Capítulo 9 — La viuda de cinco segundos #2
Claire se alejó de la mesa y caminó hasta la chimenea. El vestido blanco arrastró un poco sobre la alfombra. Ella pareció darse cuenta de pronto de que seguía vestida para una boda y cerró los ojos con fastidio, como si el traje fuera una broma cruel de la realidad.
—Debería cambiarme.
—Todavía no.
—¿También es una prueba?
—Es una imagen.
Claire se volvió.
—¿Y eso qué significa?
—Que todos la han visto vestida de novia, arrodillada junto al cadáver de Henri, después de ponerle el anillo. Si desaparece ahora y vuelve vestida de negro, algunos creerán que está interpretando el papel demasiado deprisa.
—Entonces debo seguir llevando esto.
—Por poco tiempo.
—Qué amable.
—La amabilidad suele equivocarse en momentos como este.
Claire volvió a la mesa.
—No me importa lo que piensen.
—Eso es falso.
—No me importa tanto como debería.
—Eso se acerca más.
Ella aceptó la corrección con un cansancio leve.
Delacroix tomó asiento frente a la mesa, no para descansar, sino para modificar la escena. Las personas interrogadas de pie a veces se sienten juzgadas. Sentadas frente a alguien que no levanta la voz, pueden olvidar que lo están.
Claire no se sentó.
—Hábleme de Henri —dijo él.
Ella miró hacia la puerta.
—¿Como víctima o como marido?
—Como hombre que ayer seguía vivo.
Claire respiró hondo.
—Henri era encantador.
—Eso ya lo sabía.
—Y culpable.
—Eso también.
—No cobarde, exactamente. O no solo eso. Tenía una forma extraña de aplazar lo necesario hasta que lo necesario se volvía enorme. Entonces lo miraba como si le sorprendiera que hubiera crecido tanto.
Delacroix pensó que aquella era una descripción demasiado justa para venir de una mujer enamorada.
O quizá precisamente por eso lo era.
—¿Le contó lo de Élise Moreau?
Claire asintió.
—Parte.
—¿Qué parte?
—Que la había amado. Que la había abandonado. Que había sido injusto con ella.
—Eso puede significar muchas cosas.
—En Henri, también.
—¿Le habló de una hija?
Claire no respondió de inmediato.
El silencio fue respuesta antes que palabra.
—No al principio —dijo al fin.
—¿Cuándo?
—Hace dos meses.
—¿Y aun así decidió casarse?
—Sí.
—Eso exige amor, ambición o falta de imaginación.
—Quizá un poco de las tres.
Delacroix la observó con atención.
—No esperaba esa respuesta.
—La gente espera que una mujer enamorada niegue cualquier motivo impuro. Es una expectativa muy cómoda para todos, salvo para la mujer.
—¿Ambición, entonces?
Claire sostuvo su mirada.
—Henri me ofrecía seguridad. Nombre. Una casa, aunque esta casa parezca más inclinada a devorar que a proteger. Me ofrecía una vida menos frágil que la que tenía.
—¿Lo amaba?
—Sí.
La respuesta llegó sin adorno.
—¿Y le convenía?
—También.
—Algunas personas matarían por menos.
—Lo sé.
Delacroix inclinó apenas la cabeza.
—Aprecio su colaboración con mi trabajo.
—No estoy colaborando. Estoy cansada de que la inocencia tenga que fingir pureza para parecer creíble.
El fuego crujió otra vez.
Delacroix decidió que Claire Duvall, culpable o no, era una mujer peligrosa para cualquier familia construida sobre fórmulas. No porque gritara. Porque no aceptaba las mentiras decorativas.
—¿Qué sabía de los documentos que Henri firmó anoche?
—Muy poco.
—¿Muy poco por elección suya o de él?
—De ambos, quizá. Henri quería contármelo todo después de la ceremonia.
—Todo el mundo en esta casa parece haber reservado la verdad para después de la ceremonia.
