Capítulo 10 — La antigua amante
El despacho de Henri Beaumont estaba al final de una galería estrecha, lejos del refectorio, lejos de la capilla y lo bastante cerca de la biblioteca como para que una familia con tendencia al drama pudiera desplazarse entre libros, papeles y reproches sin perder continuidad.
Mathilde caminaba delante de Delacroix con paso firme.
No parecía una mujer que acabara de perder a su hermano.
Eso habría sido una acusación demasiado fácil. El dolor, como la educación, tenía muchas formas, y algunas familias antiguas habían perfeccionado la de sufrir sin mover un músculo de más. Pero en Mathilde había algo distinto. No ausencia de dolor. Administración.
Administraba la muerte de Henri como había administrado Saint-Aubin: con la firme convicción de que cualquier grieta podía agrandarse si alguien la miraba demasiado tiempo.
Se detuvo ante una puerta de madera oscura.
—Aquí trabajaba Henri cuando estaba en la abadía.
—¿Y cuando no estaba?
—Trabajaba en París, como todo el mundo que cree que la distancia resuelve algo.
—La distancia no resuelve nada. Pero permite escribir cartas menos sinceras.
Mathilde sacó una llave del pequeño aro que llevaba sujeto al cinturón.
Delacroix observó el gesto.
—¿También guarda usted la llave del despacho de su hermano?
—Guardo muchas llaves.
—Empiezo a notarlo.
—Saint-Aubin es grande.
—Y desconfiada.
—Las casas grandes sobreviven si alguien evita que todo el mundo entre en todas partes.
—Una filosofía admirable para una prisión.
Mathilde no respondió.
Abrió la puerta.
El despacho olía a papel, tabaco frío y madera encerada.
Era una habitación amplia, más cómoda que solemne, con una chimenea apagada, dos sillones de cuero gastado y un escritorio junto a la ventana.
Las paredes estaban cubiertas por estanterías, aunque no tan llenas como las de la biblioteca.
Allí los libros parecían haber sido elegidos por Henri, no heredados por la casa.
Eso le dio a la estancia una intimidad inesperada.
Sobre el escritorio había varios papeles ordenados en montones, un tintero, una pluma, una caja de cerillas, una copa vacía y un abrecartas de plata. También había una marca rectangular sobre el cuero verde del tablero, apenas visible.
Delacroix se acercó.
Mathilde permaneció junto a la puerta.
—¿No entra?
—Estoy dentro.
—Está en el umbral. Es diferente.
—No deseo estorbar.
—Qué novedad tan interesante.
Ella no se movió.
Delacroix examinó el escritorio sin tocar nada al principio. La marca rectangular estaba a la derecha del tintero, cerca de una pila de sobres. No era profunda. Solo una zona donde el polvo o la presión habían dejado una huella reciente.
Un objeto pequeño había estado allí.
Una caja, quizá.
Azul, si Claire recordaba bien.
Delacroix miró alrededor.
—¿Dónde guardaba Henri sus objetos personales?
—En los cajones. O en el armario bajo la ventana.
—Necesitaré abrirlos.
—Por supuesto.
La respuesta fue demasiado rápida.
Delacroix la miró.
—No suele usted conceder permisos con tanta facilidad.
—Mi hermano ha sido asesinado.
—Eso no vuelve generosa a la gente. Solo más urgente.
Mathilde sostuvo su mirada.
—Abra lo que tenga que abrir, monsieur Delacroix.
El primer cajón contenía papel de carta, sellos, sobres, varias plumas y una pequeña caja de lacre. El segundo, recibos, notas de gastos, una lista de vinos y dos cartas sin importancia aparente. El tercero estaba cerrado.
—¿Llave? —preguntó Delacroix.
Mathilde se acercó.
—Henri la llevaba encima o la guardaba ahí.
Señaló una bandeja pequeña junto al tintero.
La bandeja estaba vacía.
Delacroix miró a Mathilde.
—Qué incómodo.
—Quizá la tenga en el bolsillo.
—El cuerpo está bajo vigilancia.
—Entonces podrá comprobarlo.
Delacroix se agachó para observar la cerradura.
—¿Sabe qué guardaba aquí?
—Papeles privados.
—Una categoría muy amplia.
—Henri tenía derecho a cierta intimidad.
—Todos los muertos la tienen hasta que alguien los mata.
Mathilde desvió la vista hacia la ventana.
Delacroix no forzó el cajón. Todavía no.
Fue hacia el armario bajo la ventana. Allí encontró una caja con guantes, varios frascos de tinta, una manta doblada y una botella de coñac a medio consumir. Nada azul. Nada parecido a la caja de un anillo.
Regresó al escritorio.
Sobre uno de los montones de papeles había una hoja con la letra de Lucien Dargent. Términos legales. Nombres. Fechas. Delacroix leyó lo justo para confirmar lo que ya sospechaba: disposiciones testamentarias, transferencias, usufructo parcial de Saint-Aubin, protección económica de Claire Duvall.
No estaba todo.
Había frases incompletas, anotaciones al margen y referencias a un documento «pendiente de formalización».
—¿Anoche firmaron aquí? —preguntó.
—Sí.
—¿Usted estuvo presente?
—No durante toda la reunión.
—Eso no es una respuesta.
—Entré al principio. Henri me pidió que saliera.
—¿Y salió?
—Sí.
—¿De buen grado?
Mathilde lo miró.
—No.
—Gracias. La sinceridad, dosificada, resulta casi refrescante.
