Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 10 — La antigua amante #2
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Capítulo 10 — La antigua amante #2

—Él escribió eso para usted —dijo Delacroix.

—Sí.

—¿Lo sabía?

—No.

—Pero lo imaginaba.

—Henri siempre escribía las frases valientes antes de actuar como un cobarde.

Delacroix aceptó el golpe en nombre del muerto.

—Lo amó.

Élise alzó la vista.

—Eso no es una pregunta.

—No.

—Entonces no requiere respuesta.

—La requiere todo lo que no se atreve a decirse como pregunta.

Ella soltó aire por la nariz.

No fue una risa, pero la rozó.

—Sí. Lo amé.

—¿Y lo odiaba?

—También.

—Una combinación muy común.

—No como la nuestra.

—Todas las personas heridas creen haber inventado su dolor.

Élise lo miró con dureza.

—Usted no sabe nada.

—Eso empieza a repetirse mucho en Saint-Aubin. Me preocupa que termine siendo falso.

Ella se alejó de la mesa y caminó hasta la chimenea.

No había fuego. Solo ceniza de la noche anterior.

—Conocí a Henri cuando él aún podía parecer libre —dijo—.

No era joven del todo, pero conservaba ese defecto.

Yo trabajaba para una familia cercana. Daba clases de música a dos niñas insoportables que hoy seguramente son mujeres insoportables con mejores vestidos.

Henri venía a Saint-Aubin por temporadas.

Se aburría. Yo también. Esa fue nuestra primera imprudencia.

—¿La segunda?

—Creer que el aburrimiento compartido era destino.

Delacroix permaneció junto al escritorio.

No escribió nada. Algunas declaraciones se volvían menos sinceras cuando veían tinta cerca.

—¿Mathilde lo sabía?

—Mathilde lo sabe todo cuando le conviene.

—¿Y cuando no?

—Lo sabe mejor.

Élise miró los retratos de la pared.

—Al principio me trató con una cortesía deliciosa. Esa clase de cortesía que una mujer como yo recibe cuando aún no supone una amenaza. Después Henri empezó a verme demasiado. A escribirme demasiado. A prometer demasiado.

—¿Matrimonio?

Élise sonrió.

Fue una sonrisa amarga, pero no teatral.

—Henri no era tan valiente.

—¿Entonces qué prometía?

—Marcharse. Empezar de nuevo. Reconocer lo que debía reconocer. En los hombres cobardes, las promesas suelen ser ensayos generales de una obra que nunca estrenan.

Delacroix miró los fragmentos del papel.

—Hubo una hija.

Élise cerró los ojos.

No se sorprendió.

Solo recibió la frase.

—Sí.

—¿Suya?

—No.

La respuesta fue rápida.

Y, por primera vez, Delacroix no supo si era una verdad completa o una verdad protegida.

—Explíquese.

Élise abrió los ojos.

—Su madre se llamaba Marianne.

—¿Otra mujer?

—Una muchacha del pueblo. Más joven que yo. Dulce. Demasiado confiada. Trabajaba en la abadía algunas temporadas, ayudando en la cocina y en la lavandería. Henri la trató con ternura. Eso fue parte del problema.

—La ternura puede ser más peligrosa que la crueldad cuando no se piensa sostenerla.

—Sí.

Élise se volvió hacia él.

—Marianne quedó embarazada. Henri quiso ayudarla al principio.

Después Mathilde intervino. La familia no podía permitirse un escándalo.

Henri no podía reconocer a una hija nacida de una criada.

Saint-Aubin no podía soportar otra grieta.

Siempre Saint-Aubin. Siempre la casa. Siempre los muertos de la pared reclamando obediencia.

—¿Qué pasó con Marianne?

Élise tragó saliva.

—Murió.

La palabra fue limpia.

Demasiado limpia.

—¿Cómo?

—Fiebres. Eso dijeron.

