Capítulo 8 — El beso que no llegó
Durante unos segundos, nadie se movió.
La capilla de Saint-Aubin, que apenas un minuto antes había contenido una boda, parecía ahora incapaz de decidir qué clase de lugar era.
Las flores seguían allí. Los cirios seguían ardiendo.
El velo de Claire todavía caía sobre sus hombros con una pureza absurda.
El padre Laurent sostenía el misal contra el pecho como si el libro pudiera ofrecerle instrucciones para una situación que ningún rito había previsto.
Henri Beaumont yacía en el suelo, a los pies del altar.
No había llegado a besar a la novia.
Eso fue lo primero que algunas personas comprendieron, incluso antes de comprender que estaba muerto.
La ceremonia había quedado suspendida en el punto exacto donde debía transformarse en celebración.
El beso, ese gesto pequeño y público con el que los invitados reciben permiso para emocionarse sin culpa, se había convertido en una ausencia.
Una ausencia enorme.
Claire seguía arrodillada junto a él.
No lloraba todavía. El llanto pertenece a quienes ya han aceptado algo. Ella aún no había llegado allí. Miraba la cara de Henri con una concentración feroz, como si pudiera obligarlo a regresar por pura voluntad.
—Henri —dijo otra vez.
Su voz no fue un grito.
Fue peor.
Fue una petición educada al horror.
El doctor Armand Roussel, invitado de los Beaumont y médico de alguna rama secundaria de la familia, terminó su examen inicial con los labios apretados.
Era un hombre robusto, de barba blanca y cuello corto, acostumbrado quizá a enfermedades lentas, no a muertos repentinos sobre una piedra de altar.
—Hay que retirarlo de aquí —dijo.
—No —respondió Delacroix.
El médico levantó la cabeza.
—Monsieur, no podemos dejarlo en el suelo.
—Naturalmente que no. Pero tampoco podemos moverlo como si estorbáramos en un pasillo.
—Necesito examinar el cuerpo.
—Lo hará.
—Entonces permítame trabajar.
—Precisamente por eso no se lo permito todavía.
Roussel lo miró con irritación.
—No sé quién cree usted que es.
—En este momento, alguien menos dispuesto que usted a borrar pruebas con un pañuelo limpio.
El médico se enrojeció.
Mathilde Beaumont intervino desde el primer banco.
—Doctor, monsieur Delacroix tiene experiencia en estos asuntos.
—Esto no es un asunto —dijo Roussel—. Es una muerte.
Delacroix lo miró.
—Qué optimismo.
El comentario cayó con una dureza seca.
Varias personas apartaron la mirada.
El médico volvió a inclinarse sobre Henri, esta vez con más cautela. Delacroix se agachó a su lado, cuidando de no tocar el cuerpo ni el vestido extendido de Claire.
La novia seguía allí, demasiado cerca.
—Mademoiselle Duvall —dijo él.
Ella no reaccionó.
—Claire.
Entonces sí lo miró.
Tenía los ojos abiertos de una manera casi dolorosa.
—Debe apartarse unos pasos.
La frase tardó en llegarle.
—No.
—Sí.
—No puedo.
Delacroix suavizó la voz. No demasiado. La compasión excesiva, en ciertos momentos, se parece a la mentira.
—Si permanece ahí, todos recordarán que estaba arrodillada junto a él. Si se aparta ahora, recordaremos dónde estaba antes de tocar nada más.
Claire bajó la vista hacia sus manos.
Los guantes blancos.
La alianza fina en su dedo.
El anillo antiguo en la mano inmóvil de Henri.
Esa visión la atravesó.
—Yo se lo puse —murmuró.
—Sí.
—Yo lo empujé.
—También.
—Y después…
—Después él murió.
Claire cerró los ojos.
A su alrededor, el murmullo de los invitados creció como un incendio mal contenido.
Delacroix se inclinó apenas hacia ella.
—Escúcheme bien. Que una acción preceda a una muerte no significa que la explique.
Claire abrió los ojos.
—Pero puede hacerlo.
—Puede. Por eso conviene averiguarlo antes de que todos decidan que ya lo saben.
Ella lo miró unos segundos.
Luego asintió.
Se levantó con dificultad. El vestido, demasiado largo, se le enganchó bajo una rodilla. Lucie, la doncella, dio un paso automático para ayudarla, pero se detuvo al recibir una mirada de Mathilde. Claire liberó la tela por sí misma.
Se apartó hasta el primer banco.
No se sentó.
Permaneció de pie, con el velo aún sobre el rostro y las manos quietas delante del cuerpo, como si una parte de ella siguiera arrodillada junto a Henri.
Delacroix volvió al cadáver.
La posición de Henri era elocuente en su brusquedad. Había caído hacia delante y ligeramente hacia la izquierda, con una rodilla doblada bajo el cuerpo y la mano derecha abierta sobre la piedra. La izquierda, la del anillo, estaba contraída.
No en un puño cerrado.
En una tensión breve, fijada por la muerte.
El rostro conservaba una expresión de asombro más que de dolor. Los ojos, entreabiertos. La boca, ligeramente torcida, como si hubiera intentado formar una palabra y no hubiese encontrado tiempo.
—¿Ataque cardíaco? —preguntó Mathilde.
La pregunta fue demasiado rápida.
Delacroix no la miró enseguida.
El doctor Roussel, agradecido quizá de regresar a terreno médico, carraspeó.
—Podría ser. Una emoción intensa, tensión previa, edad…
—Henri tenía cincuenta años —dijo Claire.
—Los corazones no consultan partidas de nacimiento, mademoiselle.
