Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 9 — La viuda de cinco segundos
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Capítulo 9 — La viuda de cinco segundos

El refectorio ya no parecía preparado para un banquete.

Las mesas seguían cubiertas por manteles blancos. Los candelabros seguían en su sitio. La vajilla esperaba intacta, con esa paciencia ofensiva de los objetos que no comprenden la tragedia humana. Las flores, menos abundantes que en la capilla, parecían ahora una decoración equivocada, casi cruel.

Los invitados fueron entrando en silencio, aunque no todos sabían guardar silencio de la misma manera.

Algunos lo hacían por respeto.

Otros, por miedo.

Unos pocos, por cálculo.

Delacroix distinguía esas diferencias con bastante facilidad. El respeto mira hacia abajo. El miedo mira hacia todas partes. El cálculo mira primero a las puertas.

Mathilde Beaumont ocupó de inmediato el centro del salón, no porque nadie se lo concediera, sino porque ciertas personas no esperan permiso para ser eje. Dio instrucciones a los criados, mandó servir agua, ordenó que se cerraran las puertas laterales y pidió que nadie tocara las mesas.

La viuda de las caderas lloraba sobre un pañuelo diminuto, insuficiente para su dolor o para su deseo de que todos lo vieran.

Adrien Beaumont estaba junto a la chimenea apagada, con una mano apoyada en la repisa y la mirada fija en ninguna parte.

Lucien Dargent regresó poco después con Lucie.

Traía la tercera llave de la sacristía en la mano.

Delacroix la tomó sin decir nada.

Lucien parecía aún más pálido.

—Aquí está —dijo.

—Gracias.

—La doncella no tocó nada.

—Eso esperaba.

Lucie miró a Delacroix con ojos enormes.

—Yo no habría tocado nada, monsieur.

—Lo sé. El miedo suele ser más obediente que la virtud.

La muchacha no pareció comprender si aquello era un consuelo.

Quizá no lo era.

Claire Duvall había sido conducida hasta una silla cercana a la ventana.

No se había sentado por voluntad, sino porque el cuerpo, a veces, acaba obedeciendo a la gravedad antes que al orgullo.

Tenía el velo retirado hacia atrás. El vestido blanco caía alrededor de ella con una belleza absurda, como si la propia tela se negara a aceptar que ya no estaba en una boda.

Seguía llevando los guantes.

El derecho tenía una mancha gris, la misma de la víspera.

El izquierdo estaba limpio.

Demasiado limpio.

Delacroix observó cómo varios invitados la miraban de reojo. Nadie se atrevía a acusarla. Todavía no. Pero la idea ya se movía entre ellos con la facilidad de una sombra.

La novia le había puesto el anillo.

El novio había muerto.

La mente humana, cuando tiene miedo, prefiere una línea recta aunque conduzca al error.

Mathilde se acercó a Claire.

—Deberías subir a tu habitación.

—No.

—No estás en condiciones de permanecer aquí.

Claire levantó la vista.

—No estoy en condiciones de casi nada, Mathilde. Eso no significa que vaya a esconderme.

—Nadie habla de esconderte.

—Todos hablan de mí sin mover los labios.

Mathilde sostuvo su mirada.

—Acaba de morir Henri.

—Lo sé.

La frase fue baja.

No fría.

Baja.

Como si el dolor, de tan grande, apenas pudiera salir.

Mathilde pareció recibir el golpe, pero no se permitió mostrarlo.

—Precisamente por eso debemos conservar la calma.

—No, Mathilde. Tú quieres conservar el control. No es lo mismo.

Delacroix decidió intervenir antes de que la conversación se convirtiera en una continuación de la ceremonia, pero con armas menos visibles.

—Mademoiselle Duvall.

Claire giró hacia él.

—Necesito hablar con usted.

Mathilde se puso rígida.

—Ahora no.

—Ahora sí.

—Está conmocionada.

—Todos lo estamos en distinta medida. Algunos incluso lo parecen.

Adrien, desde la chimenea, dejó escapar una risa breve y amarga. Mathilde lo fulminó con la mirada.

Claire se levantó.

El gesto le costó más de lo que quiso mostrar.

—¿Dónde?

—En la biblioteca.

—La acompaño —dijo Mathilde.

—No —respondió Claire.

Mathilde la miró como si aquella negativa hubiera sido una falta de etiqueta.

—Claire.

—No.

La segunda vez fue más suave.

Y mucho más firme.

Delacroix ofreció el brazo a la novia. Ella dudó un instante, quizá porque aceptar ayuda se parecía demasiado a necesitarla. Luego apoyó apenas los dedos sobre su manga.

Salieron del refectorio bajo la mirada de todos.

El corredor hacia la biblioteca estaba más frío que antes. Los criados se apartaban al verlos pasar. Algunos bajaban los ojos ante Claire; otros no podían evitar mirar el vestido blanco, la alianza en su dedo, las manos cubiertas por guantes, como si allí hubiera una explicación visible.

La biblioteca seguía oliendo a madera, cuero y ceniza tibia.

Alguien había alimentado la chimenea durante la mañana, pero el fuego se había reducido a brasas.

Sobre la mesa todavía quedaban algunas tarjetas de invitados, una carpeta cerrada y el guante que Claire había manchado la tarde anterior, o quizá otro igual.

Las bodas, pensó Delacroix, producían una cantidad inquietante de objetos inútiles.

Claire se detuvo junto a la mesa.

—Aquí lo conocí a usted ayer.

—No hace falta que lo convierta en un mal presagio.

—No lo he dicho.

—No. Pero Saint-Aubin anima a esa clase de asociaciones.

