Capítulo 13 — El anillo
El anillo de los Beaumont reposaba dentro de la caja sellada como si la familia hubiera conseguido encerrar, por fin, una parte manejable de su desgracia.
Delacroix lo hizo trasladar al antiguo cuarto de cuentas, una estancia pequeña junto al despacho de Mathilde, con una mesa robusta, dos lámparas de aceite y una ventana estrecha que daba al jardín norte. No era un lugar solemne. Eso le convenía.
Las solemnidades, en Saint-Aubin, ya habían causado suficientes problemas por una mañana.
El doctor Roussel llegó con su maletín. Lucien Dargent apareció con una carpeta de documentos bajo el brazo y la expresión de quien preferiría estar leyendo cláusulas en una habitación sin cadáveres.
Mathilde Beaumont entró la última, llevando un manojo de llaves y una dignidad cuidadosamente recompuesta.
Delacroix pidió también al padre Laurent.
No porque el sacerdote pudiera aportar ciencia, sino porque había tenido el anillo en la sacristía, y las personas que han tocado un objeto importante deben estar presentes cuando ese objeto empieza a contar su versión de los hechos.
Claire Duvall no fue convocada.
No todavía.
Delacroix había aprendido que algunas verdades pueden romperse si se muestran demasiado pronto a quienes ya están rotos.
—¿Es necesario todo este teatro? —preguntó Mathilde.
Delacroix colocó la caja sobre la mesa.
—No es teatro, mademoiselle. Es método. El teatro fue la boda.
Nadie respondió.
El lacre rojo seguía intacto. Las tres firmas cruzaban el cierre: Roussel, Delacroix, Beaumont. El apellido de Mathilde, escrito con trazo firme, parecía más severo que los otros dos.
—Doctor —dijo Delacroix.
Roussel examinó el sello.
—No ha sido abierto.
—Muy bien.
Delacroix rompió el lacre con cuidado. Abrió la caja. Dentro, sobre el pañuelo blanco, descansaba la alianza antigua.
El cuarto pareció estrecharse.
Era absurdo, desde luego. El anillo no había cambiado. No había crecido. No pesaba más que antes.
Pero ahora todos sabían que quizá había matado a un hombre.
Y el conocimiento, pensó Delacroix, era una forma muy eficaz de alterar los objetos.
Roussel se inclinó con la lupa.
—Aquí —dijo.
Delacroix acercó una de las lámparas.
El interior del anillo mostró por fin su secreto con una indecencia microscópica.
En la cara interna, cerca de uno de los bordes, había una pequeña punta metálica, no más grande que una astilla.
Apenas sobresalía. No era visible al contemplar el anillo de frente.
Ni siquiera al sostenerlo entre los dedos. Había que buscarla.
Eso la volvía mucho más desagradable.
—Dios santo —murmuró el padre Laurent.
—Procure no atribuirle esto de momento —dijo Delacroix—. Ya tiene suficiente trabajo con las bodas corrientes.
El sacerdote no contestó.
Mathilde permanecía inmóvil.
Sus ojos estaban fijos en la alianza, pero no había en ellos horror abierto. Había otra cosa: una concentración tensa, casi furiosa, como si la simple existencia de aquella espina constituyera una ofensa personal contra la historia de la familia.
—Eso no estaba ahí —dijo.
—¿Cuándo?
—Nunca.
—Nunca es una palabra demasiado larga para una joya de varias generaciones.
Mathilde levantó la vista.
—Conozco ese anillo.
—Entonces empecemos por ahí.
Delacroix tomó asiento frente a la mesa. No tocó el anillo. Solo lo observó.
—¿Cuándo lo vio por última vez antes de que Henri decidiera usarlo?
Mathilde tardó un instante en responder.
—Hace unas semanas. Cuando Henri anunció formalmente que se casaría con Claire en Saint-Aubin. Le mostré las piezas familiares que podía utilizar.
—¿Entre ellas, este anillo?
—Sí.
—¿En qué estado estaba?
—Viejo. Algo opaco. Pero perfecto.
—¿Lo revisó por dentro?
—No como lo hace usted ahora. Lo sostuve, lo limpié un poco con un paño. Nada más.
—¿Lo probó alguien?
—Henri. Más tarde.
—¿Le quedó estrecho entonces?
—Sí. Pero no tanto como para descartarlo.
—Eso lo decide quien conserva el dedo.
Mathilde no se dignó responder.
Roussel seguía inclinado sobre la alianza.
—La punta parece añadida —dijo.
Lucien Dargent tragó saliva.
—¿Añadida?
—Sí. No forma parte del desgaste natural. Al menos no lo parece.
—¿Puede estar soldada? —preguntó Delacroix.
—Quizá. O incrustada. No puedo asegurarlo aquí.
—¿Y la sustancia oscura?
El médico acercó más la lámpara.
—Está en la base de la espina. Muy poca cantidad. Podría ser suciedad antigua, restos de pulido, alguna materia adherida…
—O veneno.
Roussel cerró la boca.
Le molestaba que Delacroix pronunciara la palabra antes de que él pudiera rodearla con prudencia.
—Sí —admitió—. O veneno.
El padre Laurent se santiguó.
Mathilde lo miró con impaciencia.
—Padre, por favor.
—Han usado una alianza bendecida para matar a un hombre.
—No estaba bendecida aún —dijo Delacroix.
El sacerdote lo miró, dolido.
—No creo que eso mejore mucho las cosas.
—No. Pero las vuelve más exactas.
Lucien se acercó a la mesa.
—¿Quién pudo colocar eso ahí?
Delacroix lo miró.
—Esa pregunta tiene dos versiones. Quién pudo físicamente y quién supo hacerlo de manera útil.
