Capítulo 18 — La caja cambiada #2
—Cuando volví a mirarla, estaba en la mesa.
—¿La misma?
Adrien tragó saliva.
—Creí que sí.
—¿Creyó?
—La abrí. El anillo estaba dentro.
—¿Miró la hebra roja?
—No.
—¿Miró el cierre?
—No.
—¿Miró el interior del anillo?
—No.
—Una colección admirable de descuidos.
Adrien apretó los labios.
—Pensé que nadie se atrevería a tocar un objeto Beaumont en mitad de la posada.
Delacroix miró a su alrededor.
—El apellido como cerradura. Una superstición familiar muy extendida.
Mathilde respiraba con dificultad.
—¿Y no lo dijiste?
Adrien soltó una risa breve.
—¿Decir qué? ¿Que dejé el anillo familiar en una mesa de posada mientras negociaba deudas con un prestamista? ¿La víspera de la boda? ¿Con tu paciencia legendaria esperando en la abadía? Claro. Habría sido una conversación preciosa.
—Por eso mentiste sobre la fecha.
—Mentí sobre la fecha porque si decía que lo había recogido antes, alguien preguntaría qué hice con él durante esas horas. Y si alguien preguntaba, llegaríamos a esto.
Mathilde lo miró como si acabara de verlo por primera vez y no le gustara el resultado.
—Eres un idiota.
—Sí —dijo Adrien—. Pero hasta hace unas horas eso no era homicidio.
Delacroix observó al sobrino.
La confesión encajaba con su carácter: descuido, deuda, vergüenza, ocultación. No lo absolvía. Pero cambiaba el foco. Si Adrien había dejado la caja en la posada, alguien pudo sustituirla allí. O manipular el anillo. O ambas cosas.
—¿Vallon vive en el pueblo? —preguntó.
—No. Pasa por aquí a veces. Presta dinero a quien necesita olvidar que no debería pedirlo.
—¿Lo conoce Renoux?
—Todos conocen a Vallon si deben dinero o cobran tarde.
—¿Qué aspecto tiene?
Adrien lo describió: mediana edad, bigote fino, abrigo marrón, mano izquierda con dos dedos rígidos por una vieja lesión. Delacroix guardó la descripción.
—¿Quién más estaba en la posada? —preguntó.
—El posadero. Dos hombres del campo. Una mujer con cesta. No recuerdo más.
—¿Mujer?
Adrien se tensó.
—Sí.
—Descríbala.
—No la vi bien.
—Inténtelo.
—Vestido oscuro. Chal. No era joven. Podía ser cualquiera.
Mathilde habló con voz baja:
—¿De la casa?
—No lo sé.
—Adrien.
—No lo sé.
Delacroix miró la caja falsa.
—Entonces alguien pudo cambiar la caja en la posada.
Le devolvió un anillo dentro de otra caja, quizá ya manipulado.
Usted lo llevó a Saint-Aubin. Mathilde lo recibió.
Todos creyeron que era la misma reliquia.
Y madame Vasseur, que miraba detalles inútiles porque ese es su oficio, notó que algo no encajaba.
Claire cerró los ojos.
—Entonces el anillo pudo haber sido preparado antes de llegar a la abadía.
—Sí.
Mathilde se aferró a esa posibilidad casi con alivio.
—Entonces no fue aquí.
Delacroix la miró.
—No se apresure. Una mano puede estar en la posada y la voluntad en Saint-Aubin.
El alivio desapareció.
Adrien levantó la cabeza.
—Yo no sabía nada de la espina.
—Quizá no.
—No sabía.
—Su insistencia empieza a trabajar en contra de usted.
Adrien calló.
El padre Laurent, que había permanecido junto al armario, habló con voz baja.
—Si esa caja no es la original, ¿dónde está la verdadera?
—Buena pregunta, padre. Las buenas preguntas siempre llegan tarde, pero se las agradece igual.
Delacroix colocó la caja falsa sobre la mesa.
—La original pudo quedar en la posada, en manos de quien hizo el cambio. O volver a la abadía con alguien. O estar escondida aquí.
Mathilde se volvió hacia Baptiste, que esperaba en la puerta.
—Que registren la casa.
Delacroix levantó una mano.
—No.
—¿No?
—No quiero a veinte criados removiendo habitaciones y destruyendo lo poco que quede. Registraremos lugares concretos.
—¿Cuáles?
Delacroix miró a Adrien.
—Empezaremos por su habitación.
Adrien sonrió débilmente.
—Naturalmente.
—Y por el despacho de Henri. Luego la sala de flores, la sacristía y cualquier habitación conectada con el ala este.
—¿La mía? —preguntó Mathilde.
—También.
Ella no protestó.
Eso, en Mathilde, equivalía a una tormenta contenida.
Subieron primero a la habitación de Adrien.
Era amplia, desordenada con intención, perfumada por colonia cara y tabaco.
Había ropa sobre una silla, libros sin abrir, una petaca, dos cartas arrugadas y una maleta abierta.
