Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 11 — La hermana que no lloraba #2
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Capítulo 11 — La hermana que no lloraba #2

—¿Lo tocó?

—Naturalmente.

—¿Por dentro?

—No recuerdo.

Delacroix se acercó un paso.

—Inténtelo.

—No recuerdo.

—Eso suele significar que recuerda y no le gusta la utilidad del recuerdo.

Mathilde dejó los papeles sobre la estantería con cuidado.

—Monsieur Delacroix, he tocado ese anillo decenas de veces en mi vida. Lo vi en la mano de mi padre. Lo guardé después de su muerte. Lo limpié. Lo envolví. Lo protegí. Si me pregunta si ayer pasé el dedo por su interior como una ladrona buscando un mecanismo, la respuesta es no.

—No dije ladrona.

—No hacía falta.

Delacroix la observó.

—Anoche, en la capilla, sostuvo el anillo por los bordes exteriores.

—Es una joya antigua.

—También lo hizo antes de entregarlo al padre Laurent.

—¿Y?

—No introdujo el dedo. No lo giró por dentro. No lo probó.

—Porque no soy Henri.

—O porque sabía que no debía tocar cierta parte.

El silencio cambió de peso.

Mathilde no se movió.

Pero su mirada se endureció hasta volverse casi mineral.

—Mi hermano acaba de morir.

—Sí.

—Y usted está aquí, en mi despacho, sugiriendo que yo preparé el instrumento que lo mató.

—Estoy aquí porque usted tenía acceso, conocimiento, autoridad y motivos.

—¿Motivos?

La palabra salió con desprecio.

Delacroix señaló con el bastón la habitación.

—Saint-Aubin.

Por primera vez, Mathilde no respondió enseguida.

Miró alrededor.

El escritorio. Las llaves. Las listas. Las cuentas. Las paredes sin belleza. La habitación útil desde la que había sostenido una casa que otros admiraban en los días de fiesta.

—No sabe de qué habla —dijo.

—Entonces instrúyame.

Mathilde caminó hasta la ventana.

Desde allí se veía una parte del camino de grava y, más allá, el jardín donde los pétalos blancos seguían pegados al suelo húmedo. La boda, interrumpida antes de ser celebración, empezaba ya a parecer antigua.

—Cuando mi padre murió —dijo—, Henri estaba en París, gastando una alegría que no podíamos permitirnos.

Adrien era un niño. Mi madre llevaba años muerta.

Los acreedores escribían con una regularidad admirable.

Los criados cobraban tarde. El tejado del ala norte se hundía.

Las tierras daban menos de lo que costaban.

Y todo el mundo, absolutamente todo el mundo, hablaba de la dignidad de los Beaumont como si la dignidad pagara facturas.

Delacroix guardó silencio.

Mathilde no lo miraba.

—Henri venía de vez en cuando. Traía regalos, promesas, proyectos. Encantaba a los criados, besaba a las tías, hacía reír a los vecinos, hablaba de vender esto o restaurar aquello. Después se marchaba. Yo me quedaba.

—Alguien tenía que hacerlo —dijo Delacroix.

Ella giró apenas la cabeza.

—Se burla.

—No. Esta vez, no.

Mathilde pareció aceptarlo a medias.

—Sí. Alguien tenía que hacerlo. Y lo hice. No porque fuera más noble. No porque fuera mejor. Porque si no lo hacía, la casa caía. Y con ella caía todo lo que quedaba de una familia que, para bien o para mal, era la mía.

—¿Y Henri?

—Henri quería querer la casa sin que la casa le pidiera demasiado.

—Un talento bastante común entre los herederos.

—Henri quería ser bueno. Eso era lo peor. Los hombres malos al menos resultan coherentes. Henri hacía daño y luego sufría por el daño causado, como si su sufrimiento reparara algo. Confundía la culpa con generosidad.

La frase quedó en la habitación con una nitidez perfecta.

Delacroix la reconoció.

