Muerte en la boda (Los misterios de Armand Delacroix 10) Capítulo 8 — El beso que no llegó #2
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Capítulo 8 — El beso que no llegó #2

—Lo intento desde que llegué.

Durante un instante, pareció que Mathilde iba a responder con una frase destinada a quedarse en la piedra. Pero se contuvo.

—Muy bien —dijo—. ¿Qué propone?

—Que se siente. Que respire. Y que recuerde con exactitud todo lo que vio durante la ceremonia.

—Recuerdo que mi hermano murió.

—Eso es lo que todos recordarán. Yo necesito lo que casi nadie quiso mirar.

Mathilde sostuvo su mirada.

Después se volvió hacia el primer banco y se sentó.

No vencida.

Solo aplazada.

Delacroix salió al claustro detrás del médico y los criados.

La sala lateral era pequeña, austera, con una mesa larga, seis sillas y una ventana estrecha abierta hacia el jardín interior. Sobre la pared colgaba un crucifijo sin gran valor artístico y con suficiente antigüedad para resultar incómodo.

Colocaron el cuerpo de Henri sobre la mesa.

El doctor Roussel pidió agua, una lámpara y su maletín. Un criado salió corriendo.

Delacroix cerró la puerta.

—Ahora, doctor.

Roussel lo miró con irritación, pero empezó a trabajar.

Desabrochó el cuello de Henri, comprobó de nuevo las pupilas, la boca, la piel, el pulso ausente. Delacroix dejó que hiciera. No necesitaba interrumpir cada gesto. Los hombres seguros de su oficio eran más útiles cuando podían demostrarlo sin espectadores impacientes.

—Muerte muy rápida —dijo finalmente Roussel.

—Eso ya lo vimos.

—No hay signos de traumatismo.

—Salvo el dedo.

—Eso no mata.

—En principio, no.

El médico levantó la vista.

—¿Veneno?

—Se lo pregunto yo a usted.

Roussel respiró hondo.

—Ciertos venenos pueden actuar con rapidez. Pero normalmente serían ingeridos, inhalados o introducidos en sangre.

Delacroix miró la mano izquierda.

—Introducidos.

—No con un arañazo tan pequeño.

—¿Está seguro?

—Estoy diciendo que sería… improbable.

—La improbabilidad es una puerta. Estrecha, pero puerta.

Roussel tomó la mano de Henri con cuidado. Delacroix observó sus dedos, atento a que no alterara nada.

El médico examinó la marca junto al anillo.

—El metal ha rozado la piel al pasar. Eso es todo.

—Quítele el anillo.

Roussel se detuvo.

—¿Ahora?

—Sí.

—Puede costar.

—Lo sé.

—Quizá dañe la piel.

—Menos de lo que dañará lavarla sin verlo.

El médico asintió a regañadientes.

Intentó deslizar el anillo hacia fuera.

No se movió.

—Está muy ajustado.

—Ayer también lo estaba.

Roussel lo miró.

—¿Lo vio?

—Henri se lo probó en mi habitación. Le costó ponérselo y quitárselo. Le dejó una marca rojiza.

—Entonces esto no es extraño.

—Nada es extraño hasta que se vuelve útil.

El médico pidió aceite. No había. Usó un poco de jabón húmedo traído por un criado. Delacroix observó la maniobra con una concentración absoluta.

El anillo cedió al fin.

Pasó el nudillo con dificultad.

Cuando salió, Henri ya no podía sentirlo.

Roussel lo dejó sobre un pañuelo limpio.

Delacroix se inclinó.

—No lo toque por dentro.

—Ya lo he tocado.

—Lo menos posible.

El médico resopló.

Delacroix examinó el dedo.

La línea rojiza era más clara sin el oro alrededor. Había una pequeña punción lateral, no exactamente un simple roce. Muy fina. Casi invisible.

—Aquí —dijo.

Roussel miró.

—Puede ser una rebaba.

—¿En el anillo?

—Quizá.

—¿Una rebaba capaz de pinchar?

—Si el anillo es antiguo y fue manipulado…

Delacroix miró el objeto sobre el pañuelo.

Desde fuera, parecía normal. Una alianza gruesa, de oro viejo, con una inscripción gastada y una dignidad pesada. Pero el interior no podía verse bien desde el ángulo en que descansaba.

—Necesito una lupa.

—¿Siempre viaja usted a bodas esperando examinar joyas? —preguntó Roussel.

—No. A veces espero examinar parientes.

El médico no apreció la respuesta.

Un criado regresó con la lámpara. Delacroix pidió que la acercara. Luego, con el pañuelo entre los dedos, inclinó ligeramente el anillo sin rozar su interior.

Allí estaba.

O creyó verlo.

Una irregularidad mínima en la cara interna. No una punta evidente. No una aguja. Algo más sutil. Una pequeña aspereza metálica, casi integrada en el borde, como un defecto de restauración.

—¿Lo ve? —preguntó.

Roussel se inclinó.

—Sí.

—¿Podría haber producido la punción?

—Podría.

—¿Podría haber sido impregnada con algo?

El médico tardó en responder.

—Teóricamente.

