Capítulo 16 — La hija sin apellido
El guante de Claire quedó sobre la mesa como una acusación blanca.
Rasgado en la yema del pulgar, manchado por restos oscuros, parecía demasiado pequeño para soportar el peso que todos empezaban a ponerle encima.
Delacroix lo observó sin tocarlo. A veces, una prueba no necesitaba ser grande para ser vulgarmente eficaz.
Bastaba con aparecer donde el miedo esperaba encontrarla.
Claire no se movió.
Seguía de pie junto a la silla, con el rostro pálido y los ojos fijos en el guante, como si aquella tela hubiera dejado de pertenecerle. Ya no era una prenda. Era un gesto conservado. La memoria material de sus dedos empujando el anillo de Henri.
Mathilde Beaumont fue la primera en romper el silencio.
—Eso complica las cosas.
Delacroix volvió lentamente la cabeza hacia ella.
—Qué delicadeza.
—No he querido…
—Sí ha querido.
Mathilde sostuvo su mirada.
—El guante demuestra que Claire tocó la parte contaminada del anillo.
—El guante demuestra que Claire hizo lo que todos la vieron hacer.
—También pudo saber qué hacía.
Claire levantó la vista.
No con indignación.
Con una especie de cansancio helado.
—Mathilde.
La hermana de Henri no retrocedió.
—No puedo fingir que no existe una posibilidad solo porque sea dolorosa.
—Ha muerto tu hermano —dijo Claire—. Yo le he puesto el anillo. Él ha caído delante de mí. Y tú ya has conseguido convertir mi dolor en una hipótesis útil.
—No seas injusta.
—No me queda energía para ser justa.
La frase, dicha sin grito, golpeó más que un reproche.
Adrien se apartó de la chimenea y miró el guante con una mueca de repulsión.
—No sé qué es peor: que eso la incrimine o que parezca hecho para incriminarla.
—Al fin una frase razonable —dijo Delacroix.
Adrien abrió las manos.
—Debo de estar enfermo.
El doctor Roussel carraspeó.
—Conviene guardar el guante junto al anillo. Los restos podrían compararse.
—Se guardará —dijo Delacroix—. Con el mismo cuidado.
—Eso no cambia lo esencial —intervino Lucien—. Si los restos del guante coinciden con los de la espina…
—Demuestran contacto —lo cortó Delacroix—. No intención.
—Pero si Claire hubiera preparado el anillo…
—Entonces habría elegido usar un guante capaz de conservar parte de la prueba que la señalaría.
—Pudo no preverlo.
—Los asesinos perfectos son raros —dijo Mathilde.
—Sí. Pero los asesinos que diseñan una espina invisible, un gesto público, una muerte inmediata y una acusación moral contra la novia suelen prever algo más que la decoración.
Claire cerró los ojos.
Élise Moreau dio un paso hacia ella, pero se detuvo antes de acercarse demasiado. Entre ambas mujeres quedaba Henri. Y Camille. Y demasiados años de daño distribuido con mala justicia.
—Claire no lo hizo —dijo Élise.
Todos la miraron.
Mathilde casi sonrió.
—Qué conmovedor. La amante defendiendo a la novia.
—No la defiendo por cariño.
—Eso ya sería milagroso.
—La defiendo porque vine a esta casa odiándola un poco —dijo Élise—. Y porque el odio, cuando no encuentra donde agarrarse, se vuelve bastante honesto.
Claire la miró en silencio.
Élise continuó:
—Si Claire hubiera querido matar a Henri, habría esperado.
Henri acababa de firmar una protección para ella.
Le convenía vivo al menos unas horas más.
Le convenía que firmara lo de Camille y que después todos discutiéramos como animales educados.
Matarlo en el altar solo la dejaba exactamente donde está ahora: vestida para una boda que todos convertirán en sospecha.
Adrien inclinó la cabeza.
—Madame Moreau, acaba de hacer usted una defensa jurídica aceptable para alguien que afirma odiar a todo el mundo.
—No odio a todo el mundo. Solo a quienes han hecho méritos.
—Entonces estamos casi todos incluidos.
—Casi.
Delacroix dejó que el intercambio respirara.
Le interesaba más el tono que las palabras. Élise no defendía a Claire por nobleza. Eso habría sido menos fiable. La defendía porque la lógica de la sospecha le parecía demasiado conveniente. Y cuando una mujer herida renuncia a una acusación fácil, conviene escucharla.
—Madame Moreau —dijo Delacroix—. Hablemos de Camille.
El efecto fue inmediato.
Élise se cerró.
No físicamente. No retrocedió. Pero algo en su rostro volvió a la posición de defensa que había traído desde el vestíbulo.
—Ya le dije lo necesario.
—Rara vez lo necesario coincide con lo suficiente.
—Camille no está aquí.
—Precisamente por eso todos hablan de ella con demasiada libertad.
Mathilde dejó escapar un sonido bajo, casi de impaciencia.
—No veo qué utilidad tiene arrastrar ahora esa historia.
—Eso la vuelve útil —dijo Delacroix.
Claire se apartó de la mesa.
—Quiero oírla.
Mathilde giró hacia ella.
—Claire, no estás en condiciones.
—No vuelvas a decirme en qué condiciones estoy.
La frase tuvo una dureza nueva.
No violenta.
Final.
Mathilde cerró la boca.
Delacroix miró a Élise.
—Empiece por Marianne.
El nombre produjo una incomodidad distinta.
El padre Laurent, que hasta entonces había permanecido en silencio junto a una mesa lateral, bajó los ojos.
