Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 15 — El testamento nuevo
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Capítulo 15 — El testamento nuevo

El regreso de Delacroix convirtió el vestíbulo de Saint-Aubin en una sala de juicio sin juez visible.

Todos parecían haber encontrado un motivo razonable para estar allí.

Claire Duvall permanecía junto a la puerta principal, vestida de gris, con las manos unidas delante del cuerpo y una quietud que ya no podía confundirse con serenidad.

Era otra cosa. Una forma de resistencia más cansada.

La alianza nueva seguía en su dedo. A Delacroix le pareció más pequeña que antes, como si la muerte hubiera reducido incluso el tamaño de las promesas.

Adrien Beaumont estaba apoyado contra una columna, aunque al ser señalado por Delacroix se enderezó con una lentitud deliberada.

Mathilde se había detenido en mitad de los escalones, con la espalda recta y el rostro inexpresivo.

Élise Moreau observaba desde la galería superior.

Lucien Dargent, todavía junto al coche, parecía un hombre que acababa de comprender que los papeles que llevaba en la carpeta ya no podían proteger a nadie.

—Mi mentira —dijo Adrien.

No lo dijo con indignación.

Lo dijo con esa curiosidad peligrosa de quien desea saber cuánto se ha descubierto antes de decidir cuánto negar.

Delacroix subió el último escalón.

—Recogió el anillo un día antes de lo que declaró.

Adrien miró a Mathilde.

Luego a Lucien.

Por último, a Delacroix.

—Eso no es una mentira. Es un desacuerdo con el calendario.

—El calendario ha mostrado mejor memoria que usted.

—Los comerciantes apuntan mal las fechas.

—Los comerciantes metódicos, rara vez. Y el señor Renoux parece bastante enamorado de su cuaderno.

Mathilde bajó los escalones restantes.

—¿Gaspard Renoux no estaba?

—No.

—¿Dónde está?

—Camino de Montreuil, según su esposa. Un encargo urgente lo sacó del pueblo esta mañana.

—Qué oportuno —murmuró Claire.

Nadie la contradijo.

Adrien se separó de la columna.

—¿Y eso me convierte a mí en asesino?

—No. Lo convierte en una persona que mintió sobre el tiempo que tuvo el anillo.

—No mentí. Olvidé.

—La memoria de los endeudados tiene una vida social muy activa. Siempre está en otra parte cuando se la necesita.

Adrien soltó una risa breve.

—Supongo que también sabe lo de mis deudas.

—Saint-Aubin habla de ellas casi tanto como usted intenta no hacerlo.

—Entonces ahorremos ceremonia. Sí, debo dinero. Sí, mi tío iba a perjudicarme. Sí, recogí el anillo. Sí, abrí la caja. Sí, bebí demasiado anoche y demasiado poco esta mañana. ¿Algo más?

Delacroix lo miró con calma.

—Sí. ¿Quién más supo que lo recogió un día antes?

Adrien abrió la boca.

No respondió.

Mathilde se volvió lentamente hacia él.

—Adrien.

El sobrino perdió un poco de color.

—No lo recuerdo.

—Qué enfermedad tan selectiva —dijo Delacroix.

—No lo recuerdo porque no me pareció importante.

—Otra epidemia local.

Claire dio un paso.

—¿Lo supo Henri?

Adrien la miró.

—No lo sé.

—¿Lo supo Mathilde?

La pregunta quedó en el vestíbulo.

Adrien miró a su tía.

Mathilde no movió un músculo.

—Me entregaste la caja cuando llegaste —dijo ella.

—Sí.

—Eso fue anteayer por la tarde.

Adrien bajó la mirada.

—Quizá llegué el día anterior.

—Adrien.

—No hice nada con el anillo.

La frase salió rápida.

Demasiado rápida.

Delacroix observó las manos de Mathilde.

Por primera vez desde que la conocía, no estaban completamente quietas.

Los dedos se habían tensado apenas sobre la falda oscura.

—De momento —dijo Delacroix—, su mentira no nos dice quién colocó la espina. Solo nos dice que el anillo tuvo más vida de la que la familia quiso admitir.

—La familia —repitió Adrien—. Siempre suena peor cuando usted lo dice.

—No es mérito mío.

Lucien subió por fin los escalones, con la carpeta apretada contra el pecho.

—Necesitamos hablar de los documentos —dijo.

Mathilde se volvió hacia él.

—No aquí.

—Sí, aquí —dijo Adrien—. Por una vez, hagamos las cosas de la manera vulgar: delante de todos.

—Adrien, calla.

—No. Mi tío está muerto, el anillo familiar tiene una espina, el joyero ha desaparecido, monsieur Delacroix acaba de anunciar que mentí sobre una fecha y tú sigues intentando decidir en qué habitación se permiten las frases desagradables.

Mathilde lo miró con una severidad que en otras circunstancias habría bastado.

Esta vez no.

Adrien sonrió sin alegría.

—Se acabó la boda, tía. Ya no hay invitados a los que impresionar.

—Eso demuestra lo poco que entiendes —dijo ella—. Siempre hay alguien mirando.

Delacroix apoyó el bastón sobre el suelo de piedra.

El golpe fue leve.

Suficiente.

—El refectorio —dijo—. Todos los directamente afectados. Ahora.

—¿Quién decide quién está afectado? —preguntó Élise desde la galería.

Delacroix levantó la vista.

