Capítulo 12 — La copa intacta #2
Intacta no en el sentido absoluto, sino en el sentido humano de las cosas abandonadas antes de cumplir su función. El líquido apenas había bajado. Las burbujas, muertas ya, dejaban una superficie plana, amarillenta, bajo la luz gris.
Claire se detuvo en el umbral.
—Esa es.
—¿Está segura? —preguntó Roussel.
—Sí.
—Hay otras copas.
—Esa es la suya.
—¿Cómo lo sabe?
Claire señaló el borde.
—Henri apoyó el dedo ahí al dejarla. Se le había manchado un poco el guante con tinta por la mañana. Quedó una sombra.
Delacroix se acercó.
En el tallo de la copa, cerca de la base, había una pequeña marca grisácea.
No en el borde.
En el tallo.
Interesante.
—No la toque —dijo.
Roussel resopló.
—Empiezo a sentirme innecesario.
—No exagere. Todavía puede ofenderse.
Lucien Dargent miraba la bandeja con inquietud.
Mathilde permanecía en la puerta, rígida.
Delacroix examinó la mesa.
Había seis copas en total. Tres vacías. Dos a medio beber. La de Henri casi intacta. Junto a la bandeja había una servilleta doblada, un programa arrugado y unas gotas secas sobre la madera.
—¿Quién sirvió el champán? —preguntó.
Baptiste, llamado por Mathilde, apareció poco después.
—Yo traje la bandeja, monsieur. Pero no serví todas las copas. Algunas las tomaron los invitados.
—¿De la misma botella?
—Sí, monsieur. Dos botellas, en realidad. Las dos abiertas al mismo tiempo.
—¿Quién tomó esta copa?
Baptiste miró.
—No podría asegurarlo.
—Inténtelo.
—Creo que monsieur Henri la tomó él mismo. O quizá monsieur Adrien se la ofreció. Había gente entrando y saliendo.
Lucien miró a Delacroix.
—Si esa copa estaba destinada a Henri…
—No estaba destinada a nadie si él la tomó de una bandeja.
—Pero pudo ser manipulada después.
—Después de que él la dejara casi intacta.
Mathilde habló.
—Si no bebió, no pudo matarlo.
—Una conclusión admirablemente sencilla —dijo Delacroix.
—¿Errónea?
—Todavía no. Sencilla.
Roussel se inclinó hacia la copa.
—Pudo haber bebido un sorbo mínimo.
—Claire dice que no.
—Claire estaba nerviosa.
Claire lo miró.
—Doctor, estaba a punto de casarme, no de perder la vista.
Roussel se ruborizó.
—No quería decir…
—Sí quería. Solo lamenta haberlo dicho mal.
Delacroix decidió que el duelo no había reducido la puntería de Claire. Eso era buena señal. O una señal peligrosa. En Saint-Aubin, a menudo eran la misma cosa.
—Doctor, guarde esa copa para examinarla —dijo.
—¿Entonces admite que puede ser relevante?
—Admito que todos se sentirán mejor si la culpa cabe en una copa.
Roussel sacó un pañuelo.
—No así.
El médico se detuvo, irritado.
—¿Cómo, entonces?
—Por el tallo. Y después la cubre.
—Eso pensaba hacer.
—Magnífico. La telepatía médica avanza.
Mientras Roussel recogía la copa con cuidado, Delacroix miró a Lucien.
—Usted parecía muy interesado en esta posibilidad.
—Como todos.
—No. Usted más.
Lucien se tensó.
—Es natural pensar en una bebida cuando alguien muere de forma súbita.
—No para todos. Mademoiselle Duvall pensó en el anillo. Mathilde pensó en el corazón. El doctor pensó en el desayuno. Usted pensó en la copa.
—Porque vi a Henri con ella.
—¿Cuándo?
—Antes de la ceremonia. En la antesala.
—No lo había dicho.
—No me lo había preguntado.
—Una defensa débil, pero frecuente.
