Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 12 — La copa intacta
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Capítulo 12 — La copa intacta

El refectorio olía a flores, cera y comida enfriándose.

No había peor perfume para una tragedia reciente que un banquete interrumpido. Los platos esperaban bajo campanas de plata. Las copas alineadas sobre las mesas recogían la luz gris de la tarde. Los cubiertos, impecables, parecían dispuestos a participar de una celebración que ya no existía.

Los invitados se habían repartido por la sala con la obediencia inquieta de quienes no pueden marcharse, pero tampoco saben permanecer.

Algunos ocupaban sus sitios de la cena anterior.

Otros habían elegido esquinas, ventanas, paredes.

La muerte alteraba incluso la geografía de las personas.

Los valientes se acercaban al centro para parecer útiles.

Los culpables, o los que temían parecerlo, calculaban distancias.

Los verdaderamente inocentes solían hacer lo más incómodo: estorbar sin darse cuenta.

Delacroix entró con la caja sellada del anillo aún en la memoria y un cansancio fino instalándosele detrás de los ojos.

No era cansancio físico.

Era esa fatiga moral que producían las familias cuando se reunían alrededor de un cadáver y empezaban a descubrir, con una sorpresa muy poco convincente, que todos tenían algo que ocultar.

Mathilde Beaumont llegó poco después.

Había recuperado su compostura. La llevaba como otras mujeres llevaban un chal: bien colocada, útil y con la esperanza de que nadie advirtiera el frío que cubría.

—El anillo ha quedado sellado —dijo Delacroix, lo bastante alto para que varios oyeran.

Algunas cabezas se volvieron.

Adrien Beaumont, junto a la chimenea, levantó una ceja.

—Qué alivio. Siempre temí que una joya familiar escapara por una ventana y nos dejara solos con nuestras virtudes.

—No se preocupe —respondió Delacroix—. Las virtudes suelen pesar menos que el oro.

Adrien sonrió.

No parecía más tranquilo.

Lucien Dargent estaba sentado a una mesa lateral con varios papeles delante, aunque no los leía. Claire Duvall permanecía junto a la ventana, ya sin velo, pero todavía con el vestido blanco. Aquello la hacía parecer una aparición equivocada en su propia desgracia.

Élise Moreau no se había sentado. Estaba de pie cerca de una columna, con las manos unidas sobre el bolso. Parecía una mujer esperando una sentencia que no sabía si deseaba o temía.

El doctor Roussel entró detrás de Delacroix, limpiándose las manos con un pañuelo que luego guardó como si hubiera cometido una pequeña indecencia.

—Necesito hacer algunas preguntas sobre lo que comió o bebió monsieur Beaumont durante la mañana —dijo.

La sala reaccionó con un murmullo inmediato.

Era curioso.

La palabra «anillo» había provocado horror. La palabra «bebió» produjo alivio.

Beber era comprensible. Comer era comprensible. Una copa manipulada, una salsa, un café, una pastilla. Todo eso pertenecía a la imaginación corriente del crimen. El anillo, en cambio, exigía aceptar que la muerte había entrado vestida de rito.

La humanidad prefería sus monstruos en recipientes conocidos.

—¿Insinúa que lo envenenaron? —preguntó la viuda de las caderas, apretando el pañuelo contra el pecho.

—El doctor no insinúa —dijo Delacroix—. El doctor busca lugares donde su ciencia pueda sentirse menos humillada por la evidencia.

Roussel lo miró con irritación.

—Es perfectamente razonable considerar la ingestión.

—No he dicho que no.

—La muerte pudo deberse a algo tomado antes de la ceremonia.

—Pudo.

—Un café, una copa, un medicamento.

—Pudo.

—Celebro que estemos de acuerdo en algo.

—No se precipite. Es una sensación frágil.

Mathilde avanzó hasta el centro de la sala.

—Henri desayunó poco. Café, pan tostado y algo de fruta. Como siempre.

—¿Con quién? —preguntó Delacroix.

—Conmigo, Adrien y el padre Laurent. Claire desayunó en su habitación. Algunos invitados también.

Adrien levantó una mano.

—Debo declarar, en defensa de mi carácter, que desayuné más que mi tío y con menos dignidad.

—No dudábamos de ninguna de las dos cosas —dijo Delacroix.

El padre Laurent, sentado junto a la pared, se inclinó hacia delante.

—Monsieur Henri parecía nervioso, pero de buen ánimo. Apenas tocó la fruta.

—¿Bebió café? —preguntó Roussel.

—Media taza —dijo Mathilde—. Quizá menos.

—¿Alguien más tomó del mismo café?

—Todos.

—¿Del mismo servicio?

—Sí.

Roussel miró a Delacroix, como si aquello fuera una pequeña victoria contra el anillo.

Delacroix no le concedió el placer.

—¿Quién sirvió?

Mathilde miró hacia los criados agrupados cerca de la puerta.

—Lucie ayudó esta mañana. Y Baptiste.

El criado mayor, el mismo que Delacroix había visto en el despacho de Mathilde, dio un paso.

—Yo llevé la bandeja principal, monsieur. Lucie sirvió el café.

Lucie, pálida, bajó la cabeza.

—Sí, monsieur.

—¿Sirvió usted primero a monsieur Beaumont?

—No lo recuerdo.

Mathilde habló antes de que la muchacha pudiera hundirse en el pánico.

—Se sirvió por orden de asiento. Henri estaba a mi derecha.

—Entonces no fue el primero —dijo Delacroix.

—No.

—¿Notó algo extraño en la taza?

Lucie negó con fuerza.

—No, monsieur.

—Eso no es una falta. La mayor parte de lo extraño se esfuerza mucho por parecer normal.

