Capítulo 17 — Un segundo accidente
La noticia de la desaparición de Gaspard Renoux no produjo pánico.
Eso habría sido demasiado sencillo.
Produjo algo peor: una reorganización inmediata de las miradas.
Hasta entonces, el joyero había sido una posibilidad cómoda.
Un hombre del pueblo, hábil con las manos, ausente en el momento oportuno, lo bastante cercano a los Beaumont para tocar el anillo y lo bastante ajeno para cargar con la culpa sin ensuciar demasiado el apellido.
La clase de culpable que una familia antigua podía aceptar con una mezcla de indignación y alivio.
Pero una bolsa de herramientas abandonada junto al camino viejo cambiaba la forma del asunto.
Un culpable que huye conserva cierta lógica.
Un restaurador que desaparece dejando atrás sus herramientas empieza a parecer otra cosa.
Una pieza suelta.
O una pieza retirada.
Delacroix dobló el mensaje y lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Necesito saber quién ha estado fuera de la vista durante la última media hora —dijo.
Mathilde Beaumont, que ya había recuperado la postura de mando, se volvió hacia Baptiste.
—Reúne a todos los criados.
—Sí, mademoiselle.
—Y que nadie salga al exterior.
—Sí, mademoiselle.
Adrien Beaumont se dejó caer en una silla con un gesto de cansancio elegante.
—Extraordinario. Hemos pasado de boda a encierro, de encierro a investigación y de investigación a secuestro doméstico. Saint-Aubin vuelve a estar socialmente activo.
—Si desea contribuir —dijo Delacroix—, puede empezar por recordar dónde estuvo cuando llegó el mensaje.
—Aquí. Siendo acusado de manera decorativa.
—Eso no es una ubicación. Es una vocación.
Claire Duvall permanecía junto a la ventana.
Había escuchado la noticia de Renoux sin apenas moverse, pero sus dedos se habían cerrado sobre el borde de la cortina.
Desde que el guante manchado había aparecido sobre la mesa, algo en ella parecía haberse retirado hacia un lugar más seco, menos vulnerable.
Élise Moreau, en cambio, miraba hacia la puerta como si la desaparición del joyero hubiera abierto una salida invisible. No para ella. Para Camille, quizá. Para la verdad que Camille representaba y que, de pronto, parecía costar más de un cadáver.
—Renoux podía decir quién le pidió qué —dijo Élise.
Delacroix la miró.
—Sí.
—Y por eso desaparece.
—O por eso alguien desea que pensemos que desaparece.
—Usted siempre deja una puerta abierta.
—Las cerradas son especialidad de los asesinos y de las familias. Yo intento compensar.
Lucien Dargent estaba pálido. No de miedo evidente, sino de ese malestar que produce ver cómo los papeles dejan de alcanzar la realidad. Tenía los documentos de Henri recogidos en la carpeta, pero los sostenía ahora como si fuesen inútiles.
—Si Renoux está muerto… —empezó.
—No sabemos que lo esté —dijo Delacroix.
—Pero si lo está…
—Entonces alguien ha cometido el error de creer que un segundo silencio corrige el primero.
Mathilde se volvió hacia él.
—¿Cree que fue asesinado?
—Creo que su ausencia llega demasiado bien vestida para ser casual.
—¿Y qué propone?
—Primero, confirmar que nadie en la casa ha decidido salir a pasear por la niebla con una coartada poética. Después, hablar con madame Vasseur.
La florista, que seguía cerca de la puerta con un ramo marchito en las manos, levantó la cabeza como si la hubieran llamado desde muy lejos.
—¿Conmigo, monsieur?
—Sí.
—Yo no sé nada del joyero.
—No he dicho que lo sepa.
—Entonces…
—Usted estuvo en la capilla anoche. Estuvo esta mañana. Movió el cojín. Tocó la mesa de los anillos. Intentó retirar flores cuando no debía. Y cada vez que se menciona la sacristía, parece usted recordar algo que le gustaría olvidar por educación.
Madame Vasseur palideció hasta un tono preocupante para una mujer tan acostumbrada al color de las flores.
—Yo solo hago arreglos, monsieur.
—Todos hacemos arreglos, madame. Algunos con lirios, otros con cadáveres.
—Monsieur Delacroix —dijo Mathilde—, la mujer está asustada.
—Lo sé. Por eso quizá diga la verdad antes de ordenar su miedo.
Madame Vasseur apretó el ramo contra el pecho. Algunas flores se quebraron bajo sus dedos.
—No delante de todos —susurró.
Delacroix la observó.
—Muy bien. En la biblioteca.
La florista miró a Mathilde.
Ese gesto fue pequeño.
Pero suficiente.
—Madame Vasseur —dijo Delacroix—, si necesita permiso para decir la verdad, ya hemos perdido más de lo que imaginaba.
Mathilde se acercó un paso.
—Margot, nadie va a hacerte daño.
La frase habría sido más tranquilizadora si no hubiera sonado como una orden.
Madame Vasseur, Margot, bajó los ojos.
—Necesito recoger mi chal —dijo—. Está en la sala de flores. Hace frío en la biblioteca.
—Un criado irá por él.
—No, por favor. Es… es mío. Tengo unas notas allí. Sobre los arreglos.
—Las notas pueden esperar.
—No tardaré.
Delacroix no respondió enseguida.
Observó sus manos. Temblaban, sí. Pero no solo por miedo. Había en ellas una urgencia extraña, una necesidad de llegar a algún sitio antes de hablar.
