Capítulo 18 — La caja cambiada
Adrien Beaumont tardó tres segundos en decidir que no sabía nada.
Delacroix casi pudo ver el pensamiento cruzándole el rostro: primero la sorpresa, luego el cálculo, después esa expresión ligeramente ofendida que los hombres culpables de algo menor suelen adoptar cuando temen que los acusen de algo mayor.
—¿La caja? —preguntó Adrien.
—La caja —repitió Delacroix.
—Empiezo a echar de menos cuando solo me preguntaban por copas.
—No se preocupe. Volveremos a ellas si se porta mal.
Estaban en la sala de flores, rodeados de lirios cortados, cintas blancas y el olor húmedo del invernadero.
Margot Vasseur había sido trasladada a una habitación cercana, bajo vigilancia del doctor Roussel y de Jeanne, la criada de manos rojas.
La florista seguía viva, pero aturdida. Eso, en Saint-Aubin, empezaba a parecer una forma frágil de privilegio.
Mathilde Beaumont permanecía junto a la mesa de trabajo.
Claire Duvall y Élise Moreau estaban algo más atrás, cerca de la puerta. No juntas exactamente. No separadas del todo. Parecían dos mujeres unidas por el mismo hombre muerto y por la incómoda certeza de que ese vínculo no podía gustarle a ninguna.
Delacroix dejó el cuaderno de Margot sobre la mesa.
Lo abrió por la última página.
Caja oscura distinta. Preguntar si me equivoco.
No decir delante de M.B.
Adrien leyó la frase.
Luego miró a Mathilde.
—M.B. —dijo—. Qué familia tan útil para las iniciales.
Mathilde no sonrió.
—No hagas esto peor.
—Tía, en esta casa uno solo puede elegir entre hacerlo peor o fingir que ya lo estaba.
Delacroix apoyó el bastón junto al cuaderno.
—Madame Vasseur dijo que anoche la caja oscura tenía una hebra roja en una esquina. Esta mañana, no.
—Las cajas viejas pierden hebras —dijo Mathilde.
—Sí. Y las familias viejas pierden verdades. Pero unas y otras suelen dejar restos.
Adrien levantó las manos.
—Si quieren saber de cajas, pregunten a Mathilde. Ella guarda todas las llaves, todos los objetos, todas las culpas y probablemente hasta los botones que se caen de los abrigos familiares.
—A usted le entregaron el anillo del joyero —dijo Delacroix—. Con la caja.
—Ya lo admití.
—Lo recogió un día antes de lo que dijo.
—También.
—Lo abrió.
—Por curiosidad.
—Lo tuvo varias horas.
—Por logística.
—Y madame Vasseur le dijo que la caja parecía distinta.
Adrien se quedó callado.
Por primera vez, la respuesta no vino envuelta en ironía.
Delacroix esperó.
La espera, bien usada, tenía mejor filo que muchas preguntas.
—Me lo dijo —admitió Adrien.
Mathilde cerró los ojos.
—Adrien.
—No la amenacé.
—Eso no le he preguntado todavía —dijo Delacroix.
—Le dije que no dijera tonterías delante de todos. Eso fue todo.
—¿Por qué?
—Porque era una florista nerviosa hablando de una hebra de terciopelo mientras mi tío acababa de morir en el altar. Me pareció que la familia ya tenía suficientes detalles grotescos para una mañana.
—Qué consideración tan selectiva.
Adrien se acercó a la mesa y miró el fragmento de terciopelo que Delacroix había envuelto en papel.
—¿Eso prueba algo?
—Prueba que madame Vasseur no inventó del todo su miedo.
—Una hebra roja.
—A veces basta menos para colgar a un hombre.
Adrien palideció levemente.
La frase había encontrado un lugar bajo el encanto.
Claire habló desde la puerta.
—¿Dónde está la caja ahora?
Todos miraron a Mathilde.
Ella sostuvo las miradas con la dignidad de quien está demasiado acostumbrada a ser centro de acusaciones para sentirse derrotada por ellas.
—En la sacristía, supongo. O con el resto de objetos retirados de la ceremonia.
Delacroix levantó apenas una ceja.
—Supone.
—La caja quedó en la sacristía después de colocar los anillos en el cojín.
—¿Quién la guardó?
El padre Laurent, que había llegado en silencio al umbral, respondió antes que Mathilde.
—Yo dejé las cajas en el armario bajo. Después de sacar los anillos.
—¿Las dos? —preguntó Delacroix.
—Sí.
—¿Las vio después?
—No.
—¿La puerta quedó cerrada?
—Sí.
—La palabra «cerrada» tiene una salud muy delicada en esta casa, padre. Sea más específico.
El sacerdote suspiró.
—Cerré la puerta de la sacristía con llave antes de la ceremonia. Luego la abrí después de la muerte, cuando intentamos decidir si trasladábamos allí el cuerpo, pero usted lo impidió.
—¿Entró alguien?
—No que yo viera.
—Entonces iremos a verla.
Mathilde se enderezó.
—Ahora mismo.
—Sí.
Adrien soltó una risa breve.
—Por supuesto. Nada reconforta tanto después de una boda fallida como una excursión familiar a la sacristía.
Delacroix lo miró.
—Usted vendrá también.
—Qué alegría.
—No prometa emociones que no podrá sostener.
Caminaron hacia la capilla.
La abadía parecía más silenciosa desde el accidente de Margot. Los invitados habían sido distribuidos en salones y habitaciones bajo vigilancia de criados. Nadie sabía exactamente qué estaba ocurriendo, lo cual no les impedía contarlo en voz baja con convicción creciente.
Al llegar a la capilla, Delacroix se detuvo.
Las flores seguían allí.
El altar seguía allí.