Claire había dicho que Mathilde usaba ideas parecidas. Henri también lo había temido.

—¿Y ahora? —preguntó—. ¿Qué iba a hacer Henri?

Mathilde volvió a mirar el jardín.

—Deshacerlo todo.

—¿Todo?

—Lo bastante.

—Reconocer a Camille.

La espalda de Mathilde se tensó.

—Así que Élise ya ha hablado.

—Más que usted.

—Élise habla desde el resentimiento.

—Y usted desde la propiedad.

Mathilde se volvió.

—Hablo desde la verdad de lo que cuesta sostener algo cuando todos los demás solo aparecen para reclamar belleza, perdón o justicia.

—La justicia tiene esa mala costumbre. Llega sin preguntar si la casa puede permitírsela.

—No sea pueril.

—No suelo.

—Henri quería reconocer a una joven que no conocía esta familia, entregarle un apellido, darle recursos, modificar disposiciones, reducir la estabilidad de Saint-Aubin y presentar todo eso como una reparación moral. ¿Sabe quién habría cargado después con las consecuencias prácticas de su redención?

—Usted.

—Sí.

No lo dijo con orgullo.

Lo dijo con agotamiento.

—Siempre usted —dijo Delacroix.

Mathilde lo miró.

—Es una frase cruel.

—No más que vivirla.

Durante un instante, algo en ella cedió.

No mucho. Apenas una grieta de cansancio detrás de los ojos. Una mujer que quizá había tenido alguna vez una vida propia y la había ido doblando, año tras año, hasta que cupiera en los cajones de un escritorio doméstico.

Luego la grieta se cerró.

—No maté a mi hermano.

—¿Lo odiaba?

—A veces.

—¿Lo amaba?

—Siempre.

—Las combinaciones peligrosas suelen empezar así.

Mathilde se acercó al escritorio.

—Usted no entiende a las familias.

—Al contrario. Las entiendo lo suficiente para no haber formado una.

—Una familia no es solo afecto. Es deber. Continuidad. Memoria. A veces una carga espantosa que nadie agradece porque todos prefieren admirar el retrato terminado antes que oler el barniz.

—También puede ser una coartada magnífica para cometer crueldades sin sentirse cruel.

—Sí —dijo ella.

Delacroix la miró.

Mathilde sostuvo la palabra.

No retrocedió.

—Sí —repitió—. También puede ser eso. ¿Cree que no lo sé?

—Empiezo a creer que sabe demasiadas cosas.

Ella apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Henri no murió porque yo defendiera esta casa.

—No he dicho que sea la única posibilidad.

—Pero es la que le gusta.

—No me gustan las posibilidades. Me obedecen o las abandono.

Llamaron a la puerta.

Mathilde no apartó los ojos de Delacroix.

—Adelante.

Lucie apareció en el umbral, más pálida que antes.

—Mademoiselle Beaumont…

—¿Qué ocurre?

—Madame Vasseur pregunta si puede retirar las flores de la capilla. Dice que se están estropeando con el calor de los cirios.

—No.

La respuesta salió al mismo tiempo de Mathilde y Delacroix.

Lucie dio un respingo.

Delacroix miró a Mathilde.

—Qué armonía tan inesperada.

Mathilde se volvió hacia la doncella.

—Nadie toca nada en la capilla.

—Sí, mademoiselle.

—Y Lucie.

—Sí.

—¿Quién ha pedido retirar las flores? ¿Madame Vasseur sola?

La muchacha dudó.

—Creo que monsieur Adrien le dijo que quizá convenía quitar algunas antes de que las señoras se impresionaran al volver a verlas.

Mathilde cerró los ojos un instante.

—Adrien.

El nombre sonó como una enfermedad recurrente.

Delacroix tomó nota mental.

—Dígale a madame Vasseur que espere —ordenó—. Y a monsieur Adrien que, si desea ser útil, practique la inmovilidad.

Lucie miró a Mathilde, esperando confirmación.

