Capítulo 15 — El testamento nuevo #2
—Saint-Aubin, como propiedad principal, tiene restricciones familiares.
No podía entregarla libremente a Claire ni a Camille sin procedimientos largos y probablemente impugnables.
Pero podía modificar usufructos, rentas, derechos sobre tierras anexas y designar administraciones futuras.
Mathilde habría perdido el control efectivo de varias decisiones patrimoniales.
Adrien habría perdido expectativas económicas.
Claire habría recibido seguridad, pero no el dominio de la abadía.
Camille habría recibido reconocimiento, renta y apellido.
—¿Y Élise? —preguntó Delacroix.
—Nada directo.
—Pero su apellido quedaba unido a la verdad.
—Sí.
Élise miró a Lucien.
—¿Henri pensaba decirlo durante el banquete?
—Sí.
Claire alzó la cabeza.
—¿Delante de todos?
—No todos. Quería hablar primero con Delacroix. Después con Mathilde, contigo, Élise y conmigo. El anuncio público quizá habría esperado.
—Quizá —repitió Delacroix.
Lucien aceptó el golpe.
—Henri cambiaba de idea cuando llegaba el momento difícil.
—Una costumbre que ha hecho carrera en esta casa.
Mathilde apoyó las manos sobre la mesa.
—Henri no tenía derecho a deshacer años de trabajo por un arrebato de culpa.
—Tenía derecho a reconocer a su hija —dijo Élise.
—No era su hija ante la ley.
—Porque tú te encargaste de que no lo fuera.
La frase partió el aire.
Mathilde no se movió, pero algo en su rostro se cerró.
—Cuidado.
Élise dio otro paso.
—No. Cuidado tuviste tú. Cuidado para apartarla. Cuidado para mandar dinero sin nombre. Cuidado para que Marianne desapareciera de las conversaciones. Cuidado para que Henri pudiera seguir siendo encantador y tú seguir siendo necesaria.
Mathilde la miró con una frialdad feroz.
—¿Crees que disfruté?
—Creo que obedeciste a la casa con más amor del que nunca le diste a una persona.
Adrien murmuró:
—Eso ha dolido incluso a los muebles.
—Cállate —dijo Mathilde.
Él obedeció, quizá porque la frase no iba vestida de tía sino de amenaza.
Delacroix dejó que el silencio se asentara.
Luego miró a Lucien.
—¿Quién conocía todos estos cambios?
—Henri y yo.
—No basta.
Lucien bajó la vista.
—Mathilde sabía parte.
—¿Qué parte?
—Lo relativo a la venta de tierras y a la reducción de su control administrativo.
Mathilde habló:
—Henri me lo dijo. No Lucien.
—¿Cuándo?
—Hace tres días.
—¿Discutieron?
—Sí.
—¿Fuerte?
—Las discusiones importantes rara vez susurran.
Delacroix aceptó la respuesta.
—¿Adrien?
Lucien dudó.
Adrien levantó una ceja.
—Ah, llegamos a mi ruina oficial.
—Henri habló con él de manera imprecisa —dijo Lucien—. Le dijo que debía prepararse para depender menos de Saint-Aubin.
Adrien soltó una carcajada.
No alegre.
—Qué delicadeza. «Depender menos de Saint-Aubin». Lo que dijo fue: «Adrien, no puedo seguir pagando tus deudas con dinero que ya no es mío». Una frase preciosa viniendo de un hombre que acababa de repartir propiedades para lavar su alma.
Claire lo miró.
—Henri no era perfecto.
—Qué novedad.
—Pero intentó ayudarte muchas veces.
—Sí. Y eso le permitía sentirse bueno mientras yo seguía siendo el ejemplo familiar de todo lo que no debía hacerse.
Mathilde habló con dureza.
—Tú te encargaste de eso solo.
Adrien se volvió hacia ella.
—Naturalmente. Todos somos responsables de nuestras miserias, salvo cuando la familia decide que una casa de piedra es más importante que un niño, una criada embarazada o un hermano que no sabe cómo volver.
La frase dejó al descubierto algo más que resentimiento económico.
Delacroix lo notó.
Adrien no era solo un vividor endeudado. También era alguien que había crecido dentro de un sistema donde cada error se conservaba fresco para justificar quién mandaba.
Eso no lo volvía inocente.
Solo más humano.
Y Delacroix desconfiaba mucho de los humanos.
—¿Claire sabía todo? —preguntó él.
Lucien negó.
—Henri le había contado parte. No los detalles legales.
—¿Y Élise?
—Sabía la intención. No los documentos exactos.
Élise habló sin apartar los ojos de Mathilde.
—Sabía que Henri prometía. Nada más. Las promesas de Henri siempre venían sin garantía.
