Capítulo 7 — Sí, acepto #2
Delacroix sintió, contra su voluntad, una forma incómoda de respeto por ambos.
El padre Laurent se volvió hacia la sacristía.
La puerta se abrió.
Un monaguillo pequeño, probablemente el niño Faverol del que habían hablado, apareció con el cojín de terciopelo blanco. Delacroix frunció apenas el ceño.
La noche anterior habían acordado que el padre Laurent entregaría los anillos.
O quizá, pensó, las familias antiguas tenían la costumbre de hacer prevalecer sus decisiones incluso después de haber aceptado lo contrario.
El niño caminó despacio hasta el altar, con la solemnidad rígida de quien sabe que los adultos se enfadan mucho cuando se caen objetos pequeños.
Sobre el cojín descansaban los dos anillos.
El de Claire, fino y claro.
El de Henri, antiguo, pesado, familiar.
Delacroix miró a Mathilde.
Ella no miraba al niño.
Miraba el anillo.
El padre Laurent tomó primero la alianza de Claire. Se la entregó a Henri.
Henri la recibió con cuidado. Por un instante, pareció aliviado de ocuparse de un objeto sencillo, sin historia acumulada. Tomó la mano de Claire y deslizó el anillo en su dedo.
Entró sin dificultad.
Un gesto limpio.
Una promesa todavía intacta.
Claire bajó la vista hacia su mano. La contempló apenas un segundo. Luego miró a Henri.
El padre Laurent tomó entonces el anillo familiar.
Lo sostuvo entre los dedos con una reverencia breve, quizá por costumbre, quizá por miedo a Mathilde. Luego se lo ofreció a Claire.
Delacroix observó el movimiento.
Claire recibió el anillo con la mano derecha, enguantada. El oro antiguo contrastó con la blancura de la tela. Durante un instante lo sostuvo a la altura del pecho, como si calibrara su peso.
Henri le ofreció la mano izquierda.
Sonrió.
No a los invitados.
A ella.
Claire acercó el anillo al dedo anular.
Delacroix dejó de mirar los rostros.
Miró las manos.
El anillo entró hasta la primera falange con facilidad. Luego se detuvo al llegar al nudillo.
Tal como había ocurrido la tarde anterior.
Henri hizo una pequeña mueca, casi divertida, intentando quitar importancia al tropiezo.
Algunos invitados sonrieron.
Adrien murmuró algo que nadie alcanzó a oír. Mathilde se mantuvo inmóvil, pero su espalda pareció endurecerse.
Claire alzó los ojos hacia Henri.
Delacroix no oyó lo que dijo. Quizá «¿sigo?». Quizá «te hará daño». Quizá nada.
Henri asintió.
La novia empujó con suavidad.
El anillo no cedió.
Henri sonrió un poco más, con esa cortesía absurda de los hombres que prefieren sufrir antes que incomodar una escena.
Claire respiró hondo y empujó de nuevo, esta vez con más firmeza.
El anillo pasó el nudillo.
Henri cerró los ojos apenas.
Un gesto mínimo.
Un relámpago de dolor oculto bajo una sonrisa.
Delacroix vio cómo el pulgar de Henri se tensaba.
Vio también que, durante una fracción de segundo, el novio miraba su propia mano con una extrañeza muy leve.
Como si hubiera sentido algo más que presión.
El anillo quedó en su sitio.
Los invitados soltaron un murmullo amable, aliviado, casi risueño. Una pequeña torpeza humana en mitad de tanta solemnidad. Nada grave. Una anécdota para contar durante el banquete.
Claire mantuvo los dedos sobre la mano de Henri un instante más.
—¿Estás bien? —susurró.
Esta vez Delacroix sí lo oyó.
Henri abrió los ojos.
—Perfectamente.
Mintió bien.
Pero no a Delacroix.
El padre Laurent continuó la ceremonia.
—Lo que Dios ha unido…
Henri llevó la mano izquierda hacia su pecho durante un instante. No de manera teatral. Apenas un movimiento reflejo. Luego la dejó caer junto al cuerpo.
Claire lo miró.
Algo había cambiado en su rostro.
La serenidad seguía allí, pero se había tensado por dentro.
El padre Laurent pronunció las últimas palabras con solemnidad.
—Puede besar a la novia.
