Capítulo 20 — Delacroix recuerda #2
Delacroix se enderezó.
—Tarde otra vez, Henri —murmuró.
Esta vez la frase no fue reproche.
Casi.
Casi fue tristeza.
Llamaron a la puerta.
—Adelante.
Lucien Dargent entró con la cautela de quien no quería estar allí y no podía permitirse no estar.
—Perdón. Mathilde me dijo que quizá estaría aquí.
—Mathilde empieza a conocer mis malos hábitos.
Lucien cerró la puerta despacio.
No miró el cuerpo de inmediato. Tardó unos segundos, como si necesitara reunir valor para mirar a un amigo convertido en prueba.
—El juez no llegará hasta mañana —dijo—. La niebla empeora. El camino viejo está casi impracticable.
—Conveniente.
—Sí.
Lucien se acercó a la mesa.
—He traído lo que pidió. Las copias de los documentos, los borradores, las notas de Henri. Todo.
—Déjelas ahí.
El abogado obedeció.
Después miró a Henri.
—Parecía cansado anoche.
—Todos insisten en hablar de Henri como si su cansancio pudiera explicar que alguien lo matara.
—No quería decir eso.
—Lo sé.
Lucien tragó saliva.
—Discutimos.
—También lo sé.
—No por dinero. No solo por eso. Yo quería que firmara todo antes de la boda. Él decía que necesitaba que Claire estuviera legalmente a su lado para soportar lo que venía después. Una frase muy bonita. Muy Henri. Y muy inútil.
Delacroix guardó silencio.
Lucien bajó la voz.
—Le dije que era un cobarde.
—¿Lo era?
—Sí.
—Entonces eligió una palabra precisa. Eso no siempre es un pecado.
—Se rio.
—Henri sabía hacerlo.
—Dijo que yo era peor, porque llevaba años redactando su cobardía con buena sintaxis.
Delacroix miró al abogado.
—También fue preciso.
Lucien cerró los ojos.
—Sí.
Durante unos segundos, solo se oyó el crujido de la lámpara.
—¿Usted lo odiaba? —preguntó Delacroix.
Lucien abrió los ojos.
—No.
—Respuesta rápida.
—No lo odiaba. Lo envidiaba.
—Mejor.
El abogado lo miró, casi ofendido.
—¿Mejor?
—Más humano. El odio suele querer parecer grande. La envidia no se molesta.
Lucien caminó hacia la ventana estrecha. Afuera, el jardín era una mancha oscura bajo la niebla.
—Henri podía destruir cosas y seguir siendo amado.
Podía llegar tarde y todos decían que al menos había llegado.
Podía hacer daño y, cuando intentaba repararlo, la reparación parecía una virtud en lugar de un saldo atrasado.
Yo llevaba años recogiendo sus papeles, ordenando sus errores, convirtiendo sus impulsos en documentos soportables.
—Y aun así lo quería.
—Sí.
—Qué poco práctico.
Lucien sonrió apenas.
—Eso mismo habría dicho él de mí.
Delacroix se acercó a los documentos.
—¿Hay algo que no haya dicho?
Lucien tardó demasiado.
—Sí.
—Adelante.
—El reconocimiento de Camille no era lo único que quedaba pendiente.
Delacroix levantó la vista.
—Lo escucho.
Lucien abrió la carpeta y extrajo una hoja separada.
—Henri había preparado una carta para Mathilde. No legal. Personal. Me pidió que la guardara hasta después de la ceremonia. Si él no se atrevía a hablar con ella antes del banquete, debía entregársela yo.
—¿La entregó?
—No.
—Porque murió.
—Sí.
—Muéstremela.
Lucien dudó.
—Es privada.
Delacroix miró el cuerpo de Henri.
—Me temo que Henri agotó hoy casi todas las ventajas de la privacidad.
Lucien le entregó la carta.
Delacroix la abrió.
La letra de Henri aparecía menos cuidada que en la invitación. Había tachones. Eso ya la hacía más interesante.
Mathilde:
No voy a pedirte perdón por actuar tarde. Sé que detestas los arrepentimientos tardíos casi tanto como las goteras del ala norte, y con razón.
Pero no puedo seguir permitiendo que confundamos conservación con justicia.
Saint-Aubin ha sobrevivido gracias a ti. Eso es verdad. También es verdad que todos nos escondimos detrás de tu fuerza para no mirar lo que esa fuerza aplastaba.
Marianne fue una de esas cosas. Camille, otra.
No pretendo traer paz. La paz que se sostiene sobre una mentira no es paz: es una habitación cerrada con alguien respirando dentro.
Mañana voy a reconocer a Camille. Voy a proteger a Claire. Voy a vender lo que haya que vender. Y voy a liberarte, aunque me odies por pronunciar esa palabra como si tuviera derecho a hacerlo.
No quiero quitarte Saint-Aubin.
Quiero impedir que Saint-Aubin termine de quitarte a ti.
Henri.
Delacroix leyó la carta dos veces.
Luego la dobló.
—No la leyó Mathilde.
