¿por qué ella?
—Eso aún no lo sabemos.
Mathilde habló con impaciencia:
—Madame Lenoir es una mujer mayor, vanidosa y entrometida. No una asesina.
—Acaba de describir tres cualidades perfectamente compatibles con el crimen.
—No tenía motivo.
—No hemos buscado lo suficiente en su vida.
Adrien murmuró: