Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 12 — La copa intacta #3
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Capítulo 12 — La copa intacta #3

Jeanne volvió con una bandeja pequeña y dos copas envueltas en un paño. Una estaba rota por el pie. La otra intacta, con apenas unas gotas secas en el fondo.

—No las lavé, monsieur.

—Excelente. Ha prestado usted un servicio más valioso que varios invitados con apellido.

Jeanne no supo si agradecer.

Delacroix examinó las copas sin tocarlas.

—¿Dónde cayeron?

—Junto a la puerta de la capilla.

—¿Por qué?

—Una señora empujó la mesa al salir corriendo.

—¿Qué señora?

Jeanne miró a Mathilde, insegura.

—Creo que madame Lenoir.

Mathilde cerró los ojos.

—Por supuesto.

—¿Quién más estuvo cerca de la mesa? —preguntó Delacroix.

Jeanne pensó.

—Monsieur Adrien. Monsieur Dargent pasó por allí. Madame Moreau también, antes de entrar. Mademoiselle Claire y monsieur Henri estuvieron un momento. El padre Laurent cruzó desde la sacristía.

—Todos los caminos llevan a las copas —murmuró Delacroix—. Qué decepción.

Roussel lo miró.

—¿Decepción?

—Las multitudes ensucian las pruebas con una generosidad admirable.

El médico pidió que todas las copas fuesen apartadas para examen. Delacroix lo permitió. Había que seguir la pista, aunque solo fuera para descartarla con autoridad. Los culpables, cuando veían una línea de investigación inútil, a veces se relajaban. Los inocentes, en cambio, solían impacientarse.

Claire miraba la copa casi llena.

—No bebió —repitió.

Esta vez no como defensa.

Como súplica a la memoria.

Delacroix no la contradijo.

Regresaron al refectorio.

El ambiente allí había empeorado. Los invitados habían tenido tiempo de hablar entre sí, y la conversación, en ausencia de verdad, se había reproducido con entusiasmo.

Al entrar Delacroix, varios callaron.

Los culpables no siempre callan.

Los curiosos, sí.

Adrien se apartó de la chimenea.

—¿Encontraron la copa asesina?

—Encontramos varias copas, monsieur Beaumont. Ninguna ha confesado todavía.

—Una lástima. Habría sido un interrogatorio elegante.

—Me dicen que estuvo usted cerca de la mesa de champán antes de la ceremonia.

Adrien sonrió.

—Estuve cerca de muchas cosas. Es una boda. O lo era.

—¿Tocó la copa de Henri?

—No.

La respuesta fue rápida.

—¿Seguro?

—No suelo recordar todas las copas ajenas que no toco, pero en este caso haré una excepción.

—Lucie lo vio junto a la mesa.

—Lucie me habría visto junto al patíbulo si Mathilde lo hubiera decorado con flores. La pobre muchacha tiembla ante cualquier silueta.

—¿Tomó una copa?

—Sí.

—¿La dejó allí?

—Probablemente.

—¿Cuál?

Adrien levantó las manos.

—Monsieur Delacroix, si algún día mi supervivencia depende de recordar la ubicación exacta de una copa de champán, moriré con una ignorancia bastante distinguida.

—No descarte nada.

La sonrisa de Adrien vaciló.

—¿Cree que yo envenené a mi tío?

—Creo que le conviene demasiado que pensemos en una copa.

El silencio se extendió cerca de la chimenea.

Adrien bajó la voz.

—No me conviene nada que Henri esté muerto.

Lucien, desde atrás, soltó una risa amarga.

Todos lo miraron.

El abogado pareció arrepentirse al instante.

Adrien se volvió hacia él.

—¿Algo que añadir, Lucien?

—No.

—Pues pareció que sí.

Lucien cerró los puños.

—Henri vivo iba a firmar documentos que te perjudicaban. Henri muerto deja muchas cosas pendientes. No finjas una inocencia económica que nadie te ha atribuido todavía.

Adrien se acercó un paso.

—Qué raro. Pensaba que los abogados esperaban a leer el testamento antes de repartir acusaciones.

—Y yo pensaba que los sobrinos endeudados esperaban al entierro para calcular.

Mathilde intervino.

—Basta.

La palabra cortó el aire.

Adrien y Lucien se quedaron inmóviles.

Delacroix observó la escena con interés.

A veces las falsas pistas tenían el mérito de hacer hablar a las verdaderas tensiones.

