Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 19 — La noche anterior
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Capítulo 19 — La noche anterior

La noche anterior empezó a reconstruirse por partes, como suelen reconstruirse las desgracias: tarde, mal y con demasiadas personas convencidas de recordar mejor que las demás.

Delacroix ordenó cerrar la sala de flores y el invernadero.

No bastó con decirlo. En Saint-Aubin, las órdenes parecían necesitar testigos, llaves y una amenaza moral para no evaporarse en los pasillos.

Baptiste colocó a un criado junto a la puerta del ala este y otro cerca del acceso al claustro.

Mathilde Beaumont añadió una instrucción más severa, con esa voz suya que convertía incluso la vigilancia de una puerta en una cuestión de honor familiar.

Adrien murmuró que, si la abadía seguía cerrando habitaciones a ese ritmo, pronto tendrían que vivir todos dentro de un armario.

Nadie rió.

Ni siquiera él.

El cuaderno de Margot Vasseur seguía desaparecido.

La caja original también. La florista permanecía inconsciente en una habitación cercana, custodiada por Jeanne y por el doctor Roussel, que había empezado a mirar a Delacroix con la resignación hostil de los hombres de ciencia obligados a admitir que la lógica criminal tiene peor educación que la enfermedad.

Delacroix reunió a los principales implicados en la biblioteca.

La elección no fue casual.

El refectorio estaba demasiado cargado de voces.

La capilla, demasiado cargada de muerte.

El despacho de Henri, demasiado íntimo. La biblioteca, en cambio, ofrecía una neutralidad falsa y por eso conveniente: libros, fuego bajo, ventanas hacia el jardín y una mesa amplia donde los papeles podían mentir con comodidad.

Claire Duvall se sentó cerca de la chimenea.

Vestía de gris, sin velo, sin guantes y con la alianza fina aún en el dedo. La llevaba como se lleva una cicatriz reciente: no por orgullo, sino porque quitarla sería concederle a alguien el derecho a interpretar el gesto.

Élise Moreau ocupó una silla junto a una estantería. Tenía el bolso sobre el regazo y las manos encima, inmóviles.

Mathilde permaneció de pie.

Adrien se dejó caer en un sillón con una elegancia menos segura que de costumbre. El descubrimiento del anillo nuevo entre sus camisas había reducido bastante su inclinación a la comedia. No la había eliminado, desde luego. Los vicios fuertes sobreviven incluso al sentido común.

Lucien Dargent dejó su carpeta sobre la mesa.

El padre Laurent aceptó una silla solo después de que Delacroix se lo indicara dos veces. Parecía viejo de una forma distinta a la de la mañana. No más cansado, sino más transparente, como si cada silencio antiguo le hubiera ido quitando capas.

—Vamos a ordenar la noche anterior —dijo Delacroix.

Adrien levantó la vista.

—¿Con esperanza de que quede presentable?

—Con esperanza de que deje de ser útil para el asesino.

Nadie respondió.

Delacroix tomó una hoja en blanco y la colocó en el centro de la mesa.

—La cena terminó poco después de las nueve y media.

—A las nueve y cuarenta —dijo Mathilde.

—Por supuesto.

—No era una corrección moral. Era una hora.

—En Saint-Aubin cuesta distinguirlas.

Mathilde no replicó.

Delacroix escribió: 21:40. Fin de la cena.

—Después, algunos bajaron a la capilla para el ensayo.

—Henri, Claire, Mathilde, el padre Laurent, madame Vasseur, Lucie, Adrien y usted —enumeró Lucien.

—Y usted no —dijo Delacroix.

—Yo esperé en la galería. Necesitaba hablar con Henri.

—Lo cual hizo después.

—Sí.

Delacroix escribió: Ensayo en capilla. Anillos sobre mesa. Caída caja clara. Movimiento caja oscura.

Claire miró la hoja.

—La caja oscura ya podía no ser la original en ese momento.

—Sí —dijo Delacroix—. O podía ser la original y ser cambiada después.