Una sonrisa recorrió la capilla.
Fue entonces cuando Henri dio un paso hacia Claire.
Solo uno.
Se detuvo.
Parpadeó.
La sonrisa desapareció de su rostro, no de golpe, sino como si alguien hubiera retirado la luz detrás de sus ojos.
Claire frunció el ceño.
—Henri.
Él intentó responder.
No pudo.
Su mano izquierda se cerró de manera brusca. La derecha buscó el aire, luego el brazo de Claire, luego nada. Su cuerpo perdió fuerza con una rapidez imposible.
El primer sonido fue el golpe de una rodilla contra la piedra.
Después, el grito de Claire.
Henri cayó delante del altar antes de llegar a besarla.
La capilla tardó un segundo en entender la muerte.
Ese segundo fue terrible.
Porque durante ese segundo algunos invitados siguieron sonriendo.
Luego todo estalló.
Una mujer gritó. El niño del cojín dejó caer el terciopelo y rompió a llorar. Adrien se puso en pie de un salto. Lucien avanzó hacia el altar con el rostro desencajado. Mathilde no se movió al principio, como si su cuerpo rechazara obedecer a una realidad tan maleducada.
El padre Laurent dejó caer el misal.
Claire se arrodilló junto a Henri.
—Henri. Henri, mírame.
Delacroix ya estaba en pie.
No corrió.
Correr, en una escena de pánico, solo añadía una persona más al desorden. Avanzó con rapidez medida, apartando a un invitado que había decidido quedarse inmóvil en medio del pasillo como una estatua sin vocación.
El médico invitado, un hombre robusto de barba blanca, llegó casi al mismo tiempo.
—Apártense —ordenó—. Déjenme pasar.
Claire no se apartó.
Miraba a Henri con una incredulidad tan pura que por un instante pareció más joven.
—Henri.
El médico se arrodilló, tomó la muñeca del novio, abrió un párpado, acercó el oído a su boca.
Delacroix se colocó al otro lado.
No miró primero el rostro de Henri.
Miró la mano.
El anillo estaba perfectamente colocado.
Demasiado perfectamente.
Alrededor del nudillo había una línea rojiza, casi invisible bajo la piel pálida. En un punto, junto a la base del dedo, asomaba una gota mínima de sangre. Tan pequeña que cualquier otro la habría atribuido al esfuerzo de forzar el anillo.
Delacroix no la tocó.
Claire sí la vio.
O quizá vio su propia mano junto a la de Henri.
La mano que había empujado.
El médico levantó la cabeza.
No dijo nada.
No hizo falta.
Pero los invitados necesitaban palabras para empezar a sufrir correctamente.
—¿Qué ocurre? —preguntó alguien.
—¿Se ha desmayado?
—¡Agua!
—¡Que alguien traiga sales!
—Por Dios, Henri…
Mathilde avanzó por fin.
No corrió. Caminó hasta el altar con el rostro vacío, como si hubiera dejado todas sus emociones en otra habitación y estuviera intentando recordar dónde.
—Doctor —dijo.
El médico la miró.
—Lo siento.
Claire cerró los ojos.
No lloró de inmediato.
Eso habría sido más fácil.
Se quedó arrodillada junto al cuerpo, con el vestido blanco extendido sobre la piedra y una mano todavía cerca del anillo.
El padre Laurent murmuró una oración.
Élise Moreau permanecía al fondo de la capilla, de pie, una mano sobre el respaldo del banco. Su rostro no mostraba sorpresa. Mostraba horror.
Y algo más.
Un dolor antiguo al que acababan de quitarle la última posibilidad de respuesta.
Adrien se acercó al altar, pero se detuvo antes de llegar.
—No puede ser —dijo.
Nadie le contestó.
Lucien Dargent tenía la mirada fija en Henri, pero Delacroix notó que sus ojos bajaban un instante hacia la mano izquierda. El abogado palideció aún más.
Mathilde habló con voz baja.
—Cierren las puertas.
El mandato sonó natural en ella.
Demasiado natural.
—Que nadie salga —añadió.
Varios invitados protestaron a la vez.
—¿Cómo dice?
—Pero mademoiselle…
—Necesitamos aire.
—Hay señoras mareadas.
Mathilde no levantó la voz.
