Capítulo 19 — La noche anterior #2
—En Saint-Aubin, madame, casi todo. Pero no se preocupe. Los habitantes tampoco distinguen ya.
Delacroix escribió: Después medianoche. Luz ala este. Testigo: Élise.
Claire habló entonces:
—Yo oí pasos también.
Delacroix se volvió hacia ella.
—¿Cuándo?
—Tarde. No sé la hora. No dormí bien.
—¿Dónde estaba?
—En mi habitación.
—¿Qué oyó?
—Pasos en el corredor. Dos veces. Una persona pasó hacia la escalera. Luego volvió. Después nada.
—¿Vio a alguien?
—No.
—¿Podía ser Mathilde?
Claire miró a la hermana de Henri.
—Podía.
—¿Adrien?
—También.
—¿Lucie?
—No lo sé. Los pasos eran más seguros que los de Lucie.
—¿Más seguros?
—Lucie camina como si pidiera perdón al suelo.
Delacroix aceptó la imagen.
Era exacta.
Escribió: Claire oye pasos seguros.
Lucien se inclinó sobre la mesa.
—Esto no nos dice quién tocó el anillo.
—No —dijo Delacroix—. Nos dice quién pudo acercarse al lugar donde creíamos que estaba.
—Si la caja ya había sido cambiada antes de llegar a la abadía, la sacristía no importa.
—Importa siempre. Aunque solo sea porque alguien se esforzó mucho en que pareciera importar poco.
Mathilde cruzó los brazos.
—Está dando vueltas.
—Sí. Los círculos son apropiados para una investigación sobre alianzas.
Adrien soltó un sonido que pudo haber sido una risa, pero se apagó rápido.
Delacroix apoyó el lápiz sobre la mesa.
—Volvamos al momento exacto. El asesino necesitaba tres conocimientos.
Nadie habló.
—Primero: que Henri usaría el anillo familiar, no el nuevo.
Miró a Mathilde.
—Eso lo sabían quienes participaron en las discusiones: Mathilde, Henri, Claire, Adrien, quizá Lucien, quizá el padre Laurent, quizá los criados que oyeron.
—Medio Saint-Aubin —dijo Adrien.
—No exagere. El pueblo tiene mejor oído.
Delacroix levantó un segundo dedo.
—Segundo: que el anillo le quedaba justo y que habría que empujarlo.
Claire cerró los ojos.
—Lo sabían menos personas —dijo Lucien.
—Henri se lo probó ante mí —dijo Delacroix—. Ante Claire. Ante Mathilde. Adrien lo mencionó. Madame Vasseur lo oyó. Quizá otros.
Adrien murmuró:
—Nunca pensé que una broma sobre un anillo apretado acabaría en acta de acusación.
—Las bromas son peligrosas. La gente las usa para decir verdades sin responsabilizarse de ellas.
Delacroix levantó el tercer dedo.
—Tercero: que Claire, en el altar, no se detendría. Que si el anillo se resistía, lo empujaría hasta el final.
Claire miró lentamente a Mathilde.
Todos lo hicieron.
Mathilde no se movió.
—Eso —dijo Delacroix— lo sabía quien se lo dijo.
La biblioteca quedó en silencio.
El fuego crujió con poca convicción.
Mathilde habló al fin.
—Yo le dije que no se asustara por una incomodidad menor. No que matara a Henri.
Claire la miró con una tristeza seca.
—Nadie ha dicho que usaras esas palabras.
—Pero todos las están oyendo.
Élise intervino:
—Quizá no fue Mathilde.
La frase sorprendió más que una acusación.
Mathilde la miró.
Delacroix también.
—Explíquese —dijo él.
Élise se incorporó un poco.
—Mathilde pudo decirle a Claire que empujara. Pero otros pudieron oírlo. En esta casa las puertas no cierran, los pasillos repiten voces y los criados aparecen donde nadie los espera. Si alguien oyó esa conversación, también supo que Claire no se detendría.
Delacroix asintió.
—Correcto.