Delacroix lo vio.
—Y quizá el padre Laurent pueda completar lo que falte.
El sacerdote levantó la cabeza con lentitud.
—No sé si debo…
—Padre, hoy su sentido del deber ha llegado con varios años de retraso. Procure no entretenerlo más.
La frase fue cruel.
El padre Laurent la aceptó como quien reconoce una penitencia justa.
Élise habló sin mirarlo.
—Marianne trabajaba en la abadía algunas temporadas. Era joven. Muy joven. No tenía familia fuerte detrás, solo una tía enferma y una pobreza de esas que no hacen ruido porque están ocupadas sobreviviendo. Henri la trató bien.
La palabra bien quedó flotando con un veneno discreto.
—Eso fue lo peor —añadió—. La crueldad abierta permite defenderse. La ternura obliga a creer.
Claire se apoyó en el respaldo de una silla.
No por debilidad.
Por atención.
—¿Henri la amó? —preguntó.
Élise la miró.
—Henri amaba con la parte de sí mismo que estaba disponible en cada momento. El problema es que, cuando llegaba el momento de pagar el precio, esa parte solía desaparecer.
Adrien murmuró:
—Retrato familiar de gran precisión.
Mathilde no lo miró.
Sus ojos estaban fijos en Élise.
—Marianne quedó embarazada —continuó Élise—. Henri prometió ayudarla. Luego prometió reconocer a la criatura. Después prometió hablar con su familia. Las promesas se fueron volviendo más pequeñas a medida que crecía el vientre.
El padre Laurent cerró los ojos.
Delacroix se volvió hacia él.
—Usted lo sabía.
—Sí.
—¿Confesión?
—No puedo…
—No le pregunto por sacramentos. Le pregunto por hechos.
El sacerdote respiró con dificultad.
—Lo supe por Marianne. Vino a verme. Estaba asustada.
—¿Y usted?
—Hablé con Henri.
—¿Y con Mathilde?
El silencio del padre Laurent fue demasiado largo.
Mathilde habló antes.
—Yo lo supe después.
Élise soltó una risa seca.
—Qué extraño. Siempre sabes todo antes de que ocurra, salvo lo que te conviene saber demasiado tarde.
Mathilde la miró con desprecio.
—Marianne no podía quedarse en Saint-Aubin.
Claire levantó la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque habría sido destruida por el escándalo.
Élise dio un paso hacia ella.
—No. Fue destruida por la solución.
Mathilde apretó los labios.
—Se le dio dinero. Se la envió a un lugar seguro.
—Se la escondió.
—Se la protegió.
—Se la borró.
Las dos mujeres quedaron frente a frente, separadas por la mesa y por veinte años de una verdad mal enterrada.
Delacroix no intervino.
Todavía.
—Marianne murió después del parto —dijo Élise—. Fiebres, dijeron. Debilidad, dijeron. Tristeza, dijeron las criadas cuando no había nadie importante cerca.
—¿Insinúa que alguien la mató? —preguntó Mathilde.
—No necesito insinuarlo. Hay maneras de matar que no dejan cadáver limpio para la justicia.
El padre Laurent susurró:
—Marianne recibió atención.
Élise se volvió hacia él.
—Recibió silencio.
El sacerdote envejeció varios años en una sola respiración.
—Yo bauticé a la niña —dijo.
Todos lo miraron.
Mathilde cerró los ojos un instante.
—Padre.
—La bauticé como Camille —continuó él—. Camille Marianne.
Élise bajó la vista.
Por primera vez desde que había entrado en Saint-Aubin, su rostro mostró algo parecido a ternura.
No era para Henri.
No era para la casa.
Era para una niña ausente.
—¿Apellido? —preguntó Delacroix.
El padre Laurent no respondió.
Élise sí.
—Ninguno que importara. Después llevó el mío.
—Camille Moreau —dijo Claire.
Élise asintió.
—Sí.
Claire repitió el nombre en voz baja, como si necesitara darle cuerpo.
—Camille Moreau.
Mathilde se volvió hacia Delacroix.
—Esto no tiene relación directa con el anillo.
—Al contrario. Empieza a parecer la mano que lo empuja desde el pasado.
Adrien se sentó, por primera vez sin fingir elegancia.
—¿Henri pensaba decirlo hoy?
Lucien respondió:
—Sí.
—Durante el banquete.
—Después de hablar con algunos de nosotros.
Adrien se pasó una mano por el rostro.
—Dios. Íbamos a brindar por los novios y terminar adoptando una prima nueva.
—Una hermana —dijo Élise.
Adrien la miró.
—¿Perdón?
—Camille no era prima de nadie. Era hija de Henri.
El golpe fue más fuerte de lo que Adrien esperaba.
Durante un instante, su ironía desapareció por completo.
—Mi tío tuvo una hija durante veintidós años y nosotros…
—Vosotros seguisteis cenando —dijo Élise.
Adrien no respondió.
Mathilde sí.
—No simplifique lo que no comprende.
—Lo comprendo muy bien —dijo Élise—. Comprendo que Saint-Aubin podía sobrevivir a deudas, goteras, amantes, primos inútiles y cenas mediocres, pero no a una niña con sangre Beaumont nacida fuera del mantel adecuado.
La frase dejó una marca visible.
Incluso Adrien bajó la mirada.
Claire habló con suavidad:
—¿Camille quería ser reconocida?
Élise tardó en responder.
—No al principio.
—¿Y después?
—Después dejó de decir que no.
—Eso no es lo mismo que querer.