Adrien se frotó la frente.

—Si yo no hubiera dejado la maldita caja en la posada…

—No se torture antes de tiempo —dijo Delacroix—. Para eso está la verdad.

—Qué consuelo tan exquisito.

—No era consuelo.

—Ya empezaba a sospecharlo.

Delacroix continuó:

—Durante el ensayo, madame Vasseur nota una hebra roja en la caja oscura. Al menos eso recordará después. Mathilde sostiene el anillo por los bordes. Claire lo toma. El padre Laurent guarda las cajas en la sacristía. Mathilde lo acompaña.

El sacerdote asintió.

—Sí.

—¿Cerraron la sacristía con llave?

—Sí.

—¿Quién guardó la llave?

—Yo conservé una. Mathilde tenía otra. La tercera estaba en el gabinete de llaves.

—En mi despacho —dijo Mathilde.

Delacroix escribió: Sacristía cerrada. Tres llaves.

—Después del ensayo, Henri habla con Lucien.

Lucien asintió.

—En el despacho de Henri.

—¿A qué hora?

—Cerca de las diez.

—¿Cuánto duró?

—Cuarenta minutos, quizá algo más.

—¿Qué ocurrió?

Lucien abrió la carpeta.

—Firmó la disposición de protección para Claire. Revisamos la venta de terrenos y el borrador de reconocimiento de Camille. Se manchó el guante derecho con tinta al firmar. Luego se detuvo. Dijo que necesitaba aire antes de continuar.

—¿Y el anillo nuevo estaba allí?

Claire respondió antes que Lucien.

—Debía estarlo.

Lucien negó con lentitud.

—Yo no lo vi.

Adrien bajó la mirada.

Delacroix se volvió hacia él.

—Usted robó el anillo nuevo del despacho. ¿Cuándo exactamente?

Adrien cerró los ojos con fastidio.

—Después del ensayo. Antes de que Henri y Lucien terminaran, creo.

—¿Cree?

—Entré cuando el despacho estaba vacío.

Lucien frunció el ceño.

—No pudo ser durante nuestra reunión.

—No dije durante. Dije antes de que terminarais, quizá cuando saliste al corredor a buscar a Baptiste o a revisar una copia.

Lucien pensó.

—Salí unos minutos. Sí. Henri también salió al pasillo.

—¿A qué hora? —preguntó Delacroix.

—No lo sé. Diez y veinte, quizá.

Adrien asintió.

—Eso puede ser.

—¿Por qué fue al despacho? —preguntó Claire.

Adrien no la miró.

—Porque sabía dónde guardaba Henri algunas cosas.

—Dinero —dijo Mathilde.

—Sí, tía. Dinero. Esa cosa vulgar que mantiene en pie las casas nobles.

—No vuelvas a hablarme de vulgaridad.

—Entonces no me hables de dinero como si lo hubieras conocido en un libro.

Delacroix golpeó la mesa con el lápiz.

—Suficiente. Monsieur Beaumont, entró en el despacho, vio la caja azul y la tomó.

—Sí.

—¿Vio la caja oscura?

—No.

—¿Vio documentos?

—Papeles. No los leí.

—¿Seguro?

Adrien soltó una risa seca.

—Monsieur Delacroix, soy muchas cosas, pero leer documentos legales por placer no es una de ellas.

—No subestime el placer de saber quién va a desheredarlo.

Adrien calló.

Demasiado tarde.

Delacroix lo miró.

—¿Leyó algo?

—Una hoja.

Mathilde cerró los ojos.

—Adrien.

—Una hoja —repitió él—. No entendí casi nada. Vi mi nombre. Vi el de Claire. No vi el de Camille, si eso es lo que quiere saber.

—¿Qué hizo con la caja azul?

—La guardé. Luego la llevé a mi habitación.

—¿Alguien lo vio?

—No lo sé.

—Inténtelo.

Adrien pensó.

—Quizá Lucie. Pasó por el corredor con unas sábanas o toallas.