—Nadie abandona la capilla hasta que sepamos qué ha ocurrido.
Delacroix se volvió hacia ella.
—Eso es sensato.
Mathilde lo miró, quizá sorprendida de recibir aprobación.
—Gracias.
—No se acostumbre.
Luego Delacroix miró al médico.
—Doctor, ¿puede moverlo?
—Necesito examinarlo mejor.
—Aquí no.
—¿Por qué?
Delacroix sostuvo su mirada.
—Porque demasiadas personas han empezado ya a recordar lo que les conviene.
El médico comprendió a medias.
Suficiente.
—La sacristía —dijo el padre Laurent, con voz temblorosa—. Podemos llevarlo allí.
—No —dijo Delacroix.
Todos lo miraron.
Él señaló con el bastón la pequeña mesa lateral, el cojín caído, el misal en el suelo, la puerta de la sacristía abierta, las flores, las manos de Claire.
—La capilla acaba de convertirse en una habitación cerrada por la estupidez humana. No la compliquemos añadiendo otra.
Adrien parpadeó.
—¿Habitación cerrada?
—Una forma de hablar.
—Qué forma tan desagradable.
—La realidad suele tener poco tacto.
Claire levantó la vista hacia Delacroix.
Por primera vez, su serenidad se había roto.
No en llanto.
En comprensión.
—Yo le puse el anillo —dijo.
Su voz fue baja, pero la capilla pareció oírla entera.
Un murmullo recorrió los bancos.
Mathilde se volvió hacia ella.
—Claire, no digas tonterías.
—Yo se lo puse.
—Era parte de la ceremonia.
—Le hizo daño.
—El anillo le quedaba justo.
—Sangra.
La palabra cayó como una piedra en agua limpia.
Todos miraron la mano de Henri.
Delacroix sintió que el pánico cambiaba de forma. Hasta entonces era confuso, colectivo, casi animal. Ahora empezaba a convertirse en sospecha.
Mucho más peligroso.
El médico tomó un pañuelo.
Delacroix le sujetó suavemente la muñeca antes de que tocara el dedo.
—No.
El doctor se ofendió.
—Monsieur, soy médico.
—Y yo intento que siga teniendo algo que examinar.
—Necesito comprobar…
—Comprobará sin limpiar nada.
El médico respiró con irritación, pero obedeció.
Claire miraba sus propias manos.
Los guantes blancos.
El vestido blanco.
La gota mínima de sangre en el dedo de Henri.
Delacroix reconoció aquella clase de horror.
No el horror de perder a alguien.
Otro peor, más íntimo: el de preguntarse si el propio gesto, inocente y público, había sido la puerta por la que entró la muerte.
Se inclinó hacia ella.
—Mademoiselle Duvall.
Claire tardó en reaccionar.
—No toque nada más.
Ella asintió.
Muy despacio.
Mathilde dio otra orden a los criados. Las puertas de la capilla se cerraron. El sonido de la madera contra el marco produjo un silencio inmediato.
Los invitados quedaron atrapados con las flores, los cirios y el cadáver del novio.
Hasta que la muerte nos separe.
Delacroix miró de nuevo el anillo.
El oro antiguo brillaba bajo la luz de los vitrales. Parecía idéntico al de la tarde anterior. Pesado, sobrio, familiar.
Pero ahora, en la mano muerta de Henri Beaumont, ya no era una promesa.
Era una respuesta.
Delacroix se enderezó.
La capilla entera esperaba algo de él sin saber todavía que lo hacía.
Mathilde mantenía el rostro firme.
Adrien había perdido su sonrisa.
Lucien parecía un hombre que acababa de ver cómo una firma pendiente se volvía inútil.
Élise Moreau seguía al fondo, inmóvil, con los ojos húmedos y la boca cerrada sobre una frase que ya no podría decirle a Henri.
Claire, arrodillada junto al cadáver, levantó la mirada.
—Monsieur Delacroix —dijo—. ¿Qué ha pasado?
Delacroix no respondió enseguida.
Miró el altar.
El cojín caído.
La puerta de la sacristía.
La mano izquierda de Henri.
La alianza forzada hasta el final.
Después miró a la novia.
—Eso, mademoiselle —dijo con suavidad—, es precisamente lo que alguien espera que tardemos demasiado en averiguar.