—Monsieur Dargent —dijo—. Ya que ha decidido introducir la cuestión económica con tanta delicadeza, quizá convenga aclarar algo. ¿Henri muerto beneficia a Adrien?

Lucien miró a Mathilde.

—No puedo hablar de…

—Puede.

Mathilde lo dijo antes que Delacroix.

Lucien respiró.

—Si las disposiciones firmadas anoche son válidas, Claire conserva cierta protección.

Pero lo que no se firmó deja sin efecto el reconocimiento de Camille y mantiene parte de la estructura anterior de herencia.

Adrien no resulta beneficiado de forma inmediata, pero evita una pérdida futura considerable.

Adrien aplaudió una vez, lento.

—Maravilloso. Siempre quise que mi ruina fuese explicada ante cuarenta personas y una bandeja de pescado frío.

—No está arruinado —dijo Mathilde.

—No gracias a mi talento.

—Eso es evidente.

Delacroix se volvió hacia Adrien.

—¿Tiene deudas?

—¿Quién no?

—La gente prudente.

—Qué gente tan aburrida.

—¿Cuánto?

Adrien miró alrededor.

—¿De verdad quiere hacer esto aquí?

—No. Pero aquí estamos.

Adrien perdió la sonrisa por completo.

—Lo suficiente para que Henri estuviera enfadado. No lo suficiente para matarlo.

—¿Henri pensaba ayudarle?

—Henri siempre pensaba ayudar. A mí, a Élise, a la muchacha sin apellido, a Claire, a los criados, a la abadía, a todo el mundo. Mi tío tenía una generosidad magnífica, especialmente cuando otro debía organizar las consecuencias.

Mathilde lo miró.

Adrien le devolvió la mirada.

—No me mires así, tía. Hoy estamos diciendo verdades, ¿no?

—Tú las usas como excusas.

—Y tú como cerraduras.

El golpe fue demasiado íntimo.

Delacroix dejó que hiciera su trabajo.

Luego habló:

—La copa de Henri estaba casi intacta.

Adrien parpadeó.

—¿Y?

—Si alguien quería matarlo por champán, eligió muy mal a su víctima.

—Quizá bebió lo suficiente.

—Quizá. Pero no me gusta. Demasiado incierto.

—El crimen rara vez consulta sus preferencias.

—Los buenos sí.

Adrien no respondió.

Claire, desde la ventana, miró a Delacroix.

Había entendido.

La copa no estaba descartada. Pero se debilitaba.

Y con ella, se debilitaba la esperanza de que sus manos no hubieran sido el centro exacto del mecanismo.

El doctor Roussel pidió permiso para llevar las copas a una habitación donde pudiera examinarlas con calma. Delacroix autorizó el traslado bajo vigilancia de Baptiste y Jeanne. Mathilde quiso enviar a Lucie también, pero Delacroix negó.

—Lucie se quedará aquí.

La doncella, al fondo, palideció.

—¿Yo, monsieur?

—Sí.

—¿He hecho algo?

—Ha visto algo. Es bastante más raro.

Mathilde frunció el ceño.

—La muchacha está asustada.

—Entonces no tendrá energía para inventar demasiado.

Lucie parecía a punto de desmayarse.

Delacroix se acercó a ella.

—Respire. No pienso acusarla de asesinato antes del té.

La pobre no pareció consolarse.

—¿Recuerda haber visto a alguien tocar la caja de los anillos esta mañana? —preguntó él.

Mathilde se tensó.

—Estábamos hablando de la copa.

—Ya no.

Lucie miró a Mathilde, luego a Delacroix.

—No, monsieur.

—¿Entró alguien en la sacristía antes de la ceremonia?

—El padre Laurent. Mademoiselle Beaumont. Madame Vasseur, creo, para unas cintas. El niño Martin, cuando le dieron el cojín. Y yo llevé programas.

—¿El niño Martin? —preguntó Claire.

Mathilde intervino:

—Decidí esta mañana mantener la tradición del paje.

—Ayer acordamos que los llevaría el padre Laurent —dijo Claire.

—El padre Laurent los entregó al niño en la sacristía.

—No me lo dijiste.

—Había otras preocupaciones.

Delacroix miró a Mathilde.

—¿A qué hora cambió de opinión?

—Esta mañana.

—¿Por qué?

—Porque era lo correcto.

—Una explicación que empieza a perder brillo por uso excesivo.

El padre Laurent, sentado junto a una mesa, habló con voz cansada.