Lucien respiró hondo.
—Henri estaba con Claire. Sostenía la copa. Yo pasé hacia la capilla. Lo vi dejarla.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Habló con él?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque estaba con Claire.
—La discreción es una virtud nueva en esta casa.
Lucien no respondió.
Delacroix miró a Mathilde.
—¿Usted vio la copa?
—Vi muchas copas.
—La de Henri.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Una seguridad muy rápida.
—Cuando no sé algo, no necesito adornarlo.
Delacroix dejó pasar la frase.
Luego se volvió hacia Claire.
—Usted dijo que Henri apoyó el dedo manchado en el tallo.
—Sí.
—¿Qué guante llevaba manchado?
Claire pensó.
—El derecho. Creo.
—¿Por qué tenía tinta?
—Había firmado algo. O intentado firmarlo. No lo sé.
Lucien bajó la vista.
Delacroix lo vio.
—Monsieur Dargent.
—Sí.
—¿Henri se manchó el guante en el despacho?
—Sí.
—¿Cómo?
—La pluma goteó. Fue una torpeza sin importancia.
—Las torpezas sin importancia parecen haber organizado la boda entera.
—Se limpió con un pañuelo.
—¿Qué firmó justo antes de mancharse?
Lucien dudó.
—Una disposición relativa a Claire.
—La que sí firmó.
—Sí.
—¿Y la que no firmó?
—No llegó.
—Porque debía prepararse para la ceremonia.
—Sí.
Delacroix miró la copa casi llena en manos de Roussel.
Henri había sostenido esa copa con el guante manchado después de firmar parte de los documentos y antes de no firmar lo más importante. La había dejado casi intacta. Había entrado en la capilla. Había dicho sí. Había recibido el anillo.
La muerte había esperado el gesto perfecto.
La copa, en cambio, parecía una distracción muy educada.
—Quiero ver la bandeja entera —dijo Delacroix.
Baptiste tragó saliva.
—¿La bandeja?
—Sí.
—Algunas copas fueron retiradas.
Mathilde se volvió hacia él.
—¿Retiradas? Di orden de no tocar nada.
—Antes, mademoiselle. Antes de que monsieur Delacroix lo prohibiera. Cuando todos corrían a la capilla, una doncella recogió dos copas caídas.
—¿Qué doncella?
—No lo sé. Quizá Lucie. Quizá Jeanne.
Delacroix cerró los ojos un instante.
No por desesperación.
Por respeto a la infinita vocación humana de alterar escenas antes de comprenderlas.
—Busque a las dos —dijo.
Baptiste se marchó.
Mathilde parecía furiosa, aunque no estaba claro si con Baptiste, con las doncellas, con la muerte o con la posibilidad de que Saint-Aubin hubiese demostrado una administración imperfecta delante de Delacroix.
—Esto es intolerable —dijo.
—No sea severa consigo misma. Es solo incompetencia común en presencia de un cadáver.
—No tolero la incompetencia.
—Entonces debe de vivir usted agotada.
Claire se acercó a la mesa.
No tocó nada.
Miraba la copa de Henri, ya cubierta.
—No bebió de ella —dijo.
—Quizá no —dijo Roussel.
—No bebió.
Delacroix la observó.
—¿Por qué le importa tanto?
Claire pareció sorprendida por la pregunta.
—Porque si bebió de ella, alguien pudo matarlo sin usarme.
La frase cayó en la sala pequeña con una claridad terrible.
Mathilde bajó la vista.
Lucien apretó los papeles contra el pecho.
Roussel no supo dónde mirar.
Delacroix sí.
Miró a Claire.
—Entiendo.
—No quiero ser el último gesto de su muerte.
—Tal vez no lo fue.
—Usted cree que sí.
—Creo que alguien quiere que esa idea la destruya. Eso no significa que sea completa.
—Pero es parte.
—Sí.
Claire cerró los ojos.
La antesala parecía más pequeña.