—¿Útil?
—Para matar a Henri en el momento elegido.
Lucien desvió la vista.
La palabra matar seguía resultándole demasiado directa.
Delacroix señaló la alianza con el bastón, sin tocarla.
—Si la espina hubiera estado en cualquier punto del interior, quizá habría pinchado al probarse el anillo, quizá al quitárselo, quizá nunca. Pero está colocada donde puede herir al pasar el nudillo si el anillo se empuja con fuerza.
—Claire —dijo Mathilde.
La palabra salió demasiado rápido.
Delacroix alzó la mirada hacia ella.
—Mademoiselle Duvall no colocó la espina con sus manos durante la ceremonia.
—No he dicho eso.
—Ha dicho su nombre como quien abre una puerta conveniente.
Mathilde apretó los labios.
—Ella empujó el anillo.
—Exactamente. El asesino necesitaba que lo hiciera.
—También pudo saberlo ella.
—Pudo.
Mathilde sostuvo su mirada.
—Entonces no la descarte por compasión.
—No suelo permitir que la compasión haga trabajo intelectual.
—Me alegra oírlo.
—No se alegre demasiado. Tampoco permito que el dolor familiar lo haga.
Lucien intervino antes de que Mathilde respondiera.
—Claire no tuvo el anillo a solas.
—¿Está seguro? —preguntó Delacroix.
—Lo tuvo anoche unos segundos, en la capilla, delante de todos.
—¿Y antes?
Lucien miró a Mathilde.
—No lo sé.
Mathilde habló con voz controlada.
—Claire vio el anillo en varias ocasiones. Henri se lo mostró. Yo también. Pero no lo tuvo a solas.
—¿Y el anillo nuevo?
La pregunta cambió el aire.
Mathilde se quedó quieta.
—¿Qué anillo nuevo?
—El que Henri había comprado para usar en lugar de este.
—Ah.
Una sola sílaba.
Poca sorpresa.
Demasiada información.
—¿Lo conocía? —preguntó Delacroix.
—Henri me lo enseñó.
—¿Qué opinó?
—Que era vulgar.
—Naturalmente.
—No por barato. Por ajeno. Un Beaumont no se casa en Saint-Aubin con un anillo comprado sin historia.
—Qué curioso. Al final se casó con una historia que lo mató.
Mathilde bajó la vista hacia la mesa.
—No juegue con eso.
—Ojalá fuera yo quien juega.
Delacroix volvió al anillo.
—¿Dónde está el anillo nuevo?
—No lo sé.
—Claire dice que estaba en el escritorio de Henri.
—Puede ser.
—Lucien no lo vio anoche.
—Entonces quizá Henri lo guardó.
—En el cajón cerrado de su escritorio, tal vez.
Mathilde no respondió.
Delacroix dejó la idea en la habitación.
Luego se volvió hacia el padre Laurent.
—Anoche, después del ensayo, usted guardó los anillos en la sacristía.
—Sí.
—¿Dónde exactamente?
—En un cajón del armario bajo. El mismo donde se guardan los objetos de ceremonia.
—¿Cerrado con llave?
—Sí.
—¿Cuándo volvió a abrirlo?
—Esta mañana, poco antes de la ceremonia.
—¿Solo?
El sacerdote dudó.
—Al principio, sí.
—Luego no.
—Mademoiselle Beaumont entró para comprobar que todo estuviera dispuesto según la costumbre.
Mathilde levantó la cabeza.
—No lo he ocultado.
—Todavía no he dicho que lo ocultara.
El padre Laurent continuó:
—Madame Vasseur entró después con unas cintas para los bancos. Lucie también, con programas. El niño Martin vino cuando se decidió que llevaría el cojín.
—Eso fue un cambio —dijo Delacroix.
—Sí.
—Anoche se había decidido otra cosa.
El sacerdote pareció incómodo.
—Mademoiselle Beaumont pensó que la tradición debía mantenerse.
—Otra vez la tradición haciendo horas extras.
Mathilde habló con frialdad.
—El niño Faverol ha llevado los anillos en otras ceremonias familiares. Era un gesto inocente.
—La inocencia de los niños resulta muy útil para los adultos.
—No implique a un niño en esto.
—No lo implico. Me interesa quién tuvo acceso a él mientras sostenía el cojín.
El padre Laurent bajó la vista.
—El niño estuvo solo apenas un momento.
—¿Dónde?
—En la sacristía.
—¿Con los anillos ya sobre el cojín?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
—Un minuto. Quizá menos.
—Un minuto es una eternidad para quien sabe qué hacer.
Lucien palideció.
—¿Cree que alguien manipuló el anillo esa mañana?
Delacroix miró la pequeña espina.
—No lo creo todavía. Pero no lo descarto.
Roussel negó con la cabeza.
—Colocar algo tan pequeño exige calma. Instrumentos. Luz. No parece tarea para una sacristía llena de gente.
—De acuerdo —dijo Delacroix—. Entonces la manipulación pudo hacerse antes. En el joyero. En el trayecto. En la caja. En el despacho. En cualquier momento donde el anillo estuviera solo con alguien que supiera lo que hacía.
—Y luego bastaba con asegurarse de que Claire lo empujara —dijo Lucien.
—Exactamente.
Mathilde miró a Delacroix.
—Insiste en Claire como instrumento.
—Porque lo fue.
—O como autora.
—Si Claire lo preparó, eligió el método más cruel para sí misma: matar a Henri delante de todos con sus propias manos, quedar inmediatamente bajo sospecha y destruir cualquier protección que el matrimonio pudiera ofrecerle.
—Quizá precisamente por eso nadie creería que fue ella.