Capítulo 14 — El restaurador ausente
El pueblo de Saint-Aubin parecía más pequeño al anochecer.
No porque lo fuera, sino porque la niebla había empezado a cerrar las calles, borrando fachadas, tejados y ventanas con una paciencia casi piadosa.
Las casas se agrupaban alrededor de la plaza como si buscaran calor unas en otras.
La iglesia levantaba su torre por encima de los tejados, y el reloj, que seguía atrasado, marcaba una hora menos preocupante que la real.
El coche avanzó despacio sobre los adoquines húmedos.
Delacroix iba sentado frente a Lucien Dargent, que no había dicho casi nada desde que salieron de la abadía. El abogado llevaba la carpeta sobre las rodillas y una mano encima, como si temiera que los documentos pudieran escaparse al pueblo y contar su propia versión de los hechos.
—Está usted muy callado —dijo Delacroix.
Lucien levantó la vista.
—Ha muerto un amigo mío.
—La amistad no suele impedir hablar. A veces lo provoca.
—No sé qué decir.
—Eso, en un abogado, casi parece duelo verdadero.
Lucien aceptó la frase sin ánimo para ofenderse.
El cochero giró hacia una calle estrecha. A la derecha, una posada dejaba escapar luz amarilla por las ventanas. Dos hombres fumaban bajo el alero, protegidos de la humedad, y dejaron de hablar cuando vieron pasar el coche con el escudo de los Beaumont.
La noticia aún no había llegado del todo al pueblo.
Pero empezaba.
Las noticias trágicas se comportaban como el humo. Nadie las veía salir, pero de pronto todo olía a ellas.
—Gaspard Renoux tiene el taller en la calle del Reloj —dijo Lucien—. Cerca de la plaza.
—¿Lo conoce?
—Lo suficiente para saludarlo.
—Eso, en un pueblo, puede significar intimidad o desprecio.
—Es un hombre discreto. Trabaja para muchas familias de la zona. Relojes, joyas, cubertería antigua, cierres, pequeñas restauraciones.
—Un hombre que sabe reparar objetos delicados.
—Sí.
—Y quizá estropearlos con precisión.
Lucien miró por la ventanilla.
—No lo veo capaz.
—La incapacidad moral es una opinión muy extendida entre los conocidos de los culpables.
—No he dicho que sea santo.
—Peor. Ha dicho que es discreto.
El coche se detuvo frente a una tienda estrecha, de fachada verde oscuro y letras doradas gastadas.
Gaspard Renoux
Orfebre y relojero
El escaparate contenía tres relojes de bolsillo, una bandeja de plata, varias cadenas, dos broches y un crucifijo pequeño. Todo estaba colocado con una modestia cuidadosa. No había lujo, pero sí oficio.
La puerta estaba cerrada.
Delacroix descendió primero.
Lucien lo siguió, mirando la calle a ambos lados.
—Es tarde —dijo.
—Los muertos también suelen elegir horarios incómodos.
Delacroix golpeó la puerta con el bastón.
Nada.
Volvió a golpear.
Desde una ventana del piso superior se movió una cortina.
—Hay alguien —dijo Lucien.
—O una cortina con sentido dramático.
Delacroix llamó una tercera vez.
Al cabo de unos segundos, se abrió una puerta lateral, no la de la tienda.
Una mujer apareció con un chal sobre los hombros y una lámpara en la mano.
Tendría unos cuarenta años, el rostro estrecho y cansado, y los ojos de quien ha aprendido a desconfiar de las visitas nocturnas antes de preguntarles el nombre.
—La tienda está cerrada —dijo.
—Entonces hemos elegido bien el momento para no comprar nada —respondió Delacroix.
La mujer miró a Lucien.
—Monsieur Dargent.
—Madame Renoux.
El rostro de ella cambió.
No mucho.
Lo suficiente.
—¿Ha ocurrido algo en la abadía?
