Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 21 — El perfume de violetas
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Capítulo 21 — El perfume de violetas

Madame Lenoir fue encontrada en el salón pequeño, sentada junto a la chimenea con una manta sobre las rodillas y una taza de té intacta en la mano.

Parecía profundamente ofendida.

No asustada. No abatida. Ofendida.

Era una mujer viuda, de edad indeterminada dentro de esa franja en la que ciertas damas dejan de cumplir años y empiezan a acumular agravios.

Tenía el rostro redondo, los párpados algo caídos, una barbilla firme y el cabello gris recogido con horquillas de nácar.

Vestía de malva oscuro, un color que quizá pretendía ser discreto y que, acompañado por su perfume, la convertía en una declaración ambulante de violetas.

El aroma llenaba la habitación con una dulzura densa.

Demasiado dulce.

Delacroix se detuvo en el umbral y aspiró apenas.

Sí.

Era el mismo.

No exacto como una prueba química, desde luego.

Los perfumes, como las malas intenciones, podían parecerse mucho en habitaciones cerradas.

Pero la memoria le devolvió la capilla: los lirios, la cera, la piedra húmeda y, durante un instante, al pasar junto al banco familiar, aquella nota violeta que no pertenecía a la ceremonia.

Madame Lenoir lo miró por encima de la taza.

—Monsieur Delacroix, espero que venga a decirme que por fin podremos retirarnos. Mis caderas no fueron diseñadas para soportar encierros criminales.

—Pocas caderas lo son, madame.

—No se burle. Sufro desde hace años.

—La perseverancia en el sufrimiento suele merecer respeto. Siempre que no se convierta en método de conversación.

La mujer abrió la boca.

La cerró.

Decidió ofenderse un poco más.

—Me habían dicho que era usted impertinente.

—Qué alivio. Empiezo a temer que Henri Beaumont me promocionara mal.

En el salón estaban también dos señoras mayores, un joven de bigote fino y la viuda de un primo Beaumont que lloraba por intervalos, con la regularidad de un reloj caro. Delacroix los miró.

—Necesito hablar con madame Lenoir a solas.

La viuda del primo abrió mucho los ojos.

—¿A solas?

—No tema, madame. La conversación rara vez es contagiosa.

Madame Lenoir se irguió cuanto le permitieron la manta y la dignidad.

—¿Conmigo? ¿Por qué?

—Porque ha tenido la delicadeza de aparecer en varios lugares interesantes.

—Yo no he aparecido en ningún sitio. He sido arrastrada de una habitación a otra como un mueble enfermo.

—Los muebles enfermos también dejan marcas si los mueven demasiado.

Los demás invitados salieron con una mezcla de alivio y decepción. La gente deseaba saber la verdad, pero prefería que ocurriera a una distancia cómoda, con posibilidad de enterarse después por una versión más entretenida.

Cuando la puerta se cerró, madame Lenoir dejó la taza sobre la mesa.

—Esto es intolerable.

—Una frase popular hoy.

—Soy invitada de esta casa.

—Casi todos los sospechosos lo son.

—¿Sospechosa? —La palabra le salió más aguda de lo que habría querido—. ¿Está usted insinuando que yo tuve algo que ver con la muerte de Henri Beaumont?

—De momento, insinúo que usa usted perfume de violetas.

La mujer parpadeó.

No era la acusación que esperaba.

—¿Perdón?

—Violetas. Bastante intenso. Un poco nostálgico, si me permite la grosería estética.

—Es un perfume excelente.

—No lo dudo. Tiene la virtud de llegar antes que usted y permanecer después. Muy útil para las personas que desean ser recordadas por los pasillos.

Madame Lenoir se llevó una mano al cuello.

—No entiendo qué tiene que ver mi perfume con esta tragedia.

—Eso intentamos descubrir.

—Mi perfume no ha matado a nadie.

—Las apariencias tampoco, y mire cuánto trabajan.

Ella apretó los labios.

Delacroix tomó asiento frente a ella sin pedir permiso. No porque estuviera cansado, aunque lo estaba, sino porque las personas instaladas en su propia indignación suelen volverse más imprudentes cuando el interlocutor se muestra cómodo.

—Esta mañana —dijo—, antes de la ceremonia, usted estuvo cerca de la sacristía.

—Falso.

La respuesta llegó demasiado rápida.

—Qué bien. Ya empezamos.

—No estuve en la sacristía.

—He dicho cerca.

—Tampoco.

—Estuvo cerca del niño Faverol.

Madame Lenoir se quedó quieta.

No mucho.

Pero lo suficiente para que Delacroix pudiera ver la pieza moverse dentro de ella.

—Había muchos niños —dijo.

—No. Había uno con un cojín, dos alianzas y la desgracia de pertenecer a una escena importante.

—Martin Faverol es un niño torpe.

—Qué observación tan materna.

—No sea ridículo. Lo conozco desde pequeño. Su familia y la mía…

—Se detestan por una sopera rota.

Madame Lenoir alzó la barbilla.

—La porcelana era de Limoges.

—Eso explica que el rencor haya sobrevivido doce años con buena salud.

—Usted no entiende de objetos valiosos.

—Al contrario. Hoy llevo todo el día entendiendo demasiado de ellos.

La mujer apartó la mirada hacia el fuego.

El fuego estaba bajo. Apenas unas brasas.

—Vi al niño —admitió—. Eso no significa nada.

—¿Dónde?

—En el pasillo de la capilla.

—¿Antes de que entrara con el cojín?

—Quizá.

—Qué palabra tan confortable.

—Había confusión. Los invitados se colocaban. El padre Laurent iba de un lado a otro. Mathilde daba órdenes. Yo intentaba encontrar mi asiento, porque alguien tuvo la brillante idea de colocarme en un banco húmedo.

