Capítulo 20 — Delacroix recuerda
Mathilde Beaumont no gritó cuando descubrió que faltaban las llaves del ala este.
En otra mujer, ese silencio habría podido confundirse con dominio.
En ella era algo más complejo. Delacroix la vio palidecer, cerrar la mano sobre el aro principal y mirar el vacío donde debería haber estado la pequeña anilla secundaria.
No hubo teatralidad. Ni espanto visible.
Solo una interrupción mínima en la arquitectura de su control.
Eso bastó.
En Saint-Aubin, las catástrofes verdaderas no siempre hacían ruido. A veces sonaban como unas llaves ausentes.
—¿Cuándo las tuvo por última vez? —preguntó Delacroix.
Mathilde miró el aro, como si la respuesta pudiera aparecer en el metal.
—Esta mañana.
—Sea precisa.
—Después del desayuno. Las usé para abrir el armario del ala este. Madame Vasseur necesitaba más cintas y las cajas de tela estaban allí.
—¿Quién estaba con usted?
—Baptiste. Margot Vasseur. Lucie entró después.
—¿Adrien?
Mathilde levantó los ojos hacia su sobrino.
Adrien, que hasta ese momento había logrado parecer culpable de casi todo salvo de madurez, abrió las manos con una expresión amarga.
—No me mires así. Hoy ya he confesado mis pequeñas miserias. Estoy intentando reservar alguna para la vejez.
—¿Entraste en mi despacho? —preguntó Mathilde.
—No.
—¿Tocaste mis llaves?
—No.
Delacroix observó la respuesta.
No fue rápida. No fue lenta. No fue perfecta.
Por desgracia, eso no la convertía en falsa.
—¿Quién sabía dónde guardaba esas llaves? —preguntó Claire.
Mathilde respondió sin mirarla.
—Todo el personal antiguo de la casa. Baptiste. Jeanne. Margot. El padre Laurent, quizá. Henri.
La última palabra quedó flotando.
Henri.
El hombre muerto seguía entrando en las conversaciones como si acabara de salir de otra habitación.
—¿Y los invitados? —preguntó Delacroix.
—No deberían saberlo.
Adrien soltó una risa seca.
—Otra vez el verbo favorito de Saint-Aubin.
Mathilde lo fulminó con la mirada.
—No tengo paciencia para ti ahora.
—Eso también lleva años siendo tradición.
Delacroix intervino antes de que la familia volviera a elegir el duelo más inútil.
—Busquen las llaves. Sin escándalo. Baptiste revisará los pasillos de servicio. Jeanne, la sala de flores y las habitaciones de criados. Nadie toca nada sin avisarme.
—¿Y si alguien las lleva encima? —preguntó Lucien.
—Entonces tendrá ocasión de cometer el error de conservarlas demasiado tiempo.
Mathilde se acercó a la puerta.
—Haré registrar las habitaciones.
—No.
—¿No?
—No hasta saber qué buscamos. Si el asesino quiso que sonaran esas llaves, quizá ya las devolvió, las escondió o las arrojó donde puedan incriminar a alguien útil. Una búsqueda torpe solo le ayudará.
Mathilde apretó los labios.
—Está usando mi casa contra mí.
—No. Alguien lo hizo antes.
La frase la detuvo.
Durante un segundo, pareció que la respuesta le dolía más porque era exacta.
Delacroix miró a los demás.
—Nadie abandona la biblioteca hasta que yo lo indique, salvo Mathilde y Baptiste para coordinar la vigilancia. Monsieur Dargent, deje los documentos sobre esa mesa. Adrien, practique el silencio. Padre Laurent, rece si lo necesita, pero procure hacerlo sin mover papeles.
El sacerdote inclinó la cabeza.
—Como diga.
—Claire, Élise…
Las dos mujeres lo miraron.
Delacroix dudó apenas. No por incertidumbre. Por cansancio.
—Descansen.
Claire casi sonrió.
—Eso suena menos a orden que a deseo imposible.
—Los deseos imposibles son la base de la mayoría de las bodas. No vea en ello una falta de realismo.
Élise miró hacia la puerta.
—No dormiré.
—No se lo he pedido. He dicho que descanse. En esta casa, dormir sería exceso de confianza.
Salió de la biblioteca antes de que nadie pudiera acompañarlo.
No fue al ala este.
No fue al refectorio.
No fue a la capilla.
Fue a la sala del claustro, donde yacía Henri Beaumont.
El criado que vigilaba la puerta se enderezó al verlo.
—Monsieur.
—¿Ha entrado alguien?
—Solo el doctor Roussel, hace un momento. Revisó el vendaje de madame Vasseur después y volvió a salir.
—¿Y el cuerpo?
—Nadie lo ha tocado.
—Magnífico. Los muertos agradecen esas consideraciones, aunque ya no puedan dejar propina.
El criado no supo qué hacer con la frase, así que eligió apartarse. Era casi siempre la opción más sabia.
Delacroix entró.
La sala estaba iluminada por una sola lámpara. El cuerpo de Henri descansaba sobre la mesa, cubierto hasta el pecho con una sábana blanca. Sin el anillo, la mano izquierda parecía más humilde. Más humana. El dedo conservaba la marca rojiza, la pequeña herida y una hinchazón leve alrededor.
Delacroix cerró la puerta.
Se quedó quieto.
No era hombre de rezos. Tampoco de palabras pronunciadas para los muertos. Le parecía una vanidad rara hablar con quien ya no podía corregirnos. Pero había silencios que, puestos delante de un cadáver, se volvían demasiado densos para dejarlos solos.