Lucien no respondió de inmediato.
Delacroix observó esa pausa.
—Necesitamos hablar con monsieur Renoux —dijo.
La mujer bajó la lámpara.
—Mi marido no está.
—Qué frase tan popular entre los hombres útiles.
—No está en el pueblo.
—¿Desde cuándo?
—Desde esta mañana.
Lucien frunció el ceño.
—¿Esta mañana?
—Sí.
—¿Adónde fue?
Madame Renoux miró la calle.
Un hombre pasaba al fondo, llevando un saco al hombro. Al ver la escena, redujo el paso. Luego continuó, aunque sin dejar de mirar.
—Entren —dijo ella.
Los hizo pasar por la puerta lateral.
No entraron directamente al taller, sino a una pequeña vivienda contigua. Olía a sopa, cera y metal. Sobre una mesa había un plato sin terminar, un paño doblado y unas gafas de montura fina. En una esquina, una escalera subía al piso superior.
Madame Renoux cerró la puerta.
—Gaspard fue llamado a Montreuil —dijo—. Un cliente urgente. Un reloj de torre o algo parecido.
—¿Quién lo llamó? —preguntó Delacroix.
—No lo sé.
—¿No se lo dijo?
—Mi marido recibe encargos. No siempre me da nombres.
—Qué confianza matrimonial tan admirable.
Ella lo miró con desagrado.
—¿Quién es usted?
—Armand Delacroix.
La mujer sostuvo su mirada.
El nombre no le decía nada, o fingió que no.
Lucien intervino.
—Monsieur Delacroix investiga la muerte de Henri Beaumont.
La lámpara tembló en la mano de madame Renoux.
—¿Muerte?
No dijo asesinato.
No todavía.
—Monsieur Beaumont murió durante la ceremonia —dijo Lucien.
La mujer se llevó la mano libre al pecho.
—Dios mío.
Delacroix la observó.
La sorpresa parecía real. Pero la sorpresa, como la virtud, podía aprenderse con práctica.
—¿Su marido sabía que Henri Beaumont se casaba hoy? —preguntó.
—Todo el pueblo lo sabía.
—¿Sabía que usaría el anillo familiar?
—Si lo reparó, supongo que sí.
—¿Lo reparó?
Madame Renoux se volvió hacia él.
—No sé. Lo limpió. Ajustó la caja. Creo.
—Necesitamos ver el taller.
Ella dudó.
—No puedo permitir…
—Puede.
—Mi marido no está.
—Eso aumenta la necesidad.
Madame Renoux miró a Lucien, buscando quizá una autoridad más civilizada.
El abogado bajó la voz.
—Es importante, madame.
—¿Qué ha pasado?
Delacroix contestó:
—Eso intentamos averiguar antes de que todos los interesados tengan tiempo de ponerse de acuerdo.
La mujer no pareció tranquilizarse.
Pero abrió una puerta interior.
El taller de Gaspard Renoux era pequeño y ordenado.
Había una mesa larga bajo la ventana, varias lámparas articuladas, cajones estrechos, herramientas de precisión, lupas, limas, pinzas, frascos etiquetados, trozos de paño y engranajes diminutos repartidos en bandejas.
En una pared colgaban relojes, algunos funcionando, otros abiertos como animales disecados.
El sonido de todos ellos llenaba la habitación.
Tic.
Tic.
Tic.
Demasiados segundos reunidos en un cuarto.
Delacroix pensó que era un lugar adecuado para fabricar una muerte exacta.
—¿Dónde trabajó su marido con el anillo Beaumont? —preguntó.
Madame Renoux señaló la mesa principal.
—Ahí trabaja siempre.
—¿Conserva registros de encargos?
—Sí.
—Muéstrelos.
Ella abrió un cajón y sacó un cuaderno de tapas marrones.
Delacroix no lo tomó de inmediato. Esperó a que ella lo dejara sobre la mesa. Luego lo abrió con cuidado.