Claire cerró los ojos al oír aquello.
No defendió al muerto.
Quizá porque empezaba a entenderlo demasiado bien.
Delacroix tomó uno de los documentos firmados y lo leyó con atención. No todo. Lo suficiente. La letra de Henri aparecía al final, inclinada, elegante, algo precipitada. Había una pequeña mancha de tinta cerca del margen.
—El guante manchado —dijo.
Lucien asintió.
—La pluma goteó.
—Después de firmar esto.
—Sí.
—¿La disposición de Claire?
—Sí.
—¿Y después debía firmar la de Camille?
—Sí.
—Pero no lo hizo.
—No.
—Porque fue a prepararse.
Lucien se frotó el puente de la nariz.
—Porque dijo que necesitaba respirar antes de terminar.
—La respiración suele ser enemiga de la valentía en los momentos importantes.
Mathilde miró los papeles.
—Henri no estaba bien.
—¿En qué sentido? —preguntó Delacroix.
—Emocionalmente. Estaba… excitado, culpable, nervioso. Hablaba de reparar, de empezar, de terminar con los aplazamientos. No parecía él.
—Quizá parecía demasiado él.
Ella lo miró.
Delacroix continuó:
—El hombre encantador suele ser el que más se sorprende cuando sus encantos dejan de absolverlo.
Lucien bajó la cabeza.
—Henri tenía miedo —dijo.
—¿De quién?
El abogado no respondió.
Delacroix esperó.
—De todos —dijo Lucien al fin—. De Mathilde. De Claire. De Élise. De Camille. De usted.
—¿De mí?
—Sí. Porque usted lo recordaba de joven. Y Henri sabía que no se puede mentir igual delante de alguien que conoció nuestras primeras cobardías.
Delacroix no contestó.
La frase llegó más hondo de lo que convenía mostrar.
Claire lo miró un instante.
Él evitó su compasión con la disciplina de quien evita una copa sospechosa.
—¿Qué habría ocurrido si Henri moría después de firmar todo? —preguntó Delacroix.
Lucien se recompuso.
—Legalmente, los documentos habrían podido sostenerse. Habría impugnaciones, por supuesto. Pero existirían.
—¿Y si moría antes?
—Como ocurrió, parte queda incompleta. Claire conserva lo firmado. Camille, no. El reconocimiento no existe. La modificación definitiva tampoco. Mathilde conserva más control sobre Saint-Aubin. Adrien evita algunas pérdidas futuras. Élise pierde la posibilidad de una verdad legal inmediata.
—Y Claire queda bajo sospecha —añadió Delacroix.
Lucien asintió.
—Sí.
Claire habló con voz baja.
—Y si yo quedo bajo sospecha, mi protección puede ser discutida.
Lucien no respondió.
—¿Puede? —insistió ella.
—Sí —dijo él—. Si se demostrara que tuviste responsabilidad en la muerte de Henri, perderías cualquier beneficio.
Adrien silbó por lo bajo.
—El crimen tiene mejor asesoramiento jurídico que yo.
Mathilde lo miró con furia.
—No bromees.
—No bromeo. Por primera vez en años.
Delacroix apoyó un dedo sobre el documento.
—Entonces el asesinato, tal como ocurrió, beneficia de forma más clara a quien quería tres cosas: impedir el reconocimiento de Camille, conservar control sobre Saint-Aubin y destruir o neutralizar a Claire como heredera parcial.
Todas las miradas fueron, sin querer, hacia Mathilde.
Ella no retrocedió.
—Dígalo —ordenó.
—No doy ese gusto tan pronto.
—No sea cobarde.
Delacroix sonrió apenas.
—Qué palabra tan curiosa en esta familia.
Mathilde se acercó a él.
—Si cree que maté a mi hermano para conservar una casa, acúseme.
—No.
—¿Por qué?
—Porque todavía falta algo.
—¿Qué?
—Una mente que no solo quisiera la muerte de Henri, sino la humillación exacta de Claire. Una persona que entendiera el valor teatral de usar sus manos. Una persona que no se conformara con evitar documentos, sino que quisiera fabricar una imagen imposible de borrar.
Claire respiró lentamente.
Élise miró hacia ella.
Por primera vez, entre las dos mujeres no hubo tensión. Hubo algo parecido a reconocimiento.
Mathilde habló:
—Usted cree que eso me señala.
—La señala. No la condena.
—Qué consuelo tan pobre.
—Los consuelos buenos rara vez son precisos.
Lucien empezó a recoger los papeles.
Delacroix lo detuvo.
—No. Déjelos.
—Son documentos privados.
—Henri perdió privacidad al caer muerto ante cuarenta personas.
