Capítulo 13 — El anillo #2
—La teoría del exceso de inteligencia es una de las favoritas de quienes desean acusar sin prueba.
Mathilde guardó silencio.
Delacroix tomó la lupa y volvió a observar el interior de la alianza.
La espina no estaba situada al azar. Su orientación importaba.
La punta se inclinaba ligeramente en sentido contrario al movimiento de entrada, de modo que al empujar el anillo hacia la base del dedo podía clavarse y arrastrar apenas la piel.
Al retirarlo, en cambio, se replegaba contra el borde o rozaba menos.
No era una obra basta.
Era una obra pensada.
—Quien hizo esto sabía que el anillo entraría con dificultad —dijo.
—Todos lo sabían —replicó Mathilde.
—No. Todos sabían que quedaba justo. No todos comprendieron cómo convertir esa incomodidad en mecanismo.
El padre Laurent cerró los ojos.
—Dios nos perdone.
—Padre, en mi experiencia, Dios recibe muchas solicitudes para asuntos que la gente podría haber evitado con menos crueldad y un poco más de vigilancia.
El sacerdote no respondió.
Delacroix se volvió hacia Mathilde.
—El joyero.
—Gaspard Renoux.
—Del pueblo.
—Sí.
—¿Cuándo llevó usted el anillo?
—Hace cuatro días.
—¿Qué pidió?
—Limpieza. Revisión. Nada más.
—¿No ajustar el tamaño?
—No.
—Henri dijo que el joyero podía tocarlo un poco, pero usted casi lo acusó de sacrilegio.
Mathilde lo miró.
—Henri exageraba cuando quería hacer reír.
—Todos exageramos en dirección a alguna verdad.
—Pedí que no se alterara el anillo.
—¿Por qué?
—Porque no era necesario.
—Porque era tradición.
—Sí.
—Porque en Saint-Aubin incluso los dedos deben someterse al pasado.
Mathilde se inclinó hacia él.
—Porque el anillo pertenecía a hombres muertos que no podían defenderlo de la vanidad de los vivos.
Delacroix aceptó la frase con una leve inclinación de cabeza.
—Hermoso. Peligroso, pero hermoso.
—No todo lo que usted no comparte es peligroso.
—No. Solo lo que alguien está dispuesto a proteger por encima de una persona.
Mathilde se apartó.
El golpe había dado en algo.
Lucien abrió su carpeta.
—Tengo el recibo del joyero entre los papeles de Henri. Lo trajo Adrien con el anillo.
—Muéstremelo.
Lucien buscó unos segundos y extrajo una hoja doblada.
Delacroix la tomó.
El recibo era sencillo. Papel barato. Tinta azul. El nombre del joyero en la parte superior: Gaspard Renoux, orfèvre et horloger. Debajo, la descripción: limpieza de alianza de oro, revisión de cierre de caja antigua, pulido exterior leve.
Delacroix leyó dos veces.
—Revisión de cierre de caja antigua —dijo.
Mathilde frunció el ceño.
—La caja no cerraba bien.
—No lo mencionó.
—No me pareció relevante.
—Una frase que debería prohibirse en toda investigación.
—La caja estaba vieja. El cierre se abría si se movía demasiado.
—¿La caja oscura?
—Sí.
Delacroix recordó la noche anterior. La caja clara de Claire cayendo al suelo. La oscura girando apenas sobre la mesa. Mathilde apoyando una mano. Adrien mirando. Lucie disculpándose.
—¿Renoux arregló la caja también?
—Ajustó el cierre.
—¿Quién recogió el anillo y la caja?
—Adrien.
—¿Por qué no usted?
—Tenía preparativos.
—Y Adrien estaba en el pueblo.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo pasó entre que lo recogió y se lo entregó?
Mathilde no respondió de inmediato.
—No lo sé.
—¿No?
—Adrien regresó por la tarde. Me entregó la caja antes de la cena.
—¿Hace tres días?
—Dos.
—¿La abrió delante de él?
—Sí.
—¿Comprobó el anillo?
—Lo vi.
—¿Por dentro?
—Ya me lo ha preguntado.
