Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 14 — El restaurador ausente #2
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Capítulo 14 — El restaurador ausente #2

Siguió mirando la mesa.

—¿Alguien más?

Madame Renoux apretó el chal alrededor de los hombros.

—Mademoiselle Beaumont.

—Mathilde.

—Sí.

—¿Vino al taller?

—El primer día. Trajo la caja y el anillo.

—Eso lo sabemos.

—Y volvió después.

Delacroix levantó la vista.

—¿Cuándo?

—La tarde siguiente.

Lucien se tensó.

—Mathilde no lo mencionó.

—No fue mucho tiempo —dijo madame Renoux—. Preguntó si el anillo podía alterarse. Gaspard le dijo que sí, pero que prefería no tocarlo sin permiso del novio.

—¿Alterarse cómo?

—Ensancharlo, supongo. Ella dijo que no debía perder la forma original.

—¿Y algo más?

La mujer miró hacia la puerta.

—Discutieron.

—¿Sobre qué?

—No oí todo.

—Qué pena. La gente siempre oye menos cuando las discusiones se vuelven útiles.

Madame Renoux lo miró con cansancio.

—Oí que ella decía que monsieur Henri no debía usar el anillo nuevo. Que era una falta de respeto. Que algunas cosas no se reemplazan porque resulten incómodas.

Delacroix pensó en Claire.

Algunas cosas importantes siempre hacen un poco de daño.

—¿Gaspard le mostró el anillo entonces?

—Sí.

—¿Ella lo tocó?

—No lo sé.

—¿Entró al taller?

—Sí.

—¿Estuvo sola?

—Un momento, quizá. Gaspard salió a buscar una lente al cuarto de atrás.

Lucien dejó escapar un suspiro.

—Otra vez un momento.

Delacroix lo miró.

—Los crímenes elegantes suelen construirse con momentos pequeños. Los torpes necesitan horas.

Madame Renoux parecía cada vez más inquieta.

—¿Qué le hicieron al anillo?

Delacroix se acercó al banco de trabajo y tomó una lupa sin tocar nada más.

—Alguien añadió una pequeña espina metálica en el interior.

Ella se llevó una mano a la boca.

—No.

—Sí.

—Gaspard no haría eso.

—¿Por dinero?

—No.

—¿Por miedo?

—No.

—¿Por obediencia a alguien de la abadía?

Madame Renoux no respondió con la misma rapidez.

Delacroix esperó.

—Los Beaumont han sido clientes de mi marido durante años —dijo ella al fin.

—No le pregunté eso.

—En el pueblo todos dependen de ellos de alguna manera.

—Ahora sí empieza a responder.

Lucien miró hacia la calle a través de la ventana.

La niebla se había espesado. La luz de la posada apenas se distinguía.

—¿Por qué se marchó Gaspard esta mañana? —preguntó Delacroix.

—Ya se lo dije. Un encargo.

—¿Quién trajo el mensaje?

—Un muchacho.

—Nombre.

—No lo sé.

—¿Lo había visto antes?

—No.

—¿A qué hora?

—Antes de las ocho.

—¿Antes de que comenzara la ceremonia?

—Sí.

—¿Gaspard debía estar en la boda?

—No. No estaba invitado.

—Pero se marcha del pueblo el mismo día de una boda para la que trabajó una joya que luego mata al novio.

Madame Renoux se puso pálida.

—¿Mata?

Lucien cerró los ojos.

Delacroix no suavizó la frase.

—Sí.

La mujer se apoyó en el borde de la mesa.

—Dios mío.

—Ya lo han mencionado. De momento no ha respondido.

—Gaspard no sabía nada.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Por qué se fue con tanta prisa?

—Porque el mensaje decía que le pagarían el doble.

—Ah. La inocencia empieza a tener tarifa.

Ella lo miró con rabia.

—No somos ricos, monsieur. El doble importa.

—Lo sé.

La respuesta fue más seria de lo que ella esperaba.