—No.
—¿Quién sabía que existía?
—Henri y yo.
—¿Seguro?
Lucien bajó la vista.
—Henri la escribió en su despacho. Pudo verla alguien.
—¿Adrien?
—Quizá.
—¿Claire?
—No lo creo.
—¿Mathilde?
—Si la hubiera leído, habría venido a buscarlo.
—O habría esperado.
Lucien lo miró.
—¿Cree que la carta importa?
Delacroix miró de nuevo el cuerpo de Henri.
—Todo importa cuando alguien mata a un hombre antes de que pueda entregar sus cartas.
Lucien se sentó en una silla.
Parecía agotado.
—Henri quería liberarla.
—Sí.
—Mathilde habría odiado esa palabra.
—También.
—Pero quizá porque era verdad.
Delacroix guardó la carta con las demás.
—La verdad no se vuelve amable por ser verdad.
—No.
Hubo una pausa.
Luego Lucien dijo:
—Yo no lo maté.
Delacroix lo miró.
—Todavía no se lo había preguntado.
—Lo sé.
—Las declaraciones espontáneas suelen tener mala reputación.
—No podía seguir esperando a que lo preguntara.
—Eso también tiene mala reputación.
Lucien se levantó.
—Henri vivo me habría necesitado. Henri muerto me convierte en un administrador de ruinas. Si busca beneficio, no lo encontrará en mí.
—No todos los crímenes se cometen por beneficio.
—Lo sé.
—Algunos se cometen para impedir una vergüenza. O para fabricar una.
Lucien sostuvo su mirada.
—Yo no necesitaba avergonzar a Claire.
—¿La apreciaba?
—Sí.
—¿Demasiado?
El abogado no respondió.
Ahí estaba.
No un móvil.
Una grieta.
Delacroix no sonrió. No hizo falta.
—Henri lo sabía —dijo.
Lucien se puso rígido.
—No.
—No he dicho qué.
—No.
—Qué respuesta tan clara para una pregunta inexistente.
El abogado apartó la mirada.
—Claire es una mujer admirable. Eso no es un crimen.
—Casi nada lo es hasta que se intenta conseguir o conservar por medios inadecuados.
Lucien se volvió hacia la puerta.
—Voy a seguir revisando los papeles.
—Hágalo.
—¿Debo dejarle la carta?
—Sí.
—Mathilde tiene derecho a leerla.
—Lo tendrá. Cuando yo decida que la carta no puede convertirse en otro cuchillo.
Lucien aceptó.
Salió.
Delacroix quedó de nuevo solo con Henri.
La carta a Mathilde le molestaba.
No porque señalara a Mathilde. Ya la señalaban muchas cosas. Le molestaba porque añadía otra capa. Henri no solo iba a reconocer a Camille y proteger a Claire. Iba a decirle a Mathilde que la casa la había devorado.
No quiero quitarte Saint-Aubin. Quiero impedir que Saint-Aubin termine de quitarte a ti.
Delacroix imaginó a Mathilde leyendo esa frase.
La rabia.
La humillación.
El dolor.
Y también la posibilidad, terrible para ella, de que su hermano tuviera razón.
Un motivo más.
Demasiados motivos empezaban a acumularse alrededor de Mathilde. Eso era casi una razón para desconfiar.
Salió de la sala del claustro y fue al despacho de Henri.
El corredor estaba vacío. O parecía estarlo. En Saint-Aubin, los corredores tenían la habilidad de vaciarse justo después de haber escuchado demasiado.
El despacho seguía como lo habían dejado. Papeles sobre la mesa. El cajón cerrado. La marca rectangular donde había estado la caja azul. El tintero. La copa vacía. La sensación de que Henri acababa de salir para cometer la torpeza de morirse antes de volver.
Delacroix pidió a Baptiste que trajera las llaves encontradas en el bolsillo de Henri.
El mayordomo regresó con una pequeña bandeja.
—El doctor Roussel las retiró del chaleco de monsieur Beaumont, tal como indicó.
Delacroix tomó la llave del cajón.
—Quédese en la puerta.
—Sí, monsieur.
Abrió el tercer cajón del escritorio.
Dentro había menos de lo que esperaba y más de lo que necesitaba: un pequeño paquete de cartas atadas con cinta azul, un retrato antiguo de una joven que debía de ser Marianne, dos recibos de pagos enviados durante años a través de intermediarios, y un pañuelo bordado con una C.
No Claire.
Camille.
Delacroix lo sostuvo un instante.
La tela era sencilla. Limpia. Guardada con cuidado.
Henri había conservado un pañuelo de la hija a la que no se había atrevido a reconocer.
Los cobardes, pensó, también tienen reliquias.
Y a veces las guardan mejor que sus actos.
Debajo del retrato encontró otra hoja.
No estaba dirigida a nadie.
Era una lista de nombres.
Mathilde.
Claire.
Élise.
Camille.
Adrien.
Lucien.
Armand.
Al lado de cada nombre, una palabra o frase.
Mathilde: liberarla.