—Y volveré a hacerlo hasta que la respuesta se canse de esconderse.
Mathilde sostuvo su mirada.
—No. No lo comprobé por dentro.
Delacroix dobló el recibo.
—¿Adrien pudo haber tenido el anillo varias horas?
—Pudo.
—¿Con acceso a la caja, al anillo y a una deuda considerable?
Mathilde se endureció.
—Adrien no tiene los conocimientos para preparar eso.
—Quizá no. ¿Pero podría haber llevado el anillo a alguien que sí?
Lucien se movió incómodo.
—El propio joyero.
—Exactamente.
El padre Laurent habló con voz baja.
—Gaspard Renoux es un hombre honrado.
Delacroix lo miró.
—Padre, los hombres honrados no deberían vivir tan cerca de familias ricas. Es una tentación innecesaria para todos.
—No creo que aceptara…
—No le pido creencias. Le pediré datos. ¿Renoux conocía a los Beaumont?
—Por supuesto. Todo el pueblo los conoce.
—¿Dependía de ellos?
Mathilde respondió:
—No más que cualquier comerciante de Saint-Aubin.
—Eso significa sí, pero con orgullo local.
Lucien, que seguía mirando el recibo, señaló algo.
—Aquí hay una corrección.
Delacroix se acercó.
En la fecha de recogida, la tinta parecía repasada. El número del día había sido escrito encima de otro. La diferencia era mínima, pero existía.
—Interesante —dijo.
Mathilde tomó el recibo.
—Eso puede ser un error.
—Todo puede ser un error hasta que mata a alguien.
—No sabemos que la fecha importe.
—Todavía no sabemos casi nada. Por eso conviene no regalarle inocencia a ningún detalle.
Lucien miró a Delacroix.
—Si el anillo fue recogido un día antes de lo declarado…
—Alguien tuvo más tiempo con él.
—Adrien.
—O quien recibió el anillo de Adrien. O quien pidió a Adrien que mintiera.
Mathilde dejó el recibo sobre la mesa.
—Está construyendo castillos sobre una cifra mal escrita.
—No. Estoy mirando la grieta de una cifra. Los castillos ya estaban aquí antes de que yo llegara.
El doctor Roussel volvió a cubrir el anillo.
—Necesito tomar una muestra de esa sustancia.
—Hágalo —dijo Delacroix—. Pero deje la espina intacta.
—Lo intentaré.
—No. Lo hará.
Roussel respiró con visible paciencia médica.
Mientras el doctor trabajaba, Delacroix observó a los demás.
El padre Laurent miraba el anillo como si contemplara una profanación. Lucien miraba el recibo corregido. Mathilde miraba a Delacroix. No al anillo. A él.
Eso lo interesó.
—Mademoiselle Beaumont —dijo—. ¿Cuándo decidió exactamente que Henri usaría este anillo?
—Cuando él decidió casarse en Saint-Aubin.
—No es exacto.
—Fue una decisión natural.
—Las decisiones naturales rara vez necesitan tanta defensa.
Ella pareció cansarse.
—Henri iba a casarse en la capilla familiar. Era lógico que usara el anillo familiar.
—¿Claire se opuso?
—Claire se opone a muchas cosas que no comprende.
—Eso no responde.
—Dijo que Henri debía usar el anillo que quisiera.
—Qué idea tan radical para una boda.
—Henri dudó. Yo le recordé lo que significaba el anillo.
—¿Y qué significaba?
Mathilde miró el oro cubierto por el pañuelo.
—Continuidad.
—Henri quería ruptura.
—Henri quería perdón.
—¿Y usted?
—Yo quería que no confundiera casarse con absolverse.
La respuesta fue tan seca y tan exacta que todos callaron.
Delacroix la miró con atención.
—Eso casi suena justo.
—Quizá porque lo es.
—Quizá.
El doctor Roussel terminó de tomar la muestra. La guardó en un pequeño tubo, sellado con cera.
—Haré lo que pueda —dijo—. Pero necesitaré enviar esto a alguien con mejores medios.
