Capítulo 11 — La hermana que no lloraba
El doctor Roussel esperaba junto al cuerpo de Henri Beaumont con la expresión de un hombre que había pedido una explicación médica y recibido, en su lugar, una ofensa personal.
La sala del claustro estaba más fría que antes.
O quizá la muerte, una vez instalada, había empezado a reclamar temperatura propia.
La luz entraba por la ventana estrecha en una franja pálida que cortaba la mesa, el rostro inmóvil de Henri y el pañuelo blanco sobre el que descansaba el anillo familiar.
El oro antiguo no parecía distinto.
Ese era uno de los talentos más desagradables de los objetos: podían participar en una tragedia y conservar una apariencia impecable.
—¿Doctor? —preguntó Delacroix.
Roussel señaló el anillo sin tocarlo.
—Tenía razón.
—Procure no decirlo con tanto disgusto. Podría acostumbrarme.
—Hay una irregularidad en la parte interior.
—La vi.
—No es una simple rebaba.
Delacroix se acercó.
Sobre el pañuelo, el anillo de los Beaumont descansaba inclinado bajo la lámpara. Roussel había colocado junto a él una pequeña lupa, unas pinzas y un trozo de tela limpia. No había manipulado más de lo necesario. Eso hablaba bien de su inteligencia o de su miedo.
Ambas cosas podían ser útiles.
—Explíquese —dijo Delacroix.
—Hay una especie de espina metálica. Muy pequeña. Casi integrada en el borde interior. No se aprecia desde fuera y apenas se nota al tacto si uno no sabe buscarla.
—¿Añadida?
Roussel respiró hondo.
—Eso parece.
—¿Puede haber sido resultado de una restauración torpe?
—Podría.
—Doctor.
—Sí. También podría haber sido colocada deliberadamente.
Delacroix inclinó la cabeza.
—Mejor.
—¿Mejor?
—Más preciso. No necesariamente más tranquilizador.
El médico tomó la lupa y la acercó al anillo sin tocarlo.
—La punta tiene una coloración extraña. Oscura. No puedo asegurar nada sin análisis, pero parece haber una sustancia adherida.
—¿Veneno?
—Quizá.
—Qué palabra tan prudente.
—No soy químico.
—Nadie es perfecto.
Roussel lo miró con poca simpatía.
—Si esa sustancia penetró en la piel al pasar el anillo por el nudillo, pudo entrar en sangre. La cantidad sería mínima, pero si se trataba de algo muy potente…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Delacroix miró la mano izquierda de Henri. Sin la alianza, el dedo parecía absurdamente desnudo. La punción seguía allí, casi invisible, más discreta que muchas heridas sin importancia.
—¿Puede determinar la causa exacta de la muerte?
—No aquí. Pero la rapidez, la contracción de la mano, el color de los labios y esa punción… admito que no favorecen la teoría del corazón.
—Su reputación como hombre razonable se recupera.
—No bromee con esto.
Delacroix lo miró.
—Doctor, si dejara de bromear cada vez que la humanidad se comporta de forma deplorable, habría guardado silencio desde los doce años.
Roussel apartó la vista.
Pareció más cansado que ofendido.
—¿Quién haría algo así en una boda?
—Una persona que no confundiera una boda con un impedimento.
—La novia le puso el anillo.
—La novia siguió el rito.
—Pero si el anillo era el arma…
—Entonces alguien eligió un arma que necesitaba sus manos.
El médico tragó saliva.
El horror técnico empezaba a convertirse en horror moral. Delacroix prefería el primero. Era más limpio.
—¿Puede guardar el anillo bajo llave? —preguntó.
—Sí.
—No. No usted.
Roussel frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Usted puede examinar. No custodiar. Necesito que el anillo permanezca donde nadie pueda decir después que alguien lo cambió, limpió, rozó, veneró o bendijo por accidente.
—¿Qué propone?
Delacroix miró la sala.
—Una caja cerrada. Lacre. Su firma. La mía. Y un criado apostado en la puerta sin saber por qué es importante. La ignorancia, bien colocada, puede ser una excelente cerradura.
Roussel asintió lentamente.
—Haré traer una caja.
—No. La traeré yo.
—¿Desconfía de todos?
—No sea injusto. También desconfío de mí cuando me falta información.
Delacroix salió de la sala con el pañuelo que cubría el anillo aún sobre la mesa, bajo la vigilancia irritada del médico y la quietud definitiva de Henri.
En el corredor, la abadía parecía contener la respiración.
A lo lejos llegaban murmullos del refectorio.
Los invitados seguían allí, agrupados en torno a su miedo, a sus versiones y a la necesidad humana de convertir cualquier hecho insoportable en relato antes de entenderlo.
Una mujer lloraba con pequeñas interrupciones.
Un hombre pedía agua. Alguien preguntaba por un carruaje y alguien, quizá Mathilde, respondía que nadie abandonaría Saint-Aubin.
Delacroix no fue al refectorio.
Fue al despacho de Mathilde Beaumont.
No necesitó preguntar dónde estaba. Las casas antiguas, como las familias que las gobiernan, terminan revelando su centro de poder por la dirección en que corren los criados.
El despacho de Mathilde se encontraba en la planta baja, junto a una habitación destinada antiguamente a administración doméstica. La puerta estaba entreabierta.
Dentro, Mathilde hablaba con un criado mayor.
—Nadie sube al ala norte sin mi permiso. Las señoras que necesiten descansar usarán el salón pequeño. Que preparen té, no licores. Y diga a Adrien que, si vuelve a pedir coñac, se lo servirán en un vaso de agua.