Claire: no mentirle más.
Élise: no pedir perdón.
Camille: darle elección.
Adrien: no seguir comprando su caída.
Lucien: agradecer sin usar.
Armand: testigo.
Delacroix se quedó quieto.
Armand: testigo.
Henri no lo había invitado solo por amistad.
Ni siquiera solo por confianza.
Lo había invitado porque sabía que lo que pensaba hacer necesitaba a alguien capaz de recordar la verdad cuando todos empezaran a ordenarla a conveniencia.
Delacroix sintió una irritación extraña.
No contra el asesino.
Contra Henri.
—Maldito seas —murmuró.
La frase salió sin humor.
Henri lo había convertido en testigo antes de morir.
Y Delacroix, que detestaba las ceremonias precisamente porque obligaban a los hombres a representar papeles ante otros, había terminado interpretando el suyo con una obediencia casi perfecta.
Guardó la lista.
Luego revisó los recibos.
Pagos a nombre de intermediarios. Cantidades regulares. Fechas. Iniciales. En varios, una anotación mínima: C.M. educación, C.M. salud, C.M. alquiler.
Henri había pagado.
Mal.
Tarde.
Sin nombre.
Pero había pagado.
Delacroix cerró los papeles y volvió a mirar el retrato de Marianne. Era muy joven. Sonreía con una confianza que la fotografía o el dibujo —no estaba seguro bajo aquella luz— no habían logrado proteger del futuro.
En el reverso había una fecha y una frase de Henri:
No supe cuándo dejó de ser amor y empezó a ser deuda.
Delacroix dejó el retrato sobre la mesa.
Fuera del despacho se oyeron pasos.
No de Baptiste.
Más ligeros.
Más rápidos.
Delacroix abrió la puerta.
Lucie estaba al otro lado del corredor, pálida, con una mano contra el pecho.
—Monsieur Delacroix…
—¿Qué ocurre?
—Madame Vasseur ha despertado.
—Bien.
—Ha pedido verlo.
—Eso también puede ser bueno.
Lucie negó con la cabeza.
—Dice que recordó algo.
—¿Qué?
La muchacha tragó saliva.
—Dice que la mujer de la sacristía no era mademoiselle Beaumont.
Delacroix salió al corredor.
—¿Está segura?
—Eso dijo.
—¿Entonces quién?
Lucie miró hacia la escalera, como si temiera que el nombre pudiera bajar por ella.
—No lo sabe. Pero dice que llevaba las llaves de mademoiselle Beaumont… y un perfume de violetas.
Delacroix se quedó inmóvil.
Perfume de violetas.
Había olido flores, cera, humedad, lirios, coñac, tabaco, tinta, metal.
Y violetas.
¿Cuándo?
Cerró los ojos.
La memoria volvió, irritante y exacta.
No en Mathilde.
Mathilde olía a jabón seco, papel y llaves.
Violetas.
En el vestíbulo, al llegar Élise, no.
Claire, la biblioteca, guantes, tinta, no.
La viuda de las caderas llevaba lavanda.
Madame Vasseur olía a tallos cortados.
Lucie, a jabón barato.
Violetas.
En la capilla, justo antes de la ceremonia, al pasar junto al banco de la familia.
Una mujer inclinada hacia el niño Faverol.
No la había mirado.
Solo había registrado el perfume.
Porque le pareció demasiado dulce para una capilla que olía a lirios.
—¿Quién usa perfume de violetas en esta casa? —preguntó.
Lucie respondió sin pensar.
—Madame Lenoir.
La viuda de la sopera rota.
La señora que se había quejado de las caderas.
La mujer que, según Jeanne, empujó la mesa de las copas al salir corriendo.
Una invitada menor.
Un nombre de distribución de mesas.
Una persona a la que nadie había considerado más que ruido social.
Delacroix miró hacia la escalera.
—Naturalmente —dijo.
Lucie tembló.
—¿Qué pasa?
—Pasa, Lucie, que quizá llevamos horas mirando a la familia equivocada.
La muchacha palideció aún más.
Delacroix tomó la lista de Henri, la carta a Mathilde y los recibos.
Luego cerró el despacho.
—Busque a Baptiste. Dígale que madame Lenoir no debe quedarse sola ni acercarse a ninguna puerta.
Lucie corrió.
Delacroix caminó hacia la biblioteca.
No deprisa.
La prisa era para quienes acababan de descubrir algo.
Él prefería concederle a la verdad unos segundos para ver si intentaba escapar.
Mientras avanzaba por el corredor, recordó la lista de Henri.
Armand: testigo.
Sonrió sin alegría.
—De acuerdo, viejo amigo —murmuró—. Seré testigo.
Y por primera vez desde que Henri cayó ante el altar, Delacroix no pensó en el anillo.
Pensó en una mujer con perfume de violetas, unas caderas doloridas, una memoria ofendida por una sopera rota y manos lo bastante libres para llevar unas llaves que todos atribuían a otra persona.
En Saint-Aubin, incluso los personajes secundarios empezaban a tener demasiado pasado.