—Hágalo —dijo Delacroix—. Con alguien de confianza y por escrito. Nada de criados que no sepan qué llevan.
Mathilde intervino.
—Baptiste puede ir al pueblo.
—No al pueblo —dijo Delacroix—. A la ciudad más cercana. Y no ahora. Primero necesito hablar con Renoux.
—Puedo mandar a buscarlo —dijo Mathilde.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque si es culpable, avisarlo sería una cortesía excesiva. Y si es inocente, también conviene sorprender a su memoria.
Lucien cerró la carpeta.
—¿Irá usted?
—Por supuesto.
Mathilde se puso rígida.
—No puede abandonar Saint-Aubin mientras la casa está llena de sospechosos.
—No pienso irme solo. Además, Saint-Aubin lleva siglos cuidándose a sí misma con resultados discutibles. Sobrevivirá una hora más.
—¿Quién vendrá con usted?
Delacroix miró a Lucien.
—Monsieur Dargent.
El abogado abrió los ojos.
—¿Yo?
—Sí. Necesito a alguien que sepa leer papeles y ponerse nervioso ante las fechas.
Adrien apareció en la puerta antes de que nadie pudiera responder.
—Qué lástima. Yo también sé ponerme nervioso ante las fechas. Sobre todo las de vencimiento.
Mathilde se volvió.
—¿Qué haces aquí?
—La puerta estaba abierta.
—Eso nunca ha sido una invitación.
—En mi vida, casi nada lo ha sido.
Delacroix observó al sobrino.
—Llegó en buen momento, monsieur Beaumont.
—Rara vez me dicen eso.
—Hablábamos del joyero.
La sonrisa de Adrien perdió algo de brillo.
—Gaspard.
—Usted recogió el anillo.
—Sí.
—¿Qué día?
Adrien miró a Mathilde.
—El día que mi tía me pidió que lo recogiera.
—Su precisión abruma.
—No todos llevamos calendario en el alma, monsieur.
Delacroix le mostró el recibo.
—La fecha está corregida.
Adrien lo miró.
—Los comerciantes de pueblo tienen mala caligrafía.
—Y los sobrinos endeudados, mala memoria.
—Eso ha sido menos sutil.
—No siempre conviene decorar las acusaciones.
Adrien tomó el recibo con permiso de Delacroix y lo examinó.
—Lo recogí anteayer.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿No el día anterior?
—No.
—¿Cuánto tiempo lo tuvo?
—Lo recogí por la mañana. Volví a Saint-Aubin por la tarde.
—Varias horas.
—No me parece un crimen tardar en volver de un pueblo donde todo el mundo quiere hablar con un Beaumont para pedir favores, cobrar cuentas o recordar glorias que ninguno vivió.
—¿Abrió la caja?
Adrien miró a Mathilde.
Luego sonrió.
—Sí.
Mathilde dio un paso.
—Adrien.
—Oh, vamos, tía. No pienso mentir por una caja. Ya tengo bastantes pecados mejor vestidos.
Delacroix esperó.
—¿Por qué la abrió? —preguntó.
—Curiosidad.
—Una virtud cara.
—Quería ver si el famoso anillo seguía pareciendo tan incómodo como recordaba. Y sí. Lo parecía.
—¿Tocó el interior?
—No. Lo sostuve. Lo miré. Pensé que, si alguna vez me casaba, preferiría un aro de cortina.
—¿Estaba solo?
—Sí.
—¿Dónde?
—En la posada del pueblo. Tomé una copa antes de volver.
—Con el anillo.
—Con la caja en el bolsillo.
—¿La dejó en algún momento?
Adrien tardó una fracción en responder.
—No.
Delacroix sonrió apenas.
—Inténtelo otra vez.
Adrien perdió la sonrisa.
—La dejé sobre la mesa mientras pagaba.
—¿Cuánto tiempo?
—Un minuto.
—Otro minuto generoso en este caso.
—Había gente alrededor. Nadie sabía qué era.
—¿Quién estaba alrededor?
Adrien cerró los ojos con fastidio.
—El posadero. Dos campesinos. Un viajante. No sé.
—¿Gaspard Renoux?
—No.