Delacroix no despreciaba la pobreza. Despreciaba la forma en que los ricos fingían sorpresa cuando la necesidad hacía negociable a la gente.

—¿Qué llevó consigo? —preguntó.

—Una bolsa de herramientas. Su abrigo. Poco más.

—¿Revisó el taller antes de irse?

—No.

—¿Dejó alguna nota?

—No.

—¿Cuándo regresará?

—Mañana, dijo. O pasado.

—¿Dónde en Montreuil?

—No lo sé. El muchacho traía una dirección, pero Gaspard se la llevó.

Delacroix miró a Lucien.

—Necesitaremos mandar a alguien a Montreuil.

—Sí.

—Alguien distinto del mensajero desconocido.

Lucien asintió.

Delacroix volvió al cuaderno de encargos. Revisó las páginas anteriores. Había trabajos de la abadía: reparación de un candelabro, limpieza de cubertería, ajuste de reloj de salón, cierre de relicario. Mathilde llevaba la casa con precisión, y esa precisión dejaba rastro en comercios como aquel.

Luego encontró otra anotación.

Coffret bleu, alliance homme, H.B.

Livré à H.B.

Delacroix se quedó quieto.

—Monsieur Dargent.

Lucien se acercó.

—¿Qué es?

Delacroix señaló la línea.

—El anillo nuevo.

Lucien leyó.

—Caja azul.

—Tal como dijo Claire.

Madame Renoux miró la página.

—Sí. Henri Beaumont compró una alianza nueva.

—¿Cuándo la entregó su marido?

—Hace una semana.

—¿A Henri personalmente?

—Sí.

—¿En esta tienda?

—No. Gaspard la llevó a la abadía.

Delacroix alzó la vista.

—¿A quién se la entregó allí?

—A monsieur Henri, según dijo.

—¿Según dijo?

—Yo no fui.

—¿Tiene recibo?

Ella buscó en otro cajón y sacó una copia.

La fecha coincidía. La firma al pie parecía de Henri: H. Beaumont.

Delacroix la estudió.

—¿Esta firma es auténtica? —preguntó Lucien.

El abogado examinó el papel.

—Parece suya.

—Parece.

—Tendría que compararla.

—Hágalo.

Lucien guardó la copia con permiso de madame Renoux.

Delacroix cerró el cuaderno.

—Resumamos. Gaspard Renoux limpió el anillo familiar y arregló la caja antigua.

Adrien lo recogió un día antes de lo que dijo.

Mathilde volvió al taller y estuvo un momento sola o casi sola con el anillo.

Adrien abrió la caja en la posada. El recibo fue corregido.

El joyero abandonó el pueblo esta mañana por un encargo misterioso, antes de que el anillo matara a Henri.

Y el anillo nuevo, que habría evitado todo esto, desapareció del despacho de la víctima.

Madame Renoux se dejó caer en una silla.

—No entiendo nada.

—Eso la coloca por encima de varios sospechosos, madame. Ellos creen entender demasiado.

Un ruido llegó desde la calle.

Voces.

Alguien había entrado en la posada y traía noticias.

Una mujer gritó el nombre de Henri Beaumont.

La muerte acababa de llegar al pueblo.

Madame Renoux volvió la cabeza hacia la ventana.

—Van a decir que fue Gaspard.

—¿Por qué?

—Porque trabajó el anillo. Porque se fue. Porque somos comerciantes y ellos son Beaumont.

Delacroix la miró.

—Eso es posible.

—Mi marido no es un asesino.

—Quizá no.

—Usted no lo cree.

—Creo que su marido es útil. Y los hombres útiles, en los crímenes bien pensados, a menudo acaban lejos cuando llega la pregunta.

Lucien habló en voz baja.

—¿Quiere decir que lo alejaron?

—Tal vez.

—¿Para culparlo?

—O para impedir que dijera algo. O para que su ausencia pareciera culpa. O porque alguien necesitaba que no estuviera aquí cuando supiéramos qué buscar.

Madame Renoux se puso de pie.

—Tengo que avisarlo.

—No.

