Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 9 — La viuda de cinco segundos #3
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Capítulo 9 — La viuda de cinco segundos #3

Delacroix sintió cómo la pieza encajaba en un lugar todavía oscuro.

—¿Respondió usted algo?

—Le dije que no quería hacerle daño.

—¿Y ella?

Claire se volvió.

—Dijo que algunas cosas importantes siempre hacen un poco de daño.

La biblioteca pareció enfriarse.

Delacroix tomó su bastón, que había dejado apoyado en la mesa.

—¿Por qué no lo dijo antes?

—Porque hace diez minutos todavía no sabía que esa frase podía ser otra cosa que Mathilde siendo Mathilde.

—Comprensible.

—¿Lo es?

—Las personas insoportables tienen la ventaja de poder decir cosas terribles sin que nadie las distinga de su carácter.

Claire soltó aire, casi una risa.

—Eso es cruelmente exacto.

—Intento que la crueldad no sea inútil.

Llamaron a la puerta.

Delacroix no respondió de inmediato.

Volvieron a llamar.

—Adelante.

Lucien Dargent asomó la cabeza. Miró primero a Claire, luego a Delacroix.

—Perdón. Mathilde pregunta si mademoiselle Duvall se encuentra bien.

—Qué conmovedor —dijo Delacroix.

Lucien no tenía ánimo para ironías.

—También desea saber cuánto tiempo más…

—El necesario.

Claire dio un paso hacia él.

—Lucien.

El abogado la miró con visible incomodidad.

—Claire.

—¿Henri firmó anoche?

Lucien apretó los labios.

Delacroix observó el movimiento.

—No es momento —dijo él.

—Henri ha muerto. El momento acaba de perder toda delicadeza.

Lucien cerró la puerta tras de sí y entró.

—Firmó algunas disposiciones.

—¿Cuáles?

—No puedo…

—Lucien —dijo Claire—. No me hables como abogado. No ahora.

La petición pareció dolerle.

El hombre bajó la mirada.

—Firmó la modificación relativa a tu protección económica inmediata.

Claire no reaccionó.

Delacroix sí.

—Qué frase tan pulida.

Lucien continuó:

—No firmó el reconocimiento.

—¿De la joven? —preguntó Delacroix.

Lucien lo miró.

—Henri le contó…

—Henri le contó demasiado poco a demasiadas personas. Continúe.

—Quería hacerlo después de la ceremonia.

Claire cerró los ojos.

—Después.

—Sí.

—¿Por qué?

Lucien dudó.

—Porque el reconocimiento alteraba el equilibrio de la herencia. Y porque, tras el matrimonio, podía justificarlo como parte de un nuevo arreglo familiar.

—Eso me dijo.

—Era su intención.

Delacroix se acercó.

—¿Quién salía perjudicado si firmaba?

Lucien no respondió.

—No le pido todavía nombres morales —dijo Delacroix—. Solo legales.

El abogado suspiró.

—Mathilde perdía el control efectivo de parte de la propiedad. Adrien veía reducida su expectativa de herencia. Claire recibía menos de lo que todos creen, pero más seguridad inmediata. Y la joven… la joven habría sido reconocida y dotada.

—¿Élise Moreau?

—Élise no recibía nada directamente.

—Pero ganaba una verdad.

—A veces eso vale más que una propiedad.

Delacroix lo miró con interés.

—No habla usted como abogado.

—Hoy no me está resultando fácil.

Claire se apoyó en el respaldo de una silla.

—Henri murió antes de firmar lo más importante.

Lucien asintió.

—Sí.

—Entonces quien lo mató no solo impidió el matrimonio. Impidió eso.

—Técnicamente, el matrimonio pudo haberse completado —dijo Lucien—. Pero el reconocimiento, no.

Claire se quedó muy quieta.

—Viuda de cinco segundos —murmuró otra vez.

Lucien pareció no saber qué decir.

Eligió lo peor: algo correcto.

—Lo siento mucho.

Claire lo miró.

—No lo sientas. Ayúdale.

—¿A quién?