—Haz lo que dice monsieur Delacroix —dijo ella.

—Sí, mademoiselle.

La muchacha se retiró.

La puerta quedó cerrada.

—Su sobrino tiene un interés creciente por los objetos de la ceremonia —dijo Delacroix.

—Adrien tiene interés por todo lo que pueda venderse, beberse o lamentarse después.

—El anillo familiar entra al menos en una de esas categorías.

—Adrien no habría matado a Henri.

—Aprecio mucho las certezas familiares. Suelen ser ataúdes pequeños donde enterramos preguntas útiles.

—Adrien no tiene la disciplina.

—Quizá no actuó solo.

Mathilde lo miró con desprecio.

—¿Va a acusarnos por turnos hasta que alguien se canse?

—Si funciona, no descarto incluirlo en mi método.

Ella exhaló con impaciencia.

—Adrien recogió el anillo del joyero, sí. Lo trajo a Saint-Aubin. Lo dejó en mi despacho. Yo lo guardé en la caja familiar. Después pasó a la sacristía.

—¿Quién más pudo tocarlo entre el joyero y la sacristía?

—Adrien. Yo. Henri, cuando se lo probó. Claire, anoche. El padre Laurent. Quizá madame Vasseur si movió el cojín. Lucie estuvo cerca. Cualquier criado que entrara en la capilla.

—Demasiadas manos.

—O una sola bien elegida.

Delacroix sonrió apenas.

—No se ayude tanto. Podría hacerme perezoso.

Mathilde volvió a sentarse detrás del escritorio.

Por primera vez desde que él había entrado, pareció cansada.

No derrotada.

Cansada.

—¿Qué quiere de mí?

—La caja. El lacre. Y una respuesta sincera.

—Ya le he dado varias.

—Una más.

—Pregunte.

Delacroix apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Esta mañana, antes de la ceremonia, fue a la habitación de Claire.

Mathilde no se sorprendió.

—Sí.

—Le dijo que, si el anillo se resistía, no se detuviera.

—Le dije que no se asustara por una incomodidad menor.

—Ella recuerda otra frase.

—Claire recuerda lo que su estado le permite recordar.

—Dijo usted que algunas cosas importantes siempre hacen un poco de daño.

Mathilde permaneció inmóvil.

Luego bajó la mirada hacia sus manos.

—Es posible.

—¿Por qué decir eso?

—Porque Claire estaba nerviosa.

—Claire no parece una mujer fácilmente nerviosa.

—No la conoce.

—Empiezo.

Mathilde juntó los dedos.

—Le preocupaba hacer daño a Henri al colocarle el anillo. Le dije que no convirtiera un gesto simbólico en una tragedia doméstica.

—Qué ironía tan desafortunada.

Ella levantó la vista.

—No sabía que iba a morir.

La frase fue directa.

Por un instante, Delacroix estuvo tentado de creerla.

Ese era el peligro de las personas inteligentes: sabían que la verdad parcial podía sonar más limpia que una mentira completa.

—¿Quién sabía que Claire dudaría? —preguntó.

—Cualquiera que la hubiera visto hablar del anillo.

—¿Quién sabía que usted la alentó a empujarlo?

—Claire y yo.

—Y ahora yo.

—Sí.

Delacroix tomó la caja de madera y el lacre.

—Necesitaré que me acompañe a sellar el anillo. Usted y el doctor firmarán el lacre conmigo.

—¿Por qué yo?

—Porque el anillo pertenece a su familia.

—Hoy parece disfrutar recordándomelo.

—No. Hoy intento evitar que mañana alguien lo olvide convenientemente.

Mathilde se levantó.

—Muy bien.

Salieron juntos del despacho.

Al cruzar el corredor hacia la sala del claustro, encontraron a Adrien apoyado junto a una ventana, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el jardín. Al verlos, enderezó la postura.

—Tía.

—Adrien, he pedido que no molestes.

—Es conmovedor que aún lo llames molestia y no presencia familiar.