—Porque la ceremonia cambiaba algo.
—¿Qué?
Claire se sentó por fin.
No de golpe.
Con una lentitud que parecía admitir que había llegado a una zona más peligrosa de la conversación.
—Henri quería reconocer legalmente a alguien.
—¿La hija de Élise?
—No sé si era hija de Élise.
—¿No lo sabe?
—Sé que había una joven. Sé que Henri había contribuido a mantenerla lejos de Saint-Aubin. Sé que había dinero enviado a través de terceros. Sé que Mathilde lo sabía o lo sospechaba.
—¿Y usted?
—Yo lo supe tarde.
—¿Nombre?
Claire negó con la cabeza.
—Henri no llegó a decírmelo.
—Qué oportuno para él.
—No sea cruel con un muerto.
—La muerte no mejora los antecedentes de nadie.
Claire bajó la vista.
—No.
—¿Qué pretendía hacer Henri?
—Cambiar el testamento. Reconocer una deuda. Quizá un apellido. No estoy segura de los términos. Lucien lo sabe.
—Lucien sabe muchas cosas que le producen mal color.
—Lucien quería que Henri firmara antes de la boda.
—¿Y Henri?
—Henri decía que después sería más fácil.
—¿Por qué?
Claire miró la alianza de su mano.
—Porque casado conmigo podía reorganizar la herencia sin que pareciera un acto de culpa desesperada. Podía presentar los cambios como parte de una nueva vida. Eso decía él.
—Y usted le creyó.
—No del todo.
—Pero se casó.
—Sí.
Delacroix dejó pasar unos segundos.
—¿La beneficiaba ese nuevo testamento?
—No como todos creen.
—Explíquese.
—Henri había dispuesto una parte para mí, sí. Pero menos de lo que Mathilde imagina y menos de lo que Adrien teme. Mi seguridad no dependía de despojar a nadie. Al menos eso decía Henri.
—¿Vio los papeles?
—No.
—Entonces su seguridad dependía de la palabra de un hombre que ya le había ocultado varias cosas importantes.
Claire sonrió con tristeza.
—Vista así, mi inteligencia queda bastante mal.
—El amor suele presentar informes desfavorables.
—No solo fue amor.
—Ya me lo ha dicho.
—Fue confianza en su arrepentimiento. No sé si eso es más noble o más estúpido.
—Depende del final.
Claire miró hacia la puerta.
—El final acaba de arrodillarse sobre una piedra.
Delacroix no respondió.
La frase no necesitaba ayuda.
En el corredor se oyeron pasos. Luego la voz de Mathilde, baja y cortante, dando una orden a alguien. Claire cerró los ojos con cansancio.
—Mathilde cree que yo llegué para quedarme con Saint-Aubin.
—¿Y no?
—No quiero Saint-Aubin.
—Casi nadie quiere las cárceles hasta que descubre que otros pagan el mantenimiento.
Claire lo miró.
—Yo quería marcharme con Henri.
—¿Adónde?
—A Tours, quizá. O a cualquier lugar donde los retratos no parecieran más vivos que los habitantes.
—¿Henri aceptaba eso?
—Henri lo deseaba. Y le asustaba.
—Su hermana no lo habría permitido con facilidad.
—Mathilde no permite nada. Tolera lo inevitable cuando ya ha fracasado en impedirlo.
Delacroix guardó la frase.
—¿Quién insistió en que Henri usara el anillo familiar?
—Mathilde.
—¿Henri quería usar otro?
—Sí. Uno nuevo. Sencillo. Lo eligió conmigo.
—¿Dónde está?
Claire se quedó inmóvil.
—No lo sé.
—¿No lo sabe?
—Ayer estaba en su escritorio. En una caja azul.
—¿En el despacho de Henri?
—Sí.
—¿Quién más lo sabía?
—Henri. Yo. Quizá Lucien. Quizá el ayuda de cámara de Henri, si lo vio.
—¿Mathilde?