Delacroix registró con método. Adrien miraba desde la puerta, con Mathilde a su lado y el padre Laurent algo más atrás, como si la búsqueda pudiera profanar algo más que cajones.
En el fondo de la maleta, bajo una camisa doblada, Delacroix encontró una pequeña caja azul.
Claire, que había subido pese a que nadie se lo pidió, soltó una respiración breve.
—Ese es.
Adrien cerró los ojos.
Mathilde se volvió hacia él.
—Adrien.
—No es lo que parece.
Delacroix abrió la caja.
Dentro estaba el anillo nuevo de Henri.
Sencillo.
Cómodo.
Inofensivo, al menos en apariencia.
Un círculo de oro claro que nunca había llegado al altar.
—Tiene usted un talento admirable para rodearse de objetos comprometedores —dijo Delacroix.
Adrien se pasó una mano por el rostro.
—Lo iba a devolver.
—Qué frase tan querida por los ladrones.
—No lo robé.
—Entonces se escondió solo entre sus camisas.
—Lo tomé prestado.
Claire lo miró con una dureza que no había mostrado hasta entonces.
—Era el anillo de Henri.
Adrien no pudo sostenerle la mirada.
—Lo sé.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba dinero.
Mathilde pareció envejecer de golpe.
—Ibas a venderlo.
—No. Empeñarlo. Solo unos días.
—Dios mío, Adrien.
—Dios ya está muy citado hoy, tía. Déjalo respirar.
Delacroix sostuvo la caja azul.
—¿Cuándo lo tomó?
Adrien bajó la voz.
—Anoche. Del despacho de Henri.
—Después de la cena.
—Sí.
—Mientras Henri estaba con Lucien.
—Antes. O después. No sé. El despacho estaba abierto. Vi la caja. Sabía que no usaría ese anillo porque Mathilde había ganado, como siempre. Pensé que nadie lo echaría de menos hasta después.
Claire habló:
—Yo lo eché de menos.
Adrien tragó saliva.
—No pensé.
—Eso empieza a parecer el lema de su escudo personal —dijo Delacroix.
—No maté a Henri.
—No. Pero robó el único anillo que podía haberlo salvado del familiar.
La frase lo golpeó.
Adrien se quedó inmóvil.
Incluso Delacroix, que la había dicho con intención, vio cómo entraba demasiado hondo.
—No sabía —susurró Adrien.
Claire apartó la mirada.
Mathilde se llevó una mano al pecho, pero no por emoción. Por furia contenida.
—Sal de mi vista.
Adrien rio sin alegría.
—Con gusto. Llevo años intentando hacerlo.
—Adrien.
—No, tía. No hoy. Hoy ya no puedes convertir cada miseria en una falta de educación.
Delacroix cerró la caja azul.
—Nadie sale de esta habitación hasta que terminemos.
Adrien lo miró.
—¿Me cree culpable?
—Creo que es culpable de muchas cosas. Aún estoy decidiendo cuáles importan para Henri.
El sobrino se sentó en el borde de la cama.
Parecía derrotado, pero no peligroso.
Eso podía ser auténtico.
También podía ser otra máscara.
Delacroix siguió registrando. Encontró pagarés. Cartas de acreedores. Un recibo de Vallon. Nada más sobre la caja original.
—Vallon sabía que usted tenía una caja con una joya Beaumont —dijo.
—Pudo deducirlo.
—¿Se la mostró?
Adrien dudó.
—Un poco.
Mathilde emitió un sonido bajo.
—Adrien.
—Quería convencerlo de que pagaría.
—Con el anillo familiar.
—Con algo que parecía valioso.
—Le mostró la caja —dijo Delacroix.
—Sí.
—¿Vallon la tocó?
—No. Creo que no.
—Otra vez.
—No lo sé.
Delacroix guardó el pagaré de Vallon.
—Necesitaremos encontrarlo.
—Le deseo suerte —dijo Adrien—. Vallon aparece cuando uno no lo quiere y desaparece cuando uno lo necesita.
—Un talento demasiado popular hoy.
Claire se acercó a la caja azul.
—Henri quería este.
—Sí —dijo Adrien.
—Y tú lo quitaste.
—Sí.
Ella no dijo nada más.
No hacía falta.
Adrien pareció preferir cualquier acusación a ese silencio.
Delacroix entregó la caja azul a Lucien, que había llegado con los documentos al oír el movimiento en la escalera.
—Séllela y guárdela con las otras pruebas.
—¿También este anillo?
—Especialmente este. Es el anillo que no mató a nadie. A veces los objetos inocentes explican mejor el crimen que los culpables.
Lucien asintió.
Mathilde seguía mirando a Adrien.
No con sorpresa ya.
Con algo más antiguo. Una decepción tan usada que había perdido incluso la fuerza de doler.
—Vendiste partes de esta casa antes —dijo.
Adrien levantó la vista.
—No.
—No me mientas.
—No vendí partes de la casa. Vendí cosas que la casa había olvidado que tenía.