—Hoy, madame Moreau, cualquiera a quien el muerto le debiera algo.

Élise bajó lentamente la escalera.

—Entonces no bastará el refectorio.

Nadie respondió.

Caminaron juntos hacia la sala donde horas antes debía haberse celebrado el banquete. Los criados se apartaron al verlos pasar. Baptiste cerró las puertas cuando entraron, por indicación de Mathilde, aunque esta vez Delacroix no protestó.

El refectorio seguía igual y, al mismo tiempo, irreconocible.

La comida había sido retirada parcialmente. Las copas examinadas por el doctor Roussel ya no estaban. Los manteles conservaban arrugas, manchas de agua y marcas de platos que nadie había llegado a tocar con apetito. Las flores se inclinaban un poco más que antes.

Los objetos también se cansan de fingir.

Delacroix indicó a Lucien que dejara la carpeta sobre la mesa principal.

—Explique —dijo.

El abogado miró a Mathilde.

—Lucien —advirtió ella.

—No —dijo Claire.

La voz de Claire fue baja, pero detuvo a todos.

La novia, la viuda, la sospechosa, la mujer usada como gesto, avanzó hasta quedar frente a la mesa.

—No más advertencias a medias. No más «después». No más frases dichas en pasillos. Henri murió antes de hablar. Eso ya no podemos cambiarlo. Pero no pienso permitir que sigamos obedeciendo a la comodidad de los vivos.

Mathilde la observó con dureza.

—No sabes lo que pides.

—Precisamente por eso lo pido.

Élise Moreau se colocó junto a una columna.

—Por una vez, estoy de acuerdo con ella.

Adrien levantó una mano.

—Y yo, aunque eso probablemente perjudique mi reputación.

Delacroix miró a Lucien.

—Tiene usted un público variado. Procure no decepcionarlo con tecnicismos.

Lucien abrió la carpeta.

Sus manos temblaban ligeramente.

—Henri me llamó hace casi dos meses para modificar varias disposiciones testamentarias y patrimoniales. Al principio habló de proteger a Claire en caso de matrimonio. Eso era normal.

—Qué tranquilizador —dijo Adrien.

Lucien lo ignoró.

—Después añadió otros asuntos. Quería crear una dotación económica independiente para una joven llamada Camille Moreau.

Élise cerró los ojos.

No por sorpresa.

Por recibir en voz alta lo que llevaba años esperando o temiendo.

Mathilde no se movió.

Claire bajó la mirada hacia la mesa.

Adrien frunció el ceño.

—¿Moreau?

Élise lo miró.

—Mi apellido.

—Eso lo he entendido.

—Entonces conserve el milagro y no lo desgaste.

Adrien no respondió.

Lucien continuó:

—Henri también quería iniciar el procedimiento para reconocerla legalmente.

—Como hija —dijo Delacroix.

Lucien asintió.

—Como hija.

El silencio fue absoluto.

No porque todos ignoraran la verdad. Algunos la conocían. Otros la sospechaban. Pero las verdades familiares tienen una segunda vida cuando alguien las pronuncia delante de testigos.

Mathilde habló al fin.

—Eso no estaba firmado.

—No —dijo Lucien.

—Entonces no existe.

Claire la miró.

—Henri existía antes de caer al suelo. Ahora tampoco firma nada.

La frase golpeó más de lo que Claire quizá pretendía.

Mathilde apretó los labios.

Lucien pasó varias hojas.

—Anoche Henri firmó dos documentos. Primero, una disposición provisional que garantiza a Claire una renta y el uso temporal de una propiedad menor de los Beaumont, no Saint-Aubin. Segundo, una autorización para iniciar la venta de ciertos terrenos no vinculados al núcleo de la abadía.

—¿Venta? —preguntó Mathilde.

Lucien la miró.

—Lo sabía.

—Sabía que lo consideraba. No que lo hubiera firmado.

—Lo firmó.

Mathilde cerró los ojos un instante.

Adrien soltó una risa baja.

—Magnífico. Incluso muerto, mi tío consigue arruinar una sobremesa.

—Los terrenos iban destinados a financiar la dotación de Camille —dijo Lucien—, parte de la restauración pendiente de la abadía y la independencia económica de Claire.

—Todo muy generoso —dijo Adrien—. Con propiedades que aún no se habían vendido.

—La generosidad de Henri siempre fue mejor con verbos futuros —dijo Mathilde.

Élise avanzó un paso.

—Al menos esta vez pensaba conjugar uno.

Mathilde se volvió hacia ella.

—No convierta a Henri en héroe porque haya tardado veinte años en recordar su obligación.

—No lo convierto en héroe. Lo quería vivo para exigirle que no lo fuera.

Delacroix observó a ambas mujeres.

Había demasiada historia entre ellas para una sola conversación. Pero la muerte de Henri había quitado el barniz a todo. Ya nadie hablaba por etiqueta. Ni siquiera Mathilde, aunque lo intentaba.

Lucien sacó otro documento.

—Lo que no firmó fue más importante.

Claire se apoyó en el respaldo de una silla.

—El reconocimiento.

—Sí. Y la modificación definitiva del testamento.

Adrien levantó la vista.

—¿Definitiva?

Lucien asintió.

—Henri pensaba alterar la línea de herencia.

Mathilde habló con voz seca.

—Henri no podía alterar todo.

—No todo. Pero sí bastante.

—Explícalo —dijo Delacroix.

Lucien respiró hondo.