Fuera se oyeron pasos. Baptiste regresó con dos doncellas: Lucie, temblorosa, y Jeanne, una mujer algo mayor, de rostro ancho y manos rojas por el trabajo.
—Ellas recogieron las copas, monsieur —dijo.
—¿Quién? —preguntó Delacroix.
Jeanne habló primero.
—Yo recogí dos que habían caído al suelo cuando empezó el griterío.
—¿Dónde están?
—En la cocina, monsieur. Las puse aparte porque se rompió una.
—¿Las lavó?
Jeanne pareció ofendida.
—No, monsieur. No he tenido tiempo.
—El tiempo, al fin, hace algo útil.
Lucie permanecía muda.
Delacroix la miró.
—¿Y usted?
—Yo… yo recogí programas del suelo.
—¿Copas?
—No, monsieur.
—¿Tocó esta mesa?
Lucie miró la bandeja.
—No lo recuerdo.
Mathilde dio un paso.
—Lucie.
La muchacha se estremeció.
—No. No, mademoiselle. Creo que no. Solo pasé por aquí antes de la ceremonia, con los ramos pequeños para los bancos.
—¿Vio a alguien tocar la copa de monsieur Beaumont después de que él la dejara?
Lucie abrió la boca.
La cerró.
Delacroix esperó.
—Vi a monsieur Adrien cerca de la mesa —dijo al fin.
Mathilde se tensó.
Lucien bajó la mirada.
Claire no se movió.
—¿Cuándo? —preguntó Delacroix.
—Poco antes de que todos entrasen en la capilla. Monsieur Henri y mademoiselle Claire ya habían pasado. Creo.
—¿Qué hacía?
—No lo sé.
—Lucie.
La voz de Delacroix fue suave.
Eso la asustó más que un grito.
—Tomó una copa. O dejó una. No estoy segura.
—¿Tocó la de Henri?
—No lo sé.
—¿La copa casi llena estaba en la mesa?
—Sí.
—¿Y monsieur Adrien estaba junto a ella?
—Sí.
Mathilde exhaló con rabia contenida.
—Adrien es incapaz de pasar junto a una bandeja sin considerar su contenido una invitación personal.
—Eso puede ser verdad y no ser suficiente —dijo Delacroix.
Lucie parecía a punto de llorar.
—No quise decir que…
—Ha dicho lo que vio. Es una costumbre peligrosa, pero valiosa.
—¿Puedo irme?
—Sí.
La muchacha salió casi corriendo. Jeanne pidió permiso para traer las copas de la cocina y Delacroix asintió.
Mathilde fue la primera en hablar cuando quedaron solos.
—Adrien no mató a Henri con una copa que Henri no bebió.
—Una defensa curiosamente específica.
—No empiece.
—Todavía no.
Roussel cubrió también la bandeja.
—De todos modos, debo examinar el líquido.
—Por supuesto —dijo Delacroix—. No conviene despreciar una pista solo porque parezca empeñada en ser inútil.
Claire miró hacia el corredor.
—Adrien dijo anoche algo sobre vender el anillo.
—Adrien dice muchas cosas para evitar que alguien le pregunte por las importantes.
—¿Y si intentó manipular la copa para desviar la atención del anillo?
Lucien levantó la vista.
—¿Desviar la atención antes de que supiera que Henri moriría por el anillo?
Claire no respondió.
Delacroix sí.
—O después.
Todos lo miraron.
—Después de la muerte, cualquiera pudo intentar dirigir nuestra mirada hacia lo que parecía más común. Una copa. Una bebida. Un veneno ingerido. El anillo, en cambio, resultaba demasiado íntimo. Demasiado ritual.
Mathilde cruzó los brazos.
—Entonces la copa es una distracción.
—Quizá.
—Pero la hizo alguien después.
—Quizá.
—¿Adrien?
—Quizá.
—Empieza usted a abusar de la palabra.
—Es una palabra honesta cuando las certezas se comportan mal.