—Sí, mademoiselle.
—Las puertas exteriores permanecerán vigiladas.
—Sí, mademoiselle.
—Y envíe a alguien al pueblo. Con discreción. Necesitaremos avisar a las autoridades, pero no deseo que la noticia llegue a la posada antes que al juez.
—Sí, mademoiselle.
El criado salió y casi chocó con Delacroix en el umbral.
—Perdón, monsieur.
—No se disculpe. En esta casa parece una actividad agotadora.
El hombre bajó la cabeza y se alejó.
Mathilde permanecía detrás de un escritorio sencillo, lleno de listas, llaves, cuentas domésticas y un tintero grande. No era una habitación hermosa. Era útil. Eso la definía mejor que cualquier retrato.
—Monsieur Delacroix —dijo ella—. Si viene a decirme que mi hermano ha sido asesinado, llega tarde. Ya lo he comprendido.
—La rapidez intelectual de las familias dolidas siempre me conmueve.
—No tengo tiempo para sus frases.
—Entonces seré breve. Necesito una caja pequeña, lacre y dos testigos.
—¿Para el anillo?
Delacroix la miró.
Mathilde no parpadeó.
—No he mencionado el anillo.
—No hacía falta.
—Tiene usted una admirable confianza en su intuición.
—No es intuición. Es sentido común. Henri cayó después de que Claire le colocara el anillo. Usted se interesó por la mano desde el principio. El doctor lo examinó. Y ahora viene a pedirme una caja, no un ataúd.
Delacroix sonrió apenas.
—Debería haber sido detective.
—No. Yo he tenido responsabilidades más pesadas.
—Eso dicen todos los que prefieren mandar sin explicar demasiado.
Mathilde abrió un cajón del escritorio y sacó una caja de madera oscura, rectangular, sobria, con cierre metálico.
—¿Servirá?
—Perfectamente.
También sacó una barra de lacre rojo.
La misma tonalidad que el sello de la invitación.
Delacroix observó sus manos.
Firmes. Finas. Sin temblor.
—Llora usted poco —dijo.
Mathilde cerró el cajón.
—¿Eso también es una prueba?
—Todavía no. Una observación.
—Hay mujeres que lloran en público porque les enseñaron que el dolor necesita espectadores. A mí me enseñaron a ocuparme de lo que queda en pie.
—Qué educación tan conveniente para una casa llena de ruinas.
Ella apoyó la caja sobre el escritorio.
—Henri era mi hermano.
—No lo he olvidado.
—Entonces no insinúe que su muerte me resulta indiferente.
—No lo he insinuado.
—Sí.
—No. He insinuado que su dolor parece muy bien organizado.
Mathilde lo miró con una frialdad casi perfecta.
—Alguien debe organizar algo, monsieur Delacroix.
Claire está en estado de conmoción. Adrien es inútil.
Élise Moreau no pertenece a esta casa. Lucien piensa en documentos incluso cuando respira.
El padre Laurent reza, lo cual es admirable para su alma y poco práctico para nuestras puertas.
Si yo me siento a llorar, Saint-Aubin se convierte en una feria antes del anochecer.
—Qué carga tan noble.
—Qué comentario tan fácil.
El golpe fue bueno.
Delacroix lo reconoció en silencio.
Mathilde no era una mujer torpe. Tampoco era una villana de salón, de esas que cometen el error de parecer culpables porque disfrutan demasiado de la sombra. Era algo más difícil: una mujer inteligente, cansada y convencida de que la dureza era la forma adulta de la virtud.
Eso la volvía peligrosa incluso si era inocente.
—Hablemos del anillo —dijo él.
—Hablemos.
—Usted insistió en que Henri usara el familiar.
—Sí.
—A pesar de que había comprado uno nuevo.
—Sí.
—A pesar de que le quedaba estrecho.
—No sabía que le quedara tan estrecho.
—Lo sabía.
Mathilde inclinó apenas la cabeza.
—¿Me acusa?
—La acuso de saberlo.
—Son acusaciones distintas.
—Por eso empecé por la más sencilla.
Ella caminó hasta una estantería baja y tomó un pequeño manojo de papeles. No lo abrió. Solo necesitaba tener algo entre las manos, o quería parecer ocupada.
—Henri se lo probó ante mí hace dos días —dijo—. Entró con dificultad, sí. No lo bastante como para impedir su uso.
—Le dejó marca.
—Muchos anillos dejan marca.
—Pocos matan.
Mathilde volvió hacia él una mirada afilada.
—¿Entonces ya lo ha decidido?
—He decidido que el anillo fue manipulado.
La primera reacción de Mathilde fue casi imperceptible.
No sorpresa. No horror.
Un cierre.
Como una puerta que alguien empuja desde dentro.
—¿Manipulado? —repitió.
—Hay una pequeña espina metálica en el interior.
—Eso es imposible.
—Una palabra ambiciosa.
—El anillo fue limpiado por un joyero de confianza.
—¿Quién lo llevó?
—Yo.
—¿Quién lo recogió?
—Adrien.
—¿Por qué Adrien?
—Porque iba al pueblo.
—Adrien parece ir siempre exactamente donde no debería.
—Adrien es imprudente, no criminal.
—Las dos cosas pueden coincidir en jornadas largas.
Mathilde apretó los papeles.
—El anillo volvió cerrado en su caja.
—¿Lo comprobó?
—Sí.