—Es mi marido.

—Precisamente.

—No puede pedirme que no…

—No le pido. Se lo impido.

Ella lo miró con indignación.

Delacroix no se movió.

—Si Gaspard es inocente, avisarle puede ponerlo en peligro. Si es culpable, puede hacerlo huir. Si no sabe nada, puede asustarse y comportarse como si supiera demasiado. En todos los casos, su impulso empeora la situación.

Madame Renoux apretó el borde de la mesa.

—Usted habla de mi marido como si fuera una pieza.

—Hoy todos lo somos para alguien.

La frase no la consoló.

No estaba diseñada para eso.

Delacroix pidió papel y escribió unas líneas para que un hombre de confianza buscara a Renoux en Montreuil sin anunciar el motivo. Lucien añadió una nota legal con su firma. Madame Renoux observó todo en silencio, cada vez más pálida.

—¿Quién puede llevar esto? —preguntó Delacroix.

—El jefe de estación tiene un sobrino que viaja con frecuencia —dijo Lucien—. No depende de los Beaumont.

—Excelente. La independencia es una enfermedad rara. Conviene aprovechar los brotes.

Guardaron los papeles.

Antes de salir, Delacroix volvió al taller y observó una vez más la mesa de trabajo. Las limas, las pinzas, las agujas, los frascos. Todo aquello podía servir para reparar o para destruir con delicadeza.

En un rincón, junto a un pequeño torno, vio un paño manchado de negro.

—¿Esto? —preguntó.

Madame Renoux se acercó.

—Paño de pulido.

—¿Reciente?

—No lo sé.

Delacroix no lo tocó directamente. Lo envolvió en papel con ayuda de Lucien.

—También lo llevaremos.

—Es de mi marido.

—Entonces espero que no le importe que lo ayude a hablar.

Madame Renoux parecía demasiado cansada para oponerse.

Salieron de la tienda.

La calle había cambiado.

La posada estaba más llena. En la plaza, dos mujeres hablaban junto al pozo. Un muchacho corrió hacia la iglesia. Al ver a Delacroix y Lucien salir del taller del joyero, varias miradas se volvieron hacia ellos.

Ya no eran visitantes.

Eran parte de una historia que el pueblo empezaba a contar mal.

El cochero abrió la portezuela.

Lucien subió primero. Delacroix se quedó un instante en la acera.

Miró el escaparate de Renoux.

Un crucifijo pequeño.

Dos relojes.

Una cadena de oro.

Objetos silenciosos, ordenados detrás del cristal, esperando que alguien decidiera cuánto valían.

En el reflejo, vio a madame Renoux observándolo desde la puerta lateral.

No parecía culpable.

Parecía asustada.

Eso, en Saint-Aubin, empezaba a ser casi una forma de lucidez.

Delacroix subió al coche.

—A la abadía —ordenó.

El coche arrancó.

Durante los primeros minutos, Lucien no dijo nada. Se limitó a mirar el recibo corregido, la copia del anillo nuevo y el cuaderno de notas que llevaba abierto sobre las rodillas.

—Adrien mintió —dijo al fin.

—Sí.

—Mathilde omitió su segunda visita.

—También.

—Y Renoux huyó.

—Renoux se marchó.

—¿No es lo mismo?

—Solo para quienes desean llegar pronto a una conclusión.

Lucien cerró el cuaderno.

—¿Cree que alguno de ellos lo hizo?

Delacroix miró por la ventanilla.

La abadía apareció a lo lejos, sobre la colina, con algunas ventanas encendidas y la capilla oscura a un lado. Desde aquella distancia, Saint-Aubin parecía una construcción noble. Casi pacífica.

La distancia, pensó, era una magnífica falsificadora.

—Creo —dijo— que el asesino necesitaba tres cosas: acceso al anillo, conocimiento del gesto y voluntad de convertir a Claire en instrumento.

—Mathilde tenía las tres.

—Sí.

—Adrien tenía acceso.

—Y motivos económicos.

—Renoux tenía habilidad.