—Fue decisión mía también. El niño estaba ilusionado. Y el rito familiar…

Se detuvo.

Delacroix terminó por él:

—El rito familiar exigía un niño con un cojín.

—Algo así.

—¿Quién entregó los anillos al niño?

—Yo.

—¿Ya estaban sobre el cojín?

—Sí.

—¿Quién los colocó?

El padre Laurent miró a Mathilde.

—Mademoiselle Beaumont y yo. En la sacristía.

Claire cerró los ojos.

Adrien murmuró:

—Nuestro pequeño teatro recupera reparto.

Delacroix ignoró el comentario.

—¿El niño estuvo solo con el cojín?

El sacerdote dudó.

—Un momento. Quizá.

—¿Dónde?

—En la sacristía. Mientras yo salí a preguntar si la novia estaba lista.

—¿Cuánto tiempo?

—Un minuto. Dos.

—¿Quién más estaba cerca?

El padre Laurent pareció envejecer un poco más.

—Madame Vasseur. Lucie. Mathilde iba y venía. No lo recuerdo con precisión.

Delacroix miró hacia la mesa donde descansaban los restos de la ceremonia.

—La copa intacta, los anillos tocados por medio mundo, un niño solo en una sacristía y una familia decidida a llamar tradición a cualquier descuido. Admito que Saint-Aubin se esfuerza por resultar estimulante.

Mathilde se puso de pie.

—Ya basta.

Su voz no fue alta.

Fue peor.

—Mi hermano está muerto. Mi futura cuñada está destruida. La casa está llena de invitados retenidos contra su voluntad. Y usted convierte cada detalle en una oportunidad para exhibir ingenio.

Delacroix la dejó terminar.

La sala quedó en silencio.

—Tiene razón —dijo él.

Mathilde pareció sorprendida.

—¿Perdón?

—Tiene razón. Henri está muerto. Claire ha sido usada o acusada o ambas cosas. Y esta casa está llena de personas que prefieren sentirse ofendidas antes que recordar con exactitud.

Se volvió hacia todos.

—Así que vamos a hacer algo extraordinario. Vamos a dejar de interpretar papeles durante unos minutos.

Nadie habló.

—Monsieur Beaumont —dijo a Adrien—. Usted me dirá dónde estuvo desde las diez de la mañana hasta la entrada en la capilla. Sin encanto.

Adrien abrió la boca.

—Sin encanto —repitió Delacroix—. Le advierto que, si intenta ser brillante, asumiré que está ganando tiempo.

Adrien la cerró.

—Monsieur Dargent, usted traerá los documentos firmados y no firmados. Todos.

Lucien asintió.

—Padre Laurent, hará una lista de quienes entraron en la sacristía desde anoche.

—Sí.

—Madame Vasseur no tocará una flor sin permiso.

La florista, que acababa de entrar al fondo, se quedó paralizada con un ramo en la mano.

—Mademoiselle Beaumont, necesito la llave de su despacho y la lista de llaves de la casa.

Mathilde lo miró con frialdad.

—Se la daré.

—Mademoiselle Duvall.

Claire levantó los ojos.

—Usted descansará.

—No.

—Eso no era una sugerencia compasiva. Era una medida práctica. Necesito que recuerde más tarde, no que se rompa ahora para demostrar fuerza ante personas que no la merecen.

Claire sostuvo su mirada.

Luego asintió.

—Bien.

Delacroix se volvió hacia Élise.

—Madame Moreau, usted y yo hablaremos otra vez.

—No me he movido.

—Eso no significa que haya dicho todo.

—Nadie aquí lo ha hecho.

—Exactamente.

La sala siguió en silencio.

Delacroix tomó una copa limpia de una mesa lateral. La levantó apenas, mirando el cristal vacío.

—La copa de Henri estaba casi intacta —dijo—. Eso no la vuelve inocente. Pero sí convierte la explicación más cómoda en la menos satisfactoria.

Dejó la copa sobre la mesa.

—Y cuando una explicación cómoda no satisface, conviene volver al gesto que nadie pudo evitar ver.

Claire bajó la mirada hacia sus manos.

Mathilde hacia el suelo.

Lucien hacia sus documentos.

Adrien hacia la puerta.

Élise hacia el lugar donde Henri ya no estaba.

Delacroix observó cada reacción.

La copa intacta había servido para algo, al fin.

No para explicar la muerte.

Para mostrar quién necesitaba que la muerte se explicara lejos del anillo.