Mathilde no le agradeció la defensa.
Quizá porque no lo era.
—¿Dónde ocurrió esa conversación? —preguntó Delacroix a Claire.
—En mi habitación. Esta mañana.
—¿Puerta cerrada?
—Entornada, creo. Lucie estaba entrando y saliendo con el velo.
—¿Alguien más cerca?
Claire pensó.
—Madame Vasseur vino a traer unas flores pequeñas para el tocador. Jeanne pasó con agua. Creo que Adrien llamó al final para preguntar si Henri estaba listo. No entró.
Adrien abrió los ojos.
—¿Yo?
—Sí —dijo Claire—. Dijiste algo desde el corredor sobre que los novios parecían prepararse para una ejecución doble.
Adrien bajó la mirada.
—Suena a mí.
Delacroix escribió: Mañana. Conversación Mathilde-Claire. Puerta entornada. Posibles oyentes: Lucie, Vasseur, Jeanne, Adrien.
—Entonces el tercer conocimiento no es exclusivo —dijo Lucien.
—No —admitió Delacroix—. Pero sigue siendo estrecho.
Mathilde respiró con cierto alivio.
Demasiado poco para parecerlo.
Suficiente para que Delacroix lo viera.
El padre Laurent habló, muy bajo:
—Hay algo que no he dicho.
Adrien se llevó una mano a la frente.
—Qué sorpresa. Otro silencio bendecido.
Mathilde lo hizo callar con una mirada.
El sacerdote no se defendió.
—Después de que Henri viniera a hablar conmigo, oí una discusión en el claustro.
—¿Quién discutía? —preguntó Delacroix.
—Henri y Mathilde.
Mathilde cerró la mandíbula.
—Eso no fue una discusión.
—Entonces fue una conversación que no quería ser escuchada —dijo Delacroix.
El padre Laurent continuó:
—Henri dijo que iba a hacerlo aunque destruyera la paz de la casa. Mathilde dijo que no confundiera la paz con una mentira bien mantenida.
Adrien miró a su tía con algo parecido a sorpresa.
—Eso suena casi noble.
—Cállate, Adrien.
—Ya casi es un estribillo familiar.
Delacroix no apartó los ojos del sacerdote.
—Siga.
—Henri dijo que Camille merecía su nombre. Mathilde respondió que Camille merecía una vida, no una guerra. Y que él no tenía derecho a ponerle el apellido Beaumont solo para aliviarse la conciencia.
Élise permaneció inmóvil.
Claire bajó la vista.
Delacroix miró a Mathilde.
—Eso coincide con lo que dijo antes.
—Porque es verdad.
—¿Qué más?
El padre Laurent dudó.
—Henri dijo que no era asunto de Mathilde.
La hermana de Henri sonrió sin alegría.
—Una frase muy propia de él. Todo dejaba de ser asunto mío cuando por fin quería decidir algo.
—¿Y usted? —preguntó Delacroix.
Mathilde sostuvo su mirada.
—Le dije que entonces se comportara como un hombre capaz de cargar con sus decisiones, no como un niño que rompe un cristal y espera que su hermana barra los restos.
Adrien murmuró:
—Esa también suena a ti.
Mathilde no lo miró.
Delacroix escribió: Discusión Henri-Mathilde. Camille. Responsabilidad. Guerra familiar.
—¿Terminó ahí? —preguntó.
El padre Laurent negó.
—Henri se marchó. Mathilde permaneció un momento en el claustro. Luego fue hacia la capilla.
—¿A la capilla?
Mathilde se adelantó:
—Ya lo dije. Fui a comprobarla.
—Después de discutir con Henri.
—Sí.
—Y encontró la sacristía entreabierta.
—Sí.
—Una coincidencia muy trabajadora.
—No era una coincidencia. Era una puerta mal cerrada.
Delacroix escribió otra línea.
Luego se quedó mirando la hoja.
La noche anterior ya tenía forma.
No completa.
Pero sí suficiente para mostrar huecos.