Delacroix encontró, bajo una carpeta, un sobre abierto.
No estaba dirigido a nadie. Contenía una hoja doblada con una sola frase escrita por Henri.
No habrá otro aplazamiento.
Debajo, una inicial.
É.
Delacroix la levantó con el pañuelo.
—¿Reconoce esto?
Mathilde apenas miró.
—No.
—No ha mirado lo suficiente para no reconocerlo.
—Si es para Élise Moreau, no me interesa.
—Qué precisión para algo que no reconoce.
Mathilde apretó la mandíbula.
Delacroix dejó la nota sobre el escritorio.
—¿Henri pensaba escribirle?
—Henri ya le había escrito. De lo contrario no estaría aquí.
—¿Le molesta su presencia por la boda o por lo que sabe?
—Me molesta que una mujer que ya causó suficiente daño aparezca en la víspera del matrimonio de mi hermano.
—Las mujeres rara vez causan daño solas en historias donde los hombres escriben cartas tarde.
La frase le llegó.
Mathilde permaneció inmóvil, pero su rostro perdió algo de color.
—Usted no sabe nada de esa historia.
—Por eso pregunto.
—No. Usted pincha.
—Es un método antiguo. A veces salen verdades.
Mathilde caminó hasta la ventana.
Desde allí se veía el jardín interior y una parte del claustro. La capilla quedaba fuera de ángulo, pero su presencia se sentía igual que una habitación cerrada detrás de una pared.
—Élise Moreau fue una imprudencia de Henri —dijo.
—Curiosa forma de definir a una persona.
—Fue una imprudencia.
—¿Y la joven?
Mathilde se volvió despacio.
—¿Qué joven?
Demasiado tarde.
Demasiado limpio.
—Ya veo —dijo Delacroix.
—No ve nada.
—Veo que ha decidido no saber algo con bastante esfuerzo.
Mathilde regresó hacia la puerta.
—Si ha terminado…
—No he empezado.
—Entonces empiece con alguien que tuviera motivos para matar a Henri.
—Todos los que he conocido en esta casa parecen haberse esforzado por cumplir ese requisito.
Ella abrió la puerta.
—Le enviaré a Lucien con los documentos.
—Y necesitaré hablar con madame Moreau.
Mathilde se detuvo.
—¿Ahora?
—Salvo que prefiera esperar a que la memoria de todos se vuelva más literaria.
—Está en la habitación verde.
—Que venga aquí.
—No creo que sea conveniente.
—Eso también aumenta mi interés.
Mathilde sostuvo la puerta abierta unos segundos.
—Monsieur Delacroix, hay verdades que destruyen más de lo que reparan.
—Sí. Y hay silencios que matan antes de que alguien encuentre un arma.
Por primera vez, Mathilde pareció no tener una respuesta preparada.
Salió.
Delacroix quedó solo en el despacho de Henri.
Durante un momento no se movió.
La habitación contenía una clase distinta de ausencia.
No la ausencia brutal de la capilla, donde Henri había caído delante de todos, sino una más íntima.
Allí estaban sus papeles, su copa, sus libros, la marca de una caja desaparecida y una frase escrita con la decisión tardía de los hombres que creen haber encontrado por fin el valor.
No habrá otro aplazamiento.
Delacroix se acercó otra vez al cajón cerrado.
No lo forzó.
Todavía no.
En cambio, examinó el suelo bajo el escritorio. Nada. Luego la papelera.
Había varios papeles arrugados. Los desplegó con cuidado. Borradores de cartas. Frases tachadas. Una empezaba con «Claire merece saber…». Otra con «No puedo pedirte perdón por carta…». La tercera estaba rota por la mitad, pero conservaba unas palabras suficientes.
…no lleva mi nombre, pero debió llevarlo.
Delacroix dejó los fragmentos sobre el escritorio, alineados.
Entonces llamaron a la puerta.
—Adelante.
Élise Moreau entró sin pedir permiso adicional.
Había cambiado de aspecto sin cambiar de ropa.
O quizá la muerte había vuelto más nítida la persona que ya era.
El gris perla de su vestido parecía ahora menos prudente y más funerario.
No llevaba sombrero. Tenía el cabello recogido con sencillez, pero algunos mechones se le habían soltado cerca de las sienes.
Sus ojos estaban secos.
Eso no significaba que no hubiera llorado.
Significaba que había decidido terminar.
—Monsieur Delacroix.
—Madame Moreau.
Ella miró el despacho.
No con curiosidad.
Con reconocimiento.
—Hace años que no entraba aquí.
—Entonces sí volvió.
Élise lo miró.
—Creía que los detectives hacían preguntas menos literarias.
—Solo cuando las respuestas prometen ser menos evasivas.
La mujer cerró la puerta a su espalda.
—Mathilde me ha dicho que quería verme.
—Mathilde ha demostrado ser útil a su pesar. Siéntese, por favor.
Élise no se sentó.
—Preferiría estar de pie.
—Como guste. La incomodidad también ayuda a algunas memorias.
Ella vio los papeles sobre el escritorio. La nota. Los fragmentos. La marca rectangular en el cuero.
—Ha estado buscando.
—Es una mala costumbre profesional.
—¿Ha encontrado lo que quería?
—Rara vez uno encuentra lo que quiere. Con suerte, encuentra lo que estaba allí.
Élise se acercó al escritorio y leyó la frase de Henri.
No habrá otro aplazamiento.
Su rostro no cambió demasiado.
Pero sus manos sí.
Se cerraron con fuerza sobre el bolso.