—Eso es robo.
—Eso es supervivencia en miniatura.
Mathilde se acercó a él.
—Te hemos mantenido.
Adrien se puso de pie.
—No. Me habéis conservado. Como a un mueble defectuoso que no se tira porque tiene el apellido tallado detrás.
El silencio fue incómodo.
No porque Adrien tuviera razón en todo.
Porque tenía razón en algo.
Delacroix decidió terminar la escena antes de que la familia descubriera otra forma de herirse y todos confundieran emoción con progreso.
—Registraremos la posada —dijo.
Mathilde se volvió hacia él.
—Ahora no.
—Ahora sí.
—La noche está cerrando.
—Mejor. Las posadas hablan más de noche.
—¿Irá otra vez al pueblo?
—No todavía. Primero quiero ver dónde estuvo la caja original dentro de esta casa.
—Creía que pudo cambiarse en la posada.
—Pudo. También pudo recuperarse después. Y si alguien intentó matar a madame Vasseur por recordar la caja, quizá la caja no está tan lejos como debería.
Claire miró hacia el corredor.
—La sala de flores.
—Sí.
—El invernadero.
—También.
Élise, que había permanecido callada junto a la puerta, habló al fin.
—O la habitación de alguien que no podía permitir que Margot hablara delante de Mathilde.
Todos la miraron.
Mathilde también.
Élise sostuvo su mirada.
—No he dicho que fueras tú. He dicho delante de ti.
Delacroix tomó nota de la precisión.
La diferencia importaba.
Bajaron de nuevo al ala este.
La casa parecía haberse enterado de la búsqueda antes que ellos. Los criados se apartaban. Los invitados miraban desde puertas entreabiertas. Una señora preguntó si ya podían marcharse y Baptiste, con una seriedad admirable, respondió que la familia seguía indispuesta.
Delacroix casi le felicitó.
En la sala de flores, el cuaderno de Margot ya no estaba sobre la mesa.
Delacroix se detuvo.
Mathilde también lo vio.
—Estaba ahí —dijo Claire.
—Sí —respondió Delacroix.
El cuaderno había desaparecido.
No el chal. No las cintas. No las tijeras. Solo el cuaderno.
Delacroix miró hacia el invernadero.
La puerta seguía abierta.
El aire frío movía apenas algunas hojas.
—Baptiste —llamó.
El mayordomo apareció al instante.
—Monsieur.
—¿Quién entró aquí después de nosotros?
—Nadie debería haberlo hecho.
—Esa familia de palabras está teniendo un día espléndido: debería, parecía, suponía.
Baptiste palideció.
—Preguntaré.
—No pregunte demasiado lejos. Quien tomó el cuaderno no buscaba flores.
Claire se llevó una mano a la garganta.
—Ahí estaba la nota sobre la caja.
—Sí.
Mathilde apretó los labios.
—Entonces Margot estaba en lo cierto.
—O alguien desea que ya no podamos comprobarlo.
Delacroix se acercó a la mesa donde había estado el cuaderno.
Quedaba una marca rectangular sobre la madera húmeda. Junto a ella, casi invisible entre hojas cortadas, había una partícula oscura.
La recogió con el pañuelo.
Terciopelo.
Otra hebra.
Más pequeña que la anterior.
—La caja original estuvo aquí —dijo.
Adrien, que había bajado con ellos y parecía haber perdido diez años de insolencia en una tarde, susurró:
—¿Aquí?
—O alguien la trajo aquí. O la escondió aquí. O la usó aquí para cambiar de nuevo algo que no debía cambiarse.
Mathilde miró la mesa.
—¿Qué sentido tendría cambiar la caja después de la muerte?
Delacroix se volvió hacia ella.
—El mismo que retirar un cuaderno o empujar a una florista. No borrar el crimen. Borrar el camino que conduce hacia él.
Élise miró al invernadero.
—Entonces quien lo hizo sigue corrigiendo.
—Sí —dijo Delacroix.
Claire bajó la vista hacia sus manos.
—Como corrigieron el recibo.
Nadie respondió.
No hacía falta.
La palabra corregir empezó a adquirir una resonancia desagradable en Saint-Aubin.
Habían corregido una fecha.
Quizá una caja.
Quizá una custodia.
Quizá una boda.
Quizá una vida entera.
Delacroix guardó la nueva hebra de terciopelo junto a la otra.
—Buscaremos el cuaderno —dijo.
Mathilde asintió.
Esta vez no discutió.
Adrien miró hacia el corredor, donde los invitados cuchicheaban detrás de las puertas.
—¿Y si no aparece?
Delacroix tomó el bastón.
—Entonces sabremos que alguien en esta casa tiene más miedo de una florista viva que de un novio muerto.
La frase dejó la sala en silencio.
Fuera, la niebla golpeaba los cristales del invernadero.
Y en algún lugar de Saint-Aubin, una caja oscura, una libreta pequeña y la verdad sobre el anillo esperaban todavía la mano equivocada.