Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 10 — La antigua amante #3
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Capítulo 10 — La antigua amante #3

Eso podía ser verdad.

También podía ser una mentira magnífica.

—¿Dónde estaba cuando Claire colocó el anillo?

—Al fondo de la capilla.

—¿Qué vio?

—Lo mismo que todos. Que no entraba. Que ella dudó. Que Henri asintió. Que Claire empujó. Que él hizo un gesto.

—¿Qué gesto?

Élise cerró los ojos.

—Dolor. Pero pequeño. Como si no quisiera estropearle la escena a nadie. Henri era capaz de morirse con educación para no incomodar.

—Y luego.

—Luego el padre Laurent habló. Henri se movió hacia Claire. Y cayó.

—¿Miró usted a alguien en ese momento? ¿Antes de que cayera?

Élise pensó.

—A Claire.

—¿Por qué?

—Porque ella lo miraba a él.

—¿Y después?

—A Mathilde.

—¿Por qué?

—Porque no gritó.

—Usted tampoco.

Élise sostuvo su mirada.

—Yo había gastado mis gritos hace años.

Delacroix aceptó la respuesta.

—¿Qué hizo Mathilde?

—Se quedó quieta. Demasiado quieta. Como si una parte de ella hubiera entendido antes que los demás lo que ocurría.

—O como si no pudiera creerlo.

—Usted no cree eso.

—Yo no he dicho qué creo.

—No hace falta.

Delacroix tomó la carta de Henri y la guardó de nuevo en el sobre.

—Necesitaré conservar esto.

Élise negó.

—No.

—Sí.

—Es de Camille.

—Entonces protegeré su utilidad.

—No confío en usted.

—Magnífico. La confianza suele entorpecer los buenos acuerdos.

Élise dudó.

Luego soltó el sobre.

—Si lo pierde…

—No suelo perder pruebas.

—No hablaba de la prueba.

Delacroix la miró.

Por primera vez, la dureza de Élise se abrió lo bastante para mostrar lo que había debajo. No solo rabia. No solo dolor. Miedo.

Miedo por una joven que ni siquiera estaba en la abadía y, aun así, acababa de quedar atrapada en el centro del crimen.

—Camille no debe pagar otra vez por Henri —dijo ella.

—Entonces ayúdeme a averiguar quién decidió que Henri no pagara tampoco.

Élise asintió despacio.

En ese momento, la puerta se abrió.

Adrien Beaumont apareció en el umbral.

—Perdón —dijo, aunque su expresión sugería que no había lamentado nada en su vida con verdadera dedicación—. Mathilde pregunta si… Ah.

Vio a Élise.

Luego vio el sobre sobre el escritorio.

Su sonrisa se apagó un instante.

Muy poco.

Pero Delacroix lo vio.

—Interrumpo algo íntimo —añadió Adrien.

—Solo una conversación sobre muertos, deudas y apellidos —dijo Delacroix—. Muy familiar para usted, imagino.

Adrien recuperó la sonrisa.

—Más de lo que quisiera.

Élise lo miró con frialdad.

—¿Qué quieres, Adrien?

—Yo, personalmente, casi nada. En general, demasiadas cosas, según mi tía. Pero ahora vengo a decir que el doctor Roussel pide a monsieur Delacroix.

—¿Por qué?

Adrien alzó las manos.

—No lo sé. Tiene cara de haber encontrado algo que preferiría no haber encontrado. En esta casa eso nos ocurre mucho.

Delacroix tomó el sobre de Henri y los fragmentos de papel. Los guardó en el interior de su chaqueta.

—Madame Moreau, no abandone Saint-Aubin.

Élise sonrió sin alegría.

—Nadie parece poder hacerlo.

—No se aleje de su habitación sin avisar.

—¿Soy sospechosa?

—Sí.

—Al menos es usted democrático.

—En el crimen, madame, todos tienen derecho a decepcionarme.

Adrien soltó una pequeña risa.

Élise no.

Delacroix salió del despacho.

Adrien lo siguió al corredor.

—Una mujer intensa, madame Moreau.

—Las mujeres intensas suelen haber tenido buenos maestros.

—Henri era excelente en eso.

Delacroix se detuvo.

—¿En herir mujeres?

Adrien perdió algo de color.

—En hacerse querer por ellas.

—No es tan diferente cuando se practica mal.

Adrien sostuvo su mirada.

Por un instante, debajo del encanto apareció otra cosa. No miedo exactamente. Resentimiento. Hambre. Una forma cansada de humillación.

—Debe de ser agradable —dijo Adrien— poder despreciarnos a todos desde una altura moral tan cómoda.

—No crea. La vista es excelente, pero hay corrientes.

—Mi tío no era un santo.

—Los santos rara vez invitan a bodas interesantes.

—Y Élise Moreau no es una pobre víctima.

—¿No?

Adrien miró hacia la puerta cerrada del despacho.

—Pregúntele qué hizo cuando Marianne murió. Pregúntele cuánto tardó en convertir a Camille en una razón para odiarnos a todos. Pregúntele si realmente quería que Henri reconociera a la muchacha o si prefería conservar su rencor intacto.

Delacroix lo observó.

—Qué curioso. Hace un minuto venía usted a buscarme por el doctor Roussel. Ahora reparte sospechas con bastante entusiasmo.

Adrien sonrió.

—En esta casa uno aprende a defenderse antes de ser acusado.

—¿Y de qué se defiende usted?

La sonrisa de Adrien se mantuvo.

Pero ya no era alegre.

—De haber nacido Beaumont con menos fortuna que apellido.

Delacroix dejó que la frase quedara en el aire.

Luego siguió caminando hacia la sala del claustro.

A su espalda, Adrien añadió:

—Y, monsieur Delacroix…

Delacroix se volvió.

—Sí.

Adrien bajó la voz.

—Si busca a alguien que odiara el anillo familiar, no empiece por Mathilde.

—¿No?

—No. Mathilde lo veneraba. Henri lo obedecía. Claire lo despreciaba.

—¿Y usted?

Adrien sonrió otra vez.

—Yo habría intentado venderlo.

Delacroix lo miró un segundo más.

Luego continuó hacia la sala donde esperaba el cuerpo de Henri.

El caso empezaba a abrirse como una flor desagradable.

Pétalo a pétalo.

Y cada uno olía peor que el anterior.