Claire soltó una risa breve.
—Mathilde sabe dónde respiran los objetos de esta casa.
—¿Por qué aceptó Henri cambiarlo por el familiar?
—Por cansancio.
—Eso no es un motivo.
—En Henri, a veces sí.
Delacroix la miró.
Claire siguió:
—Mathilde le dijo que un Beaumont no se casaba en Saint-Aubin con un anillo comprado en una joyería de ciudad. Henri discutió. Luego cedió. Dijo que era solo un objeto.
—Las víctimas de los símbolos siempre empiezan diciendo eso.
Claire se quitó la alianza de su propio dedo.
Delacroix no la detuvo.
Ella la dejó sobre la mesa. El pequeño círculo de oro claro quedó junto al guante manchado.
—El mío sí era nuevo —dijo—. Lo elegimos juntos. No tiene historia.
—Eso quizá lo hace más inocente.
—¿Hay objetos inocentes?
—Hasta que alguien los usa.
Claire miró la alianza unos segundos y luego la volvió a colocar en su dedo.
—Si el anillo de Henri estaba preparado para matarlo, quien lo hizo sabía que yo tendría que empujarlo.
—Sí.
—Sabía que le quedaba justo.
—Sí.
—Y sabía que todos mirarían mis manos.
—Sí.
Claire tragó saliva.
—Eso reduce la lista.
—Mucho.
—Mathilde.
Delacroix no respondió.
—Lo está pensando —dijo ella.
—Pienso muchas cosas desagradables a la vez.
—Mathilde insistió en el anillo. Lo guardó. Tenía llave de la sacristía. Sabía que le quedaba justo. Sabía que yo tendría que empujarlo.
—También lo sabía usted.
Claire recibió el golpe sin moverse.
—Sí.
—También Henri.
—Está muerto.
—Lo cual lo vuelve menos sospechoso, aunque no siempre menos responsable.
—También Adrien lo sabía. Lo dijo anoche.
—Sí.
—Y Lucien pudo saberlo.
—También.
—Y el padre Laurent tuvo acceso.
—Y madame Vasseur, quizá. Y Lucie. Y cualquiera que entrara en la sacristía o tocara la caja antes.
Claire cerró los ojos.
—Entonces no reduce tanto la lista.
—La lista no es el problema. El conocimiento exacto sí. La persona que lo hizo no solo debía tocar el anillo. Debía entender la escena de mañana antes de que ocurriera.
—La ceremonia.
—El gesto.
Claire miró sus propias manos.
—Yo fui el gesto.
—Usted fue usada.
—Eso no me absuelve de sentirlo.
—No. Pero puede impedir que otros se aprovechen de ello.
Hubo un silencio largo.
Claire se levantó y caminó hasta la ventana.
Desde allí se veía una parte del jardín norte. La bruma había empezado a levantarse, pero el cielo seguía bajo. Varias flores blancas, desprendidas por el viento, se habían pegado a la grava húmeda. Parecían restos de papel.
—Hay algo más —dijo ella.
Delacroix esperó.
—Esta mañana, antes de la ceremonia, Mathilde vino a mi habitación.
—¿A qué hora?
—Poco después de las once.
—¿Para qué?
—Para revisar el velo. Eso dijo.
—¿Lo revisó?
—Sí. También habló del anillo.
—¿Qué dijo?
Claire siguió mirando por la ventana.
—Que no debía dejarme intimidar si entraba con dificultad. Que los hombres de la familia Beaumont siempre tenían manos fuertes y dedos poco obedientes. Que bastaba con empujar con decisión.
Delacroix no se movió.
La frase, colocada allí, era una piedra muy útil.
—¿Esas fueron sus palabras?
—No exactas. Pero sí la idea.
—Inténtelas exactas.
Claire cerró los ojos.
—Dijo: «Si se resiste, no te detengas. Henri tiende a convertir cualquier incomodidad en una excusa para no cumplir con lo que debe.»