Capítulo 21 — El perfume de violetas #2
—En la confusión de la capilla, después de que monsieur Beaumont cayera, vi a alguien en la entrada lateral. No sé si era ella. Tal vez.
—¿Huyendo?
—No. Mirando.
—¿A quién?
—A la novia.
Delacroix guardó silencio.
La habitación pareció enfriarse.
—¿Por qué no lo dijo? —preguntó.
Madame Lenoir levantó la barbilla con un resto de orgullo.
—Porque no quería verme implicada en un escándalo.
—Un hombre murió.
—Y yo no lo maté.
—Pero vio a alguien que quizá lo hizo.
—Vi una sombra. Una mujer joven en una casa llena de criadas, primas, invitadas, doncellas y modistas. Si cada mujer que entra por una puerta debe ser acusada, tendrá que encerrar medio departamento.
—No confunda cantidad con inocencia.
—Y usted no confunda mi prudencia con culpa.
Delacroix la miró.
La frase era decente.
No bastante.
—¿Empujó la mesa de las copas por accidente? —preguntó.
—Sí.
—¿Vio algo en la mesa antes de empujarla?
Madame Lenoir cerró la boca.
—Qué silencio tan expresivo.
—Había una copa casi llena.
—La de Henri.
—No sabía que fuera suya.
—Pero la miró.
—La miré porque había una mancha en el tallo.
—Tinta.
—Eso supongo ahora.
—¿Por qué le llamó la atención?
La mujer suspiró.
—Porque la misma mancha estaba en el guante de monsieur Beaumont. Lo vi cuando pasó junto a mi banco. Había firmado algo, pensé. O había tocado tinta. No sé. Las cosas pequeñas se notan cuando una lleva demasiados años sentada mirando manos ajenas durante ceremonias aburridas.
Delacroix casi sonrió.
No por simpatía.
Por reconocimiento profesional.
Las mujeres mayores e ignoradas podían ser magníficas testigos si uno soportaba sus agravios.
—¿Alguien tocó esa copa después de Henri?
—Adrien estuvo cerca. Pero no sé si la tocó.
—¿Y la mujer joven?
—No.
—¿Claire?
—No.
—¿Lucien?
—Pasó por allí.
—¿La tocó?
—No lo vi.
—Entonces, cuando empujó la mesa…
—Tropecé.
—Cuando tropezó, ¿qué ocurrió con la copa de Henri?
—No cayó.
—¿Seguro?
—Sí. Las que cayeron estaban al otro lado.
—Entonces la copa casi llena quedó donde estaba.
—Creo que sí.
Eso coincidía.
La copa había sido una pista útil precisamente porque no servía como arma. Pero alguien había permitido que todos la mirasen. O había contado con que lo hicieran.
—Madame Lenoir —dijo Delacroix—, necesito que me diga exactamente qué hizo con Martin Faverol.
—Nada.
—Piénselo como si sus caderas dependieran de ello.
—Qué grosero.
—Y eficiente.
Ella suspiró.
—Le dije que tuviera cuidado con el cojín. Que lo sostuviera recto. El niño estaba nervioso. Me preguntó si los anillos pesaban. Le dije que solo uno de ellos, probablemente.
—¿Por qué?
—Porque el de los Beaumont siempre pesa más de lo razonable. No me mire así. Todo el mundo conoce ese anillo. Su madre de Henri lo llevaba colgado a veces en una cadena después de que murió su marido. Una reliquia ridícula. Pero valiosa.
—¿El niño le mostró el cojín?
—Lo levantó un poco.
—¿Usted tocó algún anillo?
—No.
—¿Vio si estaban bien colocados?
—Sí. El grande a la derecha. El pequeño a la izquierda. O al revés. No recuerdo.
—Intente.
—El grande estaba más cerca del borde delantero.
—¿Y después?
—Después el padre Laurent lo llamó. O alguien. No sé. Yo entré en mi banco.
—¿La mujer joven estaba antes o después de eso?
Madame Lenoir volvió a dudar.
—Antes. Creo.
—¿Antes de que usted hablara con el niño?
—Sí.
—Entonces la mujer salió de la sacristía antes de que el niño llevara el cojín al altar.
—Sí.
—Y usted no la reconoció.
—No.
—¿Podría ser Camille Moreau?
La pregunta no fue fuerte.
Pero llegó como un golpe.
Madame Lenoir frunció el ceño.
—¿Quién?
Delacroix la miró con atención.
Nada. O una nada muy bien actuada.
—Nadie, por ahora.
—No conozco a ninguna Camille Moreau.
—Lo sé.