Delacroix pensó en el retrato de la joven novia en la escalera. En su propio comentario sobre las familias antiguas y las tragedias de causas limpias.

—¿Y la niña?

—La sacaron de aquí.

—¿Quién?

—Henri pagó. Mathilde organizó. El padre Laurent miró hacia otro lado con los ojos llenos de compasión, que es la forma más cómoda de no hacer nada. La niña fue criada lejos. Sin apellido. Con dinero suficiente para no morirse y con la verdad bastante lejos para no molestar.

Delacroix guardó silencio.

En el corredor se oyó una voz, luego pasos alejándose.

—¿Nombre? —preguntó.

Élise dudó.

—Camille.

—¿Camille qué?

—Camille Moreau.

Delacroix levantó apenas la mirada.

—Le dio usted su apellido.

—Alguien tenía que darle algo.

—¿La crió usted?

—No al principio. Después sí. Cuando pude. Cuando entendí que Henri no iba a hacer lo que prometía.

—¿Camille sabe quién es?

—Sabe lo bastante para sufrir. No lo bastante para tener pruebas.

Élise abrió el bolso y sacó un sobre doblado. No se lo entregó de inmediato.

—Henri me escribió hace tres semanas. Dijo que esta vez no habría más aplazamientos. Que iba a reconocerla. Que después de casarse con Claire reorganizaría la herencia y le daría a Camille el lugar que le correspondía.

—¿Por qué después de casarse?

—Porque Henri necesitaba una estructura noble para su cobardía. Decía que, con Claire, todo parecería parte de una nueva vida, no una confesión desesperada de viejo culpable.

—Eso dijo también Claire.

Élise lo miró.

—¿Ella lo sabía?

—Parte.

—¿Y aceptó casarse?

—Sí.

Élise bajó la vista.

—Entonces quizá es mejor de lo que quise creer.

—Eso no parece alegrarla.

—No vine aquí a alegrarme.

Le tendió el sobre.

Delacroix lo tomó con cuidado.

La carta era de Henri. La letra coincidía. Leyó fragmentos.

Élise,

No tengo derecho a pedirte paciencia. La consumí toda hace años. Solo puedo decirte que esta vez lo haré. Después de la ceremonia, antes del banquete, hablaré con Armand Delacroix. Necesito que haya alguien allí que no pueda ser comprado por el apellido Beaumont ni intimidado por Mathilde.

Camille tendrá mi nombre.

Y tendrá lo que debió tener desde el principio.

No me perdones. Eso sería demasiado cómodo para mí.

Ven si quieres. O no vengas. Pero si vienes, sabré que aún queda alguien con derecho a odiarme en persona.

H.

Delacroix dobló la carta.

—¿Cuándo llegó?

—Hace cuatro días.

—¿Por qué vino?

Élise lo miró como si la pregunta fuera insultante.

—Porque Camille no pudo.

—¿Ella sabe que está aquí?

—Sí.

—¿Está en Saint-Aubin?

—No.

—¿Dónde?

—Lejos.

—Necesitaré hablar con ella.

—No.

Delacroix dejó la carta sobre el escritorio.

—Madame Moreau.

—No la arrastrará a esta casa.

—No he dicho que tenga que venir.

—No entiende. Camille ha vivido toda su vida como una consecuencia. No pienso permitir que ahora la conviertan en motivo.

—Ya lo es.

La frase fue dura.

Élise retrocedió apenas.

Delacroix no la suavizó.

—Si Henri murió antes de reconocerla, Camille no es un asunto secundario. Es una de las razones por las que alguien pudo quererlo muerto.

—Mathilde.

El nombre salió sin vacilación.

—¿Por qué?

—Porque Mathilde entregó su vida a esta casa. Porque no soportaría ver entrar a una hija bastarda en el apellido Beaumont. Porque Henri iba a quitarle el control de Saint-Aubin. Porque ha confundido sacrificio con derecho durante tantos años que ya no distingue una renuncia de una propiedad.