Las páginas estaban llenas de anotaciones precisas: nombres, fechas, encargos, pagos parciales, entregas. La letra era pequeña, metódica. Gaspard Renoux parecía un hombre que no confiaba en la memoria cuando podía confiar en la tinta.
Delacroix buscó el nombre Beaumont.
Lo encontró.
Alliance or famille Beaumont. Nettoyage. Coffret ancien, fermeture faible.
Reçu par A. Beaumont.
La fecha estaba escrita con claridad.
Un día antes de la indicada en el recibo que Lucien llevaba en la carpeta.
Delacroix alzó la mirada.
—Interesante.
Lucien se acercó.
—¿Qué ocurre?
Delacroix giró el cuaderno hacia él.
Lucien leyó y palideció.
—Adrien dijo que lo recogió anteayer.
—Y el recibo decía lo mismo después de que alguien convenciera a la tinta.
Madame Renoux frunció el ceño.
—No entiendo.
—El anillo fue recogido un día antes de lo declarado.
—Si Gaspard escribió eso, entonces sí.
—¿Quién corrigió el recibo?
—No lo sé.
—¿Puede haberlo hecho su marido?
—Puede. Si se equivocó.
—¿Se equivoca a menudo en las fechas?
Madame Renoux cerró la boca.
Eso fue respuesta suficiente.
Delacroix siguió pasando páginas. No encontró nada más de los Beaumont, pero sí una anotación del mismo día: achat fil acier très fin. Compra de alambre de acero muy fino. Después, otra línea: aiguilles horlogerie, lot ancien.
—Su marido compró agujas o piezas de acero ese día —dijo.
Madame Renoux miró.
—Trabaja con relojes. Siempre compra piezas.
—Naturalmente. Los hombres con oficios útiles tienen la ventaja de que casi todos sus instrumentos pueden parecer inocentes.
Lucien señaló la anotación.
—¿Podría haber usado una de esas piezas para…?
No terminó.
Madame Renoux lo miró con horror.
—¿Para qué?
Delacroix no respondió aún.
Se acercó a la mesa de trabajo.
Había limaduras metálicas en una bandeja. Polvo de pulido. Pequeñas herramientas. Un frasco con etiqueta casi borrada. Otro con aceite. Un tercero, más pequeño, sin etiqueta.
—¿Qué contiene esto? —preguntó.
Madame Renoux se acercó.
—No lo toque.
Delacroix la miró.
—No pensaba beberlo.
—Es para limpiar metales. O para grabado. No sé. Gaspard no quiere que toque sus frascos.
—¿Por qué?
—Porque algunos son corrosivos.
—¿Y venenosos?
—No lo sé.
—Qué prudente ha vuelto a todo el mundo esa expresión.
Lucien tomó nota mental, o pareció hacerlo.
Delacroix examinó los cajones. No abrió ninguno sin pedir antes que madame Renoux lo hiciera.
Encontraron piezas de reloj, cierres, broches, pequeños fragmentos de oro, plata, latón y acero.
En un cajón bajo llave había encargos pendientes: un reloj de bolsillo, un medallón, una hebilla ceremonial y dos anillos de boda sencillos.
No el de Henri.
No otro anillo azul.
—¿Su marido trabajó solo en la alianza Beaumont? —preguntó Delacroix.
—Sí.
—¿Tiene aprendiz?
—No.
—¿Alguien lo visitó mientras trabajaba en ella?
Madame Renoux dudó.
—La tienda recibe gente.
—Gente con nombre.
—Adrien Beaumont vino a preguntar si ya estaba lista.
—¿Cuándo?
—El día antes de recogerla.
—¿Entró al taller?
—Creo que sí.
—¿Cree?
—Yo estaba en la casa. Oí voces. Gaspard le dijo que todavía no había terminado.
Lucien murmuró:
—Adrien tuvo acceso antes y después.
Delacroix no respondió.