—A monsieur Delacroix.

Lucien volvió hacia el detective.

—Haré lo que pueda.

—Entonces empiece por traerme una copia de lo que Henri sí firmó y una lista de lo que no llegó a firmar.

—Mathilde no querrá…

—Mademoiselle Beaumont está descubriendo que el mundo conserva alguna independencia respecto a sus preferencias.

Lucien respiró hondo.

—De acuerdo.

—Y una cosa más —añadió Delacroix—. El anillo nuevo. El que Henri compró.

Lucien frunció el ceño.

—¿Qué anillo nuevo?

Claire habló:

—El que estaba en su escritorio.

El abogado negó lentamente.

—Anoche, cuando revisamos los documentos en el despacho, no vi ningún anillo.

Claire palideció.

—Estaba allí.

—Yo no lo vi.

Delacroix miró a ambos.

El silencio cambió.

No era una prueba. Todavía no. Pero en un caso construido alrededor de un anillo antiguo, la desaparición del anillo nuevo tenía el descaro de parecer relevante.

—¿Quién entró en el despacho de Henri anoche? —preguntó Delacroix.

Lucien se frotó la frente.

—Henri y yo. Antes, no lo sé.

—¿Mathilde?

—Pudo entrar. Era su casa.

—Ese argumento empieza a perder eficacia.

Claire se apartó de la ventana.

—Adrien fue a buscar una botella al gabinete contiguo. Lo vi cruzar el corredor.

—¿A qué hora?

—Antes de la cena. Quizá después también. No estoy segura.

Lucien negó con la cabeza.

—Adrien entra donde no debe con la confianza de quien sabe que nadie espera de él más que una disculpa elegante.

—Y aun así todos lo dejan entrar —dijo Delacroix.

Lucien no contestó.

Delacroix caminó hacia la puerta.

—Mademoiselle Duvall, quédese aquí unos minutos.

—¿Sola?

—Con la puerta cerrada, sí. La soledad puede ser desagradable, pero al menos no hace preguntas estúpidas.

Claire asintió.

—¿Soy sospechosa?

Delacroix se detuvo.

—Sí.

Ella no pareció sorprenderse.

—Gracias por decirlo.

—Sería una falta de educación fingir lo contrario.

—¿Y cree que lo hice?

—Creo que alguien quiso que esa pregunta fuera inevitable.

Claire bajó la vista hacia la alianza fina de su mano.

—Entonces encuentre a ese alguien.

Delacroix abrió la puerta.

En el pasillo, Mathilde Beaumont esperaba a varios metros, inmóvil, como si no hubiera estado escuchando y como si nadie pudiera creer lo contrario.

—¿Ya ha terminado? —preguntó.

—Con mademoiselle Duvall, por ahora.

—La familia necesita saber qué ocurre.

—La familia suele ser lo último que necesita saber y lo primero que exige una explicación.

Mathilde miró hacia la biblioteca.

—¿Cómo está Claire?

—De pie.

—No he preguntado eso.

—Es la respuesta más precisa.

La hermana de Henri apretó los labios.

—Acaba de perder a mi hermano.

—Sí. Durante cinco segundos también fue suyo.

Mathilde recibió la frase como una bofetada.

No contestó.

Delacroix se inclinó apenas hacia ella.

—Necesito ver el despacho de Henri.

—¿Por qué?

—Porque los muertos, cuando no pueden hablar, a veces tienen la cortesía de dejar sus desórdenes en buen sitio.

—No creo que sea necesario.

—Eso aumenta mi interés.

Mathilde sostuvo su mirada.

Luego dio media vuelta.

—Sígame.

Delacroix caminó tras ella por el corredor.

Al pasar junto a la puerta de la biblioteca, oyó un sonido mínimo.

No un llanto.

Una respiración rota, contenida enseguida.

Claire Duvall, la viuda de cinco segundos, había esperado a quedarse sola para empezar a romperse.

Delacroix no se detuvo.

La compasión, como la verdad, también requería elegir el momento adecuado.

Y aquel momento pertenecía todavía al anillo.