La muchacha lo miró sin saber si aquello debía aliviarla.

—Después del desayuno —intervino Roussel—, ¿tomó algo más?

Varios invitados empezaron a hablar a la vez.

Un vaso de agua.

Un sorbo de licor.

Champán antes de la ceremonia.

Sales para los nervios.

Un criado llevando una bandeja.

Alguien había visto a Henri con una copa en la mano.

Alguien no recordaba si era agua o vino.

Alguien aseguraba que el novio había brindado con Adrien.

Adrien levantó las dos manos.

—Me halaga la fe familiar en mi capacidad para compartir alcohol, pero no recuerdo haber brindado con Henri esta mañana.

—Usted tenía una copa antes de la ceremonia —dijo una señora.

—Yo tengo muchas copas a lo largo de una vida, madame. Eso no las convierte en documentos históricos.

—Estaba junto al vestíbulo.

—Probablemente. Me gusta estar cerca de las salidas.

Delacroix se volvió hacia él.

—¿Por qué?

—Por prudencia.

—Una virtud que suele visitar tarde a los Beaumont.

Adrien inclinó la cabeza.

—Eso ha sido casi amable.

Lucien Dargent habló desde su mesa.

—Henri bebió agua en el despacho antes de ir a vestirse.

Todas las miradas se dirigieron hacia él.

—¿Cuándo? —preguntó Delacroix.

—Después de firmar los papeles. O de algunos papeles. Estábamos en su despacho, anoche primero y esta mañana unos minutos.

—¿Esta mañana también?

Mathilde se volvió hacia Lucien.

—No me dijiste que habías vuelto al despacho con él.

—Fue breve.

—¿A qué hora? —preguntó Delacroix.

—Alrededor de las diez y media.

—¿Y Henri bebió agua?

—Sí.

—¿De dónde salió?

—Había una jarra en el despacho.

Delacroix recordó la copa vacía sobre el escritorio.

—¿Bebió usted también?

—No.

—Qué oportuno.

Lucien palideció.

—No tenía sed.

—Una defensa perfectamente legal y moralmente insuficiente.

—Monsieur Delacroix…

—¿Alguien más entró en el despacho mientras usted estaba con Henri?

Lucien dudó.

—Adrien llamó a la puerta.

Adrien abrió los ojos.

—¿Yo?

—Sí.

—Ah. Eso.

—Qué memoria tan cómoda —dijo Delacroix.

Adrien se separó de la chimenea.

—Fui a pedirle a Henri que hablara con Mathilde sobre el asunto del carruaje de los Faverol. Nada criminal, salvo quizá la conversación.

—¿Entró?

—No. Lucien abrió la puerta lo justo para mirarme como si yo fuera una interrupción fiscal.

—No era el momento —dijo Lucien.

—En esta casa nunca lo es.

Delacroix observó a ambos.

—¿Henri bebió antes o después de esa interrupción?

Lucien pensó.

—Después, creo.

—¿Cree?

—Sí.

—Trate de convertir la creencia en recuerdo.

El abogado cerró los ojos.

—Adrien llamó. Henri se irritó. Yo cerré. Discutimos una cláusula. Luego Henri bebió agua.

—¿Mucha?

—Medio vaso.

—¿Se sintió mal?

—No.

—¿Cuánto tiempo después murió?

—Casi dos horas.

Roussel intervino:

—Eso no descarta nada.

—No —dijo Delacroix—. Pero empieza a aburrir a la jarra.

El médico frunció el ceño.

—También hubo champán antes de la entrada a la capilla —dijo Mathilde.

Claire levantó la vista.

—Henri no bebió champán.

Mathilde se volvió hacia ella.

—Tenía una copa.

—No bebió.

—¿Cómo lo sabes?

Claire sostuvo su mirada.

—Porque se acercó a mí antes de entrar. Dijo que si bebía champán con el estómago cerrado, diría «sí, acepto» con voz de diputado. Dejó la copa en una mesa.

Un murmullo incómodo recorrió el salón.

La frase era demasiado de Henri. Durante un segundo, lo devolvió vivo de una manera cruel.

Élise Moreau bajó la vista.

Mathilde apretó los labios.

Delacroix miró a Claire.

—¿Dónde estaba esa mesa?

—En la antesala de la capilla. Junto a la puerta del claustro.

—¿Quién le dio la copa?

Claire negó con la cabeza.

—No lo vi.

—¿Estaba llena?

—Casi. La dejó casi intacta.

Roussel se animó.

—Necesitamos esa copa.

—Por fin —dijo Delacroix—. Un objeto que todos desean tocar demasiado tarde.

Mathilde dio una orden a Baptiste, pero Delacroix la detuvo.

—No. Iremos nosotros.

—¿Todos? —preguntó Adrien.

—No se entusiasme. Doctor, monsieur Dargent, mademoiselle Beaumont, mademoiselle Duvall y yo. Los demás permanecerán aquí.

Adrien abrió la boca.

—¿Y yo?

—Usted practicará la inmovilidad, como le sugerí.

—Es una disciplina exigente.

—Para algunos, heroica.

Adrien hizo una reverencia mínima.

—Haré lo posible por no salvar el día.

Salieron del refectorio hacia la antesala de la capilla.

El corredor estaba silencioso. Las flores del arco seguían allí, aunque algunas empezaban a vencerse por la humedad. La muerte no marchita las flores de inmediato. Les concede la crueldad de durar lo suficiente para parecer inoportunas.

La antesala era una estancia pequeña, con una mesa estrecha junto a la pared, varios programas de ceremonia, una bandeja con copas y un jarrón de rosas blancas.

Allí estaba.

Una copa de champán casi llena.