Henri Beaumont había sido encantador.
También cobarde.
Generoso.
También tardío.
Había querido reparar lo que durante años permitió que otros administraran por él.
Había amado a Claire con una lucidez que quizá no merecía.
Había herido a Élise, abandonado a Marianne, escondido a Camille y cansado a Mathilde con esa mezcla de culpa y belleza que algunas personas llevan como perfume.
Y aun así, allí, bajo una sábana, Delacroix seguía viendo al joven de la cena universitaria.
Qué impertinente era la memoria.
Los muertos tienen una ventaja indecente sobre los vivos: dejan de cometer errores justo a tiempo para que empecemos a idealizarlos.
Delacroix no pensaba concederle esa victoria.
—No eras tan bueno —dijo en voz baja.
La sala no respondió.
Eso también era propio de Henri cuando le convenía.
Delacroix se acercó a la mesa. Miró el rostro de su amigo. La expresión de sorpresa seguía allí, suavizada por la muerte. No era una mueca de agonía prolongada. Era el gesto breve de quien comprende demasiado tarde que algo acaba de suceder.
Demasiado tarde.
La frase perseguía todo el caso.
Henri reparó demasiado tarde.
Firmó demasiado tarde.
Habló demasiado tarde.
Murió demasiado tarde para ser inocente y demasiado pronto para terminar de ser justo.
Delacroix bajó la mirada hacia la mano izquierda.
Recordó la ceremonia.
No la escena completa. No los gritos. No el niño llorando. No Claire arrodillada sobre la piedra.
El gesto.
Claire empujando el anillo.
Henri cerrando los ojos.
La sonrisa que se esforzó por no desaparecer.
El pulgar tensándose.
La mirada de Henri hacia su propia mano.
No había sido solo dolor.
Eso le molestaba desde hacía horas.
La gente siente dolor y aparta la mano, si puede. Henri no la apartó. La miró. Un instante. No con protesta. Con extrañeza.
Como si no hubiera sentido simplemente un pinchazo.
Como si hubiera reconocido algo.
Delacroix cerró los ojos.
Y la memoria, esa cosa caprichosa y a menudo maleducada, le entregó una escena de muchos años atrás.
Henri tenía entonces veintidós años, quizá veintitrés.
Delacroix, algo menos paciencia y la misma tendencia a mirar con disgusto los entusiasmos ajenos.
Estaban en una sala universitaria, durante una recepción mediocre donde un grupo de jóvenes privilegiados jugaba a parecer interesante alrededor de una mesa de vinos baratos.
Uno de ellos, el mismo noble estúpido de la cena, había llevado un anillo antiguo. Una pieza familiar, dijo. Pesada, ridícula, demasiado grande para su mano. La mostraba como se muestran las cosas heredadas cuando uno no ha hecho nada para merecerlas.
Henri se la probó.
Solo por reír.
El anillo se quedó atascado.
Los demás rieron. Henri también. Empujó. Tiró. El metal no cedió. Alguien propuso jabón. Otro, aceite. Delacroix, que ya por entonces carecía de compasión escénica, dijo que quizá el anillo había reconocido una inteligencia menor y se negaba a abandonarla.
Henri, en lugar de enfadarse, se rio más fuerte.
Pero mientras todos miraban el dedo atrapado, Delacroix vio algo.
Henri no soportaba bien que algo lo aprisionara.
Ni siquiera una broma.
La sonrisa seguía allí, sí. La voz seguía ligera. Pero en los ojos había aparecido un destello de pánico rápido, casi animal. Un rechazo físico a sentirse atrapado en metal, en compromiso, en cualquier cosa cerrada.
Aquella noche, cuando lograron sacarle el anillo, Henri se frotó el dedo durante varios minutos. No por dolor. Por memoria del encierro.
—Nunca me casaré con un anillo estrecho —había dicho.
Delacroix abrió los ojos.
Miró la mano muerta de Henri.
Años después, Henri Beaumont había aceptado ponerse un anillo estrecho ante una capilla llena de testigos.
No solo aceptado.
Había insistido en sonreír.
Eso decía mucho de la ceremonia, de Mathilde, de Claire, de la culpa y de las cosas que un hombre permite que lo aprisionen cuando cree estar reparando algo.
Pero había otra cosa.
Henri habría notado una diferencia.
Delacroix estaba seguro.
No tal vez. Seguro.
Aquel hombre podía fingir que no le dolía para no avergonzar a Claire, pero no habría confundido un simple roce con la sensación de una espina.
Había mirado su mano.
No solo porque dolía.
Porque algo le había llamado la atención.
Quizá la forma del pinchazo.
Quizá el frío del metal.
Quizá una aspereza que no estaba cuando se probó el anillo la tarde anterior.
Quizá, incluso, una sustancia.
Delacroix se inclinó.
Sin tocar la herida, examinó el dedo bajo la lámpara. La punción lateral era pequeña. La piel alrededor estaba ligeramente más oscura. El borde de la marca del anillo tenía una línea irregular, como si el metal no solo hubiera presionado, sino arrastrado algo al pasar.
Henri miró la mano antes de morir.
Intentó decir algo.
No pudo.
Delacroix recordó la boca entreabierta.
La palabra sin nacer.
¿Claire?
No. Si hubiera querido decir Claire, habría mirado a Claire.
Pero durante esa fracción de segundo, Henri miró el anillo.
O la mano.
O aquello que el anillo le había hecho.