—Adoro esa palabra. Permite a los cobardes sentirse prudentes.

—Monsieur Delacroix, no puedo afirmar que…

—No le pido que afirme. Le pido que no niegue por comodidad.

Roussel lo miró con una mezcla de enojo y preocupación.

—Si el veneno entró por esa herida, estamos ante algo muy específico.

—Qué tranquilizador. Detestaría que alguien asesinara a un hombre por accidente con una tradición familiar.

El médico guardó silencio.

Delacroix cubrió el anillo con el pañuelo.

—Nadie debe tocar esto.

—Necesitaré analizarlo.

—Y lo hará. Pero antes necesito saber quién pudo tocarlo.

Roussel miró el cuerpo.

—¿Debo informar a la familia?

—Informe lo mínimo. Diga que la muerte no parece natural.

—Eso provocará pánico.

—El pánico ya está presente. Solo falta educarlo.

Dejaron el cuerpo en la sala bajo la vigilancia de un criado de confianza y regresaron a la capilla.

El ambiente había cambiado.

El cadáver ya no estaba, pero su ausencia ocupaba más espacio que su presencia. Los invitados hablaban en grupos pequeños. Algunos lloraban. Otros fingían consolar mientras hacían preguntas. La muerte, pensó Delacroix, tenía una habilidad admirable para revelar los hábitos sociales de cada persona.

Claire seguía de pie junto al primer banco.

Mathilde permanecía sentada.

Élise al fondo.

Adrien caminaba de un lado a otro con la cabeza baja.

Lucien Dargent, en cambio, había salido de su sitio y se encontraba cerca de la sacristía.

Delacroix lo vio.

Lucien también comprendió que lo habían visto.

Se apartó de la puerta como si acabara de recordar que estaba en un lugar sagrado.

—Monsieur Dargent —dijo Delacroix.

El abogado se acercó.

—¿Qué ha dicho el doctor?

—Lo suficiente para complicarnos la mañana.

Lucien tragó saliva.

—¿Henri sufrió?

—Muy poco tiempo.

La respuesta no era consuelo.

Lucien lo entendió.

—¿Fue natural?

Delacroix lo miró.

—Usted espera que diga que no.

—Temo que lo diga.

—A veces ambas cosas se parecen.

Mathilde se levantó.

—¿Qué ocurre?

La capilla volvió a callar poco a poco.

Delacroix caminó hasta el altar, no porque necesitara altura, sino porque todos lo estaban mirando ya y prefería darles un punto fijo donde colocar su miedo.

—Monsieur Beaumont ha muerto en circunstancias que, por ahora, no podemos considerar naturales.

El murmullo fue inmediato.

Claire no se movió.

Mathilde cerró los ojos un instante.

Adrien susurró algo que pudo ser una blasfemia.

Élise se apoyó en el respaldo del banco.

El padre Laurent se santiguó.

—Por tanto —continuó Delacroix—, nadie abandonará Saint-Aubin. Nadie tocará los objetos de la ceremonia. Nadie entrará en la sacristía. Nadie retirará flores, cojines, programas ni copas hasta que se indique lo contrario.

Madame Vasseur palideció.

—¿Flores?

—Flores también.

—Pero yo…

—Especialmente si usted.

La mujer cerró la boca.

—Esto es absurdo —dijo un invitado—. ¿Está sugiriendo que alguien lo ha matado aquí, delante de todos?

Delacroix volvió hacia él la mirada.

—No lo sugiero. Me limito a admitir que la muerte ha tenido la descortesía de elegir un escenario muy concurrido.

—Pero todos vimos…

—Exactamente —dijo Delacroix—. Ese es el problema.

El hombre no entendió.

Algunos sí.

Claire, por ejemplo.

Sus ojos se dirigieron lentamente hacia la mano izquierda de Henri, aunque el cuerpo ya no estuviera allí.

—El anillo —dijo.

No fue una pregunta.

La capilla entera pareció contener el aliento.

Mathilde giró hacia ella.

—Claire.

—Fue el anillo.

—No digas eso.

—Me hizo empujarlo. Todos lo vieron. Le dolió. Sangró.

—Henri murió después de una emoción intensa —dijo Mathilde—. El doctor ha dicho…

—El doctor no ha dicho nada delante de nosotros.

Delacroix intervino.

—El anillo será examinado.

Mathilde se volvió hacia él.

—¿Por qué?

—Porque las cosas inocentes no se ofenden cuando se las investiga.

—Ese anillo pertenece a mi familia.

—Hoy ha pertenecido también al cadáver de su hermano. Eso amplía su interés.

La frase fue cruel.

Necesaria.

Mathilde se quedó pálida.

—No permitiré que convierta una reliquia familiar en un objeto grotesco.

—Mademoiselle Beaumont, alguien ya se ha tomado esa molestia.

El silencio fue absoluto.

Claire se llevó una mano al pecho.

Élise Moreau cerró los ojos.

El padre Laurent murmuró una oración que nadie escuchó.

Adrien fue el primero en hablar.

—¿Entonces Claire…?

No terminó la frase.

Claire lo miró.

Adrien tuvo la prudencia tardía de callarse.