El anillo pudo manipularse antes, en la posada, por Vallon, por alguien enviado desde la abadía o por el propio Renoux.
La caja pudo cambiarse allí. Después, en Saint-Aubin, la caja falsa fue custodiada con ceremonias inútiles.
La original, en algún momento, volvió a aparecer o dejó rastros en la sala de flores.
Margot lo notó. Adrien lo supo. El cuaderno desapareció. Margot cayó.
Una cadena.
No perfecta.
Pero viva.
—Necesito hablar con Lucie —dijo Delacroix.
Mathilde se levantó.
—La mandaré llamar.
—No. Iremos a verla.
—¿Por qué?
—Porque las criadas asustadas contestan distinto cuando no tienen encima todos los retratos de una familia.
Lucien cerró su carpeta.
—¿Cree que ella sabe algo?
—Creo que ella ha estado cerca de demasiadas puertas.
Claire se puso de pie.
—Voy con usted.
—No.
—Sí.
Delacroix la miró.
Claire sostuvo su mirada sin desafío. Con necesidad.
—Lucie me ayudó esta mañana. Si tiene miedo, quizá hable conmigo.
Mathilde intervino:
—No estás en condiciones de interrogar criadas.
Claire no apartó los ojos de Delacroix.
—No quiero interrogarla. Quiero que no se sienta sola entre personas que llevan todo el día usándola como recado.
Élise se levantó también.
—Yo iré.
—Madame Moreau —dijo Delacroix—, si seguimos sumando mujeres decididas, Lucie saltará por la ventana.
—Lucie me vio anoche en la galería —respondió Élise—. Quizá eso la ayude a ubicar la hora.
Delacroix consideró la propuesta.
—Bien. Claire y Élise. Los demás aquí.
Adrien levantó una mano.
—¿Puedo no bromear sobre lo interesante que acaba de volverse ese grupo?
—Puede.
—Qué decepción.
Salieron de la biblioteca.
Lucie estaba en una habitación de servicio cerca de la cocina, sentada en un banco, con una taza de té intacta entre las manos. Jeanne la acompañaba, pero se levantó al ver entrar a Delacroix.
—Déjenos con ella —dijo él.
Jeanne miró a Claire, luego a Élise, y salió.
Lucie se puso de pie tan deprisa que casi derramó el té.
—Mademoiselle Claire…
—Siéntate, Lucie —dijo Claire.
La muchacha obedeció a medias. Se sentó en el borde del banco, como si hasta la madera pudiera acusarla de abuso de confianza.
Delacroix se colocó a cierta distancia.
Claire tomó asiento frente a ella. Élise permaneció junto a la puerta.
—Lucie —dijo Claire—, necesito que recuerdes esta mañana.
La muchacha se echó a llorar.
No mucho.
No con desorden.
Solo dos lágrimas rápidas, como si llevasen horas esperando una autorización mínima.
—Lo siento, mademoiselle.
—No has hecho nada.
Lucie negó con la cabeza.
—No debí dejarlo solo.
Delacroix se quedó inmóvil.
Claire también.
—¿A quién? —preguntó ella.
Lucie miró hacia Delacroix.
—Al niño.
—Martin Faverol —dijo Delacroix.
La muchacha asintió.
—El padre Laurent me pidió que lo llevara a la sacristía. Estaba nervioso. Quería ver el cojín. Yo le dije que se quedara quieto. Luego madame Vasseur me llamó desde la capilla porque faltaban unas cintas. Solo fue un momento.
—¿Cuánto?
—No lo sé. Muy poco.
—¿El niño quedó solo con los anillos?
Lucie se llevó la mano a la boca.
—Sí.
Claire cerró los ojos.
—Cuando volviste, ¿estaba solo?
Lucie negó.
—No.
Delacroix se acercó un paso.
—¿Quién estaba con él?
La muchacha empezó a temblar.
—No lo sé.
—Lucie.
—No lo vi bien.
—Dijo «no lo sé» demasiado rápido. Inténtelo mejor.