—Y ahora ausencia.

—Claire tenía las manos.

Delacroix no respondió.

Lucien bajó la voz.

—¿Y yo?

Delacroix volvió hacia él.

El abogado estaba pálido, pero no intentaba sonreír ni defenderse. Eso lo hacía más interesante.

—Usted tenía conocimiento legal —dijo Delacroix—. Sabía qué documentos firmó Henri y cuáles quedaban pendientes. Sabía qué cambiaba después de la ceremonia. Sabía, quizá mejor que nadie, quién ganaba y quién perdía con su muerte en ese momento exacto.

Lucien tragó saliva.

—Pero no tenía el anillo.

—Eso está por verse.

—No lo tuve.

—Hoy todos han tocado menos cosas de las que los objetos recuerdan.

Lucien apartó la mirada.

—Yo quería que Henri firmara antes.

—Sí.

—Si hubiera querido matarlo, habría esperado a que firmara.

—A menos que lo que firmaba le perjudicara de otra manera.

—No me beneficiaba nada.

—El beneficio no siempre es dinero.

Lucien cerró los ojos un instante.

—Henri era mi amigo.

—También era el amigo de Élise, el hermano de Mathilde, el tío de Adrien y el esposo de Claire durante cinco segundos. Saint-Aubin está lleno de afectos con coartada insuficiente.

El coche ascendió por el camino de grava.

Las flores blancas del arco de entrada se habían vencido un poco más. Bajo la luz del atardecer, parecían menos flores que restos de papel mojado.

Mathilde esperaba en lo alto de los escalones.

No había enviado a un criado.

Eso ya era una respuesta.

Cuando el coche se detuvo, Delacroix descendió con el recibo corregido, la copia del encargo del anillo nuevo y el paño de pulido envuelto en papel.

Mathilde miró primero a Lucien.

Luego a Delacroix.

—¿Y bien?

—El restaurador no estaba.

Ella no parpadeó.

—¿Dónde?

—Convenientemente lejos.

—¿Eso significa que huyó?

—Significa que alguien quiso que no estuviera.

Mathilde bajó un escalón.

—¿Encontró algo?

Delacroix sostuvo su mirada.

—Una fecha corregida, una visita omitida, una caja azul desaparecida y suficientes oportunidades como para que su familia pueda sentirse, por una vez, generosa.

—¿Generosa?

—Sí. Puede repartir sospechas entre varios.

Mathilde se volvió hacia Lucien.

—¿Qué visita omitida?

El abogado no respondió.

Delacroix sí.

—La suya al taller de Renoux después de entregar el anillo.

Mathilde no se movió.

Pero durante un segundo, solo uno, dejó de parecer dueña de Saint-Aubin.

—No la omití —dijo—. No me la preguntó.

Delacroix casi sonrió.

—En esta casa, mademoiselle Beaumont, incluso las mentiras han aprendido buenos modales.

Ella no respondió.

Desde el vestíbulo llegó la voz de Claire.

—¿Han encontrado al joyero?

Delacroix levantó la vista.

Claire estaba junto a la puerta, vestida de gris, con el rostro pálido y los ojos demasiado despiertos. Detrás de ella, Adrien permanecía apoyado contra una columna, intentando parecer casual con muy poco éxito.

Élise Moreau apareció en la galería superior.

El padre Laurent salió de la capilla.

La abadía entera parecía haber estado esperando aquel regreso.

Delacroix subió los escalones despacio.

—No —dijo—. Pero hemos encontrado su ausencia.

Adrien cruzó los brazos.

—Qué poético.

—No se preocupe —respondió Delacroix—. También encontramos su mentira.

La sonrisa de Adrien desapareció.

Mathilde se volvió hacia su sobrino.

Claire miró a Delacroix.

Lucien bajó la cabeza.

Y Saint-Aubin, por primera vez desde la muerte de Henri, dejó de fingir que la sospecha podía mantenerse sentada en silencio.

La casa empezaba a hablar.

Solo que todavía lo hacía por turnos.