El cojín blanco, ya retirado de la piedra, descansaba sobre una mesa lateral. La escena conservaba la belleza insoportable de las cosas interrumpidas. A falta del cuerpo de Henri, el lugar de su caída parecía más visible.
Claire no entró de inmediato.
Se quedó en la puerta, mirando el altar.
Delacroix notó que Élise se detenía a su lado, no para consolarla, sino para no dejarla completamente sola frente a aquella imagen.
A veces, la compasión tenía muy poco que ver con el afecto.
El padre Laurent abrió la sacristía.
La habitación era pequeña, de madera oscura y olor a cera fría. Había armarios con vestiduras, una mesa estrecha, cajones, un crucifijo antiguo y varios objetos litúrgicos cubiertos con paños. El armario bajo estaba junto a la pared del fondo.
—Aquí —dijo el sacerdote.
Sacó un manojo de llaves. Sus dedos tardaron demasiado en encontrar la correcta.
Delacroix observó a Mathilde.
Ella no miraba el armario.
Miraba a Adrien.
Interesante.
El cajón se abrió.
Dentro había telas dobladas, un pequeño libro de oraciones, dos cintas blancas, una cajita clara y una caja oscura.
El padre Laurent las sacó.
La cajita clara de Claire era la misma. Marfil, limpia, nueva.
La oscura, en cambio, parecía adecuada.
Demasiado adecuada.
Terciopelo viejo, bordes gastados, cierre metálico, aspecto familiar. Una caja antigua, sí. Pero al acercarla a la luz, Delacroix no vio ninguna hebra roja en la esquina.
Tomó el fragmento recogido de la mano de Margot y lo comparó sin tocar la caja.
No encajaba.
No del todo.
El color era parecido, pero la textura no.
—Esta no es la misma —dijo Claire.
Mathilde giró hacia ella.
—¿Cómo puedes saberlo?
Claire avanzó un paso.
—Porque anoche, cuando madame Vasseur movió el cojín y la caja clara cayó, miré las dos cajas. Esta era más lisa en la tapa.
—Estabas nerviosa.
—No. Estaba molesta por los lirios. Es distinto.
Adrien murmuró:
—Una defensa preciosa.
Delacroix levantó la caja oscura con un pañuelo.
—¿Padre?
El sacerdote estaba pálido.
—Yo… no lo sé. Las cajas antiguas se parecen.
—Una frase que muchos asesinos agradecerían.
Mathilde se acercó.
—Déjeme verla.
—No.
—Es de mi familia.
—Ya hemos tenido bastante familia sobre los objetos.
Ella retiró la mano.
Delacroix examinó el cierre.
Funcionaba perfectamente.
Sin esfuerzo.
Clic.
Un sonido limpio, pequeño, casi elegante.
Margot había dicho que la caja de la mañana sonó distinto.
—El cierre está demasiado bien ajustado —dijo.
Mathilde frunció el ceño.
—Renoux lo reparó.
—Según el recibo, sí. Pero anoche, cuando la caja giró sobre la mesa, madame Vasseur vio una hebra roja. Esta no la tiene. Y el fragmento que ella conservó no parece venir de aquí.
Adrien se movió.
Apenas.
Delacroix lo miró.
—Monsieur Beaumont.
—¿Sí?
—¿Dónde está la otra caja?
—No tengo idea.
—Eso sería más convincente si no hubiera empezado a prepararlo antes de que terminara la pregunta.
Adrien soltó aire.
—No sé dónde está.
—Pero sabe que existe.
—Todas las familias tienen cajas repetidas.
—No todas tienen muertos recientes encima.
Mathilde se volvió hacia Adrien.
—Si sabes algo, dilo.
Él la miró con una mezcla de resentimiento y cansancio.
—Qué maravilla. Ahora sí valoras la sinceridad familiar.
—Adrien.
—No sé dónde está la caja.
Delacroix ladeó la cabeza.
—Pero tocó la original.
El silencio duró un segundo.
Dos.
Adrien cerró los ojos.
—Sí.
Mathilde pareció contener una blasfemia por pura educación.
—¿Cuándo? —preguntó Delacroix.
—Cuando recogí el anillo de Renoux.
—Eso ya lo sabíamos.
—No. La abrí allí, en el taller. La caja tenía una hebra roja en la esquina. La recuerdo porque pensé que hasta las reliquias de esta familia se estaban deshilachando.
—¿La caja que entregó después a Mathilde era esa?
Adrien se quedó callado.
Ahí estaba.
No culpa completa.
Pero sí puerta.
—Adrien —dijo Mathilde.
Él se volvió hacia ella.
—La perdí.
La palabra cayó con menos dramatismo del esperado.
Quizá porque Adrien la soltó como quien deja caer una copa antes de que alguien se la arrebate.
—¿Perdió la caja del anillo? —preguntó Claire.
—No el anillo. La caja.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Explique.
Adrien se apoyó contra la mesa de la sacristía.
De pronto parecía más joven. No inocente. Más joven. Como si su encanto hubiera sido una chaqueta y se la hubieran quitado delante de todos.
—Recogí el anillo de Renoux. Lo abrí. Lo miré. Lo guardé. Fui a la posada. Bebí una copa. Luego otra. Dejé la caja sobre la mesa mientras hablaba con un hombre al que debía dinero.
Mathilde palideció.
—¿En la posada?
—Sí.
—Con el anillo dentro.
—Sí.
Delacroix no interrumpió.
Adrien continuó:
—El hombre se llamaba Vallon. No es exactamente amigo de la familia. Me recordó una deuda. Yo le recordé que estaba en la víspera de una boda familiar y que tal vez podría pagarle pronto. Él se rio. Poco. Luego se fue.
—¿Y la caja?