Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 17 — Un segundo accidente #2
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Capítulo 17 — Un segundo accidente #2

Margot tenía los ojos cerrados, pero respiraba. Un hilo de sangre bajaba desde la sien hasta la mejilla. No era abundante. Sí alarmante. Roussel se arrodilló junto a ella y empezó a examinarla.

—Está viva.

Mathilde cerró los ojos un instante.

—Gracias a Dios.

Delacroix miró alrededor.

El suelo estaba húmedo. Había hojas rotas, tierra y fragmentos de un tiesto. Junto a la mesa, una escalera baja de madera estaba caída. Podía haber sido un accidente. Margot se subía para alcanzar algo, resbalaba, golpeaba la cabeza contra el borde de una mesa.

Podía.

Las coartadas de la realidad siempre empiezan así.

Podía.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Mathilde.

—Si la respuesta estuviera en el aire, mademoiselle, la respiraría con entusiasmo.

Roussel levantó la cabeza.

—Ha recibido un golpe en la sien. Puede haber caído.

—¿Puede?

—Sí.

—¿Y puede haber sido empujada?

El médico volvió a mirar la herida.

—También.

Mathilde se tensó.

—Margot no tenía enemigos.

Delacroix la miró.

—Las personas que ven algo se vuelven enemigas sin proponérselo.

Roussel tomó un pañuelo limpio.

—Necesito llevarla a una habitación.

—Primero vea si puede hablar.

—Está aturdida.

—Entonces quizá aún no ha recordado que debe callar.

El médico dudó, pero acercó una pequeña ampolla de sales a la nariz de Margot. La mujer se movió apenas. Gimió.

—Madame Vasseur —dijo Delacroix—. Margot.

Ella abrió los ojos a medias.

La mirada no enfocó de inmediato. Vagó por el techo de cristal, por la lámpara, por el rostro del médico. Luego encontró a Delacroix y se llenó de miedo.

No confusión.

Miedo.

—No… —susurró.

—Está viva. Eso ya la coloca en ventaja sobre monsieur Beaumont.

Roussel le lanzó una mirada furiosa.

—No la agite.

—La agitación llegó antes que yo.

Delacroix se inclinó un poco más, sin invadirla.

—Iba usted a hablar conmigo.

Margot cerró los ojos.

—No vi nada.

—Esa frase suele indicar lo contrario.

—No vi nada.

—¿Quién la empujó?

—Me caí.

—No le he preguntado si se cayó. Le he preguntado quién la empujó.

La mujer empezó a respirar más deprisa.

Roussel le tomó la muñeca.

—Basta.

Delacroix no apartó los ojos de ella.

—Margot, si alguien ha intentado matarla, puede volver a intentarlo con más calma.

La florista abrió los ojos.

Una lágrima, mezclada con sangre, le resbaló hacia la oreja.

—No era… —murmuró.

Delacroix acercó apenas el oído.

—¿Qué?

—La caja.

Mathilde dio un paso.

—¿Qué caja?

Margot intentó girar la cabeza, pero el dolor la detuvo.

—No era la misma.

Delacroix se quedó inmóvil.

—¿La caja de los anillos?

Margot no respondió de inmediato.

La respiración se le volvió irregular.

—Anoche… la mesa… yo moví el cojín… la caja clara cayó…

—Lo recuerdo.

—La oscura… la caja oscura…

—¿Qué pasó con la caja oscura?

Margot tragó saliva.

—Tenía… tenía el cierre roto.

Mathilde frunció el ceño.

—Eso ya lo sabíamos. Renoux lo arregló.

Margot negó apenas con la cabeza.

—No. Anoche… no hacía ese sonido.

—¿Qué sonido? —preguntó Delacroix.

—Al cerrar.

La mujer cerró los ojos, agotada.

—La de la sacristía… esta mañana… sonó distinto.

Delacroix miró a Mathilde.

La hermana de Henri estaba muy quieta.

Demasiado.

—¿Está diciendo que la caja del anillo familiar no era la misma caja? —preguntó él.

Margot movió los labios.

—No sé.

—Margot.

—No sé. Pero… la cinta.

—¿Qué cinta?

—La caja oscura tenía… tenía una hebra roja en la esquina. De terciopelo. Yo la vi anoche cuando se movió en la mesa.

Delacroix recordó la escena: la caja clara cayendo, la oscura girando, Mathilde apoyando la mano sobre la mesa, Adrien mirando.

—¿Y esta mañana?

—No estaba.

Mathilde habló con voz seca.

—Una hebra de terciopelo puede desprenderse.

Margot abrió los ojos con un terror casi infantil.

—Yo no quería decir nada.

—¿A quién se lo dijo? —preguntó Delacroix.

—A nadie.

—No mienta ahora. Es un momento incómodo para adquirir el hábito.

La mujer cerró los labios.

Delacroix esperó.

Roussel apretó los dientes, pero no interrumpió.

—A monsieur Adrien —susurró Margot.

Mathilde se volvió hacia Delacroix.