—La acompaño —dijo.
Margot Vasseur levantó la cabeza demasiado deprisa.
—No hace falta.
—Eso rara vez me detiene.
—Monsieur Delacroix —intervino Mathilde—, si va a convertir cada recado doméstico en una escolta…
—Eso haré.
Adrien se inclinó hacia Claire y murmuró, lo bastante alto para ser oído:
—Por fin una boda con entretenimiento para todos los gustos.
Claire no sonrió.
Delacroix tomó el bastón.
—Vamos, madame.
Margot Vasseur dio un paso.
Luego se detuvo.
—Quizá… quizá puedo hablar después.
—No.
La respuesta fue suave.
Y definitiva.
La florista abrió la boca, pero en ese instante Baptiste regresó al refectorio con dos criados más. La entrada produjo un pequeño movimiento general. Algunas sillas se desplazaron. Mathilde giró hacia el mayordomo. Lucien recogió los papeles de la mesa. Adrien aprovechó para ponerse de pie.
Un segundo.
Tal vez dos.
Cuando Delacroix volvió la mirada hacia la puerta, Margot Vasseur ya no estaba.
No había corrido.
Eso habría llamado la atención.
Simplemente había desaparecido con la habilidad de las personas acostumbradas a moverse por una casa sin ser vistas.
—Naturalmente —dijo Delacroix.
Mathilde se volvió.
—¿Qué ocurre?
—Madame Vasseur ha decidido que el chal le interesa más que su seguridad.
Claire se separó de la ventana.
—¿Dónde está la sala de flores?
—Junto al invernadero —respondió Mathilde—. Al final del corredor del ala este.
Delacroix ya caminaba hacia la puerta.
—Baptiste, nadie sale del refectorio. Doctor Roussel, venga conmigo. Mademoiselle Beaumont, también.
Adrien levantó una mano.
—¿Yo puedo practicar la inmovilidad en otro sitio?
—No.
—Empiezo a odiar esa palabra.
Delacroix salió al corredor.
La abadía había caído en una quietud falsa.
El tipo de quietud que no indica ausencia de movimiento, sino movimientos hechos con cuidado.
Las lámparas estaban encendidas, pero la niebla del exterior parecía haber entrado en la casa de algún modo, suavizando las esquinas, apagando el brillo de la piedra.
Mathilde caminaba a su lado.
—Margot es nerviosa —dijo—. Eso es todo.
—Las personas nerviosas no siempre huyen hacia donde está su miedo.
—No sabe que haya huido.
—Entonces llamémoslo retirada floral.
El doctor Roussel venía detrás, respirando con dificultad por el paso rápido.
—¿Cree que está en peligro?
—Creo que estaba a punto de hablar.
—Eso no responde.
—En una casa así, doctor, responde demasiado.
Atravesaron la galería del claustro y tomaron un corredor lateral que Delacroix no había visto aún. Era más estrecho, menos restaurado, con paredes húmedas y un olor vegetal que anunciaba el invernadero antes de llegar a él.
Al fondo había una puerta acristalada.
Estaba abierta.
Mathilde se detuvo.
—Debería estar cerrada.
—Saint-Aubin sigue teniendo una relación flexible con las puertas.
Entraron en la sala de flores.
Era una habitación larga, llena de mesas de trabajo, jarrones vacíos, cubos con agua turbia, ramas cortadas, rollos de cinta, tijeras, alambre floral y cajas.
Allí se habían preparado los arreglos de la boda.
El suelo estaba salpicado de pétalos, hojas y pequeñas gotas de agua. El aire olía a tallos rotos.
No había nadie.
—Margot —llamó Mathilde.
Silencio.
Delacroix miró las mesas.
Sobre una de ellas había un chal oscuro, doblado junto a un cuaderno de tapas blandas. Al lado, una caja de cintas blancas estaba abierta. Varias habían caído al suelo.
El chal.
Las notas.
La excusa.
—No ha venido por esto —dijo.
Roussel se acercó al cuaderno.
—¿Puedo?
—No toque nada.
El médico retiró la mano con un gesto ofendido.
Delacroix observó el suelo.
Había huellas húmedas entre pétalos pisados. Unas iban hacia la puerta del invernadero. Otras volvían. No podía distinguir demasiado sin luz mejor, pero una de las marcas parecía más profunda, como si alguien hubiera resbalado o apoyado el pie con brusquedad.
Desde el otro lado de la puerta acristalada llegó un sonido.
Muy leve.
Un golpe contra vidrio.
Los tres se quedaron quietos.
Luego otro.
Roussel palideció.
Delacroix abrió la puerta.
El invernadero era una estructura antigua de hierro y cristal, adosada al ala este.
De día debía de ser hermoso, quizá incluso agradable.
De noche, con la niebla pegada a los cristales y la humedad acumulada en las hojas, parecía una habitación construida para plantas que habían aprendido a respirar secretos.
Una lámpara colgaba cerca de la entrada.
Balanceándose.
Al fondo, junto a una mesa de macetas rotas, yacía Margot Vasseur.
Estaba de lado, con una mano extendida hacia el pasillo central y la otra apretada contra el pecho. A su alrededor había tierra derramada, cristales pequeños, un cubo volcado y varias flores blancas aplastadas bajo el cuerpo.
Roussel se adelantó.
—Dios santo.
—Otra vez abusando de Él —murmuró Delacroix, pero esta vez la frase salió más baja.
Se acercaron con cuidado.