—No me gusta ese «lo sé».
—A mí tampoco, madame. Pero trabajamos con lo que tenemos.
La puerta se abrió sin llamar.
Mathilde Beaumont apareció en el umbral.
—Monsieur Delacroix.
Madame Lenoir se levantó de golpe.
—Mathilde, gracias a Dios. Este hombre me está acusando de perfumes, copas y niños.
—Una combinación más estimulante de lo que parece —dijo Delacroix.
Mathilde lo ignoró.
—Baptiste ha encontrado las llaves del ala este.
Delacroix no se movió.
—¿Dónde?
Mathilde sostuvo su mirada.
—En la habitación de Lucie.
Madame Lenoir soltó una pequeña exclamación.
Delacroix miró a Mathilde.
—Qué práctico.
—Estaban bajo el colchón.
—Más práctico aún.
—La muchacha niega haberlas puesto allí.
—Naturalmente.
—¿No la cree?
—Creo que nadie con miedo suficiente para decir la verdad sobre unas llaves las esconde bajo su propio colchón.
Mathilde no respondió.
Madame Lenoir se aferró a la oportunidad.
—Entonces esa criada…
—Madame —dijo Delacroix sin mirarla—, si se acerca usted a una conclusión tan deprisa, podría lesionarse las caderas.
La mujer cerró la boca.
Mathilde entró en el salón y cerró la puerta.
—¿Qué ha dicho madame Lenoir?
—Varias cosas útiles entre ofensas.
—¿Cuáles?
—Vio a una mujer joven salir por la puerta pequeña de la sacristía antes de la ceremonia.
Mathilde se quedó inmóvil.
—¿Joven?
—Eso dice.
—¿Quién?
—No la reconoció.
Madame Lenoir alzó la barbilla.
—No era de la familia.
Mathilde miró a Delacroix.
—Camille.
El nombre apareció demasiado rápido.
—Es una posibilidad —dijo él.
—¿Está en Saint-Aubin?
—Según Élise, no.
—Élise mentiría para protegerla.
—Sí.
—Entonces…
—Entonces no llegaremos a nada útil si convertimos cada posibilidad en sentencia.
Mathilde respiró con impaciencia.
—Si esa joven era Camille, tenía motivo.
—También tendría motivo para esperar a que Henri firmara.
—Quizá no confiaba en él.
—Eso la haría inteligente, no necesariamente asesina.
Madame Lenoir miraba de una a otro, cada vez más interesada.
—¿Quién es Camille?
—Una persona que debería haber tenido menos que ver con esta boda —dijo Delacroix.
—Eso nos describe a muchos.
La respuesta fue de Mathilde.
Delacroix la miró.
Por un instante, en la hermana de Henri no hubo dureza sino agotamiento. Como si aquel nombre, Camille, hubiera dejado de ser amenaza para convertirse en otro recordatorio de que Saint-Aubin no protegía a nadie sin cobrarle algo a otro.
—¿Lucie está vigilada? —preguntó Delacroix.
—Sí.
—¿Quién encontró las llaves?
—Jeanne.
—¿Quién estaba presente?
—Baptiste. El padre Laurent. Adrien llegó después.
—¿Adrien?
—Sí.
—Ese muchacho tiene un talento admirable para llegar después de que aparezcan objetos comprometedores.
—No esta vez —dijo Mathilde—. Estaba conmigo cuando Jeanne las encontró.
—Bien.
—¿Bien?
—No para Lucie.
Mathilde apretó los labios.
—No creo que Lucie haya matado a Henri.
—Por fin coincidimos en una sospechosa menor.
—Pero alguien quiere que lo parezca.
—Sí.
Madame Lenoir se dejó caer otra vez en la silla.
—¿Puedo retirarme ahora?
—Todavía no —dijo Delacroix.
—Mis caderas…
—Sobrevivirán al interrogatorio, madame. Lo cual es más de lo que puedo decir de algunos novios.
Mathilde cerró los ojos un instante.
—Delacroix.
Él aceptó la censura con una leve inclinación de cabeza.
—Mis disculpas. El cansancio vuelve más honesto mi mal gusto.
Madame Lenoir pareció sinceramente ofendida, lo cual ayudó a restaurar un poco el orden natural de la habitación.
Delacroix se acercó a ella.
—Una última pregunta. La mujer joven que vio junto a la sacristía. ¿Llevaba algo en las manos?
Madame Lenoir pensó.
Esta vez no fingió.
—No estoy segura.
—Piense en su silueta. En el movimiento.
La mujer cerró los ojos.