—¿Adrien?

—¿Cuándo? —preguntó él.

—Después… después de la ceremonia. Cuando todos… cuando todos gritaban. Le dije que la caja… que me parecía rara. Él dijo que no dijera tonterías. Que me iba a meter en un lío.

—¿Amenazó?

—No. No. Solo… solo dijo que en esta casa las cosas pequeñas se vuelven grandes si una las mira demasiado.

Delacroix guardó la frase.

Sonaba a Adrien.

Eso no significaba que fuera inocente.

—¿Y después? —preguntó.

—Madame Vasseur —dijo Roussel—, no hable más.

—Un poco más —dijo Delacroix.

Margot lo miró.

—Vi a alguien en la sacristía anoche.

Mathilde se tensó.

—¿A quién?

Margot abrió la boca.

No salió ningún nombre.

Su mirada se desplazó hacia Mathilde.

Luego hacia Delacroix.

Luego hacia la entrada del invernadero.

—No llevaba guantes —susurró.

—¿Quién?

La mujer intentó responder.

Pero entonces se desvaneció.

Roussel maldijo por lo bajo.

—Ahora sí, basta.

Delacroix se incorporó.

—Llévela a una habitación interior. Con vigilancia.

—Necesitaré luz, agua limpia y silencio.

—Le concedo dos de tres. El silencio ha demostrado ser poco fiable en esta casa.

Mathilde parecía clavada al suelo.

—No llevaba guantes —repitió.

—Eso dijo.

—Muchas personas no llevaban guantes.

—Sí. Pero pocas estaban en la sacristía de noche.

Ella lo miró.

—No estará insinuando…

—Hoy, mademoiselle Beaumont, insinúo menos de lo que todos merecen.

Dos criados llegaron con una camilla improvisada. Roussel dirigió el traslado de Margot con cuidado. La mujer gimió apenas cuando la levantaron. En su mano derecha, Delacroix notó algo que hasta entonces había quedado oculto bajo los dedos cerrados.

Un trocito de terciopelo oscuro.

Muy pequeño.

Mathilde también lo vio.

Delacroix se adelantó antes de que nadie pudiera tocarlo. Con un pañuelo, abrió suavemente los dedos de Margot y recogió el fragmento.

Era una hebra de tela.

Oscura.

Con un borde rojizo.

La guardó en papel.

—Eso puede ser de cualquier caja vieja —dijo Mathilde.

—Ciertamente.

—O de cualquier cinta.

—Desde luego.

—No prueba nada.

Delacroix la miró.

—Mademoiselle Beaumont, si una prueba pequeña no probara nada, su hermano seguiría vivo.

Ella no respondió.

Llevaron a Margot hacia el interior de la casa.

Delacroix permaneció en el invernadero.

Observó la escalera caída. La mesa. Los cristales. Las macetas rotas. El cubo volcado. Luego se acercó al lugar donde la mujer había caído.

En el suelo húmedo, junto a las huellas confusas, había otra marca.

Un tacón.

No de bota de criado.

No de zapato masculino.

Más estrecho.

Más profundo en la tierra mojada.

Mathilde siguió su mirada.

—Las mujeres entran aquí todo el tiempo.

—Sí.

—Madame Vasseur misma.

—Su zapato es más ancho. Lo vi cuando se arrodilló en la capilla.

Mathilde no dijo nada.

Delacroix avanzó hacia la salida opuesta del invernadero. Había una segunda puerta, pequeña, que daba al jardín lateral. Estaba cerrada, pero no con llave. Al empujarla, cedió apenas.

El aire frío entró de inmediato.

—¿Esta puerta se usa? —preguntó.

—Para los jardineros, en verano.

—Estamos lejos del verano.

—Evidentemente.

Delacroix miró el exterior.

La niebla cubría el jardín. En la tierra húmeda, bajo el marco de la puerta, había marcas recientes. Alguien había salido o entrado por allí.

—El accidente empieza a tener muy buenos modales —dijo.

Mathilde cruzó los brazos.

—¿Qué significa eso?

—Que ha sido preparado para parecerlo sin insistir demasiado.

—¿Cree que alguien la atacó para impedir que hablara de una caja?

—Creo que Margot Vasseur recordó algo que alguien prefirió conservar pequeño.

—¿Y Adrien?

—Adrien sabía que ella había notado la diferencia.

—Eso no lo convierte en agresor.

—No. Solo en alguien que omitió otro detalle útil.

Mathilde cerró los ojos un instante.

—Ese muchacho estúpido.

—La estupidez, en un asesinato, suele ser menos peligrosa que la inteligencia. Pero más ruidosa.

—Adrien no habría intentado matar a Margot.

—No con elegancia, quizá.

Ella lo miró con una rabia repentina.

—¿Le divierte?

Delacroix tardó un segundo en responder.

Cuando lo hizo, la voz fue más baja.

—No.

Mathilde pareció sorprendida.

—Entonces deje de hablar como si todo esto fuera un salón.