Delacroix escuchó.

Era una acusación muy clara.

Demasiado clara para ser descartada.

No necesariamente cierta.

—¿Vio a Mathilde tocar el anillo?

Élise frunció el ceño.

—¿El anillo?

—Sí.

—No.

—¿Sabía que Henri iba a usar el familiar?

—Lo oí en la cena.

—¿Antes no?

—No.

—¿Sabía que le quedaba justo?

—Adrien lo dijo. O Henri. No recuerdo.

—Intente recordar.

Élise cerró los ojos.

—En la capilla, anoche. Alguien dijo que Claire tendría que empujarlo. Adrien hizo una broma. Mathilde dijo que así se había hecho siempre. Claire no parecía cómoda.

—¿Y usted?

—Yo pensaba en otra cosa.

—En Camille.

—En Marianne.

Delacroix la observó.

—Hábleme de Marianne.

Élise se tensó.

—¿Por qué?

—Porque los muertos antiguos suelen sentarse en la mesa antes que los recientes.

Ella se apartó hacia la ventana.

—Marianne tenía diecinueve años. Tal vez veinte.

No era tonta, pero era pobre, y la pobreza obliga a creer en algunas bondades porque no puede permitirse sospechar de todas.

Henri fue amable con ella. Le llevó libros.

Le hablaba como si la viera. Y quizá la veía.

Ese fue el daño. Si solo la hubiera usado, ella habría entendido antes la clase de mundo que pisaba.

—¿Henri la amaba?

Élise tardó en contestar.

—A su manera.

—Una expresión peligrosa.

—Sí.

—¿Y usted?

Élise miró hacia el jardín.

—Yo estaba enamorada de él. Eso vuelve a una mujer menos generosa de lo que le gustaría admitir. Al principio odié a Marianne. Después vi lo que le habían hecho. Entonces me odié a mí.

—¿Y cuidó de su hija?

—Sí.

—Por culpa.

—Por justicia.

—A veces visten parecido.

Ella aceptó el golpe sin volverse.

—Camille tiene veintidós años. Es inteligente. Orgullosa. No quiere nada de los Beaumont.

—Excepto el nombre.

—No lo quiere. Lo merece.

Delacroix caminó despacio alrededor del escritorio.

—¿Henri lo entendió demasiado tarde?

—Henri entendía muchas cosas demasiado tarde. Tenía talento para llegar cuando ya había pasado el tren y preguntar si aún podía comprar un billete.

La frase, pese a su crueldad, le dolió a Élise.

Se le quebró un poco la boca.

No lloró.

—¿Quería matarlo? —preguntó Delacroix.

Ella lo miró al fin.

—Sí.

La respuesta fue tan directa que incluso Delacroix guardó silencio un segundo.

—Interesante.

—No confunda deseo con acto.

—Procuro no hacerlo. Pero la ley se muestra curiosa cuando una persona admite que deseaba muerto a un hombre que acaba de morir.

—La ley suele llegar tarde a los sentimientos.

—Y sin embargo pregunta.

Élise se acercó de nuevo.

—Sí. Lo quise muerto muchas veces. Cuando Marianne murió.

Cuando Camille preguntó por qué no llevaba el apellido de su padre.

Cuando Henri enviaba dinero con discreción, como si la discreción pudiera alimentar sin humillar.

Cuando escribió prometiendo lo que debió hacer veinte años antes.

Lo quise muerto cuando lo vi ayer en el vestíbulo, vestido para casarse, todavía encantador, todavía capaz de parecer bueno.

—¿Y hoy?

Élise tardó.

—Hoy quería que viviera.

—¿Por Camille?

—Por Camille. Y quizá porque una parte estúpida de mí quería oírlo decir la verdad delante de todos. No para perdonarlo. Para descansar.

Delacroix asintió apenas.