—Deben guardarse.
—Se guardarán. Pero antes todos deben entender una cosa.
Delacroix levantó la hoja firmada por Henri.
La mancha de tinta en el margen parecía pequeña. Como la gota de sangre en el dedo. Como la espina del anillo. Como todos los detalles capaces de cambiar una historia cuando alguien les concede importancia.
—Henri firmó lo que protegía a Claire —dijo—. No firmó lo que reconocía a Camille. Murió en el intervalo exacto entre una reparación parcial y una reparación completa. Eso no es una coincidencia que me guste.
—Nada le gusta —murmuró Adrien.
—Error. Me gustan las coincidencias cuando son inocentes. Son muy raras y casi decorativas.
Delacroix dejó el papel sobre la mesa.
—La pregunta ya no es quién odiaba a Henri. En esta sala hay suficientes respuestas para escribir varios tomos menores. La pregunta es quién necesitaba que muriera justo después de decir «sí, acepto» y justo antes de terminar de reparar lo que había roto.
El silencio que siguió no fue de sorpresa.
Fue de cálculo.
Cada uno empezó a revisar en secreto su propia posición en la frase.
Mathilde permaneció de pie.
Claire se apoyó en la silla.
Élise cerró una mano sobre el bolso.
Adrien miró hacia la puerta.
Lucien bajó los ojos hacia la firma de Henri.
Delacroix los observó a todos.
El testamento nuevo, incompleto y manchado de tinta, había hecho lo que ningún sermón del padre Laurent habría logrado.
Había obligado a los vivos a mirar el precio exacto de la muerte.
Entonces la puerta del refectorio se abrió.
El doctor Roussel apareció en el umbral, con una palidez nueva.
—Monsieur Delacroix.
Delacroix se volvió.
—Doctor.
Roussel miró a los presentes. Dudó, pero no pidió hablar en privado. Tal vez comprendía que en Saint-Aubin lo privado ya no era una habitación segura.
—He examinado las copas —dijo.
Claire cerró los ojos.
—¿Y?
—La copa de monsieur Beaumont no muestra olor ni residuo extraño evidente. No puedo descartar nada sin análisis, pero…
—Pero —dijo Delacroix— Henri casi no bebió.
—Exacto.
Mathilde apretó la mandíbula.
Roussel continuó:
—En cambio, encontré algo en el guante de mademoiselle Duvall.
Claire abrió los ojos.
El salón entero pareció volverse hacia ella.
Delacroix se quedó inmóvil.
—¿Qué guante? —preguntó.
—El derecho. El que usó para colocar el anillo.
Claire bajó la mirada hacia su mano desnuda.
—¿Qué encontró?
Roussel tragó saliva.
—Una pequeña rasgadura en la yema del pulgar. Y restos oscuros en la tela, demasiado parecidos a los del interior del anillo.
El silencio fue inmediato.
Brutal.
Claire no habló.
Mathilde tampoco.
Adrien dejó de respirar durante un segundo.
Élise dio un paso hacia la novia, pero se detuvo.
Delacroix miró al doctor.
Luego a Claire.
Luego a todos los demás.
—Naturalmente —dijo al fin.
Roussel frunció el ceño.
—¿Naturalmente?
—Sí. El asesino no solo necesitaba matar a Henri. Necesitaba dejar una segunda firma en la mano de Claire.
Claire palideció.
—Pero yo…
—Usted empujó el anillo. La espina pudo rozar también el guante. Quizá incluso pincharlo. Eso no demuestra intención.
—Pero demuestra contacto —dijo Mathilde.
Delacroix se volvió hacia ella.
—Gracias por señalar lo que el asesino esperaba que todos pensaran.
Mathilde sostuvo su mirada.
—No todo lo que la perjudica a ella es una conspiración.
—No. Algunas cosas son torpeza. Otras son diseño. Esta empieza a tener demasiada elegancia para ser torpe.
Roussel dejó el guante, envuelto en un paño, sobre la mesa.
Blanco.
Manchado.
Rasgado.
Claire lo miró como si fuera una parte de su cuerpo separada de ella.
Delacroix se acercó y no lo tocó.
El guante derecho había empujado la alianza.
El anillo había herido a Henri.
La muerte había entrado por una espina diminuta.
Y ahora la tela de Claire conservaba el rastro.
Demasiado perfecto.
El asesino había convertido la ceremonia en mecanismo, el anillo en arma y a la novia en prueba.
Delacroix levantó la vista.
—Ahora sí —dijo—. Esto se vuelve personal.
Nadie preguntó para quién.
En Saint-Aubin, a esas alturas, todos parecían sospechar que la respuesta podía incluirlos.