—Llevaba algo pequeño contra el pecho. O bajo el chal. No sé. Tal vez una caja. Tal vez un libro.
Mathilde se tensó.
—¿Una caja?
—He dicho tal vez.
Delacroix miró hacia el fuego.
Una mujer joven.
Sin guantes.
Perfume de violetas en la zona.
La caja original.
Las llaves de Mathilde.
Lucie incriminada.
La copa intacta.
El anillo nuevo robado por Adrien.
Demasiadas piezas.
O, quizá, demasiadas manos en un crimen que todos creían individual.
—Ahora sí puede descansar, madame Lenoir —dijo.
Ella se puso en pie con esfuerzo y un resentimiento admirable.
—Le aseguro que, cuando todo esto termine, hablaré muy seriamente con Mathilde sobre el trato recibido.
—Eso me tranquiliza. Temía que la muerte de Henri fuera a reducir la vida social de la casa.
Madame Lenoir salió con dignidad y bastante lentitud.
Cuando quedaron solos, Mathilde habló en voz baja.
—Camille está aquí.
—Quizá.
—Élise mintió.
—Quizá.
—Y si Camille tocó el anillo…
—Entonces quiso matar al único hombre que iba a darle su apellido.
—O al hombre que llevaba veinte años negándoselo.
Delacroix la miró.
—Usted misma acaba de construir el móvil contra Camille.
Mathilde sostuvo su mirada.
—Prefiero un móvil verdadero aunque me duela que una acusación falsa contra mí.
—Qué frase tan noble.
—No lo digo por nobleza.
—Eso la vuelve más creíble.
Mathilde se acercó a la ventana.
Afuera, la niebla cubría el jardín. La noche convertía el reflejo de la sala en una segunda habitación superpuesta al cristal. En ese reflejo, Mathilde parecía más vieja.
—Si Camille está aquí, corre peligro —dijo.
Delacroix la observó.
—Hace unas horas parecía temer que Camille reclamara demasiado. Ahora teme por ella.
—No confunda mis objeciones con deseos de verla muerta.
—En esta casa conviene no descartar ninguna confusión.
Mathilde apoyó la mano en el marco de la ventana.
—Henri tenía razón en algo. Yo no quería que la reconociera así. No porque Camille no tuviera derecho, sino porque Henri iba a lanzarla a los lobos con una carta hermosa y una firma tardía.
—Usted era uno de esos lobos.
Mathilde no negó.
—Quizá.
La respuesta fue pequeña.
Y, por eso, más verdadera.
Delacroix guardó silencio.
Entonces, desde el corredor, llegó un grito.
No de pánico general.
Un grito joven.
Lucie.
Delacroix salió antes de que Mathilde pudiera moverse.
Atravesó el pasillo hacia el ala de servicio. Claire y Élise aparecieron desde la escalera opuesta. Adrien salió de la biblioteca. Lucien detrás. El padre Laurent al fondo.
Todos convergieron hacia la habitación de Lucie.
La muchacha estaba de pie junto a la cama, llorando, con Jeanne intentando sujetarla por los hombros. Sobre el colchón, donde habían encontrado las llaves, había ahora otro objeto.
Una caja oscura.
Vieja.
Con una hebra roja en una esquina.
Delacroix se quedó en el umbral.
Mathilde llegó a su lado.
Claire se cubrió la boca.
Adrien susurró una blasfemia.
Élise, al ver la caja, no miró a Lucie.
Miró hacia la ventana abierta.
Delacroix siguió su mirada.
La ventana daba al patio interior.
Estaba entornada.
Y sobre el alféizar, apenas visible bajo la luz de la lámpara, había una mancha de barro fresco.
Alguien había entrado.
O salido.
La caja original había aparecido.
No donde la verdad quería.
Donde el asesino necesitaba que alguien la encontrara.
Delacroix miró a Lucie, temblando junto a la cama.
—No la ha puesto usted ahí.
La muchacha negó con la cabeza, incapaz de hablar.
Delacroix se acercó despacio a la caja.
No la tocó.
La hebra roja colgaba de la esquina, mínima, casi ridícula.
Una pequeña bandera de terciopelo anunciando una mentira demasiado elaborada.
—Cierren la puerta —dijo.
Baptiste obedeció.
Delacroix miró a todos los presentes.
—Parece que nuestro asesino ha decidido ayudarnos con una puesta en escena.
Adrien tragó saliva.
—¿Eso es bueno?
Delacroix observó la caja, las llaves bajo el colchón, la ventana abierta, el barro fresco, el terror de Lucie y los rostros de todos alrededor.
—No —dijo—. Eso significa que acaba de quedarse sin tiempo.