Delacroix se detuvo.

—Monsieur Beaumont, ¿por qué quería que retiraran las flores de la capilla?

Adrien parpadeó.

—¿Las flores?

—Las flores.

—Porque varias señoras estaban a punto de desmayarse recordando la escena. Pensé que, si la capilla parecía menos… nupcial, quizá ayudaría.

—Qué delicadeza tan repentina.

—Soy un pozo de virtudes imprevistas.

Mathilde lo miró con fastidio.

—No toques nada, Adrien.

—Todos me repiten eso desde niño y, sin embargo, aquí seguimos.

Delacroix observó sus manos.

Ninguna marca visible. Uñas cuidadas. Un pequeño corte en el índice derecho, quizá de una copa rota o de nada importante. Demasiado pronto para decidir.

—¿Dónde estuvo antes de la ceremonia? —preguntó Delacroix.

—En mi habitación. En el vestíbulo. En el infierno familiar habitual.

—Sea más preciso.

—Lo intentaré cuando usted me interrogue oficialmente. Así podré disfrutar del protocolo.

Mathilde estuvo a punto de reprenderlo, pero Delacroix la detuvo con una leve inclinación del bastón.

—Déjelo. Algunas personas creen que el ingenio es una armadura. Conviene permitirles llevarla hasta que les pese.

Adrien sonrió.

—Empiezo a sospechar que usted no me aprecia.

—No se atribuya méritos prematuros.

Delacroix siguió caminando con Mathilde.

La sala del claustro seguía cerrada y vigilada. El criado abrió al verlos.

Roussel esperaba junto a la mesa. Miró la caja en manos de Delacroix y luego a Mathilde.

—Mademoiselle Beaumont.

—Doctor.

No miró el cuerpo de Henri de inmediato.

Cuando lo hizo, su rostro cambió apenas.

No lloró.

Pero durante un segundo su autoridad desapareció y quedó una mujer mirando a su hermano muerto.

Solo un segundo.

Después regresó Mathilde Beaumont.

—Procedamos —dijo.

Roussel colocó el anillo en la caja con las pinzas, sobre el pañuelo. Delacroix cerró la tapa. Mathilde sostuvo la vela mientras él calentaba el lacre. El rojo cayó sobre el cierre como una gota espesa, casi demasiado parecida a la sangre para que nadie lo dijera.

Firmaron los tres en una tira de papel cruzada sobre la caja.

Roussel. Delacroix. Beaumont.

Mathilde escribió su apellido con mano firme.

La misma B del lacre de la invitación.

La misma B del anillo.

La misma B que, ahora, parecía pesar más que el oro.

—Quedará bajo vigilancia en esta sala —dijo Delacroix—. Nadie entra sin mí o sin el doctor.

Mathilde asintió.

—De acuerdo.

Delacroix se volvió hacia el cuerpo de Henri.

Durante un instante, los tres permanecieron en silencio.

El muerto, sin anillo, parecía menos Beaumont.

Quizá más hombre.

—Henri quería hablar conmigo después de la ceremonia —dijo Delacroix.

Mathilde no respondió.

—Nunca sabré qué habría dicho exactamente.

—No —dijo ella.

La palabra fue seca.

Pero había dolor en ella.

Delacroix la miró.

—¿Eso la alivia o la atormenta?

Mathilde sostuvo su mirada.

—Ambas cosas.

Por primera vez en todo el día, no pareció una respuesta calculada.

Delacroix aceptó la verdad con un leve movimiento de cabeza.

Luego salió de la sala.

En el corredor, la abadía seguía llena de flores, de invitados encerrados y de verdades a medio firmar.

Detrás de él, Mathilde Beaumont permaneció junto al cadáver de su hermano.

No lloró.

Pero cuando creyó que nadie la veía, apoyó una mano sobre el borde de la mesa.

No tocó a Henri.

Solo la madera.

Como si incluso el dolor necesitara, en ella, pedir permiso antes de acercarse.