Delacroix habló antes de que la sospecha pudiera encontrar asiento.

—Mademoiselle Duvall hizo lo que la ceremonia exigía. Nada más.

—Pero si el anillo… —empezó alguien.

—Precisamente por eso interesa saber quién decidió que se usara ese anillo, quién lo guardó, quién lo tocó, quién sabía que le quedaba justo al novio y quién necesitaba que todos mirasen a la novia cuando la muerte hiciera su trabajo.

La frase recorrió la capilla con más eficacia que un grito.

Mathilde no apartó la mirada de Delacroix.

Lucien bajó la vista.

Adrien dejó de moverse.

Élise se aferró al respaldo del banco.

Claire permaneció inmóvil, pero algo en su rostro cambió. No alivio. No todavía. Quizá la primera comprensión de que su horror personal formaba parte de una arquitectura más grande.

Más cruel.

Delacroix bajó del altar.

—Empezaremos por lo más sencillo —dijo—. Cada uno dirá dónde estaba durante la ceremonia y qué vio cuando mademoiselle Duvall colocó el anillo.

—¿Ahora? —preguntó una señora.

—No, madame. Dentro de veinte años, cuando la memoria haya tenido tiempo de mejorar.

La mujer se sonrojó.

—Ahora —dijo Delacroix.

Mathilde recuperó parte de su autoridad.

—El refectorio será más adecuado. Los invitados podrán sentarse.

—Bien. Pero nadie hablará entre sí sobre lo ocurrido antes de declarar lo que vio.

Adrien soltó una risa seca.

—Eso será difícil. La mitad de esta familia lleva generaciones hablando de lo que no vio.

—Entonces hoy tendrán ocasión de innovar.

Delacroix se volvió hacia el padre Laurent.

—La sacristía permanecerá cerrada.

El sacerdote asintió.

—Sí.

—¿La llave?

Padre Laurent buscó en el bolsillo de su sotana y se la entregó.

Mathilde dio un paso.

—Hay otra.

—Lo sé. En su despacho.

—Y una tercera…

—También quiero esa.

—Está en el gabinete de llaves.

—Mande traerla.

Mathilde dudó.

No lo bastante para que todos lo notaran.

Sí lo bastante para Delacroix.

—Lucie —ordenó ella finalmente.

La doncella, pálida al fondo de la capilla, dio un salto.

—Sí, mademoiselle.

—La llave de la sacristía. Del gabinete.

—Sí, mademoiselle.

—Acompáñela alguien —dijo Delacroix.

Mathilde lo miró con frialdad.

—¿Desconfía de una criada asustada?

—Desconfío de los pasillos útiles.

Adrien levantó una mano.

—La acompaño yo.

—No —dijo Delacroix.

Adrien bajó la mano.

—Qué rapidez.

—Monsieur Dargent —dijo Delacroix—. Vaya usted.

Lucien pareció sorprendido.

—¿Yo?

—Sí.

—Como quiera.

Lucie y Lucien salieron juntos.

Delacroix observó la reacción de los demás.

Mathilde no aprobaba la elección.

Adrien tampoco.

Eso la hacía adecuada.

Poco a poco, los invitados empezaron a abandonar la capilla hacia el refectorio, vigilados por los criados y por la propia imposibilidad de marcharse sin parecer culpables. La gente, cuando se sabe observada, obedece con una docilidad que luego llama dignidad.

Claire fue la última en moverse.

Delacroix se acercó a ella.

—Necesitaré hablar con usted.

—Lo sé.

—No ahora.

—Ahora no podría decir nada útil.

—Eso ya es más útil que muchas declaraciones.

Claire miró hacia el lugar donde Henri había caído.

La piedra conservaba una marca leve, apenas humedad del contacto, quizá una sombra imaginada.

—No llegó a besarme —dijo.

Delacroix no respondió.

No había nada inteligente que decir ante una frase así. Y Delacroix, al contrario que la mayoría de los hombres inteligentes, sabía cuándo su inteligencia no servía.

Claire tragó saliva.

—Todos recordarán que le puse el anillo.

—Sí.

—¿Y usted?

—Yo recordaré que alguien quiso que todos recordaran eso.

Ella lo miró.

Por primera vez desde la caída de Henri, algo parecido a una lágrima le brilló en los ojos.

No cayó.

—Gracias —dijo.

—No me lo agradezca todavía.

—¿Por qué?

Delacroix miró hacia la puerta de la sacristía.

—Porque si tengo razón, mademoiselle, la persona que mató a Henri no solo quiso verlo morir.

Volvió hacia ella.

—Quiso que usted sintiera sus dedos alrededor de la muerte durante el resto de su vida.

Claire cerró los ojos.

Esta vez, cuando los abrió, la serenidad había vuelto.

Pero ya no era la serenidad de una novia.

Era la de una mujer que acababa de comprender que alguien la había elegido como instrumento.

Delacroix le ofreció el brazo.

Ella lo aceptó.

Juntos salieron de la capilla.

Detrás de ellos quedaron las flores blancas, el altar, el cojín caído y la puerta cerrada de la sacristía.

El beso no había llegado.

Pero la muerte, como siempre, había sido puntual.