—Lucie parece estar en todos los corredores cuando nadie la necesita —dijo Delacroix.

El padre Laurent habló:

—Los criados iban y venían por la preparación de la mañana.

—Eso ayuda mucho a la confusión y poco a la inocencia.

Delacroix escribió: 22:20 aprox. Adrien entra despacho. Toma caja azul.

Claire bajó la mirada.

No dijo nada.

Eso fue peor para Adrien que cualquier reproche.

Delacroix continuó.

—Después de la reunión con Lucien, Henri va a la capilla.

El padre Laurent asintió.

—Vino a verme.

—¿A qué hora?

—Cerca de las once. Quizá algo más tarde.

—¿Estaba solo?

—Sí.

—¿Hablaron de Camille?

—Sí. De reparar tarde. De si Dios perdona. De si las personas tienen derecho a no hacerlo.

Élise no se movió, pero su rostro se tensó.

—¿Entró Henri en la sacristía? —preguntó Delacroix.

—No.

—¿Tocó los anillos?

—No.

—¿Vio las cajas?

—No. La sacristía estaba cerrada.

—¿Seguro?

El sacerdote dudó.

—En ese momento, sí.

Delacroix escribió: 23:00 aprox. Henri con padre Laurent. No entra sacristía.

—Después, ¿quién fue a la capilla?

El padre Laurent miró a Mathilde.

—Yo vi a Mathilde más tarde.

—Cerca de medianoche —dijo Delacroix.

Mathilde asintió.

—Fui a comprobar que todo estuviera en orden.

—La puerta de la sacristía estaba entreabierta.

—Sí.

—Antes dijo que no entró.

—Y lo mantengo. Miré dentro. Las cajas estaban en su sitio. Cerré.

—¿Qué significa «en su sitio»?

—En el armario bajo.

—¿Abrió el armario?

—No.

—Entonces no vio las cajas.

Mathilde tardó una fracción de segundo en responder.

—Vi el cajón cerrado.

Delacroix sonrió apenas.

No por alegría.

Por precisión.

—Eso no es lo mismo.

—No.

—¿Por qué dijo que las cajas estaban en su sitio?

—Porque el armario estaba cerrado.

—Las casas antiguas se han construido sobre inferencias peores.

Mathilde apretó los labios.

—No toqué nada.

—¿Vio a alguien salir o entrar?

—No.

—¿Escuchó algo?

—No.

—¿Por qué estaba entreabierta la sacristía?

—No lo sé.

Delacroix escribió: Medianoche. Mathilde ve sacristía entreabierta. Cierra. No verifica cajas.

Adrien miró la hoja.

—Eso parece peor escrito que vivido.

—La verdad suele perder cortesía cuando se apunta.

Élise habló por primera vez en varios minutos.

—Yo también estuve despierta.

Todos se volvieron hacia ella.

—¿Dónde? —preguntó Delacroix.

—En mi habitación. Luego en la galería superior. No podía dormir.

—¿A qué hora?

—No lo sé. Después de medianoche.

—¿Vio a alguien?

Élise miró a Mathilde.

—Vi una luz en el ala este.

—¿Dónde exactamente?

—No estoy segura. Cerca del corredor que lleva al invernadero o a la sala de flores.

Mathilde frunció el ceño.

—Allí no debía haber nadie.

—Qué frase tan frecuente aquí —murmuró Adrien.

Delacroix ignoró el comentario.

—¿Quién llevaba la luz?

—No lo vi. Solo vi el movimiento.

—¿Hombre? ¿Mujer?

—No sé.

—¿Altura?

—Media. O quizá la lámpara estaba baja.

—¿Oyó pasos?

—Sí. Rápidos. Luego una puerta.

—¿Dijo algo antes?

—No porque pensé que era un criado.

—Todos los sospechosos aspiran a parecer criados en algún momento.

Élise se encogió apenas de hombros.

—No conocía la casa. No sabía qué debía ser extraño.