—¿Está seguro?
—Sí.
—¿Alguien de la casa Beaumont?
—No.
—¿Madame Moreau?
Adrien frunció el ceño.
—No.
—¿Lucie?
—¿La doncella? No.
—¿Madame Vasseur?
—No.
Delacroix sostuvo su mirada.
—¿Está seguro o solo desea que la respuesta termine?
—Ambas cosas.
Mathilde parecía a punto de perder la paciencia.
—Adrien cometió la estupidez de abrir una caja que no debía. Eso no lo convierte en asesino.
—No —dijo Delacroix—. Lo convierte en una oportunidad.
Adrien se inclinó.
—Siempre quise ser algo más que una decepción.
—No se entusiasme. Las oportunidades también se desperdician.
El doctor Roussel guardó sus instrumentos.
—El anillo debe volver a sellarse.
—Sí —dijo Delacroix.
Repitieron el procedimiento. La caja se cerró. El lacre cayó. Las firmas volvieron a cruzar el cierre. Esta vez, Delacroix añadió una marca propia junto al sello, una pequeña línea oblicua casi invisible.
Adrien lo notó.
—¿Desconfía incluso del lacre?
—Desconfío especialmente de lo que todos creen cerrado.
Lucien recogió los documentos.
—¿Vamos al pueblo?
Delacroix miró por la ventana.
La tarde había oscurecido. La bruma se espesaba sobre los jardines. En el camino de grava, los pétalos blancos seguían pegados al suelo como restos de una promesa maltratada.
—Sí.
Mathilde se opuso de inmediato.
—No ahora.
—Ahora.
—Está anocheciendo.
—Los culpables no se vuelven menos culpables con la luz, pero algunos testigos sí se vuelven menos valientes con la noche.
—La casa necesita autoridad.
—Entonces quédese. Es una de sus especialidades.
Mathilde sostuvo su mirada.
—No permitirá que nadie salga.
—Nadie salvo monsieur Dargent y yo. Y un cochero.
—¿Adrien?
—Adrien se quedará.
Adrien levantó las manos.
—Por una vez, no protestaré.
—Eso también me preocupa.
Delacroix tomó su sombrero y el bastón.
Antes de salir, volvió a mirar la caja sellada.
El anillo estaba dentro.
Pequeño.
Antiguo.
Silencioso.
Pero ya no era una reliquia familiar.
Era una frase escrita en oro, con una espina por firma.
Y Delacroix empezaba a comprender algo esencial: el asesino no había elegido el anillo solo porque podía matar.
Lo había elegido porque podía hablar.
Hablaba de Saint-Aubin. De Mathilde. De Henri. De Claire empujando una tradición hasta hacerla sangre. De una familia empeñada en meter el pasado en el dedo de un hombre que intentaba, demasiado tarde, quitárselo de encima.
Cuando salió del cuarto de cuentas, Claire Duvall estaba en el corredor.
Ya no llevaba el vestido de novia.
Vestía de gris.
Aquello no la hacía menos viuda.
Solo menos visible.
—¿Era el anillo? —preguntó.
Delacroix se detuvo.
No tenía sentido mentirle.
—Sí.
Claire cerró los ojos.
No lloró.
—Entonces fui yo.
—No.
—Mis manos.
—Las manos no siempre son culpables de la voluntad que las usa.
Ella abrió los ojos.
—Eso no va a bastarme.
—Lo sé.
Claire miró hacia el cuarto donde habían sellado la prueba.
—Encuentre a quien lo hizo.
—Eso intento.
—No —dijo ella—. Encuentre a quien decidió que yo debía hacerlo.
Delacroix inclinó apenas la cabeza.
—Esa es la pregunta correcta.
Claire se apartó para dejarlo pasar.
Delacroix siguió hacia la salida con Lucien Dargent.
La abadía quedó detrás de ellos, llena de flores marchitas, sospechosos encerrados y un anillo sellado que, por primera vez en generaciones, ya no pertenecía a los Beaumont.
Pertenecía a la verdad.
Y la verdad, a diferencia de las familias antiguas, no solía respetar los apellidos.