—Hablo así porque, si hablara como me gustaría, nadie en esta casa conservaría la compostura suficiente para ser útil.

La frase quedó entre ellos.

Por primera vez, Mathilde no respondió.

Delacroix volvió a mirar la puerta del jardín.

—Necesito que nadie se acerque al invernadero.

—Lo ordenaré.

—Y necesito los zapatos de todas las mujeres que hayan entrado aquí hoy.

Mathilde alzó una ceja.

—¿Los zapatos?

—Sí.

—Señoras de sociedad entregando sus zapatos al detective. Henri habría disfrutado esto.

—Henri eligió una forma muy poco práctica de divertirse.

Mathilde apartó la mirada.

El nombre de su hermano, en aquel invernadero lleno de tierra, vidrio y flores rotas, volvió a pesar.

Regresaron hacia el corredor.

En la sala de flores, Delacroix se detuvo ante el cuaderno de Margot. Lo abrió con cuidado.

Había listas de flores, cantidades, cambios pedidos por Claire, anotaciones sobre cintas, posiciones de jarrones y horarios de preparación. Una caligrafía apretada, nerviosa, pero legible.

En la última página, escrita con lápiz y casi escondida entre cuentas de lirios, había una frase breve:

Caja oscura distinta. Preguntar si me equivoco.

Debajo, otra línea, añadida quizá más tarde:

No decir delante de M.B.

Delacroix miró a Mathilde.

Ella había leído desde su lado.

No dijo nada.

No hacía falta.

M.B.

Mathilde Beaumont.

O, si uno era generoso con la incertidumbre, cualquier persona conveniente con esas iniciales.

Delacroix cerró el cuaderno.

—Parece que Margot no se equivocaba al tener miedo.

Mathilde mantuvo la mirada en la cubierta del cuaderno.

—Eso no demuestra que me temiera a mí.

—No. Demuestra que temía decir algo delante de usted. La diferencia es pequeña, pero no invisible.

Desde el corredor llegó la voz de Claire.

—¿Está viva?

Delacroix se volvió.

Claire estaba en la entrada, seguida por Élise. Ambas parecían haber llegado juntas sin haber decidido aún qué significaba eso.

—Sí —respondió él—. Por ahora.

Claire cerró los ojos con alivio.

Élise miró el invernadero.

—No fue un accidente.

—No parece uno muy convencido de sí mismo.

Claire vio el cuaderno en manos de Delacroix.

—¿Qué sabía?

Delacroix dudó un instante.

Luego respondió.

—Que la caja del anillo pudo haber sido cambiada.

Claire palideció.

—¿La caja?

—Y que esta mañana no era exactamente la de anoche.

Élise miró a Mathilde.

Mathilde sostuvo la mirada sin moverse.

Claire, en cambio, comprendió antes la consecuencia.

—Entonces alguien pudo cambiar el anillo.

—O la caja con el anillo dentro —dijo Delacroix—. O preparar una sustitución para que todos creyéramos que el objeto había estado custodiado cuando quizá solo estuvo custodiada una apariencia.

La frase cayó sobre la sala de flores.

Entre cintas, lirios cortados y pétalos pisados, la boda revelaba una nueva forma de mentira.

No solo habían manipulado el anillo.

Tal vez habían manipulado su historia.

Delacroix guardó el cuaderno de Margot junto al fragmento de terciopelo.

—Buscaremos la caja original —dijo.

Mathilde levantó la cabeza.

—Si existe.

—Oh, existe. Las cosas comprometedoras casi siempre existen durante más tiempo del que conviene a quien las esconde.

Adrien apareció entonces al fondo del corredor, atraído por el movimiento o por su incapacidad natural para quedarse quieto.

—¿Qué ha pasado?

Delacroix lo miró.

—Madame Vasseur ha sufrido un accidente.

Adrien perdió la sonrisa.

—¿Está muerta?

—No.

—Gracias a Dios.

—Se está llevando usted muy bien con Él hoy. Quizá debería preocuparse.

Adrien miró hacia el invernadero.

—¿Qué hacía aquí?

—Intentaba recordar algo que usted le aconsejó no mirar demasiado.

El rostro de Adrien cambió.

Apenas.

Pero cambió.

—No sé de qué habla.

Delacroix sacó el fragmento de terciopelo envuelto en papel.

—Entonces empezaremos por la caja.

Adrien miró a Mathilde.

Mathilde lo miró a él.

Entre ambos pasó una corriente breve, vieja y familiar.

No fue complicidad.

No exactamente.

Fue otra cosa: el reflejo de dos personas acostumbradas a saber que la casa siempre encontraba la forma de cobrar sus secretos.

Delacroix los observó.

La muerte de Henri había abierto la primera puerta.

La caída de Margot Vasseur acababa de abrir la segunda.

Y detrás, por fin, no había una ceremonia.

Había una sustitución.

Una caja oscura.

Una hebra roja.

Una mujer sin guantes.

Y alguien dispuesto a matar de nuevo por impedir que un detalle pequeño dejara de serlo.