Claire miró las tarjetas.

Una de ellas estaba caída boca abajo. La recogió. Leyó el nombre sin interés y la dejó en su sitio.

—Hace dos horas estaba decidiendo dónde sentar a personas que ahora creen que he matado a mi marido.

La última palabra quedó suspendida.

Marido.

Ni siquiera había tenido tiempo de acostumbrarse a ella.

Delacroix cerró la puerta.

—Siéntese, por favor.

—Preferiría no hacerlo.

—Entonces no lo haga.

Claire lo miró.

—Esperaba que insistiera.

—La insistencia es una virtud sobrevalorada en los hombres que no saben escuchar.

Ella respiró hondo.

Permaneció de pie junto a la mesa, con las manos delante del vestido. En la izquierda brillaba su alianza fina. Delacroix la vio mirarla de reojo, como si el oro acabara de convertirse en una pregunta.

—¿Soy viuda? —preguntó.

Delacroix tardó un instante en responder.

—A efectos sentimentales, sin duda.

—No preguntaba eso.

—Lo sé.

Claire cerró los dedos de la mano izquierda.

—El padre Laurent dijo que sí. Henri dijo que sí. Yo dije que sí. Nos pusimos los anillos. No llegó a besarme. No firmamos nada después. No salimos de la capilla. ¿Qué soy?

—Una mujer a la que acaban de arrebatar el derecho a hacerse esa pregunta más adelante.

Ella apartó la mirada.

—Viuda de cinco segundos.

No lo dijo con ironía.

Lo dijo como quien descubre el nombre exacto de una herida.

Delacroix guardó silencio.

El fuego crujió en la chimenea.

Afuera, la abadía seguía moviéndose con pasos apagados, voces contenidas, puertas cerradas. La muerte no había detenido la casa. Solo había cambiado el sentido de cada movimiento.

—Necesito hacerle preguntas —dijo él.

—Lo sé.

—Algunas serán desagradables.

—Sería extraño que fueran amables.

—¿Puede contestar?

Claire se quitó el velo con un gesto lento. Lo dejó sobre el respaldo de una silla. Sin él, parecía menos novia y más ella misma. Eso, en aquellas circunstancias, resultaba casi indecente.

—Pregunte.

Delacroix señaló sus manos.

—Los guantes.

Claire bajó la vista.

—¿Quiere que me los quite?

—Sí.

Ella se quitó primero el derecho.

La mancha gris seguía allí, cerca de la palma. Luego se quitó el izquierdo. La piel de sus dedos estaba pálida por la presión de la tela. En el pulgar derecho tenía una pequeña marca rojiza, muy leve, como si algo la hubiera rozado al empujar.

Delacroix se acercó.

—¿Le duele?

Claire miró el pulgar.

—No.

—¿Cuándo se hizo eso?

—No lo sé.

—Inténtelo.

Ella cerró los ojos un instante.

—Puede que al ponerle el anillo.

—¿Sintió algo?

—El metal se resistió. Henri tenía el dedo algo hinchado. O el anillo era demasiado estrecho. Tuve que empujar.

—Eso lo vimos todos.

—No todos lo sintieron.

Delacroix levantó ligeramente la mirada.

—Descríbalo.

Claire tragó saliva.

No era una mujer acostumbrada a hablar de sus propias sensaciones delante de extraños. O quizá no le gustaba conceder al cuerpo tanta autoridad sobre la memoria.

—Al principio entró bien. Después se detuvo en el nudillo. Le pregunté si seguía. Él asintió.

—¿Dijo algo?

—Creo que no. Sonrió.

—¿Y usted empujó?

—Sí. Despacio. No quería hacerle daño.

—Pero se lo hizo.

La frase fue deliberadamente seca.

Claire la recibió sin apartarse.

—Sí.

—¿El anillo tenía alguna aspereza? ¿Algún borde? ¿Notó algo raro a través del guante?

Ella miró el guante sobre la mesa, como si pudiera responder mejor que ella.

—Pesaba. Eso sí. Más de lo que esperaba. Y estaba frío.

—¿Frío?

—Sí.

—La capilla también lo estaba.

—Lo sé. Pero el anillo… No sé. Quizá solo lo recuerdo así porque después murió.

—No deseche un recuerdo solo porque parezca pequeño.

Claire asintió.

—Al empujarlo, noté una resistencia brusca. Como si algo se enganchara un instante. Pensé que era el nudillo. Henri cerró los ojos.

—¿Se quejó?

—No.

—¿Hizo algún sonido?

—Muy leve. Como si contuviera la respiración.

Delacroix guardó aquello.

—Después el anillo pasó.

—Sí.

—¿Vio sangre en ese momento?

Claire se quedó quieta.

—No.

—¿Está segura?

—No. No miré la piel. Miré su cara. Quería saber si le había dolido.

—Y le había dolido.

—Sí.

—¿Cuándo vio la sangre?

—Cuando cayó. Cuando usted miró su mano.

Se llevó los dedos a la boca, pero se detuvo antes de tocarse.

—Yo no la habría visto sola.

—La mayoría no.

—Eso no me consuela.

—No pretendía consolarla.

Claire soltó una risa sin alegría.

—Es usted muy fiel a su reputación.

—Una de las pocas fidelidades que no exige ceremonia.

Por primera vez desde la muerte de Henri, algo casi parecido a una sonrisa cruzó el rostro de Claire. Duró menos que un parpadeo.

Luego volvió la sombra.

—¿Cree que fue el anillo? —preguntó.

—Creo que el anillo merece más atención que varios miembros de su nueva familia.

—Eso no responde.

—Responde lo suficiente por ahora.