Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 19 — La noche anterior #3
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Capítulo 19 — La noche anterior #3

Lucie tragó saliva.

—Vi a alguien salir de la sacristía por la puerta pequeña.

Delacroix frunció el ceño.

—¿Qué puerta pequeña?

—La que da al corredor de los ornamentos. No se usa casi nunca.

Claire miró a Delacroix.

Otra puerta.

Naturalmente.

Saint-Aubin debía de haber sido construida por alguien convencido de que la culpa necesitaba rutas alternativas.

—¿Quién? —preguntó él.

—Una mujer.

Élise se enderezó.

—¿Mujer?

Lucie asintió.

—No vi la cara. Llevaba vestido oscuro. Sin guantes.

Delacroix recordó las palabras de Margot.

No llevaba guantes.

—¿Altura?

—Como mademoiselle Beaumont. O quizá menos. No sé. Iba deprisa.

—¿Pudo ser madame Vasseur?

—No. Madame Vasseur estaba llamándome desde la capilla.

—¿Jeanne?

—No sé.

—¿Élise Moreau?

Lucie miró a Élise con pánico.

—No… No lo creo.

Élise sostuvo su mirada.

—Dilo si lo crees.

—No era usted, madame. Usted llevaba guantes grises esta mañana. La vi en la galería.

—¿Claire?

Lucie negó con fuerza.

—Mademoiselle Claire estaba en su habitación.

—¿Mathilde?

Lucie bajó la vista.

Ese movimiento fue casi una respuesta.

Claire habló muy suavemente:

—Lucie.

La muchacha rompió a llorar de verdad.

—No puedo decirlo.

—Acaba de decirlo bastante bien —dijo Delacroix.

—No vi la cara.

—Pero pensó en Mathilde.

Lucie no respondió.

—¿Por el vestido? ¿Por la forma de caminar? ¿Por algo que llevaba?

—Por las llaves —susurró.

Delacroix se inclinó apenas.

—¿Qué llaves?

—Sonaron al pasar.

Claire miró hacia la puerta.

Mathilde llevaba siempre un pequeño aro de llaves sujeto al cinturón.

—Muchas personas tienen llaves —dijo Élise, aunque su voz sonó menos segura.

—No así —dijo Lucie—. Las de mademoiselle Beaumont suenan… suenan distinto. Pesan.

Delacroix guardó silencio.

La observación era muy de criada. Y por eso valiosa. Las personas que sirven en una casa reconocen a sus habitantes por sonidos que los invitados no oyen: pasos, llaves, telas, respiraciones.

—¿Qué hizo el niño? —preguntó.

—Estaba mirando el cojín. Dijo que una señora había entrado a comprobar si todo estaba bien.

—¿Señora?

—Sí.

—¿Dijo nombre?

—No.

—¿Tocó los anillos?

Lucie cerró los ojos.

—No lo sé.

—Cuando usted volvió, ¿los anillos estaban como antes?

—Sí. Creo.

—¿La caja oscura?

—No la vi. Solo el cojín.

Delacroix se enderezó.

—¿Por qué no dijo esto antes?

Lucie miró a Claire.

—Porque todos gritaban. Porque monsieur Henri estaba muerto. Porque mademoiselle Beaumont dijo que nadie debía inventar recuerdos para hacerse importante. Y porque… porque la mujer de las llaves podía no ser ella.

—Pero podía.

Lucie asintió.

—Sí.

Claire se levantó despacio.

Parecía haber envejecido en la silla.

—Gracias, Lucie.

La muchacha lloró más fuerte.

—Lo siento, mademoiselle.

Claire le tocó el hombro.

Un gesto leve.

—Yo también.

Salieron de la habitación de servicio.

En el corredor, Élise habló primero.

—Eso señala a Mathilde.

—Eso señala un sonido de llaves —dijo Delacroix.

—No sea injusto con la muchacha. En una casa, las llaves son una firma.

—Lo sé.

Claire miró hacia la escalera.

—Mathilde no llevaba guantes esta mañana cuando vino a mi habitación.

Delacroix se volvió hacia ella.

—¿Está segura?

—Sí. Me tocó el velo con las manos desnudas. Dijo que con guantes no podía ajustar bien el encaje.

—No llevaba guantes —murmuró Élise.

La frase de Margot.

La mujer de la sacristía.

El sonido de llaves.

El anillo.

Claire empujando.

Todo empezaba a dibujar una figura demasiado clara.

Y las figuras demasiado claras, Delacroix lo sabía bien, a veces eran trampas con buena iluminación.

Regresaron a la biblioteca.

Mathilde los esperaba de pie junto a la mesa.

No preguntó por Lucie.

Eso también fue interesante.

—¿Y bien? —dijo.

Delacroix dejó la hoja de horarios frente a ella.

—La noche anterior acaba de alargarse hasta esta mañana.

Adrien se incorporó.

—Eso suena malo incluso para nuestros estándares.

Delacroix miró a Mathilde.

—Una mujer sin guantes salió de la sacristía por una puerta secundaria mientras el niño Faverol estaba solo con los anillos.

Lucie oyó llaves. Margot vio una caja distinta.

Claire recuerda que usted no llevaba guantes cuando le habló de empujar el anillo.

Y usted posee la costumbre, muy familiar para esta casa, de cerrar puertas después de que otros ya han dejado algo dentro.

Mathilde no bajó la mirada.

Ni un segundo.

—¿Me acusa ahora?

—No.

—¿Por qué no?

Delacroix sostuvo su mirada.

—Porque todavía no sé si esas llaves pertenecían a usted… o a alguien que quería que una criada las oyera.

Por primera vez, Mathilde pareció sorprendida.

No aliviada.

Sorprendida.

Adrien se puso lentamente de pie.

—¿Alguien pudo llevar sus llaves?

Mathilde se volvió hacia él.

—Nadie toca mis llaves.

Delacroix miró el aro sujeto al cinturón de Mathilde.

Allí estaban.

Pesadas.

Visibles.

Perfectas para sonar.

—Eso —dijo— es precisamente lo que todos creen.

Mathilde llevó una mano al cinturón.

Y entonces lo notó.

No faltaba una llave.

Faltaba algo más pequeño.

Un pequeño llavero secundario, una anilla auxiliar que Delacroix había visto en su despacho con las llaves menores de armarios y puertas de servicio.

Mathilde palideció.

—No puede ser.

—¿Qué? —preguntó Claire.

Mathilde desenganchó el aro principal con dedos firmes, pero más lentos de lo habitual.

—Faltan las llaves del ala este.

Adrien soltó una maldición.

Élise miró hacia Delacroix.

Lucien dejó caer una hoja.

Y Delacroix, por primera vez en toda la tarde, sintió que el asesino había cometido algo parecido a un error.

No por descuido.

Por exceso de confianza.

Había usado la autoridad de Mathilde como disfraz.

Ahora solo faltaba descubrir quién, en Saint-Aubin, podía tomar sus llaves sin que ella lo notara.

O quién sabía exactamente cuándo ella no admitiría haberlas perdido.