—Claire Duvall intentó evitarle una cercanía desagradable con los Faverol.

Madame Lenoir resopló.

—La novia mostró más sentido común que la familia del novio.

—No es una vara muy exigente.

—No hable así de los Beaumont.

—Usted acaba de hacerlo con más estilo.

Madame Lenoir no supo si ofenderse o aceptar el elogio.

Eligió una tercera opción: beber té. La taza seguía intacta. La levantó, fingió un sorbo y la dejó de nuevo. Sus manos no temblaban mucho, pero temblaban.

—¿Habló con el niño? —preguntó Delacroix.

—No recuerdo.

—Madame.

—Quizá le dije que tuviera cuidado. Llevaba el cojín como si transportara la corona de Francia y no dos aros desgraciados.

—¿Tocó el cojín?

—No.

—¿Los anillos?

—Por supuesto que no.

—¿La caja?

La mujer giró hacia él.

—¿Qué caja?

Demasiado limpia.

Demasiado señora de salón.

—La caja oscura del anillo familiar.

—No sé nada de cajas.

—Eso sería más convincente si no acabara de responder como alguien que sí sabe de cuál hablamos.

Madame Lenoir apretó el borde de la manta.

—Monsieur Delacroix, soy una mujer mayor, invitada a una boda que se ha convertido en un horror. He visto morir a un hombre delante de todos. He sido encerrada en esta casa. Me duelen las piernas. Me duele la cabeza. Y ahora viene usted a acusarme porque huelo a violetas.

—También empujó la mesa de las copas cuando todos salieron de la capilla.

—¡No la empujé!

—Jeanne dice que sí.

—Jeanne es una criada.

—Eso no la vuelve ciega. Solo peor pagada.

Madame Lenoir enrojeció.

—Tropecé con la mesa. Como cualquiera habría podido hacer en semejante caos.

—Habría podido. Pero fue usted.

—Sí. Fui yo. ¿Y qué? ¿También maté a monsieur Beaumont con una copa que no bebió?

Delacroix la observó con más atención.

—Sabe que no bebió.

El color desapareció un poco de su rostro.

—Lo dijo todo el mundo.

—No. Lo dijo Claire. Lo discutimos luego. Usted estaba en el salón pequeño, quejándose de sus caderas.

—Las puertas estaban abiertas.

—Algunas. Otras no.

Madame Lenoir apartó la vista.

—En una casa así todo se oye.

—No tanto como sería necesario para escuchar eso desde aquí.

—Me lo dijo alguien.

—¿Quién?

—No lo recuerdo.

Delacroix se reclinó despacio.

—Qué extraordinaria relación tiene la gente de esta boda con la memoria. Todos recuerdan agravios antiguos y olvidan conversaciones de hace una hora.

La mujer se puso en pie con dificultad.

—No tengo por qué soportar esto.

—Por supuesto que sí.

—Soy amiga de la familia.

—Eso, madame, lejos de tranquilizarme, amplía bastante el repertorio de motivos.

Madame Lenoir se quedó de pie, agarrada al respaldo de la silla.

—Yo no maté a Henri.

—No he dicho que lo hiciera.

—Pero lo piensa.

—Pienso que estuvo cerca de demasiadas cosas. El niño con el cojín. La mesa de las copas. La sacristía. El perfume que alguien recuerda en el lugar equivocado. Y, ahora, una información que no debería tener.

—¡No toqué ese anillo!

La frase salió de golpe.

Demasiado de golpe.

Delacroix no se movió.

—No he dicho anillo.

Madame Lenoir cerró los ojos.

Un pequeño error.

No definitivo.

Pero útil.

Se dejó caer de nuevo en la silla. Durante unos segundos pareció realmente anciana. No por la edad. Por el agotamiento de sostener una mentira mal elegida.

—No lo toqué —repitió, más bajo.

—Entonces lo vio.

Silencio.

—Madame Lenoir.

—No debía estar allí.

—¿Quién?

—Esa mujer.

—¿Qué mujer?

Madame Lenoir abrió los ojos. Había en ellos menos orgullo ahora. Más miedo. Y algo parecido a la vergüenza, aunque en una mujer como ella la vergüenza se presentaba siempre muy bien peinada.

—No la conozco.

—Descríbala.

—Vestido oscuro. Velo corto. No como invitada. Más… más sencilla. Pensé que era una criada de otra casa. O una pariente pobre. Saint-Aubin siempre atrae parientes pobres cuando hay comida o herencias.

—¿Dónde la vio?

—Junto a la puerta pequeña de la sacristía.

—¿Cuándo?

—Antes de la ceremonia. Yo buscaba mi asiento, como le dije. Me equivoqué de corredor. Vi a Martin Faverol con el cojín. Y a esa mujer saliendo por la puerta pequeña.

Delacroix sintió cómo una pieza nueva ocupaba un lugar no previsto.

—¿Sin guantes?

Madame Lenoir lo miró.

—Sí.

—¿Llevaba llaves?

—No lo sé.

—¿Olía a violetas?

La mujer se indignó.

—Mi perfume es mío.

—No le he preguntado por derechos de propiedad aromática.

—No. No creo. Estaba demasiado lejos.

—¿Le vio la cara?

—Un poco.

—¿Y?

Madame Lenoir dudó.

—Joven. Mucho más joven que Mathilde Beaumont. Cabello oscuro. Pálida. No era de la familia.

Delacroix no respondió.

Una joven.

Cabello oscuro.

Sin guantes.

Saliendo de la sacristía.

—¿La volvió a ver?

Madame Lenoir apretó la manta.

—No.

—Piense bien.

—No.

—¿Seguro?

La mujer bajó la mirada.