—Tampoco suelen escoger el momento más teatral disponible —dijo Delacroix.
Roussel apretó la mandíbula.
—La medicina no se rige por el sentido dramático.
—La muerte, a veces, sí.
Delacroix tomó un pañuelo limpio de su bolsillo, no para tocar el cuerpo, sino para cubrirse los dedos al levantar con sumo cuidado la manga izquierda de Henri. No movió la mano. Solo dejó visible el borde del puño y la piel alrededor del anillo.
La gota de sangre seguía allí.
Minúscula.
Casi ridícula.
La clase de detalle que la tragedia desprecia y la verdad aprovecha.
—Doctor —dijo Delacroix—. Mire esto.
Roussel se inclinó.
—Una excoriación leve. El anillo le quedaba ajustado.
—¿Puede producir una gota de sangre?
—Si rozó el nudillo, sí.
—¿Y la contracción de la mano?
—Agonía.
—Qué palabra tan útil. Explica lo que no se desea explicar.
—Monsieur Delacroix…
—¿Color de los labios?
El médico se inclinó de nuevo.
—Ligeramente azulados. Pero eso puede ocurrir por falta de aire.
—¿Pupilas?
Roussel examinó los ojos de Henri.
—No puedo concluir nada aquí.
—Naturalmente.
—Necesito llevarlo a una habitación adecuada.
Delacroix miró alrededor.
La capilla estaba llena de invitados, flores, ruido y terror empezando a organizarse en versiones. No era lugar para un examen. Tampoco convenía trasladar el cuerpo demasiado lejos.
—La sacristía no —dijo.
El padre Laurent levantó la vista.
—Hay una sala pequeña junto al claustro. Se usaba para reuniones. Está cerca.
—¿Tiene otra entrada?
—Solo una puerta desde la galería.
—Bien.
Mathilde se irguió.
—Que lo lleven allí.
—Un momento —dijo Delacroix.
Se puso en pie y se volvió hacia los invitados.
Había unas cuarenta personas dentro de la capilla. Algunas lloraban. Otras cuchicheaban. Dos señoras se abanicaban como si el aire pudiera devolverles la inocencia. Un hombre de bigote gris insistía en que su esposa necesitaba salir. Un niño sollozaba contra el pecho de su madre.
Adrien Beaumont estaba de pie junto al banco familiar, pálido por debajo de su elegancia. Élise Moreau no se había movido del fondo. Lucien Dargent miraba alternativamente el cuerpo y la puerta, como quien descubre que todos los caminos legales acaban de cerrarse.
Delacroix golpeó suavemente el suelo con el bastón.
No hizo falta más.
El sonido no fue fuerte, pero tenía intención.
—Señoras y señores —dijo—. Comprendo que muchos de ustedes deseen salir, gritar, desmayarse o explicar lo ocurrido con una seguridad ofensiva. Les ruego que pospongan esas inclinaciones hasta que resulten menos perjudiciales.
Una mujer dejó escapar un gemido.
—¿Está diciendo que no podemos irnos?
—Estoy diciendo que no deben.
—¡Pero esto es horrible!
—Sí. Y sería una pena empeorarlo con desorden.
Mathilde avanzó.
—Nadie abandonará la capilla hasta que se haya tomado nota de su posición durante la ceremonia.
Aquella frase, pronunciada por ella, sonó a decreto.
Delacroix añadió:
—Después podrán pasar al refectorio o a sus habitaciones, según convenga. Pero nadie se marchará de Saint-Aubin.
El murmullo se volvió más agudo.
—¿Insinúa que ha sido un crimen? —preguntó un hombre.
—Insinúo que la prudencia tiene mejor reputación que la estupidez, aunque menos practicantes.
—Esto es inadmisible.
—La muerte suele serlo.
El hombre no respondió.
El padre Laurent, muy pálido, hizo la señal de la cruz sobre Henri. Luego llamó a dos criados, que se acercaron con una camilla improvisada. Delacroix supervisó cada movimiento.
—No toquen la mano izquierda —advirtió.
—¿La mano? —preguntó uno de los criados.
—Especialmente la mano.
El criado tragó saliva.
—Sí, monsieur.
Claire oyó la indicación.
La herida no le produjo un gesto nuevo. Ya estaba dentro de ella.
Cuando levantaron el cuerpo de Henri, un pequeño sonido recorrió la capilla. No fue un grito. Fue esa inhalación colectiva que hacen los vivos al ver que un muerto pesa de una manera distinta. La cabeza de Henri cayó ligeramente hacia un lado. El anillo brilló.
Claire dio un paso, pero se detuvo.
Élise Moreau se llevó una mano a la boca.
Mathilde no apartó la vista.
Eso también era una forma de dolor, pensó Delacroix. O de orgullo. En algunas familias, la diferencia se había perdido hacía generaciones.
El cuerpo fue trasladado hacia la sala del claustro.
Delacroix indicó al médico que lo acompañara.
—Yo también iré —dijo Mathilde.
—No —respondió Delacroix.
Ella se quedó inmóvil.
—Era mi hermano.
—Y por eso no debe tocarlo.
—No soy una histérica.
—No lo he sugerido.
—Entonces no me trate como si lo fuera.
Delacroix se acercó a ella lo suficiente para bajar la voz.
—No la trato como a una mujer alterada, mademoiselle Beaumont. La trato como a alguien inteligente, fuerte y con motivos suficientes para hacer lo que considere necesario antes de que otros lo vean.
Los ojos de Mathilde se endurecieron.
—Tenga cuidado.